Tan pronto como desembarcamos y mientras los marineros encendían lumbre

para guisar la sopa de peces, me llamó el patrón, y mostrándome una

pequeña cerca de piedra blanca, perdida entre las brumas en el extremo

de la isla, me dijo:

--¿Quiere usted venir al cementerio?

--¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues, ¿dónde nos encontramos?

--En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueron enterrados los seiscientos

hombres de la fragata _Ligera_, en el lugar mismo en que se perdió hace

diez años... ¡Pobre gente! No son muy visitados y menos mal que llegamos

nosotros para decirles buenos días, puesto que ya estamos en él...

--Con mucho gusto por mi parte, patrón.

* * * * *

¡Cuánta tristeza respira el cementerio de la _Ligera_!... Lo veo

todavía, con su bajo tapial, su puerta de hierro oxidada y difícil de

abrir, con centenares de cruces negras ocultas por la hierba. ¡Ni una

corona de siemprevivas, ni un recuerdo, nada!... ¡Ah, infelices muertos

abandonados, cuánto frío deben sentir en su tumba casual!

Un momento estuvimos allí arrodillados. El patrón rezaba en voz alta.

Enormes goletas, únicos guardianes del cementerio, revoloteaban sobre

nuestras cabezas confundiendo sus roncos gritos con los lamentos del

mar.

Cuando concluimos de rezar, regresamos tristemente hacia el rincón donde

había sido amarrada la barca. No perdieron el tiempo los marineros

durante nuestra ausencia. Encontramos una gran hoguera llameante

resguardada por un peñasco y la marmita que humeaba. Nos sentamos en

corro, con los pies juntos a la lumbre, y bien pronto tuvo cada cual

sobre sus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado, dos

rebanadas de pan moreno con mucho caldo. Nadie habló durante la comida:

estábamos mojados, teníamos hambre, y además la proximidad del

cementerio... A pesar de todo desocupamos las cazuelas, encendimos las

pipas y empezamos a charlar un poco. Como es natural, el tema de nuestra

conversación fue la _Ligera_.

--Pero, dígame, ¿cómo ocurrió la catástrofe?--pregunté al patrón, quien

con la cabeza apoyada en las manos, miraba la lumbre con aire pensativo.

--¿Que cómo ocurrió la catástrofe?--respondiome el bueno de Lionetti,

suspirando con amargura.--¡Ah! señor, nadie del mundo pudiera decirlo.

Todo lo que sabemos es que la _Ligera_, llena de tropas para Crimea,

había zarpado de Tolón la víspera por la tarde, con mal tiempo. De noche

todavía, empezó a arreciar el temporal. Viento, lluvia, mar alborotado

como nunca. Por la mañana amainó un poco el viento, pero el mar

continuaba tan fiero; y a todo esto, una maldita bruma del demonio, que

no permitía distinguir un fanal a cuatro pasos. No puede usted formarse

idea, señor, de lo traidoras que son esas brumas. Eso nada importa;

nadie me quita de la cabeza que la _Ligera_ debió perder el timón de

madrugada; porque, por muy densa que fuera la bruma, sin una avería, el

capitán no hubiese venido a estrellarse aquí. Era un experto marino, a

quien todos conocíamos. Había mandado la estación naval de Córcega

durante tres años y conocía la costa tan bien como yo, que no conozco

otra cosa.

--¿Y a qué hora se supone que se estrelló la _Ligera_?

--Debió ser a mediodía; sí, señor, en pleno mediodía... Pero, ¡cáspita!

con la bruma de mar, ese pleno mediodía no era más claro que una noche

obscura como boca de lobo... Un aduanero de la costa me refirió que

aquel día, habiendo salido de su caseta para sujetar los postigos,

próximamente a las once y media, una racha de viento le llevó la gorra,

y exponiéndose a ser llevado él mismo por la resaca, empezó a correr

tras de aquélla a cuatro patas, a lo largo de la playa. Comprenderá

usted que a los carabineros no les sobra la plata y una gorra cuesta

cara. Pues bien, parece ser que al levantar un momento la cabeza nuestro

hombre, vio, muy cerca de él, entre la bruma, un buque de alto bordo que

huía a palo seco, sotaventeando las islas Lavezzi. Este buque marchaba

con tanta velocidad, que el aduanero apenas tuvo tiempo de verlo bien.

