Entre la calma y la media luz de un cuartito, un buen anciano de pómulos

rojos, arrugado hasta la punta de los dedos, dormía embutido en un

sillón, con la boca abierta y las manos en las rodillas. A sus pies, una

niñita con traje azul, esclavina grande y capillo pequeño, el traje de

las huérfanas, leía la _Vida de San Ireneo_ en un libro más grande que

ella. Esta lectura milagrosa había ejercido notable influencia sobre

toda la casa. El viejo dormía en su sillón, las moscas en el cielo raso

y los pájaros en sus jaulas, allá abajo, en la ventana. El gran reloj

repetía con insistencia monótona su acompasado tic tac, tic tac. En toda

la estancia no estaba despierto nada más que un gran haz de luz que se

filtraba derecho y blanco por entre los postigos cerrados, lleno de

chispas vivientes y de valses microscópicos. En medio de aquel general

adormecimiento, la niña proseguía su lectura con aire grave: En...

se...gui...da... dos... le...o...nes... se... lan...za...ron...

so...bre... él... y... lo... de...vo...ra...ron... En ese momento entré

yo. Los leones de San Ireneo, entrando precipitadamente en la estancia,

no hubieran producido allí más asombro del que yo produje. ¡Un verdadero

efecto teatral! La pequeña exhala un grito, cáese el librote,

espabílanse los canarios y las moscas, el viejo se yergue sobresaltado,

despavorido y turbado yo mismo un poco, me paro en el umbral diciendo a

voces:

--¡Buenos días, buenas gentes, soy amigo de Mauricio!

¡Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto al pobre viejo, si le hubiesen

visto precipitarse a mí, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarme

las manos, correr trastornado por la habitación, repitiendo:

--¡Dios mío, Dios mío!

Reíansele todas las arrugas del rostro. Estaba rojo. Tartamudeaba.

--¡Ah, caballero! ¡Ah, caballero!

Ibase después al fondo, llamando:

--¡Mamette!

Se abre una puerta, y se oye en el pasillo un trotecito de ratón. Era

Mamette. Nada tan conmovedor como aquella viejecita con su gorro de

casco, su hábito carmelita y el pañuelo bordado, que por honrarme tenía

en la mano, conforme a la usanza antigua. ¡Cosa enternecedora: se

parecían! Con papalina y cosas amarillas también él hubiera podido

llamarse Mamette. Pero la verdadera Mamette había debido llorar mucho

durante su vida, y estaba aún más arrugada que la otra. También, como la

otra, tenía junto a sí una niña del asilo de huérfanas, guardianita con

esclavina azul que nunca la abandonaba, y el ver esos viejos amparados

por esas huérfanas, era lo más conmovedor que puede concebirse.

Mamette, al entrar, había comenzado por hacerme una gran reverencia;

pero el viejo la paralizó con cuatro palabras:

--Es amigo de Mauricio.

Y he aquí que, al punto, tiembla, llora, pierde el pañuelo, se pone

encarnada, muy roja, aún más roja que él. ¡Esos viejos! La única gota de

sangre que tienen en las venas, se les sube a la cara a la más pequeña

emoción.

--¡Pronto, pronto, una silla!--grita la vieja a su niña.

--¡Abre los postigos!--dice el viejo a la suya.

Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronme de un trote a la

ventana, abierta de par en par, para contemplarme mejor. Acercan los

sillones, me instalo entre ambos en una silla de tijera, colócanse

detrás de nosotros las dos niñas de azul, y comienza el interrogatorio.

--¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no ha venido a vernos? ¿Está contento?

Y patatín, y patatán. Todo esto durante dos horas.

Contesté del mejor modo posible a todas las preguntas, diciendo acerca

de mi amigo los detalles que conocía, inventando descaradamente los que

ignoraba, y guardándome, sobre todo, de confesar que jamás había

reparado en si cerraban bien sus ventanas, o de qué color era el papel

de su cuarto.

