Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

ALFONSO DAUDET

CARTAS DE MI MOLINO

TRADUCCIÓN DE F. CABAÑAS

BUENOS AIRES

1911

Reservados los derechos de traducción.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires

INDICE

Acta notarial

Cartas de mi molino.--Instalación

La Diligencia de Beaucaire

La Mula del Papa

El Faro de las Sanguinarias

La Agonía de la goleta _Ligera_

Los Aduaneros

Los Viejos

El Subprefecto en el campo

El Poeta Mistral

Las Naranjas

En Milianah.--Notas de viaje

La Langosta

En Camargue:

I.--La Partida

II.--La Cabaña

III.--¡A la espera!

IV.--Rojo y blanco

V.--El Vaccarés

Nostalgia de cuartel

Las Emociones de un perdigón rojo

El Emperador ciego o viaje a Bavaria para buscar una tragedia japonesa:

I.-- El Señor coronel de Sieboldt

II.--La Alemania del Sur

III.--En «Droschke»

IV.--El País de lo azul

V.--Paseo sobre el Starnberg

VI.--La Bavaria

VII.--El Emperador ciego

ACTA NOTARIAL

«Compareció ante mí, Honorato Grapazi, notario residente en

Pamperigouste:

»El señor Gaspar Mitifio, esposo de Vivette Cornille, avecindado y

residente en el lugar denominado Los Cigarrales;

»Quien, por la presente escritura, vende y transfiere con todas las

garantías de hecho y de derecho, y libre completamente de deudas,

privilegios e hipotecas,

»Al señor Alfonso Daudet, poeta, que reside en París, aquí presente y

aceptante,

»Un molino harinero de viento, situado en el valle del Ródano, en la

Provenza, sobre una ladera poblada de pinos y carrascas; cuyo molino

está abandonado desde hace más de veinte años e inservible para la

molienda a causa de las vides silvestres, musgos, romeros y otras

hierbas parásitas que ascienden por él hasta las aspas.

»Sin embargo, a pesar de su estado ruinoso, con su gran rueda rota, y la

plataforma llena de hierba nacida entre los ladrillos, el señor Alfonso

Daudet declara convenirle el citado molino y, encontrándolo apto para

servir en sus trabajos de poesía, lo toma por su cuenta y riesgo, y sin

reclamar nada contra el vendedor por causa de las reformas que

necesitará introducir en él.

»La venta se hace al contado y mediante el precio convenido, que el

señor Daudet, poeta, ha mostrado y colocado sobre la mesa en dinero

contante y sonante, cuyo precio ha sido cobrado y guardado por el señor

Mitifio; todo ello a vista del notario y testigos que suscriben, de lo

cual se extiende carta de pago con reserva.

»Contrato elevado en Pamperigouste, en el estudio de Honorato, estando

presentes Francet Mamaï, tañedor de pífano, y Luiset, alias el _Quique_,

portador de la cruz de los penitentes blancos.

»Los cuales firman con las partes y el notario, previa lectura...»

CARTAS DE MI MOLINO

INSTALACIÓN

¡Valiente susto les he dado a los conejos! Acostumbrados a ver durante

tanto tiempo cerrada la puerta del molino, las paredes y la plataforma

invadidas por la hierba, creían ya extinguida la raza de los molineros,

y encontrando buena la plaza, habíanla convertido en una especie de

cuartel general, un centro de operaciones estratégicas, el molino de

Jemmapes de los conejos. Sin exageración, lo menos veinte vi sentados

alrededor de la plataforma, calentándose las patas delanteras en un rayo

de luna, la noche en que llegué al molino. Al abrir una ventana, ¡zas!

todo el vivac sale de estampía a esconderse en la espesura, enseñando

las blancas posaderas y rabo al aire. Supongo que volverán.

Otro que también se sorprende mucho al verme, es el vecino del piso

primero, un viejo búho, de siniestra catadura y rostro de pensador, el

cual reside en el molino hace ya más de veinte años. Lo encontré en la

cámara del sobradillo, inmóvil y erguido encima del árbol de cama, en

medio del cascote y las tejas que se han desprendido. Sus redondos ojos

me miraron un instante, asombrados, y, después, despavorido al no

conocerme, echó a correr chillando. ¡Hu, hu! y sacudió trabajosamente

las alas, grises de polvo; ¡qué diablo de pensadores, no se cepillan

jamás! No importa, tal como es, con su parpadeo de ojos y su cara

enfurruñada, ese inquilino silencioso me agrada más que cualquiera otro,

y no me corre prisa desahuciarlo. Conserva, como antes de habitario yo,

toda la parte alta del molino con una entrada por el tejado; yo me

reservo la planta baja, una piececita enjalbegada con cal, con la bóveda

rebajada como el refectorio de un convento.

* * * * *

Desde ella escribo con la puerta abierta de par en par, y un sol

espléndido.

Un hermoso bosque de pinos, chispeante de luces, se extiende ante mí

hasta el pie del repecho. En el horizonte destácanse las agudas

cresterías de los Alpilles. No se percibe el ruido más insignificante. A

lo sumo, de tarde en tarde, el sonido de un pífano entre los espliegos,

un collarón de mulas en el camino. Todo ese magnífico paisaje provenzal

sólo vive por la luz.

Y actualmente, ¿cómo he de echar de menos ese París ruidoso y obscuro?

¡Estoy tan bien en mi molino! Este es el rinconcito que yo anhelaba, un

rinconcito perfumado y cálido, a mil leguas de los periódicos, de los

coches de alquiler, de la niebla. ¡Y cuántas lindas cosas me rodean! No

hace más de una semana que me he instalado aquí, y tengo llena ya la

cabeza de impresiones y recuerdos. Ayer tarde, por no ir más lejos,

presencié el regreso de los rebaños a una _masía_ situada al pie de la

cuesta, y les juro que no cambiaría ese espectáculo por todos los

estrenos que hayan tenido ustedes en esta semana en París. Y si no,

juzguen.