Sin embargo, todo hace suponer que sería la _Ligera_, puesto que media

hora más tarde el pastor de las islas oyó en estas rocas... Pero

justamente viene aquí el pastor de que le hablo a usted; él mismo podrá

contarle el suceso... ¡Buenos días, Palombo!... Ven a calentarte un

poco; no temas, hombre.

Acercose a nosotros tímidamente un hombre encapuchado, a quien veía yo

desde poco antes rondar alrededor de nuestra hoguera, y al cual había

tomado por uno de los tripulantes, pues no sabía que hubiese pastor

alguno en la isla.

Era un viejo leproso, casi completamente idiota, atacado por no sé qué

enfermedad escorbútica que convertía sus labios en un gran morro, que

no podía mirarse sin repugnancia. Costó gran trabajo hacerle entender de

qué se trataba. Entonces, levantándose con un dedo el labio enfermo, el

viejo nos contó que, en efecto, desde su choza oyó aquel día, alrededor

de las doce, un horrible crujido en las peñas. Como toda la isla estaba

cubierta por el agua, no había podido salir, y sólo al siguiente día fue

cuando, al abrir la puerta, pudo ver la costa llena de restos y

cadáveres arrastrados hasta allí por el mar. Espantado, huyó a toda

prisa hacia su barca, para ir a Bonifacio a buscar gente.

Tomó asiento el pastor, rendido de haber hablado tanto, y el patrón

reanudó su discurso:

--Sí, señor; este pobre viejo fue quien nos avisó. Estaba casi loco de

miedo, y desde entonces tiene la cabeza a pájaros. Lo cierto es que

había motivo para ello... Figúrese usted seiscientos cadáveres

amontonados sobre la arena, revueltos con astillas de madera y jirones

de lona... ¡Pobre _Ligera_!... El mar la había molido de golpe y hecho

trizas en tal forma, que el pastor Palombo apenas ha podido encontrar

entre todos sus residuos con qué hacer una empalizada para su choza...

En cuanto a los hombres, desfigurados casi todos, espantosamente

mutilados... inspiraba compasión el verlos asidos unos a otros, en

racimos... Allí estaban el capitán con uniforme de gala, el capellán con

la estola al cuello; en un rincón, entre dos peñascos, un grumete con

los ojos abiertos... parecía vivo todavía; ¡pero, no! Era cosa decidida

que nadie se librara...

Al llegar a este punto, el patrón se interrumpió, gritando:

--¡Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre!

Nardi arrojó en el brasero dos o tres pedazos de tablones embreados, que

se inflamaron, y Lionetti prosiguió:

--Lo más triste de esta historia es esto: Tres semanas antes de la

catástrofe, una pequeña corbeta, que iba a Crimea, lo mismo que la

_Ligera_, naufragó del mismo modo y casi en el mismo sitio; sólo que

aquella vez pudimos salvar la tripulación y veinte soldados de

ingenieros que iban a bordo... ¡Es claro, esos pobres tiralíneas no

estaban en su elemento! Se les condujo a Bonifacio y permanecieron dos

días con nosotros en la _marina_... Después que se secaron bien y se

pusieron en pie, ¡buenas noches, buena suerte! ¡Regresaron a Tolón,

donde volvieron a ser embarcados para Crimea!... ¿A que usted no adivina

en qué buque?... ¡En la _Ligera_, señor!... Los vimos a todos veinte,

tumbados entre los muertos, en el sitio donde nos encontramos ahora...

Yo mismo conocí a un lindo sargento de finos bigotes, un pisaverde de

París, a quien había hospedado en mi casa y que nos había hecho reír

todo el tiempo con sus historias... Al encontrarlo allí, se me partió el

corazón... ¡Ah, Santa Madre!...

Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudió, conmovido, la ceniza de

su pipa y se arrebujó en su capotón, dándome las buenas noches...

Durante algún tiempo, continuaron hablando a media voz los marineros...

Después, una tras otra, se apagaron las pipas... No se pronunció una

palabra más... Marchose el pastor viejo... Y yo me quedé solo soñando

despierto, en medio de la tripulación dormida.