--¡El papel de su cuarto! Es azul, señora, azul pálido con guirnaldas.

--¿Verdad?--exclamaba conmovida la pobre vieja.

Y dirigiéndose a su marido, agregaba:

--¡Es tan buen muchacho!...

--¡Oh, sí, es un buen muchacho!--repetía el otro lleno de entusiasmo.

Y mientras que yo hablaba había entre ellos movimientos de cabeza,

sonrisitas maliciosas, guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien,

el viejo que se aproximaba a mí diciéndome:

--Hable usted más fuerte. Es un poco sorda.

Y ella por su parte:

--Le suplico que hable algo más alto. Es un poco teniente.

Yo alzaba entonces la voz, y dábanme los dos las gracias con una

sonrisa, y entre esas lánguidas sonrisas con que se inclinaban hacia mí,

pretendiendo ver en el cristal de mis ojos la imagen de su Mauricio,

conmovíame el encontrar yo mismo aquella imagen, vaga, velada, casi

imperceptible, cual si viese a mi amigo sonreírseme, entre una bruma, en

las lejanías.

* * * * *

El viejo yérguese repentinamente en el sillón.

--¿A que no adivinas en qué estoy pensando, Mamette? ¡Quizá no habrá

almorzado!

Y Mamette, trastornada, levantando los ojos al cielo, exclama:

--¡Sin almorzar! ¡Santo Dios!

Pensé que hablaban todavía de Mauricio, e iba a responder que ese buen

muchacho jamás se ponía a la mesa después del mediodía. Pero no, era a

mí a quien se referían. Y eran de ver las idas y venidas cuando confesé

que todavía no me había desayunado.

--¡En seguida, el cubierto, niñas! La mesa en medio del cuarto, el

mantel del domingo, los platos de flores. No se rían tanto, hagan el

favor, y vamos de prisita.

Creo que, efectivamente, se apresuraron. Apenas en el tiempo necesario

para romper tres platos, encontrose servido el almuerzo.

--¡Un buen almuercito!--me decía Mamette al conducirme a la mesa;--pero

es sólo para usted, porque nosotros ya comimos esta mañana.

A cualquier hora que se visite a esos pobres viejos, siempre han comido

por la mañana.

El buen almuercito de Mamette componíase de dos dedos de leche, unos

dátiles y una _barquette_, una cosa parecida a un pestiño, algo con que

alimentarse ella y sus canarios lo menos durante ocho días. ¡Y decir que

yo sólo me engullí todas aquellas provisiones! Así, pues, ¡qué

indignación alrededor de la mesa! ¡Cómo cuchicheaban las niñas vestidas

de azul, dándose con el codo! Y allá abajo, dentro de sus jaulas, cómo

parecían decirse los canarios: ¡Oh! ¿Pues no se come ese señor de una

sentada todo el pestiño?

Efectivamente, me lo comí todo y casi sin darme cuenta de ello,

distraído como estaba mirando a mi alrededor aquella habitación clara y

apacible, donde flotaba como un olor a cosas antiguas. Lo que más me

llamaba la atención eran dos camitas de las cuales no podía separar los

ojos. Figurábame esos lechos, casi como dos cunas, a la hora del alba,

cuando están aún ocultos por sus grandes cortinajes de cenefas. Dan las

tres de la madrugada. A esa hora suelen despertarse todos los viejos.

El pregunta:

--¿Duermes, Mamette?

--No, querido.

--¿Verdad que Mauricio es un buen muchacho?

--¡Oh, sí! Es un buen muchacho.

Y así poco más o menos, imaginábame yo una charla completa, sólo con

haber visto esas dos camitas de viejo, colocadas una junto a otra.