Sabrán que en Provenza se acostumbra enviar el ganado a los Alpes cuando

llegan los calores. Brutos y personas permanecen allí arriba durante

cinco o seis meses, alojados al sereno, con hierba hasta la altura del

vientre; después, cuando el otoño empieza a refrescar la atmósfera,

vuelven a bajar a la _masía_, y vuelta a rumiar burguesmente los grises

altozanos perfumados por el romero. Quedábamos en que ayer tarde

regresaban los rebaños. Desde por la mañana esperaba el zaguán, de par

en par abierto, y el suelo de los apriscos había sido alfombrado de paja

fresca. De hora en hora exclamaba la gente: «Ahora están en Eyguières,

ahora en el Paradón.» Luego, repentinamente, a la caída de la tarde, un

grito general de ¡ahí están! y allá abajo, en lontananza, veíamos

avanzar el rebaño envuelto en una espesa nube de polvo. Todo el camino

parece andar con él. Los viejos moruecos vienen a vanguardia, con los

cuernos hacia adelante y aspecto montaraz; sigue a éstos el grueso de

los carneros, las ovejas algo fatigadas y los corderos entre las patas

de sus madres, las mulas con perendengues rojos, llevando en serones los

lechales de un día, meciéndolos al andar; en último término, los perros,

sudorosos y con la lengua colgante hasta el suelo, y dos rabadanes,

grandísimos tunos, envueltos en mantas encarnadas, que les caen a modo

de capas hasta los pies.

Desfila este cortejo ante nosotros alegremente y se precipita en el

zaguán, pateando con un ruido de chaparrón. Es digno de ver el

movimiento de asombro que se produce en toda la casa. Los grandes pavos

reales de color verde y oro, de cresta de tul, encaramados en sus

perchas han conocido a los que llegan y los reciben con una estridente

trompetería. Las aves de corral, recién dormidas, se despiertan

sobresaltadas. Todo el mundo está en pie: palomas, patos, pavos,

pintadas. El corral anda revuelto: las gallinas hablan de pasar en vela

la noche. Diríase que cada carnero ha traído entre la lana, juntamente

con un silvestre aroma de los Alpes, un poco de ese aire vivo de las

montañas que embriaga y hace bailar.

En medio de esa algarabía, el rebaño penetra en su yacija. Nada tan

hechicero como esa instalación. Los borregos viejos enternécense al

contemplar de nuevo sus pesebres. Los corderos, los lechales, los que

nacieron durante el viaje y nunca han visto la granja, miran en derredor

con extrañeza.

Pero es mucho más enternecedor el ver los perros, esos valientes perros

de pastor, atareadísimos tras de sus bestias y sin atender a otra cosa

más que a ellas en la _masía_. Aunque el perro de guarda los llama desde

el fondo de su nicho, y por más que el cubo del pozo, rebosando de agua

fresca, les hace señas, ellos se niegan a ver ni a oír nada, mientras el

ganado no esté recogido, pasada la tranca tras de la puertecilla con

postigo, y los pastores sentados alrededor de la mesa en la sala baja.

Sólo entonces consienten en irse a la perrera, y allí, mientras lamen su

cazuela de sopa, refieren a sus compañeros de la granja lo que han hecho

en lo alto de la montaña: un paisaje tétrico donde hay lobos y grandes

plantas digitales purpúreas coronadas de fresco rocío hasta el borde de

sus corolas.

LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE

En el mismo día de mi llegada aquí, había tomado la diligencia de

Beaucaire, una gran carraca vieja y destartalada que no necesita

recorrer mucho camino para regresar a casa, pero que se pasea con

lentitud a todo lo largo de la carretera para hacerse, por la noche, la

ilusión de que viene de muy lejos. Íbamos cinco en la baca, además del

conductor.

Un guarda de Camargue, hombrecillo rechoncho y velludo, que trascendía a

montaraz, con ojos saltones inyectados de sangre y con aretes de plata

en las orejas; después dos boquereuses, un tahonero y su yerno, los dos

muy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficos perfiles, dos medallas

romanas con la efigie de Vitelio. Finalmente, en la delantera y junto al

conductor, un hombre, o por decir mejor, un gorro, un enorme gorro de

piel de conejo, quien no decía nada de particular y miraba el camino con

aspecto de tristeza.

Todos aquellos viajeros se conocían unos a otros, y hablaban de sus

asuntos en voz alta, con mucha libertad. El camargués refería que

regresaba de Nimes, citado por el juez de instrucción con motivo de un

garrotazo que había dado a un pastor. En Camargue tienen sangre viva.

¿Pues y en Beaucaire? ¿No pretendían degollarse nuestros dos boquereuses

a propósito de la Virgen Santísima? Parece ser que el tahonero era de

una parroquia dedicada de mucho tiempo atrás a Nuestra Señora, a la que

los provenzales conocen por el piadoso nombre de la Buena Madre y que

lleva en brazos al Niño Jesús; el yerno, por el contrario, cantaba ante

el facistol de una iglesia recién construida y consagrada a la

Inmaculada Concepción, esa hermosa imagen risueña que se representa con

los brazos colgantes y despidiendo rayos de luz las manos. De ahí

procedía la inquina. Merecía verse cómo se trataban esos dos buenos

católicos y cómo ponían a sus patronas celestiales.

--¡Está buena tu Inmaculada!

--¡Pues mira que tu Santa Madre!

--¡Buenas las corrió la tuya en Palestina!

--¡Y la tuya, tan horrorosa! ¿Quién sabe lo que habrá hecho? Que lo diga

si no San José.

Para creerse en el puerto de Nápoles, no faltaba más que ver relucir las

navajas, y a fe mía, creo que efectivamente la teológica disputa hubiera

parado en eso, si el conductor no hubiera intervenido.

--Déjennos en paz con sus vírgenes--dijo riéndose a los

boquereuses;--todo eso son chismes de mujeres, y en los que los hombres

no deben intervenir.

Cuando concluyó hizo restallar la tralla con un mohín escéptico que

afilió a su opinión a todos los viajeros.

* * * * *

La discusión estaba terminada, pero, disparado ya el tahonero,

necesitaba desahogarse con alguien, y dirigiéndose al infeliz del

gorro, silencioso y triste en un rincón, preguntole con aire picaresco.

--Amolador, ¿y tu mujer? ¿Por qué parroquia está?

Es necesario creer que esta frase tendría una intención muy cómica,

puesto que en la baca todo el mundo se rió a carcajadas. El amolador no

se reía. Al ver esto, el tahonero dirigiose a mí.

--¿No conoce usted, caballero, a la mujer del amolador? ¡Vaya con la

picaruela de la feligresa! En Beaucaire no existen dos como ella.

Redobláronse las risas. El amolador no se movió, limitándose a decir en

voz baja, sin alzar la cabeza:

--Cállate, tahonero.