* * * * *

Impresionado por el lúgubre relato que acababa de oír, intenté

reconstruir con la imaginación el pobre buque difunto y la historia de

esta agonía cuyos únicos testigos fueron las aves goletas. Algunos

detalles que me llamaron la atención, el capitán con uniforme de gala,

la estola del capellán, los veinte soldados de ingenieros, ayudáronme a

adivinar todos los detalles del drama... Veía zarpar de Tolón la

fragata, al obscurecer... Sale del puerto. Hay mar de fondo y un viento

huracanado; pero el capitán es un valiente marino, y todo el mundo está

tranquilo a bordo...

A la madrugada, se levanta la bruma de mar. Comienzan todos a

inquietarse. Toda la tripulación está sobre cubierta. El capitán no

abandona la toldilla... En el entrepuente, donde van metidos los

soldados, la obscuridad es completa; la atmósfera está calurosa. Algunos

están enfermos, tendidos sobre sus petates. El buque cabecea

horriblemente; no se puede permanecer de pie. Hablan sentados en

corrillos en el suelo, abrazándose a los bancos; es necesario gritar

para oírse. Algunos empiezan a atemorizarse... ¡No es para menos el

caso! Son frecuentes los naufragios en estos parajes; si no, que lo

digan los «tiralíneas», y lo que éstos refieren es para asustar a

cualquiera.

Especialmente, su sargento primero, un parisiense que siempre está de

broma, pone la carne de gallina con sus chanzonetas.

--¡Un naufragio!... Pues, si es la cosa más divertida un naufragio.

Salimos del paso con un baño frío, y después nos conducen a Bonifacio, a

comer mirlos en casa del patrón Lionetti.

Y los «tiralíneas» ríe que te reirás...

De repente se oye un crujido... ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?...

--El timón se ha ido--dice un marinero calado de agua, el cual cruza

corriendo el entrepuente.

--¡Buen viaje!--grita ese loco de sargento; pero esto ya no hace excitar

la risa.

Gran barullo sobre el puente. La bruma impide verse. Los marineros van

de un lado para el otro horrorizados, a tientas... ¡Ya no hay timón! No

se puede maniobrar... La _Ligera_, perdido el rumbo, corre con tanta

velocidad como el viento... Entonces es cuando la ve pasar el aduanero;

son las once y media. A proa de la fragata suena un cañonazo... ¡Las

rompientes, las rompientes!... Todo concluyó: no hay más esperanza, va

derecha a la costa... El capitán desciende a su camarote... Al cabo de

un momento, ocupa nuevamente su puesto en la toldilla con uniforme de

gala... Ha querido engalanarse para morir.

En el entrepuente se contemplan ansiosos los soldados, sin rechistar...

Los enfermos pretenden levantarse... el sargentito ya no se ríe...

Entonces se abre la puerta y aparece en el umbral el capellán con su

estola, diciendo:

--¡De rodillas, hijos míos!

Todos obedecen. Con voz atronadora, el sacerdote comienza las preces por

los agonizantes.

Sobreviene de pronto un choque formidable, un grito, uno solo, una

gritería inmensa, brazos tendidos, manos que se entrelazan, ojos

extraviados en los que se refleja con la rapidez del relámpago la

trágica visión de la muerte...

¡Misericordia!

Toda la noche la pasé lo mismo: soñando, evocando, a los diez años del

suceso, el alma del pobre buque cuyos restos me circundaban. A lo lejos,

en el estrecho, rugía la tempestad, la tempestad; la llama de la hoguera

inclinábase a uno y otro lado con las rachas de viento, y oía danzar a

nuestra barca junto a las rocas, haciendo crujir las amarras.

LOS ADUANEROS

Una vieja embarcación de la Aduana, semicubierta, era la _Emilia_, de

Porto-Vecchio, a bordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a las islas

Lavezzi. Para resguardarse en ella del viento, de las olas y de la

lluvia, sólo había un pequeño pabellón embreado, lo suficientemente

amplio para contener escasamente una mesa y dos literas. Con tan pobres

recursos, merecían verse nuestros marineros con el mal cariz del tiempo.

