capillas, fuimos a ver los toros, más tarde los juegos en la era, las
luchas de hombres, los tres saltos, el ahorcagato, el juego del odre y
todo el divertido aparato de las fiestas provenzales... Caía la noche
cuando regresamos a Maillane. En la plaza, frente al cafetín donde
Mistral pasa las veladas jugando su partida con su amigo Zidore, habían
encendido una hermosa hoguera... Organizábase la farándula. Faroles de
papel recortado brillaban por todas partes entre la obscuridad; la
juventud tomaba puesto, y en seguida, a un redoble de los tamboriles,
comenzó alrededor de las llamas un corro desenfrenado, estrepitoso, que
no había de cesar en toda la noche.
* * * * *
Después de cenar, sumamente rendidos de cansancio para correr de nuevo,
subimos a la alcoba de Mistral. Es un modesto dormitorio de campesino,
con dos grandes camas. Las paredes no están empapeladas; vense
descubiertas las vigas del techo... Hace cuatro años, cuando la Academia
concedió al autor de _Mireya_ el premio de tres mil francos, ocurriósele
a la señora Mistral una idea.
--¿No te parece que empapelemos tu alcoba y le pongamos cielo
raso?--preguntó a su hijo.
--¡No, no!--repuso Mistral.--Esto es el dinero de los poetas; no se le
puede tocar.
Y el dormitorio volvió a quedar desnudo. Pero mientras que duró el
dinero de los poetas, los que han acudido a Mistral han encontrado
abierta su bolsa...
Me había yo llevado a la alcoba el manuscrito de _Calendal_, e instele
para que me leyera otro pasaje antes de dormirme. Mistral eligió el
episodio de la loza. En pocas palabras es el siguiente:
Celebrábase una gran comida, no sé dónde. Ponen en la mesa una hermosa
vajilla de loza de Moustiers. En el fondo de cada plato hay un asunto
provenzal, dibujado en azul sobre el vidriado; allí está contenida toda
la historia regional.
Es digno de ver el hermoso amor con que está descrita esa hermosa
vajilla de loza; una estrofa para cada plato, otros tantos pequeños
poemas de un trabajo sencillo y erudito, acabados como una descripción
de Teócrito.
Cuando me recitaba Mistral sus versos en aquella hermosa lengua
provenzal, latina en más de sus tres cuartas partes, hablada
antiguamente por las reinas y que hoy sólo comprenden los frailes,
admiraba yo en mi fuero interno a ese hombre. Y al pensar en el estado
ruinoso en que halló su lengua materna y en lo que con ella ha hecho,
imaginábame uno de esos vetustos palacios de los príncipes de Baux que
se ven en los Alpilles: sin techo, sin balaustradas en las escalinatas,
sin vidrios en las ventanas, quebrado el trébol de las ojivas, corroído
por el moho el escudo de las puertas; gallinas picoteando en el patio de
honor, cerdos hozando bajo las esbeltas columnillas de las galerías, el
asno paciendo dentro de la capilla, donde crece la hierba, las palomas
bebiendo en las grandes pilas de agua bendita, rebosantes de agua de
lluvia, y finalmente, entre esos escombros dos o tres familias de
labriegos que han construido chozas alrededor del vetusto palacio.
Y después llega un día en que el hijo de uno de esos campesinos se
enamora de esas grandes ruinas y se indigna al verlas profanadas de ese
modo; a toda prisa arroja el ganado fuera del patio de honor, y viniendo
en su ayuda las hadas, por sí solo reedifica la monumental escalera,
vuelve a poner tableros en las paredes y vidrieras en los ventanajes,
reconstruye las torres, vuelve a dorar la sala del trono y pone en pie
el extenso palacio de otros tiempos, donde encontraron hospedaje papas y
emperatrices.
Ese palacio restaurado es la lengua provenzal.
Mistral es ese hijo del campesino.
LAS NARANJAS
Las naranjas tiene en París el triste aspecto de frutas caídas, que se
toman junto a los árboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y
frío, su brillante corteza y su excesivo aroma, en estos países de
sabores moderados, les dan un aire extraño, algo bohemio. Durante las
noches de niebla, van tristemente costeando las aceras, amontonadas en
sus carritos ambulantes, al mezquino fulgor de un farolillo de papel
rojo. Un grito monótono y débil, perdido entre el rodar de los coches y
el barullo de los ómnibus, les sirve de escolta.