Pero al demonio del tahonero no le acomodaba el callarse, y prosiguió

acentuando la burla:

--¡Cáspita! No puede quejarse el camarada de tener una mujer así. No hay

medio de aburrirse con ella un instante. ¡Figúrese usted! Una hermosa

que se hace robar cada seis meses, siempre tendrá algo que referir

cuando vuelve. Pues es igual. ¡Bonito hogar doméstico! Imagínese usted,

señor, que todavía no hacía un año que estaban casados cuando ¡paf! va

la mujer y se larga a España con un vendedor de chocolate. El esposo se

queda solito en la casa gimoteando y bebiendo. Estaba como loco. Después

de algún tiempo regresó al país la hermosa, vestida de española, con una

pandereta de sonajas. Todos le decíamos:

--Ocúltate, porque te va a matar.

Que si quieres, ¡matar! Volvieron a unirse muy tranquilos, y ella le ha

enseñado a tocar la pandereta.

Hubo una nueva explosión de risas. Sin levantar la cabeza, murmuró de

nuevo el amolador desde su rincón:

--Cállate, tahonero.

Pero éste no hizo caso, y continuó:

--¿Pensará usted, señor, que sin duda al volver de España permaneció

quieta la hermosa? ¡Quia! ¡Que si quieres! ¡Su marido había tomado

aquello con tanta calma! Eso la animó para volver a las andadas. Después

del español, hubo un oficial, a éste siguió un marinero del Ródano, más

tarde un músico, después, ¡qué sé yo! Y lo más notable del caso es que

a cada escapatoria se representaba la misma comedia y con igual aparato.

La mujer se marcha, el marido llora que se las pela, vuelve ella,

consuélase él. Y siempre se la llevan, y siempre la recobra. ¡Ya ve

usted si necesita tener paciencia ese marido! Debe también decirse que

la amoladora es extraordinariamente guapa... un verdadero bocado de

cardenal, pizpireta, muy mona, bien formada y además tiene la piel muy

blanca y los ojos de color de avellana que siempre miran a los hombres

riéndose. ¡Si por casualidad, querido parisiense, llega usted alguna vez

a pasar por Beaucaire!...

--¡Oh, calla, tahonero, te lo suplico!--volvió a exclamar el pobre

amolador con voz desgarradora.

En ese instante se paró la diligencia. Estábamos en la masía de los

Anglores. Allí se apearon los dos boquereuses, y juro a ustedes que no

hice nada por retenerlos. ¡Tahonero farsante! Estaba ya dentro del patio

del cortijo, y todavía se oían sus carcajadas.

* * * * *

Al salir la gente, pareció quedarse vacía la baca. El camargués habíase

apeado en Arlés, el conductor marchaba a pie por la carretera, junto a

los caballos. El amolador y yo, cada uno en su rincón respectivo, nos

quedamos solos allá arriba, sin chistar. Hacía calor, el cuero de la

baca echaba chispas. Por momentos sentí cerrárseme los ojos y que la

cabeza se me ponía pesada, pero me fue imposible dormir. Continuaba sin

cesar zumbándome en los oídos aquel «cállate, te lo suplico», tan

melancólico y tan dulce. Tampoco dormía el infeliz. Situado yo detrás de

él, veíale estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano (una mano

paliducha y vasta) temblar sobre el respaldo de la banqueta, como si

fuera la mano de un viejo. Lloraba.

--Ha llegado usted a su casa, señor parisiense--me gritó de repente el

conductor de la diligencia, y con la fusta apuntaba a mi verde colina,

con el molino clavado en la cúspide como una mariposa gigantesca.

Bajé del vehículo apresuradamente. De paso junto al amolador, intenté

mirar más abajo de su gorro, hubiese querido verlo antes de marcharme.

Como si hubiera comprendido mi intención, el infeliz levantó bruscamente

la cabeza, y clavando la vista en mis ojos, me dijo con voz sorda:

--Míreme bien, amigo, y si oye usted decir algún día que ha ocurrido una

desgracia en Beaucaire, podrá usted afirmar que conoce al autor de ella.

Su rostro estaba apagado y triste, con ojos pequeños y mustios.

Si en los ojos tenía lágrimas, en aquella voz había odio. El odio es la

cólera de los pusilánimes. En el caso de la amoladora, no las tendría yo

todas conmigo.

LA MULA DEL PAPA

Entre los innumerables dichos graciosos, proverbios o adagios con que

adornan sus discursos nuestros campesinos de Provenza, no conozco

ninguno más pintoresco ni extraño que éste. Junto a mi molino y quince

leguas en redondo, cuando se habla de un hombre rencoroso y vengativo,

suele decirse:

«¡No te fíes de ese hombre, porque es como la mula del Papa, que te

guarda la coz siete años!»

Durante mucho tiempo he estado investigando el origen de este proverbio,

qué quería decir aquello de la mula pontificia y esa coz guardada siete

años. Nadie ha podido informarme aquí acerca del particular, ni siquiera

Francet Mamaï, mi tañedor de pífano, quien conoce de pe a pa las

leyendas provenzales. Francet piensa, lo mismo que yo, que debe de ser

reminiscencia de alguna antigua crónica del país de Aviñón, pero no he

oído hablar jamás de ella, sino tan sólo por el proverbio.

--Sólo en la biblioteca de las Cigarras puede usted encontrar algún

antecedente--me dijo el anciano pífano, riendo.

No me pareció la idea completamente disparatada, y como la biblioteca de

las Cigarras está cerca de mi puerta, fui a encerrarme ocho días en

ella.

Es una biblioteca maravillosa, admirablemente organizada, abierta

constantemente para los poetas, y servida por pequeños bibliotecarios

con címbalos que no cesan de dar música. Allí pasé algunos días

deliciosos, y después de una semana de investigaciones (hechas de

espaldas al suelo), descubrí, al fin, lo que deseaba, es decir, la

historia de mi mula y de esa famosa coz guardada siete años. El cuento

es bonito, aunque peque de inocente, y voy a tratar de narrarlo como lo

leí ayer mañana en un manuscrito de color del tiempo, que olía muy bien

a alhucema seca y cuyos registros eran largos hilos de la Virgen.

* * * * *

No habiendo visto Aviñón en tiempo de los Papas, no se ha visto nada.