Chorreaban los rostros, las blusas caladas de agua humeaban como ropa

blanca puesta a secar en estufa, y en pleno invierno los infelices

pasaban así días enteros, hasta las noches inclusive, acurrucados en sus

mojados asientos, tiritando entre aquella humedad malsana, porque no se

podía encender fuego a bordo, y muchas veces era difícil ganar la

costa... Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba. En los más

recios temporales, siempre los vi con idéntica placidez, del mismo buen

humor. Y, no obstante, ¡qué triste vida la de esos carabineros de mar!

Casados casi todos ellos, con esposa e hijos en tierra, permanecen meses

enteros separados de su familia dando bordadas por aquellas tan

peligrosas costas, alimentándose solamente de pan enmohecido y cebollas

silvestres. ¡Jamás beben vino, nunca comen carne, porque la carne y el

vino cuestan caros, y su sueldo es sólo quinientos francos al año!

¡Figúrense ustedes si habrá obscuridad en la choza de allá abajo, en la

_marina_, y si los niños irán bien calzados!... ¡No le hace! Todas esas

gentes parecen contentas con su suerte. A popa, delante del camarote,

había un gran balde lleno de agua llovida, donde la tripulación calmaba

la sed, y recuerdo que, apurado el último buche, cada uno de esos pobres

diablos sacudía su escudilla con un ¡ah! de satisfacción, una expresión

de bienestar tan cómica como enternecedora.

El que mostraba más alegría y satisfacción entre todos era un natural de

Bonifacio, tostado, pequeño y rechoncho, a quien llamaban Palombo. Este

pasábase el tiempo cantando aun en medio de los mayores temporales.

Cuando el oleaje tomaba el color del plomo, cuando el cielo obscuro por

la cerrazón llenábase de menudo granizo y venteaban todos la borrasca

que iba a venir, entonces, entre el silencio absoluto y la ansiedad de a

bordo, comenzaba a canturrear la voz reposada de Palombo:

No, señor,

Es gran honor.

Es honrada Liseta y no fe...a:

Se queda en la alde...a...

Y por muchas que fueran las rachas que hacían crujir el velamen,

zarandeando e inundando la barca, no dejaba de oírse la canción del

aduanero, balanceada cual una gaviota en la cresta de las olas. El

viento acompañaba en ocasiones con demasiada fuerza, y no se oían las

palabras; pero después de cada golpe de mar, entre el murmullo del agua

que chorreaba, oíase constantemente el estribillo de la canción:

Es honrada Liseta y no fe...a:

Se queda en la alde...a...

Pero llegó un día de viento y lluvia muy fuertes, en que ya no lo oí.

Era tan extraordinario el caso, que saqué del camarote la cabeza:

--¡Eh, Palombo! ¿No cantas hoy?

Palombo no respondió. Estaba inmóvil, tendido en su banco. Me acerqué a

él. Castañeteábanle los dientes; la fiebre hacía temblar todo su cuerpo.

--Tiene una _puntura_--me dijeron afligidos sus camaradas.

Ellos llaman _puntura_ a una punzada de costado, una pleuresía. Aquella

gran cerrazón plomiza, aquella barca chorreando agua, aquel pobre

febricitante arrebujado en un viejo capote de caucho que relucía bajo la

lluvia como una piel de foca: jamás he presenciado nada más lúgubre. El

frío, el viento y el vaivén de las olas no tardaron en agravar en su

enfermedad al pobre aduanero. Lo acometió el delirio y fue necesario

atracar.

Después de mucho tiempo y no pequeños esfuerzos, entramos al obscurecer

en una ensenadita árida y silenciosa, animada solamente por el vuelo

circular de algunas aves. En cuanto de la playa alcanzaba la vista,

erguíanse altas rocas escarpadas, intrincados laberintos de arbustos

verdes, de un verde obscuro y hojas perennes. Abajo, junto al agua, una

casita blanca, con postigos grises, era el puesto de la Aduana. En medio

de ese desierto, aquel edificio del Estado, con cifras como una gorra de

uniforme, producía una impresión desagradable de indecible malestar. El

pobre Palombo fue desembarcado allí. ¡Triste asilo para un enfermo!