Durante este tiempo al extremo opuesto de la habitación desarrollábase

un drama terrible delante del armario. Tratábase de alcanzar allá

arriba, en la última tabla, cierto frasco de cerezas en aguardiente que

hacía diez años que aguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieron

obsequiarme. A pesar de los ruegos de Mamette, el viejo se había

empeñado en ir a buscar él mismo las cerezas, y encaramado sobre una

silla, con gran espanto de su mujer, pretendía alcanzarlo. Figúrense el

cuadro: el viejo temblaba, y empinábase; las niñas vestidas de azul,

agarradas a la silla de éste, detrás de él Mamette, jadeante, con los

brazos tiesos, y dominando todo esto un leve aroma de bergamota que

despedían grandes pilas de ropa blanca amarillenta amontonada en el

armario abierto. Era encantador.

Después de esfuerzos inauditos, consiguiose, por fin, sacar del armario

el famoso frasco y con él un antiguo vasito de plata completamente

abollado, el vaso que Mauricio usaba cuando era pequeño. Me lo llenaron

de cerezas hasta el borde, ¡le agradaban tanto a Mauricio las cerezas! Y

al servirme el viejo me murmuraba al oído con aire golosón:

--¡Es usted muy dichoso pudiendo comerlas! Mi mujer es quien las ha

preparado. Va usted a probar cosa rica.

Su mujer, ¡ah! las había preparado pero se le había olvidado ponerles el

azúcar. ¿Qué quieren? La vejez vuelve a uno distraído. ¡Pobre Mamette

mía! sus cerezas eran malísimas, a pesar de lo cual yo me las comí todas

sin pestañear, no dejando de ellas ni los rabos.

* * * * *

Cuando concluí de almorzar, me levanté para despedirme de mis huéspedes.

Ellos, por su gusto, me hubieran retenido todavía un rato, para hablar

de Mauricio, pero iba atardeciendo, estaba lejos el molino, y era

necesario emprender la marcha.

El viejo se había puesto de pie al mismo tiempo que yo.

--Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompañarlo hasta la plaza.

Mamette en su fuero interno pensaba indudablemente en que hacía ya un

poco fresco para acompañarme hasta la plaza, pero tuvo la prudencia de

no exponer su opinión. Unicamente, mientras le ayudaba a meterse las

mangas del sobretodo, un bonito sobretodo de color rapé con botones de

nácar, oí a la buena señora que le decía dulcemente:

--No regresarás muy tarde, ¿verdad?

A lo que él respondió, con aire picaresco:

--¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Pudiera ocurrir.

Después contempláronse riendo, y las niñitas vestidas de azul, de verlos

reír, reían, y en su rincón reíanse también a su manera, los canarios.

Dicho sea entre nosotros, creo que el olor de las cerezas las había

embriagado a todos una miajita.

Cuando salimos el abuelo y yo, caía la tarde. La niña del vestido azul

nos seguía de lejos, para acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía,

se enorgullecía de marchar de mi brazo como un hombre. Mamette,

radiante, observaba todo esto desde el quicio de la puerta, y al

contemplarnos, movía graciosamente la cabeza como si nos dijese:

«Todavía puede andar mi marido, a pesar de los años que tiene.»

EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO

El señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y

el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce

majestuosamente a la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées. El señor

subprefecto se puso en ese día memorable la hermosa casaca bordada, el

sombrerito apuntado, el pantalón estrecho galoneado de plata y la espada

de gala con empuñadura de nácar. Descansa sobre sus rodillas una gran

cartera de piel de zapa con relieves, y la contempla entristecido.

El señor subprefecto contempla entristecido su cartera de zapa estampada

en hueco; piensa en el famoso discurso que en breve ha de pronunciar

delante del vecindario de La-Combe-aux-Fées.

--Señores y queridos administrados.

Pero, aunque se atusa con insistencia las rubias y sedosas patillas, y

repite veinte veces consecutivas: Señores y queridos administrados, no

acierta a continuar el discurso.