Jamás existió ciudad alguna tan alegre, viva y animada como ella, en el

ardor por los festejos. Desde la mañana a la noche, todo eran

procesiones y peregrinaciones, con las calles alfombradas de flores,

empavesadas con tapices, llegadas de cardenales por el Ródano, ondeando

al viento los estandartes, flameantes de gallardetes las galeras, los

soldados del Papa entonando por las calles cánticos en latín,

acompañados de las matracas de los frailes mendicantes; después, de

arriba abajo de las casas que se apiñaban zumbando alrededor del gran

palacio papal como abejas en torno de su colmena, percibíase también el

tic tac de los bolillos que hacían randas, el vaivén de las lanzaderas

que confeccionaban los tisúes de oro para las casullas, los martillitos

de los cinceladores de vinajeras, las tablas de armonía ajustadas en los

talleres de guitarrero, las canciones de las urdidoras, y sobresaliendo

entre todos estos ruidos el tañido de las campanas y algunos sempiternos

tamboriles que roncaban allá abajo, hacia el puente. Porque entre

nosotros, cuando el pueblo está contento, necesita estar siempre

bailando, y como por aquellos tiempos las calles de la ciudad eran

excesivamente estrechas para la farándula, pífanos y tamboriles

situábanse en el puente de Aviñón, al viento fresco del Ródano, y día y

noche se estaba allí baila que bailarás. ¡Ah, qué dichosos tiempos, qué

ciudad tan feliz! Alabardas que no cortaban, prisiones de Estado donde

se ponía a refrescar el vino. Jamás hambre, nunca guerra. He aquí cómo

gobernaban a su pueblo los Papas del Condado. ¡Tal es la causa de que

los eche tanto de menos el pueblo!

* * * * *

Entre todos los Papas, merece citarse con especialidad uno que era un

buen viejo, llamado Bonifacio... ¡Oh, qué muerte más llorada la suya!

¡Era un príncipe tan amable, tan gracioso! ¡Se reía tan bien desde lo

alto de su mula! Y cuando alguno pasaba cerca de él, así fuese un

pobrete hilandero de _rubia_ o el gran Vegner de la ciudad, ¡le daba su

bendición con tanta cortesía! Un verdadero «Papa de Ivetot», pero de un

Ivetot de Provenza, con algo de picaresco en la risa, un tallo de

mejorana en la birreta, y sin el más insignificante trapicheo... La

única Juanota que siempre se le conoció a este santo padre era su viña,

una viñita plantada por él mismo a tres leguas de Aviñón, entre los

mirtos de Château-Neuf.

Todos los domingos, concluidas las vísperas, el justo varón iba a

requebrarla, y cuando estaba allí arriba sentado al grato sol, con su

mula cerca, y en rededor suyo sus cardenales tendidos a la bartola, al

pie de las cepas, entonces mandaba destapar un frasco de vino de su

cosecha (ese hermoso vino, de color de rubí, conocido desde entonces acá

por el nombre de _Château-Neuf de los Papas_), y lo saboreaba a

sorbitos, mirando enternecido a su viña. Consumido el frasco, al caer de

la tarde volvíase alegremente a la ciudad, seguido de toda su corte, y

al atravesar el puente de Aviñón, en medio de los tamboriles y de las

farándulas, su mula, espoleada por la música, emprendía un trotecillo

saltarín mientras que él mismo marcaba el paso de la danza con la

birreta, lo cual era motivo de escándalo para los cardenales, pero hacía

exclamar a todo el pueblo: «¡Ah, qué gran príncipe! ¡Ah, valiente Papa!»

Después de su viña de Château-Neuf, lo que más estimaba en el mundo el

Papa era su mula. El bendito señor se pirraba por aquel cuadrúpedo.

Todas las noches, antes de irse a la cama, iba a ver si estaba cerrada

la cuadra, si tenía lleno el pesebre, y jamás abandonaba la mesa sin

hacer preparar en su presencia un gran ponche de vino a la francesa, con

mucho azúcar y aromas, que él mismo llevaba a su mula, a despecho de las

observaciones de los cardenales... Es necesario decir también que la

bestia valía la pena. Era una hermosa mula negra salpicada de alazán,

firme de piernas, de pelo lustroso, grupa ancha y redonda, que llevaba

erguida la enjuta cabecita guarnecida toda ella de perendengues, lazos,

cascabeles de plata, borlillas; además de estas buenas cualidades,

reunía otras que el Papa no apreciaba menos: era dulce como un ángel,

de cándido mirar y con un par de orejas largas en constante bamboleo,

que le daban aspecto bonachón... Todo Aviñón la respetaba, y cuando

pasaba por las calles no había agasajos que no se le hiciesen, pues

todos sabían que ése era el mejor medio de ser bien quisto en la corte,

y que con su aire inocente, la mula del Papa había conducido a más de

uno a la fortuna. Prueba de ello Tistet Védène y su maravillosa

aventura.

Era al principio este Tistet Védène un descarado granuja, a quien su

padre Guy Védène, el escultor en oro, se había visto en la necesidad de

arrojar de su casa, porque además de que no quería trabajar, maleaba a

los aprendices. Durante seis meses viósele arrastrar su sayo por todos

los arroyos de las calles de Aviñón, pero principalmente hacia la parte

próxima al palacio papal; porque el pícaro tenía desde mucho tiempo

antes sus ideas respecto a la mula del Papa, y van a ver que no iba

descaminado... Un día que Su Santidad se paseaba a solas bajo las

murallas con su bestia, se le acerca de buenas a primeras mi Tistet y

le dice, juntando las manos con ademán de asombro:

--¡Ah, Dios mío, gran Padre Santo, hermosa mula tiene!... Permítame

Vuestra Santidad que la contemple un poco... ¡Ah, Papa mío, qué mula tan

maravillosa!... El emperador de Alemania no tiene otra tal.

Y la acariciaba, y le decía dulcemente como a una señorita:

--Ven acá, alhaja, tesoro, mi perla fina...

Y el bueno del Papa, enternecido, decía para sus adentros:

--¡Qué guapo mozo!... ¡Qué cariñoso está con mi mula!

¿Y saben ustedes lo que ocurrió al siguiente día? Tistet Védène cambió

su viejo tabardo amarillo por una preciosa alba de encajes, una capa de

coro de seda violeta, unos zapatos con hebillas, e ingresó en la

escolanía del Papa, donde antes de él no habían podido ingresar más que

los hijos de nobles y sobrinos de cardenales... ¡He ahí lo que es la

intriga!... Pero Tistet no paró ahí.