Encontramos al aduanero disponiéndose a comer al amor de la lumbre, en

compañía de su mujer y sus hijos. Todas aquellas gentes tenían caras

pálidas, amarillentas, grandes ojos sombreados por la fiebre. La madre,

joven todavía, con un niño de pechos en los brazos, estremecíase de frío

cuando hablaba con nosotros.

--Es un puesto mortífero--me dijo en voz baja el inspector.--Nos vemos

en la necesidad de relevar a nuestros aduaneros cada dos años. La fiebre

de las marismas los mata.

Sin embargo, se pretendía ir a buscar un módico. Para encontrar al más

próximo era preciso ir hasta Sartène, es decir, a seis u ocho leguas de

allí. ¿Cómo arreglárselas? Nuestros marineros estaban completamente

extenuados de cansancio, y no se podía enviar a uno de los niños tan

lejos. Entonces la mujer, inclinándose fuera, llamó:

--¡Cecco!... ¡Cecco!

Y entró un mocetón muy fornido, verdadero tipo de cazador en vedado o de

_bandito_, con su gorro de lana parda y su gabán de pelo de cabra. Al

desembarcar ya me había fijado en él, al verle sentado a la puerta, con

su pipa roja entre los dientes y un fusil entre las piernas, pero,

ignoro por qué, había huido al aproximarnos. Tal vez creyó que iban

gendarmes con nosotros. Cuando entró, ruborizose un poco la aduanera.

--Es mi primo--nos dijo.--No hay temor de que éste se pierda entre la

espesura.

Díjole después algunas palabras en voz baja, señalándole el enfermo.

Inclinose el hombre sin replicar, silbó a su perro y salió corriendo a

todo escape, escopeta al hombro, saltando de peña en peña a grandes

zancadas.

Durante, ese tiempo, los niños, que parecían aterrados por la presencia

del inspector, concluyeron pronto de comer las castañas y el queso

blanco. ¡Y siempre agua, sólo agua en la mesa! Sin embargo, ¡hubiera

venido tan bien un trago de vino a los pequeños! ¡Ah, miseria! Al fin,

la madre subió a acostarlos; el padre, encendiendo el farol, fuese a

inspeccionar la costa, y nosotros continuamos velando a nuestro enfermo,

que se revolvía en su camastro cual si aun estuviese en alta mar,

zarandeado por el oleaje. Para calmar un poco su _puntura_, calentamos

guijarros y ladrillos, poniéndoselos en el costado. Una o dos veces, al

acercarme a su lecho, el infeliz me conoció, y para darme las gracias me

tendió trabajosamente la mano, una manaza rasposa y tan ardiente como

uno de aquellos ladrillos sacados del fuego.

¡Triste velada! Fuera habíase recrudecido el temporal al expirar el día,

y era aquello un estrépito, una descarga cerrada, un surgidero de

espumarajos, la batalla entre los peñascos y las aguas. Un golpe de

viento de alta mar penetraba de vez en cuando en la caleta y envolvía

nuestra casa. Conocíase por el repentino aumento de las llamas, que

iluminaban de pronto los mohínos rostros de los marineros, agrupados en

derredor de la chimenea contemplando el fuego con esa plácida expresión

que da el hábito de las hermosas perspectivas y de los horizontes

inmensos. También, a veces, quejábase Palombo con dulzura. Entonces

volvían todos los ojos hacia el rincón obscuro, donde el pobre compañero

estaba en el trance de la muerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y,

acongojados los pechos, oíanse grandes suspiros. Eso es todo cuanto

inspiraba a aquellos trabajadores del mar, pacientes y dulces, el

sentimiento de su propio infortunio. Nada de sublevaciones ni de

huelgas.

¡Solamente un suspiro! Sin embargo, me equivoco. Al pasar uno de ellos

por delante de mí para arrojar un haz de leña al fuego, me dijo con voz

baja y conmovida:

--¡Ya ve usted, señor, que en nuestro oficio se sufren a veces muchas

penas!

LOS VIEJOS

--¿Qué es eso, tío Azam? ¿Una carta?

--Sí, señor... una carta que viene de París.

¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azam con que la carta viniese de

París! Yo no. Algo me decía que aquella parisiense de la calle de Juan

Jacobo, al caer en mi mesa tan repentinamente y tan temprano, iba a

hacerme perder toda la mañana. No me había equivocado, como pueden

juzgar ustedes mismos. Decía así:

* * * * *

«Amigo mío: Necesito que me hagas un favor. Cierra por un día tu molino,

y ve en seguida a Eyguières, que es un lugarón que dista tres o cuatro

leguas de tu residencia, un paseo, como quien dice. Cuando llegues,

pregunta por el convento de las huérfanas. Pasado el convento, verás una

casa de un solo piso, contiene postigos grises y un jardinillo detrás.

Entra sin llamar, la puerta está siempre abierta, y cuando entres da

muchas vocea:--¡Buenos días, buena gente! Soy amigo de

Mauricio.--Entonces verás a dos viejecitos, ¡oh! pero viejos, reviejos,

archiviejos, tenderte los brazos desde el fondo de sus grandes sillones,

y los abrazas en mi nombre, de todo corazón, como si fuesen cosa tuya.

Después hablarán ustedes; ellos te preguntarán por mí, y yo seré el

único tema de su conversación; te contarán mil chocheces, que debes

escuchar sin reírte. ¿No te reirás, eh? Son mis abuelos, dos seres para

quienes yo soy toda su vida, y que no me han visto desde hace diez años.

¡Mira tú que diez años tienen días! Pero, ¿qué quieres? París me ha

hecho prisionero como a ellos la edad avanzada. Son tan viejos, que si

viniesen a verme, se quedarían en el camino. Afortunadamente, mi querido

molinero, andas tú por ahí abajo, y al abrazarte, los pobres creerán en

cierto modo que soy yo a quien abrazan. ¡Les he hablado tantas veces de

nosotros y de la buena amistad que nos une!»

* * * * *

¡Llévese el diablo la buena amistad! Justamente aquella mañana hacía un

tiempo hermoso, pero poco adecuado para rodar por los caminos, demasiado

mistral y excesivo sol, un verdadero día de Provenza. Cuando recibí

aquella maldita carta había ya elegido mi abrigo entre dos rocas, y

soñaba con pasar allí todo el día como un lagarto, inundándome de luz y

oyendo cantar los pinos. En fin, ¿qué vamos a hacerle? Cerré el molino

gruñendo y coloqué la llave debajo de la gatera. Tomé el garrote y la

pipa, y eché a andar.

Llegué a Eyguières próximamente a las dos. El villorrio estaba desierto,

todo el mundo en el campo. En los olmos, junto a la acequia, blancos de

polvo, cantaban las cigarras como en pleno Crau. En la plaza de la

Alcaldía, tomando el sol, un asno, y en la fuente de la iglesia una

bandada de palomas, pero ni un alma a quien preguntar por el convento de

las huérfanas. Afortunadamente, aparecióseme de pronto una hada vieja,

hilando en cuclillas arrimada al quicio de su puerta, le expuse mi

deseo, y como aquella hada era muy poderosa, no necesitó más que

levantar la rueca, y alzose al punto ante mí, como por arte de magia,

el convento de las huérfanas. Era un caserón destartalado y obscuro, muy

satisfecho de lucir sobre su pórtico ojival una vetusta cruz de arenisca

roja, con una inscripción latina. Junto a aquella casa, vi otra más

pequeña con postigos grises, y el jardín detrás.

La conocí en seguida y entré sin llamar.

Durante toda mi vida recordaré aquel largo corredor fresco y tranquilo,

la pared pintada de color de rosa, el jardinillo que se entreveía en el

fondo a través de una cortina de color, y en todos los tableros flores y

violines descoloridos. Prodújome la misma impresión que hubiera

experimentado al entrar en la casa de algún antiguo bailío de los

tiempos de Maricastaña. Al fin del pasillo, a la izquierda, por una

puerta entornada oíase el tic tac de un enorme reloj y una voz infantil,

pero de niño de la escuela, que leía deteniéndose en cada sílaba:

En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...mó:... Yo...

soy... el... tri...go del... Se...ñor... Es... ne...ce...sa...rio...

que... me... tri...tu...ren... las... mue...las... de... es...tos...

a...ni...ma...les... Acerqueme con precaución a aquella puerta y miré.

Cartas de mi molino · 第 2 / 8 段