No acierta a continuar el discurso... ¡Es tanto el calor que hace dentro

de aquel coche!... Hasta que se pierde en lontananza, el camino de

La-Combe-aux-Fées está lleno de polvo, bajo el sol de mediodía. El aire

abrasa... y especialmente los olmos de orillas del camino, cubiertos por

completo de blanco polvo, millares de cigarras pasan de uno a otro

árbol. El señor subprefecto se estremece repentinamente. Allá abajo,

junto a una ladera, divisa un verde robledal que parece hacerle señas.

El bosquecillo de carrascas parece hacerle señas:

--Venga usted aquí, subprefecto; al pie de mis árboles estará usted

perfectamente y podrá componer su discurso.

El señor subprefecto queda seducido, apéase del coche y dice a sus

gentes que le esperen mientras él va a componer su discurso en el

pequeño robledal.

En el bosquecillo de verdes carrascas hay pájaros, flores y fuentes

bajo la fina hierba... Al ver al señor subprefecto con sus lindos

pantalones y su cartera de zapa estampada, las aves se atemorizan y

enmudecen; las fuentes no se atreven a meter ruido y las flores

ocúltanse entre el césped. Toda esa gentecilla menuda jamás ha visto a

un subprefecto, e interrógase en voz baja quién será ese gran señor que

se pasea con pantalón de plata.

Bajo el follaje interrógase la gentecilla menuda en voz baja quién es

ese señor con pantalón de plata. Mientras tanto el señor subprefecto,

encantado con el silencio y la frescura del bosque, se levanta los

faldones de la casaca, coloca sobre la hierba el sombrero apuntado y se

sienta en el musgo junto a una encina joven. Luego abre en las rodillas

la gran cartera de piel de zapa con relieves y extrae de ella un ancho

pliego de papel ministro.

--¡Es un artista!--dice la curruca.

--No--responde un pajarillo,--no es un artista, porque lleva pantalón de

plata; pero puede ser un príncipe.

--Puede ser un príncipe--repite otro pajarito.

--Ni un artista, ni un príncipe--interrumpe un viejo ruiseñor, que había

cantado durante una primavera en los jardines de la subprefectura.--Yo

lo conozco: es... ¡un subprefecto!

Y por todo el bosquecillo repítese sin cesar:

--¡Es un subprefecto! ¡Un subprefecto!

--¡Está muy calvo!--observa una alondra muy moñuda.

Las flores preguntan:

--¿Es mala persona?

--¿Es mala persona?--preguntan las flores.

El viejo ruiseñor contesta:

--¡No es completamente malo!

Y con esta seguridad, los pájaros reanudan su canto, las fuentes vuelven

a correr y las flores a embalsamar el aire, como si aquel señor no

estuviese allí. Impasible en medio de toda aquella agradable algarabía,

el subprefecto invoca en su corazón a la Musa de los comicios agrícolas,

y lápiz en ristre, declama con voz de ceremonia:

--Señores y queridos administrados...

--Señores y queridos administrados--declama el subprefecto, con su voz

ceremoniosa.

Interrumpido por una carcajada, vuelve la cabeza y no ve más que un gran

picoverde que lo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado. El

subprefecto se encoge de hombros e intenta reanudar su discurso; pero el

picoverde lo interrumpe, gritándole desde lejos:

--¿Para qué sirve eso?

--¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?--dice el subprefecto, enrojeciendo y,

echando con un ademán a aquel pájaro insolente, prosigue a más y mejor:

--Señores y queridos administrados--prosigue a más y mejor el

subprefecto.

Y he aquí que en aquel momento se yerguen hacia él las flores desde la

punta de sus tallos, y le dicen con dulzura:

--Señor subprefecto, ¿no advierte usted el gratísimo perfume que

exhalamos?

Y las fuentes le obsequian bajo el musgo con una música divina, y entre

las ramas, sobre su cabeza, bandadas de currucas le gorjean sus notas

más sonoras, y todo el bosquecillo conspira para impedirle la

composición de su discurso.

Todo el bosquecillo conspira para impedirle la composición de su

discurso.