Protegido ya por el Papa y al servicio de éste, el bribonzuelo continuó

la farsa que tan bien le había salido. Insolente con todo el mundo,

sólo tenía atenciones y miramientos con la mula, y siempre andaba por

los patios del palacio con un puñado de avena o una gavilla de zulla,

cuyos rosados racimos sacudía graciosamente mirando al balcón del Padre

Santo, como quien dice: «¡Jem!... ¿Para quién es esto?»

Tantas cosas hizo, que a la postre el bueno del Papa, que se sentía

envejecer, le confió el cuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mula

su ponche de vino a la francesa; lo cual movía ya a risa a los

cardenales.

* * * * *

Tampoco era esto cosa de risa para la mula. Por entonces, a la hora de

su vino, llegaban siempre junto a ella cinco o seis niños de coro, que

se metían pronto entre la paja con su capa de color de violeta y su alba

de encajes; después, al cabo de un momento, un buen olor caliente de

caramelo y de aromas perfumaba la cuadra, y aparecía Tistet Védène

llevando con precaución el ponche de vino a la francesa. Allí comenzaba

el martirio del pobre animal.

Aquel vino aromoso que tanto le agradaba, que le daba calor, que le

ponía alas, cometían la crueldad de traérselo allí, a su pesebre, y

hacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadas en el olor las

narices, ¡me alegro de verte bueno! ¡El hermoso licor de sonrosada llama

era engullido completamente por aquellos granujas!... Y si no hubieran

cometido más crimen que robarle el vino... Pero, todos esos seis eran

unos diablos, en cuanto bebían... Uno le tiraba de las orejas, otro del

rabo; Quiquet se le encaramaba en el lomo, Bélugnet le ponía su birrete,

y ni uno solo de aquellos pícaros pensaba que de una corveta o de una

sarta de coces el bueno del animal hubiera podido enviarlos a todos a

las nubes y aunque fuese más lejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula

del Papa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias... Por muchas

travesuras que hicieran los muchachos, ella no se enfadaba, y sólo a

Tistet Védène guardaba ojeriza. Y, es claro, cuando sentía a éste detrás

de sí, le daba comezón en los cascos, y no le faltaba razón para ello.

¡Ese granujilla de Tistet hacíale unas jugarretas tan feas! ¡Eran tan

crueles sus invenciones después de beber!...

¿A que no imaginan ustedes lo que se le ocurrió cierto día? ¡Hacerla

subir con él al campanil de la escolanía, allá arriba, arribota, a lo

más alto de palacio! Y no crean que es mentira lo que cuento; doscientos

mil provenzales lo han visto. Figúrense el terror de aquella infortunada

mula, cuando después de dar vueltas una hora a ciegas por una escalera

de caracol y haber subido no sé cuántos peldaños, encontrose de pronto

en una plataforma deslumbrante de luz, y a mil pies debajo de ella

contempló todo un Aviñón fantástico: las barracas del mercado tan

pequeñas como avellanas, los soldados del Papa delante de su cuartel

como hormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillo de plata, un

minúsculo puentecito, donde había bailes y más bailes... ¡Ah, pobre

bestia! ¡Qué susto! Del grito que soltó, retemblaron todas las vidrieras

del palacio.

--¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?--exclamó el Papa, asomándose al balcón

precipitadamente.

Tistet Védène estaba ya en el patio, fingiendo que lloraba y mesándose

los cabellos:

--¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Pues pasa que la mula de Su

Santidad... ¡Dios mío! ¿Qué será de mí?... Pues pasa que la mula de Su

Santidad... ¡se ha encaramado al campanario!...

--Pero, ¿ella sola?

--Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola... ¡Mire, mire, allá

arriba!... ¿Ve Su Beatitud la punta de las orejas asomando?... Parecen

dos golondrinas...

--¡Misericordia!--exclamó el pobre Papa alzando los ojos.--¿Es que se ha

vuelto loca? ¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?...

¡Cáspita! Lo que es ella no hubiera deseado otra cosa sino bajarse...

Pero, ¿por dónde? Por la escalera, no había ni qué pensarlo: a esas

alturas se sube, pero en la bajada hay peligro de perniquebrarse cien

veces... Y la pobre mula desconsolábase, y dando vueltas por la

plataforma con los ojazos presa del vértigo, pensaba en Tistet

Védène...

--¡Ah, miserable, si de ésta escapo... menuda coz te suelto mañana

tempranito!

Con este propósito de la coz, hacía de tripas corazón; sin eso, no

hubiera podido mantenerse en pie... Al fin pudo conseguirse bajarla de

allá arriba, pero no costó poco que digamos. Fue necesario descolgarla

en unas angarillas, con cuerdas y un gato. Ya comprenderán qué

humillación para la mula de un Papa eso de ser suspendida de aquella

altura, moviendo las patas en el aire, como un abejorro al cabo de un

hilo. ¡Y todo Aviñón que la miraba!

A la infeliz bestia no le fue posible dormir en toda la noche. Parecíale

que daba vueltas constantemente por aquella maldita plataforma, siendo

el hazmerreír de toda la ciudad congregada abajo; luego, pensaba en ese

infame Tistet Védène y en la bonita coz con que iba a obsequiarle al día

siguiente por la mañana. ¡Oh, amigos míos, vaya una coz! Desde

Pamperigouste tenía que verse el humo... Pues bien, mientras en la

cuadra le preparaban este magnífico recibimiento, ¿saben lo que hacía

Tistet Védène? Deslizábase por el Ródano cantando en una galera

pontificia y se iba a la corte de Nápoles con la compañía de jóvenes

nobles que la ciudad mandaba todos los años junto a la reina Juana para

ejercitarse en la diplomacia y en las buenas maneras. Tistet no era

noble; pero el Papa deseaba a toda costa recompensarlo por los cuidados

que había tenido con su bestia, y especialmente por la actividad que

acababa de desplegar durante la empresa de salvamento.

¡Valiente chasco se llevó la mula al día siguiente!

--¡Ah, bandido; algo se ha olido él!--pensaba, mientras sacudía con

furia sus cascabeles.--Pero, es lo mismo, ¡anda, pillo! ¡Cuando vuelvas

te encontrarás con tu coz... te la guardo!...

Y se la guardó.