--¡A veinte céntimos naranjas de Valencia!
Para las tres cuartas partes de los parisienses, ese fruto traído de muy
lejos, de vulgar redondez, donde el árbol no ha dejado nada más que un
insignificante pedúnculo verde, participa de la golosina, de la
confitería. El papel de seda en que está envuelto, las festividades a
que acompaña, contribuyen a dicha impresión. Cuando enero se aproxima,
sobre todo, los millares de naranjas esparcidas por las calles, todas
esas cáscaras arrojadas en el barro del arroyo, hacen pensar en algún
gigantesco árbol de Navidad que sacudiese sobre París sus ramas cuajadas
de frutas artificiales. No hay rincón alguno donde no se vean. Tras los
limpios cristales de un escaparate, elegidas y adornadas; a la puerta de
prisiones y asilos, entre paquetes de bizcochos y pequeños montones de
manzanas; delante de los peristilos de los bailes y teatros los
domingos. Y su exquisito aroma se confunde con el olor del gas, el
chirrido de las mamparas, el polvo de las banquetas del paraíso. Hasta
se olvida que hacen falta naranjos para producir las naranjas; pues,
mientras que la fruta nos la envían directamente del Mediodía metida en
cajones, el árbol de la estufa donde pasa el invierno, cortado,
transformado, disfrazado, sólo una vez aparece, y durante breve tiempo,
al aire libre en los paseos públicos.
Para conocer bien las naranjas es necesario verlas en los países que las
producen: en las islas Baleares, en Cerdeña, en Córcega, en Argelia,
entre el aire azul dorado, en la tibia atmósfera del Mediterráneo. Jamás
olvidaré un bosquecillo de naranjos que vi a las puertas de Blidah.
¡Allí sí que estaban hermosas! Entre el follaje obscuro, brillante,
barnizado, las frutas tenían el lustre de vasos de color, y doraban el
aire que las circundaba con esa aureola de esplendor que rodea a las
flores de tonos vivos. Algunos claros permitían ver a través de las
ramas las murallas de la reducida ciudad, el minarete de una mezquita,
la cúpula de un marabut, y en lo alto la enorme masa del Atlas, verde en
su base, nevada en la cima, como cubierta de blancas pieles, con
cabrilleos, con la blancura de copos caídos.
Estando yo allí, una noche, por no sé qué fenómeno desconocido desde
treinta años atrás, aquella zona de escarchas invernales agitose sobre
la ciudad dormida, y Blidah se despertó transformada, empolvada de
blanco. En aquel aire argelino, tan tenue y tan puro, semejaba la nieve
polvo de nácar, con reflejos de plumas de pavo real. Lo más hermoso era
el bosque de naranjos. Las verdes hojas conservaban la nieve intacta y
enhiesta como sorbetes encima de platillos de laca, y todos los frutos
espolvoreados de escarcha ofrecían una entonación suave y espléndida,
una irradiación discreta, como el oro velado por transparentes telas
blancas. Aquello producía la vaga impresión de una fiesta de iglesia, de
sotanas rojas bajo albas de encajes, de dorados de altares rodeados de
randas de hilo...
Sin embargo, mis más gratos recuerdos en materia de naranjas proceden de
Barbicaglia, un gran jardín junto a Ajaccio, donde pasaba yo la siesta
durante las horas de calor. Los naranjos, más altos y espaciados allí
que en Blidah, llegaban hasta el camino, solamente separado del huerto
por un seto vivo y una zanja. El mar, el inmenso mar azul, extendía su
vasta planicie inmediatamente después del huerto. ¡Qué buenas horas he
pasado en ese jardín! Por cima de mi cabeza, los naranjos florecidos y
con fruto quemaban los aromas de sus esencias. Una naranja madura
desprendíase del árbol, de vez en cuando, cayendo junto a mí, como
aletargada por el calor, con un ruido mate y sin eco en la tierra
apelmazada. Para apoderarme de ella, me bastaba extender la mano. Eran
soberbias frutas, de un rojo purpúreo en su interior. Parecíanme
exquisitas, y después ¡era tan hermoso el horizonte! Por entre las hojas
percibíase el mar, en espacios azules deslumbradores como trozos de
vidrio roto que espejearan entre las brumas del aire. Al mismo tiempo
que eso, el movimiento del oleaje conmoviendo la atmósfera a grandes
distancias, ese acompasado murmullo que nos mece como en una barca
invisible, el calor, el olor de las naranjas... ¡Ah, qué bien se podía
dormir en el huerto de Barbicaglia!