El señor subprefecto, embriagado de aromas, ebrio de música, pretende

inútilmente resistir el nuevo encanto que le invade. Colócase de codos

sobre la hierba, se desabrocha la hermosa casaca, y farfulla otras dos o

tres veces:

--Señores y queridos administrados. Señores y queridos adminis...

Señores y queridos...

Manda después a paseo a los administrados, y la Musa de los comicios

agrícolas vese obligada a cubrirse el rostro.

Cúbrete el rostro, ¡oh, Musa de los comicios agrícolas! Cuando,

transcurrida una hora, las gentes de la subprefactura, intranquilos por

su señor, entran en el bosquecillo, contemplan horrorizados un

espectáculo que les hace retroceder. El señor subprefecto, despechugado

como un bohemio, estaba echado boca abajo sobre la hierba. Habíase

quitado la casaca, y mascando flores, el señor subprefecto componía

versos.

EL POETA MISTRAL

Al despertarme el domingo último e incorporarme en el lecho, creí, por

un instante, que estaba en la calle del Faubourg-Montmartre. Llovía; el

cielo estaba gris; el molino triste. Me espantó la idea de pasar en casa

aquel día de lluvia, y sentíme al punto ansioso de ir a calentarme un

poco a la de Federico Mistral, ese gran poeta que reside en Maillane,

villorrio que dista tres leguas de mis pinos.

Dicho y hecho: una estaca de ramo de mirto, mi Montaigne, una manta, ¡y

al camino!

No había un alma en los campos... Nuestra hermosa Provenza católica

otorga los domingos descanso a la tierra... Los perros solos en los

hogares, las granjas cerradas... De vez en cuando, una galera de

«ordinario» con el toldo chorreando; una vieja, cubierta la cabeza con

su mantón de color de hoja seca; mulas engalanadas con guarnición de

esparto azul y blanco, madroños rojos, cascabeles de plata, tirando de

una carreta en las que las gentes de las masías van a misa; después,

allá abajo, por entre los jirones de la bruma, una barca en el río y un

pescador de pie, lanzando su esparavel.

Imposible de todo punto leer en el camino aquel día. Llovía a torrentes,

y la tramontana arrojaba el agua a cubos al rostro... Hice la caminata

de un tirón, y después de andar tres horas, percibí a la postre ante mí

los tres cipresitos en medio de los cuales guarécese del viento la

comarca de Maillane.

No andaba ni un gato por las calles de la aldea; todo el mundo estaba en

misa mayor. Al pasar yo delante de la iglesia, zumbaba el piporro, y vi

relucir los cirios a través de las policromas vidrieras.

El poeta habita al final del término municipal; en la postrera casa a la

izquierda, en el camino de Saint-Remy, una casita de un solo piso, con

un jardín delante... Entro muy despacio... ¡No hay nadie! La puerta del

salón está cerrada, pero oigo que detrás de ella andan y hablan en alta

voz... Conozco muchísimo ese paso y esa voz... Me detengo un instante en

el corredorcito enjalbegado con cal, puesta la mano en el pestillo de la

puerta, muy emocionado. El corazón me palpita. ¡Qué impresión!

Ahí está. Trabaja... ¿Esperaré que termine la estrofa? ¡A fe mía, tanto

peor! ¡Adentro!

* * * * *

¡Ah, parisienses! Cuando el poeta de Maillane fue a visitar a ustedes

para enseñar a París su _Mireya_, y vieron a ese Chactas con traje de

ciudad, con cuello recto y sombrero alto, que le molestaba tanto como su

gloria, creyeron que ése era Mistral... No; no era él. En todo el mundo

no hay nada más que un Mistral, el que sorprendí yo el domingo último en

su lugarejo, con el sombrero de fieltro de alas anchas en la oreja, sin

chaleco, de chaquetón, con su roja faja catalana oprimiéndole los

riñones, brillantes los ojos, con el fuego de la inspiración en las

mejillas, hermoso con su dulce sonrisa, elegante como un pastor griego,

y caminando ligero, con las manos en los bolsillos componiendo versos.