Después de la marcha de Tistet, la mula del Papa recobró su vida

sosegada y sus aires de otros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet en la

cuadra. Llegaron de nuevo los felices días del vino a la francesa, y con

ellos el buen humor, las largas siestas, y el pasito de gavota al cruzar

el puente de Aviñón. Sin embargo, desde su aventura dábanle muestras

constantes de frialdad en la ciudad; los viejos movían la cabeza, los

niños se reían señalando al campanario. El bueno del Papa mismo no

confiaba ya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevar al extremo de

echar un sueñecillo sobre los lomos de ella, el domingo a su regreso de

la viña, ocurríasele siempre esta consideración: «¡Si fuese a

despertarme allá arriba, en la plataforma!» Veía esto la mula, y sufría

sin chistar; solamente cuando en presencia de ella se pronunciaba el

nombre de Tistet Védène, erguíanse sus largas orejas, y afilaba con una

risita el hierro de sus cascos en el pavimento...

Pasaron siete años, al cabo de los cuales, Tistet Védène, regresó de la

corte de Nápoles. No había concluido todavía el tiempo de su empeño en

ella; pero había sabido que el archipámpano de Sevilla había muerto

repentinamente en Aviñón, y como el cargo parecíale bueno, había

regresado muy a prisa para gestionar que se le otorgara.

Cuando ese intrigante de Védène entró en el salón del palacio, costole

trabajo el conocerlo al Santo Padre: tanto era lo que había crecido y

engruesado. Preciso es también decir que, por su parte, el Papa se

había hecho viejo y no veía bien sin antiparras.

Tistet no se acobardó.

--¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no me conoce Su Beatitud?... Soy yo,

¡Tistet Védène!

--¿Védène?...

--Sí, ya sabe... el que servía el vino francés a la mula.

--¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo, ese Tistet Védène!... Y

ahora, ¿qué pretendes?

--¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo... Venía a suplicarle... Y a

propósito, ¿conserva todavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y está buena?...

¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Pues bien, venía a solicitar la plaza del

archipámpano de Sevilla, quien acaba de morir.

--¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero si eres muy joven. Pues, ¿cuántos

años tienes?

--Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice; cinco años justos más que

la mula de Su Santidad... ¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!...

¡Si supiese Su Beatitud cuánto amaba yo a aquella mula! ¡Y con qué

sentimiento me acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitirá Su Santidad

que la visite?

--Sí, hijo mío, la visitarás--dijo el bueno del Papa, emocionado.--Y

puesto que tanto amas a aquel bendito animal, no permito que vivas lejos

de él. Desde este día quedas afecto a mi persona en calidad de

archipámpano... Mis cardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! ya

estoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salir de vísperas, y Nos te

impondremos las insignias de tu beneficio delante de Nuestro cabildo, y

luego... te acompañaré a ver la mula, y vendrás a la viña con nosotros

dos... ¿Eh? ¡Ja, ja! ¡Anda, vete!...

No es necesario decir lo satisfecho que iría Tistet Védène al salir del

salón del Solio, y con qué impaciencia aguardó la ceremonia del

siguiente día; pero mucho más satisfecha e impaciente que el bribón

estaba la mula. Desde el regreso de Védène hasta las vísperas del

siguiente día, la vengativa bestia no cesó de atiborrarse de avena y

cocear la pared con los cascos de atrás. También el animal hacía sus

preparativos para la ceremonia...

Al día siguiente, después de haberse cantado vísperas, Tistet Védène

hizo su entrada en el patio del palacio papal. En él estaban todo el

alto clero, los cardenales con sus togas rojas, el «abogado del diablo»

de terciopelo negro, los abades de conventos con sus pequeñas mitras,

los mayordomos de fábrica de San Agrico, las sotanas violetas de la

escolanía sin que faltaran numerosos individuos del bajo clero, los

soldados del Papa de gran uniforme de gala, los ermitaños del monte

Ventoso con sus caras feroces y el monacillo que los sigue tocando la

campanilla, los hermanos disciplinantes desnudos de pecho y espalda, los

floridos sacristanes con toga de jueces; todos, toditos, hasta los que

hacen las aspersiones de agua bendita, y el que enciende y el que apaga

los cirios... nadie faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era una hermosa

ordenación! Campanas, petardos, sol, música, y siempre esos sonoros

tamboriles que guiaban la danza allá abajo, en el puente de Aviñón...

Al presentarse Védène en medio de la asamblea, su empaque y su buen

talante produjeron un murmullo de admiración. Era un magnífico

provenzal, rubio, con largos cabellos de puntas rizadas y una barbita

corta y primeriza que parecía formada por vedijas de metal fino

desprendidas por el buril de su padre, el escultor en oro. Circularon

rumores de que los dedos de la reina Juana habían jugado algunas veces

con aquella rubia barba, y efectivamente el señor de Védène tenía el

glorioso aspecto y el mirar abstraído de los galanes amados por

reinas... Aquel día, para honrar a su nación, había sustituido su

vestido napolitano por un capisayo bordado de rosas, a la provenzala, y

sobre su capillo temblaba una gran pluma de ibis de Camargue.

Al entrar el archipámpano, saludó galantemente a la concurrencia, y

dirigiose a la elevada escalinata, donde le aguardaba Su Santidad para

imponerle las insignias de su grado: la cuchara de boj amarillo y la

sotana de color de azafrán. Junto a la escalera estaba la mula,

enjaezada y dispuesta a partir para la viña... Al pasar cerca de ella,

sonriose satisfecho Tistet Védène y se detuvo para darle dos o tres

golpecitos cariñosos en la grupa, mirando con el rabillo del ojo si el

Papa lo observaba. La ocasión era propicia... La mula tomó impulso...

--¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete años hacía que te la guardaba!

Y le soltó una coz tan terrible, tan certera, que desde Pamperigouste se

vio el humo, una humareda de polvo rubio en la que revoloteó una pluma

de ibis... ¡Eso fue todo lo que quedó del infortunado Tistet Védène!...

Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes. Pero aquélla era una

mula papal. Y además, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nada menos que siete

años que se la guardaba!... No hay ejemplo de odios eclesiásticos

semejante al mencionado.

EL FARO DE LAS SANGUINARIAS

No me fue posible, por muchos esfuerzos que hice, pegar los ojos aquella

noche. El mistral estaba furioso, y el estrépito de sus grandes silbidos

me desveló hasta el amanecer. El molino entero crujía, balanceando

pesadamente sus aspas mutiladas, que resonaban con el cierzo lo mismo

que el aparejo de un buque. Volaban las tejas de su destruida techumbre.