No obstante, en ocasiones, en el momento más grato de la siesta,
despertábanme sobresaltado redobles de tambor. Eran infelices músicos
militares que ensayaban allá abajo, en el camino. A través de los claros
del seto brillaba el cobre de los tambores y veía yo los grandes
mandiles blancos encima del pantalón encarnado. Para guarecerse un poco
de la cegadora luz que el polvo del camino les enviaba de reflejo
despiadadamente, situábanse los pobres diablos junto al jardín, en la
breve sombra del seto. ¡Y valiente barullo el que armaban, y asfixiante
calor el que sufrían! Entonces, saliendo por fuerza de mi hipnotismo, me
entretenía arrojándoles algunos de esos hermosos frutos de oro rojo que
pendían al alcance de mi mano. El tambor a quien apuntaba se detenía. Un
minuto de vacilación, una mirada en torno para averiguar de dónde
vendría la soberbia naranja que rodaba hasta él por la zanja; recogíala
después con ligereza y mordía a boca llena, sin mondarla siquiera.
Recuerdo además que cerca de Barbicaglia, y separado solamente por una
tapia baja, había un jardinillo bastante extraño, que dominaba yo desde
la altura en que estaba. Era un rincón de tierra, de vulgar diseño. Sus
calles, de brillante arena, encintadas de verdísimo boj, los dos
cipreses de su puerta de entrada, dábanle apariencia de una casa de
campo marsellesa. Ni una línea de sombra. En el fondo, un blanco
edificio de piedra, con ventanas de sótano al ras del suelo. Al pronto
creí que era una quinta; pero, después de mirar con más detenimiento, la
cruz que la remataba y una inscripción grabada en la piedra, y cuyo
texto no distinguía, me hicieron reconocer una tumba de familia corsa.
En las inmediaciones de Ajaccio hay muchas de esas capillitas
mortuorias, que se alzan solitarias rodeadas de jardines. La familia
acude allí los domingos a visitar a sus muertos. Comprendida de ese modo
la muerte, es menos triste que entre la confusión de los cementerios.
Sólo pasos amigos turban el silencio.
Desde mi sitio contemplaba yo las idas y venidas de un anciano que
circulaba tranquilamente por las alamedas. Todo el día estaba podando
los árboles, cavando, regando, cortando las flores marchitas con
minucioso esmero. Después, a la caída del sol, entraba en la capillita
donde yacían los difuntos de su familia, guardaba los azadones, los
rastrillos, las grandes regaderas, todo esto tranquilamente, con la
serenidad de un jardinero de cementerio. No obstante, sin darse cuenta
de ello, ese buen hombre trabajaba con cierto recogimiento, acallando
los ruidos y con la puerta de la bóveda cerrada siempre discretamente,
cual si abrigara el temor de despertar a alguno. En medio de aquel
silencio absoluto, el arreglo del jardinillo no turbaba ni a un ave, y
su vecindad nada tenía de triste; pero el mar parecía así más inmenso,
el cielo más alto, y en aquella siesta interminable trascendía en torno
de ella el sentimiento del descanso eterno, entre la naturaleza
embriagadora, abrumadora, pletórica de vida.
EN MILIANAH
NOTAS DE VIAJE
Voy a conducir a ustedes ahora a una linda y pequeña ciudad de Argelia,
a doscientas o trescientas leguas del molino, para que pasen allí el
día... Esto nos hará cambiar un poco de tantos tamboriles y cigarras...
...Amenaza lluvia; el cielo está gris, la bruma envuelve las crestas del
monte Zaccar. Domingo triste... En mi cuartito de fonda, cuya ventana da
a las murallas árabes, procuro distraerme encendiendo cigarrillos...
Toda la biblioteca de la hospedería ha sido puesta a mi disposición;
entre una historia muy detallada del censo de la población y algunas
novelas de Paul de Kock, encuentro un tomo descabalado de Montaigne...