--¡Hola! ¿Tú aquí?--gritó Mistral, arrojándoseme de un salto al

cuello.--¡Qué buena idea has tenido de venir!... Justamente, hoy es la

fiesta de Maillane. Tenemos la música de Aviñón, toros, procesión,

farándula; esto será magnífico... Mi madre volverá pronto de misa,

almorzaremos y, después, a ver cómo bailan las muchachas bonitas.

Mientras me hablaba, miré emocionado ese saloncito de papel claro, que

hacía mucho tiempo que no había visto y donde he pasado ya tan hermosas

horas. Todo estaba igual. Siempre el mismo sofá de cuadros amarillos,

los dos sillones de paja, la Venus de Milo, y la Venus de Arlés en la

chimenea, el retrato del poeta por Hébert, su fotografía por Esteban

Carjat, y en un rincón, cerca de la ventana, el escritorio, una humilde

mesita de oficial del registro, completamente atestada de librotes

viejos y de diccionarios. En medio de esa mesa de despacho, había un

gran cuaderno abierto... Era _Calendal_, el nuevo poema de Federico

Mistral, que verá la luz pública este año el día de Navidad. Hacía siete

años que Mistral trabajaba en ese poema, y cerca de seis meses que

escribió el último verso; sin embargo, todavía no se decide a separarse

de él. Es claro, siempre hay una estrofa que concluir, una rima más

sonora que encontrar... Aunque Mistral escribe en provenzal, pule sus

versos como si todos pudieran leerlos en ese idioma y tenerle en cuenta

sus esfuerzos de buen obrero... ¡Oh, valiente poeta! De Mistral hubiera

podido también decir Montaigne: Acuérdense de aquél a quien, como le

preguntasen por qué se tomaba tanto trabajo en un arte que sólo podía

llegar a conocimiento de reducido número de personas, respondió: «Pocas

necesito. Me basta una. Tengo suficiente con ninguna.»

* * * * *

Tenía yo en las manos el cuaderno de _Calendal_, y hojeábalo

profundamente emocionado... Una banda de pífanos y tamboriles resonó de

repente en la calle delante de la ventana, y he aquí Mistral que corre

al armario, saca de él vasos y botellas, coloca la mesa en medio del

salón, y abre la puerta a los músicos, diciéndome:

--No debes reírte... Vienen a darme la alborada... Soy concejal.

La gente invadió el saloncillo. Pusieron los tamboriles sobre las

sillas, la vieja bandera en un rincón, y circuló el vino trasañejo.

Después de consumir algunas botellas a la salud de don Federico, de

conversar gravemente acerca de la fiesta, de si la farándula será tan

bonita como el año anterior, de si serán bravos los toros, vanse los

músicos a dar la alborada a casa de los demás regidores. En ese momento

llega la madre de Mistral.

En un momento ponen la mesa; un hermoso mantel blanco y dos cubiertos.

Yo conozco la costumbre de la casa: sé que, cuando Mistral tiene

convidados, su madre no se sienta a la mesa... La pobre anciana no habla

más que el provenzal, y pasaría grandes angustias si tuviera que

conversar con franceses... Por otra parte, hace falta en la cocina.

¡Santo Dios, con qué comida más suculenta me obsequiaron aquella mañana!

Un trozo de cabrito asado, queso de monte, mostillo, higos, uvas

moscateles; todo ello rociado con ese exquisito _Château-neuf de los

Papas_, de un color rojo tan precioso en los vasos...

A los postres, voy a buscar el cuaderno del poema y lo pongo en la mesa

delante de Mistral.

--Habíamos convenido en salir--dijo sonriéndose el poeta.