En lontananza, los pinos apretados que cubrían la colina se agitaban

zumbando entre sombras. Creyérase que era el alta mar...

Esto trajo a mi memoria el recuerdo de mis gratos insomnios de hace tres

años, cuando yo vivía en el faro de las Sanguinarias, allá abajo, en la

costa de Córcega, a la entrada del golfo de Ajaccio, otro hermoso rincón

que encontré para meditar y estar a solas.

Imagínense ustedes una isla rojiza de aspecto salvaje, el faro en una

punta, y en la otra una antigua torre genovesa, donde en mi tiempo

habitaba un águila. Abajo, en la orilla del agua, las ruinas de un

lazareto, invadido completamente por las hierbas; luego barrancos,

malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces, caballejos corsos

triscando con las crines al viento; finalmente, allá arriba, en la

altura, entre un torbellino de aves marinas, la casa del faro, con su

plataforma de mampostería blanca, donde paseaban los torreros de un lado

a otro, la verde puerta ojival, la torrecilla de hierro fundido, y

encima la gran linterna, cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aun

en medio del día... He aquí la isla de las Sanguinarias, tal como la

volví a ver en mi imaginación esa noche, al oír roncar mis pinos. Antes

de poseer un molino, aquella isla encantada era donde iba yo a retirarme

siempre que necesitaba aire libre y soledad.

--¿Qué hacía allí?

Lo mismo que ahora aquí, quizá menos. Cuando soplaban el mistral o la

tramontana con extremada violencia, situábame entre dos peñascos al

borde del agua, en medio de las goletas, de los mirlos, de las

golondrinas, y allí permanecía todo el día, en esa especie de estupor y

delicioso anonadamiento que la contemplación del mar produce. ¿Verdad

que conocen ustedes esa grata embriaguez del alma? No se piensa, ni se

sueña. Todo el ser se escapa, vuela, se evapora. Se es la gaviota que se

zambulle, el polvo de espuma que sobrenada al sol entre dos olas, el

blanco humo de aquel vapor-correo que desaparece en la lejanía, esa

pequeña barca de rojo velamen dedicada a la pesca de corales, aquella

perla de agua, ese jirón de bruma, todo, menos uno mismo... ¡Oh, qué

deliciosas horas de semisueño y de divagaciones las que pasé en mi

isla!...

Cuando el viento soplaba con fuerza impidiéndome estar a orillas del

agua, me encerraba en el patio del lazareto, un patio pequeño y

melancólico, todo él perfumado por el aroma del romero y del ajenjo

silvestres, y allí, junto al lienzo de las vetustas paredes, dejábame

invadir por el vago olor de abandono y de tristeza que envuelto en los

rayos del sol flotaba entre los aposentos de piedra, abiertos por todas

partes como tumbas antiguas. Un portazo o un salto ligero entre la

hierba interrumpía de vez en cuando el silencio monótono que reinaba en

aquel solitario lugar: era una cabra, que acudía a rumiar al resguardo

del viento. Al verme se detenía absorta, y quedábase plantada ante mí,

con aire vivaracho, los cuernos en alto, contemplándome con ojos

juveniles...

El portavoz de los torreros me llamaba para comer a las cinco, y a esa

hora, por un senderito escarpado a pico entre los matorrales, suspenso

encima del mar, encaminábame lentamente al faro, volviendo a cada

momento la vista hacia aquel inmenso horizonte de agua y de luz, que

parecía ensancharse conforme ascendía yo.

* * * * *

El espectáculo era encantador desde la cima. Creo aún ver aquel

magnífico comedor, de anchas losas, paramentos de encina, la sopa de

peces humeante en medio, la puerta completamente abierta al blanco

terrado, y los resplandores del Poniente que lo inundaban de luz...

Allí me aguardaban siempre, para sentarse a la mesa, los torreros. Eran

tres: uno de Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños, barbudos, con

igual rostro curtido y resquebrajado, e idéntico gabán de pelo de cabra,

pero de aspecto y humor completamente distintos y aun contrarios.

De la manera de vivir de aquellas gentes, deducíase al punto la

diferencia de ambas razas. El marsellés, industrioso y vivo, siempre

atareado, en constante movimiento, recorría la isla desde la mañana a la

noche, cultivando, pescando, recogiendo huevos de aves marinas,

ocultándose entre los matorrales para ordeñar una cabra al paso, y

siempre dispuesto a hacer un alioli o a guisar alguna sopa de peces.

Los corsos no se ocupaban absolutamente nada más que de su servicio;

considerábanse como funcionarios, y pasaban todo el día en la cocina

jugando siempre largas partidas de _scopa_, sin interrumpirlas más que

para volver a encender las pipas con aire grave, y para picar en la

palma de las manos grandes hojas de tabaco verde con las tijeras...

Sin embargo, marsellés y corsos eran tres buenas personas, sencillos,

bonachones, y muy considerados para con su huésped, aunque en el fondo

lo creyeran un señor muy extraordinario.

No les faltaban motivos para opinar así, ¡porque eso de encerrarse en el

faro!... ¡Y ellos, que encuentran tan largos los días, y son tan felices

cuando les llega el turno de bajar a tierra!... En la buena estación,

gozan de gran ventura todos los meses. Diez días de tierra firme por

treinta de faro: así lo prescribe el reglamento. Pero en el invierno y

durante los grandes temporales, no hay reglamentos que valgan. Arrecia

el vendaval, suben las olas, la espuma blanquea las Sanguinarias, y los

torreros de servicio permanecen bloqueados dos o tres meses

consecutivos, y no pocas veces hasta con circunstancias aterradoras.

--Oiga usted, señor, lo que me ocurrió hace cinco años--me refería en

una ocasión el viejo Bartoli, mientras comíamos;--el caso me sucedió en

esta misma mesa donde estamos, una tarde de invierno, como ahora.

Aquella tarde sólo estábamos dos en el faro: un compañero llamado

Tchéco y yo... Los demás estaban en tierra, enfermos, con licencia, no

recuerdo bien... Habíamos concluido de comer, muy tranquilos... De

repente mi camarada deja de comer, me mira un momento con unos ojos

pícaros, y ¡cataplum! se cae encima de la mesa, con los brazos adelante.