Abro el libro por donde él quiere abrirse, y vuelvo a leer la admirable
carta en que describe el autor la muerte de La Boétie... Heme aquí tan
meditabundo y sombrío como jamás lo estuve... Caen algunas gotas de
lluvia. Cada gota, al caer sobre el reborde de la ventana, dibuja una
ancha estrella en el polvo amontonado allí desde las lluvias del año
último. El libro se me cae de las manos y durante largo tiempo contemplo
aquella estrella melancólica...
Dan las dos en el reloj de la ciudad, un antiguo _marabut_, cuyas
frágiles paredes blancas percibo desde aquí... ¡Pobre diablo de
_marabut_! ¿Quién le hubiese dicho hace treinta años que un día tenía
que sostener en medio del pecho una gran esfera municipal, y que todos
los domingos a las dos en punto daría la señal a todas las iglesias de
Milianah para tocar a vísperas?... ¡Tilín, talán! Ya han sido echadas a
vuelo las campanas... Tenemos para rato... Decididamente, esta
habitación es triste. Las grandes arañas de la mañana, que inspiran
pensamientos filosóficos, han fabricado sus telas en todos los
rincones... Vamos fuera.
* * * * *
Al llegar a la plaza mayor, la música del tercero de línea, que no se
intimida por un poco de lluvia, va a colocarse en torno de su director.
El general y sus hijas se asoman a una de las ventanas de la
comandancia; en la plaza, el subprefecto se pasea de un lado para el
otro, agarrado al brazo del juez de paz. Media docena de chiquillos
árabes medio desnudos juegan a las bochas en un rincón, gritando
desaforadamente. Allá abajo, acude un harapiento judío viejo a tomar un
rayo de sol que ayer había dejado en aquel sitio, y queda sorprendido al
no encontrarlo ya... «Uno, dos, tres: empiecen.» La música ejecuta una
antigua mazurka de Talexy, que tocaban los organillos el invierno último
debajo de mis ventanas. En otra época me aburría aquella mazurka; hoy me
conmueve hasta hacer brotar mis lágrimas.
¡Oh, son muy dichosos los músicos del tercero! Fijos los ojos en las
semicorcheas, ebrios de ritmo y de ruido, sólo piensan en contar sus
compases. Su alma, toda su alma está en esa cuartilla de papel como la
palma de la mano, que tiembla en la punta del instrumento, sujeta por
dos dientes de cobre. «Uno, dos, tres: empiecen.» A eso lo reducen todo
esas gentes sencillas; los aires nacionales que tocan, jamás les
producen nostalgia... ¡Ay! A mí, que no soy de la charanga, aquella
música me entristece y me alejo...
* * * * *
¿Dónde pasaré distraído esta tarde gris dominguera? ¡Está bien! La
tienda de Sid'Omar se encuentra abierta... Entremos en casa de Sid'Omar.
Sid'Omar tiene tienda y, sin embargo, no es tendero. Es un príncipe de
la sangre, hijo de un antiguo bey de Argel, a quien estrangularon los
genízaros... A la muerte de su padre, Sid'Omar refugiose en Milianah con
su madre, a quien adoraba, y allí residió algunos años como un gran
señor filósofo, rodeado de sus lebreles, sus halcones, sus caballos y
sus mujeres, en hermosos palacios muy frescos, llenos de naranjos y de
fuentes. Vinieron los franceses. Sid'Omar fue al principio enemigo
nuestro y aliado de Abd-el-Kader, pero concluyó por reñir con el emir y
se sometió. El emir, para tomar venganza, entró en Milianah estando
ausente Sid'Omar, saqueó sus palacios, taló sus naranjales, apoderose de
los caballos y de las mujeres e hizo aplastar la garganta de su madre
con la tapa de un arcón... La cólera de Sid'Omar fue terrible; alistose
en seguida al servicio de Francia, y mientras duró nuestra guerra contra
el emir no hubo un soldado mejor ni más bravo que él. Concluida la
guerra, Sid'Omar regresó a Milianah; pero, aun hoy, cuando se habla de
Abd-el-Kader en su presencia, palidece y le relampaguean los ojos.
Sid'Omar tiene sesenta años, y a pesar de la edad y de la viruela,
conserva la hermosura del rostro: grandes pestañas, mirada de mujer, una
sonrisa seductora, modales de príncipe. Arruinado por la guerra, sólo le
queda de su antigua opulencia, una granja en la llanura de Chélif y una
casa en Milianah, donde vive muy modestamente con sus tres hijos
educados a su vista. Los jefes indígenas le profesan gran veneración...