--¡No, no! _¡Calendal! ¡Calendal!_

Mistral transige y con su voz musical y dulce, llevando el compás de los

versos con la mano, empieza la lectura del primer canto:

De una zagala loca de amor,

Ahora que ha dicho la desventura,

Cantaré, Dios mediante, un hijo de Cassis,

Un desgraciado pescador de anchoas...

Fuera oíase el tañido de las campanas tocando a vísperas, estallaban los

cohetes en la plaza, pasaban y volvían a pasar pífanos y tamboriles por

las calles. Mugían los toros de Camargue, conducidos para la lidia.

Acodado en el mantel, con lágrimas en los ojos, escuché la historia del

pescadorcillo provenzal.

* * * * *

Calendal es sólo un pescador; el amor lo transforma en héroe... Para

conquistar el corazón de su amada, la hermosa Estérelle, acomete

empresas milagrosas, y los doce trabajos de Hércules son nada si se

comparan con los suyos.

Una vez, como se le ocurriera hacerse rico, inventa formidables artes de

pesca y arrastra al puerto todos los pescados del mar. Otra vez, va a

retar en su propio nido de águilas a un terrible bandido de las

gargantas de Ollionles, el conde Severan, entre sus matones y sus

rufianes... ¡Valiente mozo más templado es ese mocito Calendal! Un día

tropieza en Sainte-Beaume con dos partidas de artesanos que habían ido

allí a ventilar sus disputas a grandes golpes de compás, sobre el

sepulcro del maestro Yago, un provenzal que construyó la armadura del

templo de Salomón, si ustedes no se enojan. Calendal se lanza en medio

de la carnicería y pone paz a los compañeros sólo con hablarles...

¡Empresas sobrehumanas!... Allá arriba, en las peñas de Lure, existía un

bosque de cedros inaccesibles, donde jamás leñador alguno se había

atrevido a subir.

Va Calendal y permanece allí treinta días completamente solo. Durante

treinta días, óyese el ruido de su hacha, que resuena al hundirse en los

troncos.

Ruge la selva; uno tras otro caen los viejos árboles gigantescos y

ruedan al fondo de los abismos, y cuando Calendal desciende, ya no queda

ni un cedro en la montaña...

Después de todo y como premio de tales hazañas, el pescador de anchoas

obtiene el amor de Estérelle, y es nombrado cónsul por los habitantes de

Cassis. Tal es la historia de Calendal. Pero, ¿qué importa Calendal? Lo

que vive, sobre todo, en el poema, es la Provenza, la Provenza del mar,

la Provenza de la montaña, con su historia, sus costumbres, sus

tradiciones, sus paisajes, todo un pueblo candoroso y libre que ha

encontrado su gran poeta antes de perecer...

Y ahora, ¡tracen caminos de hierros, planten postes telegráficos,

expulsen la lengua provenzal de las escuelas!

¡Provenza ha de vivir eternamente en _Mireya_ y en _Calendal_!

* * * * *

--¡Basta de poesía!--dijo Mistral, cerrando su cuaderno.--Es preciso ver

la fiesta.

Salimos. Todo el pueblo estaba en las calles; un ramalazo de cierzo

había disipado las nubes del cielo, que brillaba alegremente sobre las

rojas techumbres, mojadas por la lluvia. Llegamos a tiempo de presenciar

la procesión que regresaba. Durante una hora fue aquello un interminable

desfile de penitentes con capirotes, penitentes blancos, penitentes

azules, penitentes grises, cofradías de mozas con velo, estandartes

rojos con flores de oro, grandes imágenes, unas de madera desdoradas y

conducidas en cuatro hombros, y otras de loza coloridas como ídolos con

grandes ramos en la mano, capas de coro, incensarios, doseles de

terciopelo verde, crucifijos rodeados de seda blanca; todo esto

flameando al viento, entre la luz de los cirios y la del sol, en medio

de salmos, de letanías y de las campanas, que no cesaban de tocar a

rebato.

Cartas de mi molino · 第 3 / 8 段