Me acerco a él, lo muevo, lo llamo: «¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...» Nada:

¡estaba muerto!... ¡Imagínese usted qué susto! Más de una hora estuve

estupefacto y tembloroso ante aquel cadáver; después, de pronto, me

acuerdo del faro. No tuve tiempo más que de subir a la farola y

encender. La noche estaba ya encima... ¡Qué noche, caballero! El mar y

el viento no tenían sus voces naturales. Continuamente parecíame que

alguien me llamaba en la escalera... Y además, ¡una fiebre, una sed!

Nadie hubiera sido capaz de hacer que yo bajara... ¡Me daba tanto miedo

el difunto! Sin embargo, hacia el alba me animé un poco. Llevé a mi

compañero a su cama, le eché la sábana encima, recé algunas oraciones y

en seguida fui a hacer señales de alarma.

Desgraciadamente había mar gruesa y de fondo: por más que llamé y

llamé, nadie acudió... Y yo a solas en el faro con mi pobre Tchéco,

¡sabe Dios hasta cuándo! Yo confiaba poder tenerlo conmigo hasta la

llegada del barco; pero a los tres días era aún completamente

imposible... ¿Cómo arreglármelas? ¿Llevarle fuera? ¿Enterrarlo? La roca

era sumamente dura; y hay tantos cuervos en la isla! Me apenaba el tener

que abandonarles aquel cristiano. Entonces pensé en bajarlo a uno de los

departamentos del lazareto... Toda una tarde empleé en aquella triste

faena, y le respondo a usted de que necesité valor... ¡Mire usted,

caballero! Hoy todavía, cuando bajo a esta parte de la isla en una tarde

de ventarrón, me parece llevar a cuestas el cadáver...

¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo acordándose de ello.

Así pasábamos las horas de la comida, charlando largo y tendido: el

faro, el mar, narraciones de naufragios, historias de bandidos corsos...

Luego, al obscurecer, el torrero del primer cuarto encendía su

candileja, tomaba la pipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantos

rojos, único volumen que constituía la biblioteca de las Sanguinarias,

y desaparecía por el fondo. Un momento después oíase en todo el faro un

estrépito de cadenas, de poleas, de grandes pesas de reloj a las cuales

se daba cuerda.

Yo me sentaba fuera, en la terraza, durante ese tiempo. El sol, muy bajo

ya, descendía cada vez con más rapidez hacia el agua, llevándose tras de

sí todo el horizonte. Refrescaba el viento, la isla teñíase de color

violáceo. Por el espacio pasaba junto a mí con perezoso vuelo un gran

pajarraco: era el águila que acudía a guarecerse a la torre... Las

brumas del mar subían poco a poco. Bien pronto veíase tan sólo el blanco

festón de la espuma alrededor de la isla... De pronto, por encima de mi

cabeza, surgía una gran oleada de plácida luz. Estaba encendido el faro.

Dejando en sombras toda la isla, el luminoso haz de rayos iba a caer a

lo lejos en alta mar, y allí estaba yo rodeado de tinieblas, bajo

aquellas grandes ondas lumínicas que apenas me salpicaban al paso...

Pero el viento seguía refrescando. Era necesario recogerse. A tientas

cerraba el grueso portón y corría las barras de hierro; después, y

siempre a tientas, subía una escalerilla de fundición, que retemblaba y

sonaba con mis pasos y llegaba a la cúspide del faro. Por supuesto, allá

sí que había luz.

Imagínense ustedes una gigantesca lámpara Cárcel, de seis filas de

mecheros, en torno de la cual giran lentamente las paredes de la

linterna, unas cerradas por enorme lente de cristal, otras abiertas a

una gran vidriera fija que preserva del viento a la llama... Al entrar

me deslumbraba. Esos cobres, esos estaños, esos reflectores de metal

blanco, esas paredes de cristal abombado que volteaban con grandes

círculos azulados, todo ese espejeo, toda esa balumba de luces, me

producían vértigos por un instante.

A pesar de todo, mi vista se acostumbraba poco a poco a ello,

concluyendo yo por sentarme al pie mismo de la lámpara, junto al torrero

que leía su Plutarco en alta voz, por temor a dormirse.

Allá fuera, la obscuridad, el abismo. En el balconcillo que circunda a

la vidriera, el viento corre aullando como un loco. Cruje el faro, la

mar brama. En el extremo de la isla, en las rompientes, las olas

simulan que disparan cañonazos. A veces, un dedo invisible toca en los

vidrios: algún ave nocturna atraída por la luz, y que se estrella la

cabeza contra el cristal. Dentro de la linterna centelleante y cálida,

nada más que el constante chisporroteo de la llama, el ruido del aceite

cayendo gota a gota, y el de la cadena que va desenrollándose, y una voz

monótona, que salmodia la vida de Demetrio de Falerea.

* * * * *

Mediada la noche, levantábase el torrero, examinaba por última vez sus

mechas, y bajábamos. En la escalera nos tropezábamos con el colega del

segundo cuarto, quien subía restregándose los ojos; se le entregaba la

calabaza y el Plutarco. Después, cuando nos íbamos a acostar, entrábamos

un momento en la habitación del fondo, hecha un revoltijo de cadenas,

grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes, y allí, a la luz del

candilejo, el torrero escribía en el gran libro del faro, abierto

constantemente.

_Media noche. Buque a la vista por el horizonte. Mar gruesa.

Tempestad._

LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA»

Puesto que el mistral nos lanzó la otra noche a la costa de Córcega,

permítanme ustedes que les refiera una triste historia marítima de que

hablan con frecuencia los pescadores de por allá durante la velada, y

acerca de la cual me ha suministrado la casualidad datos muy

interesantes.

Hace dos o tres años que ocurrió.

Bogaba por el mar de Cerdeña, acompañado de siete u ocho carabineros de

mar. ¡Penoso viaje para un novicio! En todo el mes de marzo no habíamos

disfrutado de un solo día bueno. El viento del Este nos había combatido

con fiereza y el mar no abonanzaba.

Una tarde, que capeábamos el temporal, nuestra barca se refugió a la

entrada del estrecho de Bonifacio, en medio de un archipiélago de

islillas. Su aspecto era tranquilizador: grandes rocas peladas, pobladas

de aves, algunas matas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y acá y acullá

entre el fango algunos maderos que empezaban a pudrirse; pero, a fe mía,

para pasar la noche eran preferibles esas rocas siniestras al camarote

de una vieja barca a medio cubrir, donde entraba el oleaje como Pedro

por su casa, y con ella tuvimos que conformarnos.

Cartas de mi molino · 第 1 / 8 段