Cuando hay discusiones, someten a su deliberación los asuntos que las
provocan, y su juicio es casi siempre ley. Sale poco; puede vérsele
todas las tardes en una tienda adjunta a su casa y que da a la calle. El
mobiliario de esa estancia no es rico; paredes blancas enlucidas con
cal, un banco circular de madera, cojines, largas pipas, dos braseros...
Ahí recibe Sid'Omar en audiencia y administra justicia. Un Salomón de
tienda.
* * * * *
El concurso es numeroso hoy, domingo. En torno de la sala están en
cuclillas una docena de jefes, arrebujados en sus albornoces. Cada uno
de ellos tiene junto a sí una gran pipa y una tacita de café en una fina
huevera de filigrana. Entro; todos permanecen inmóviles y atentos...
Desde su sitio, Sid'Omar me saluda con su más encantadora sonrisa, y me
invita con la mano a sentarme junto a él, en un gran almohadón de seda
amarilla; después, con un dedo en los labios, me aconseja que escuche.
El caso es el siguiente. El caíd de los Beni-Zugzugs tuvo algunas
cuestiones con un judío de Milianah a causa de un lote de terreno, cuya
propiedad se disputaban; las dos partes convinieron en llevar el litigio
ante Sid'Omar y someterse a su fallo. Citáronse para el mismo día, así
como a los testigos; de pronto, el judío varía de opinión y viene solo,
sin testigos, a manifestar que prefiere someterse al fallo del juez de
paz de los franceses que al de Sid'Omar... En esto estaba el asunto
cuando yo llegué.
El judío, un anciano de barba terrosa, túnica de color castaño y gorro
de terciopelo, levanta al cielo el rostro, pone ojos suplicantes, besa
las babuchas de Sid'Omar, inclina la cabeza, se arrodilla, junta las
manos... No entiendo el árabe; pero por la pantomima del judío, por sus
palabras _juez de paz, juez de paz_, que repite frecuentemente, adivino
este discurso:
Confiamos en la rectitud de Sid'Omar, Sid'Omar es prudente, Sid'Omar es
justo... Sin embargo, el juez de paz resolverá mucho mejor esta
cuestión.
El auditorio se indigna, pero permanece impasible, como árabe que es...
Sid'Omar, dios de la ironía, se sonríe escuchando, reclinado en su
almohadón, con la mirada abstraída y la boquilla de ámbar entre sus
labios. De pronto, en lo mejor de su perorata, el judío se ve cortado
por un enérgico ¡cáspita! que le hace enmudecer; al mismo tiempo, un
colono español, que está presente como testigo del caíd, abandona su
puesto, y aproximándose al Iscariote le suelta un chaparrón de insultos
en todos los idiomas y de todos colores, entre otros, cierto vocablo
francés sumamente ofensivo... El hijo de Sid'Omar, que comprende el
francés, se ruboriza al oír semejante palabra delante de su padre, y se
marcha de la sala. Fijémonos en este rasgo de la educación árabe. El
auditorio prosigue impasible y Sid'Omar siempre risueño. El judío se
levanta y dirígese a la puerta andando hacia atrás, temblando de miedo,
pero sin dejar de repetir a más y mejor su eterno _juez de paz, juez de
paz_... Sale. El español lánzase furioso tras él, lo alcanza en la
calle, y ¡pim, pam! por dos veces lo abofetea en los carrillos... El
Iscariote se arrodilla con los brazos en cruz... El español, un poco
avergonzado, vuelve a entrar en la tienda... Al verlo se levanta el
judío y pasea una mirada socarrona por la abigarrada multitud que lo
rodea. Vense gentes de todas razas; malteses, mahoneses, negros, árabes,
todos unidos por el odio a los judíos y gozosos porque han maltratado a
uno... El Iscariote vacila un instante; después, agarrando a un árabe
por la tela del albornoz, exclama:
--Tú lo viste, Achmed, tú lo viste... Tú estabas delante... El cristiano
me maltrató... Serás testigo... bien... bien... Serás testigo.
El árabe le obliga a soltar el albornoz y rechaza al judío... No sabe
nada, no ha presenciado nada: cabalmente en aquel momento miraba a otro
lado.
--Tú, sí, Kaddur, tú lo has visto... has visto al cristiano cuando me
pegó--grita el infeliz Iscariote a un negrazo que está mondando un higo
chumbo.
El negro manifiesta su desprecio, escupiendo y se marcha; no ha visto
nada... Tampoco ha visto nada ese muchacho maltés, cuyos ojos de carbón
brillan maliciosos bajo su birreta. Tampoco ha visto nada aquella
mahonesa de tez de ladrillo que se aleja riéndose con la cesta de
granadas encima de la cabeza...
Aunque el judío grita, ruega y brujulea, ¡ni un testigo!... Nadie ha
visto nada... Afortunadamente, dos de sus correligionarios pasan
entonces por la calle, con las orejas gachas, arrimados a las paredes.
El judío los ve.
--¡Pronto, pronto, hermanos! ¡A prisa, al agente de negocios! ¡A prisa,
al _juez de paz_!... Ustedes lo han visto, ustedes... ¡Han visto que han
maltratado al viejo!
¿Que si lo han visto?... ¡Ya lo creo!
...Gran movimiento en la tienda de Sid'Omar... El cafetero llena las
tazas, enciende otra vez las pipas. Charlan, se ríen a más y mejor. ¡Es
tan divertido ver zurrarle la badana a un judío!... En medio de la
zambra y del humo, me acerco despacio a la puerta; siento deseos de ir a
rondar un poco por la judería, para saber qué impresión ha producido a
los correligionarios del Iscariote la afrenta hecha a su hermano...
--Venga a comer esta tarde, señor--me grita el bueno de Sid'Omar.
Acepto, doy las gracias y me marcho.
Todo el mundo anda alborotado en el barrio judío. El asunto ha producido
ya mucho ruido. No hay nadie en los tenduchos. Bordadores, sastres,
guarnicioneros, todo Israel se ha echado a la calle... Los hombres, con
gorro de terciopelo y medias de lana azul, gesticulando en grupos, con
mucha algazara... Las mujeres, desencajadas, abotagadas, tiesas como
ídolos de madera, con sus faldas escurridas, con peto de oro y el rostro
rodeado por cintas negras, mézclanse uno y otro grupo chillando como
gatas... En el momento de llegar yo, se arremolina la muchedumbre...
Apoyado en sus testigos, el judío, personaje principal de la comedia,
pasa por entre dos setos de gorros, bajo una lluvia de exhortaciones.
--Toma venganza, hermano; vénganos, venga al pueblo judío. Nada temas;
la ley está en favor tuyo.
Un horrible enano, hediendo a pez y a suela vieja, se acerca a mí con
aire gemebundo, y suspirando fuertemente.
--¡Ya lo ves!--me dice.--¡Cómo nos tratan a los pobres judíos! ¡Es un
viejo! Mira. Poco ha faltado para que lo maten.
No cabe duda de que el pobre Iscariote está más muerto que vivo. Pasa
por delante de mí, con la vista apagada y el semblante descompuesto; no
andando, sino arrastrándose... Sólo una fuerte indemnización puede
curarlo; así es que no lo llevan a casa del médico, sino a la del agente
de negocios.
* * * * *
En Argelia hay muchos agentes de negocios, casi tantos como langostas.
Puede creerse que el oficio es bueno. De todos modos tiene la ventaja de
que en él se puede entrar a la pata la llana, sin estudios, ni fianza,
ni avecindamiento. Como en París nos hacemos literatos, en Argelia se
hacen agentes de negocios. Sólo se necesita saber un poco de francés,
español y árabe, llevar siempre un código en el bolsillo, y tener,
especialmente, el temperamento de la profesión.
Las funciones del agente son muy diversas: sucesivamente abogado,
procurador, corredor, perito, intérprete, tenedor de libros,
comisionista, escribiente de portal, es el maestro Yago de la colonia.
Pero Harpagón no tenía más que uno, y la colonia tiene muchos más de los
que ha menester. Sólo en Milianah se cuentan por docenas. Para evitar
los gastos de oficina, esos señores reciben generalmente a sus clientes
en el café de la plaza mayor, y celebran sus consultas--¿puede decirse
que las celebran?--entre el ajenjo y otra bebida.
El digno Iscariote encamínase al café de la plaza mayor, acompañado de
sus dos testigos. No vayamos tras de ellos.
* * * * *