Ven, oh, musa de Rubén,
Ven a refrescar mi sien,
O a encenderla en llamas cien.
Que así eres aura sutil
O tienes con rayos mil,
Visión fiera o flor de abril.
Ya de vida y esperanza,
Ya de erótica añoranza,
Ya de plácida bonanza
Son tus cantos. Mas también
Haces plañir a Rubén
Trenos de Jerusalén.
Cuando presagia el fatal
Fin del América austral
Presa del Nemrod boreal.
No por el Mañana llores
Mientras el Hoy te da amores,
Risas, brisas, flores loores.
Cantando al Cisne de Leda
Con rima grácil y leda
Contenta tu ánima queda,
Musa andante de Rubén,
Que el americano Edén
Truecas por el parisién.
Otrora algo de tu sol
Buscas en el arrebol
Del horizonte español.
Rezas ante Don Quijote,
Para que dé nuevo brote
De vida al Reino del Zote,
Y ante el recuerdo de Goya,
En vez del «Aquí fué Troya»,
Nos brindas fúlgida joya.
Para lo bello y el Bien,
¡Vive, oh, Musa de Rubén,
Por siempre jamás, amén!
No ha sido hostil como otros para los nuevos poetas; pero sí ha sido y
es implacable para los poetas malos; nuevos y viejos. Una cualidad habrá
que reconocerle entre todas, y es ella la distinción. Es algo de
abolengo. Su estilo, aun cuando emplee términos del pueblo y trate de
tópicos ultramodernos, siempre es de capa y espada. Quevedo en el
bulevar, como antes le llamara. Como todo el mundo, claro que ha
sufrido; pero con un supremo estoicismo: no ha mostrado nunca sus
quebrantos; y, a la japonesa, ha opuesto siempre al duelo su sonrisa.
Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven de intérprete de sus
opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de la Pilongue,
una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman, de la
Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata,
suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos
acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje,
creación de uno de los que él considera como precursores y maestros, el
perínclito don Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera
de su centro y otro poco _Falot_, en esta época de autos, aviación y
demás cosas precursoras del Antecristo...
* * * * *
Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada para rendir el
homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y tantos
años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde
nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera.
Mariano ha sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la
cábala, no ha querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no
ha solicitado los que para él hubieran sido fáciles honores y prebendas.
Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está
tan vigoroso de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de
granito, y un día llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las
batallas del espíritu se sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para
los soldados del pensamiento no hay cuartel de inválidos. Dígalo el
Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería anduvo, en la ancianidad del
glorioso, en una casa de empeño...
Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La honra es merecida; pero
no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón en la terrible
tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole France
en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano
discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si
ello ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso
de recepción del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y
hace más por el idioma desde las columnas de su periódico que lo que
hacer podría entre los conservadores oficiales.
Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el tiempo de ser prácticos.
Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria son un valor que
se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los homenajes
positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que _El Imparcial_
ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor
del jugo de su cerebro; mas no se trata de algo que deba hacer _El
Imparcial_ solo, sino toda la prensa y los poderes que ella mueva.
Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo fundamental y algo
contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano está todavía
joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que
cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:
--¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto cuando yo era
teniente...!
MANUEL S. PICHARDO
Cuando se habla de la Isla de Cuba como país lírico, en Francia se
recuerda al «conquistador» José María de Heredia, y en España a aquella
exuberante y hermosa musa que se llamó Gertrudis Gómez de Avellaneda en
el tiempo apasionado y sonoro del romanticismo.
En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí una tierra de poesía.
La «Perla de las Antillas» era en verdad una inmensa y maravillosa
perla, llena de mansiones ilusorias y de paisajes de encanto, como los
paisajes de las _Mil y una noches_ que el prestigioso verbo del Dr.
Mardrus nos ha hecho conocer. Yo he tenido el amor de las islas, y entre
todas Ceylán y Cuba me han atraído como dos soberbias mujeres; la una
perfumada de las más finas canelas, la otra olorosa a rosas y jazmines.
En pasados tiempos conocí a dos peregrinos que aumentaron mi entusiasmo.
Era el uno un poeta rubio, bizarro y caballeresco, que recorría nuestro
continente en una jira de leyenda, diciendo versos de amor y de patria,
conquistando simpatías para la causa de la libertad cubana y damas para
sus apetitos sentimentales y voluptuosos de don Juan errante. Se llamaba
José Joaquín Palma. Era quien había escrito ciertos versos que,
encontrados entre los papeles de Olegario Andrade, fueron publicados
como del autor de la _Atlántida_, rectificándose luego la equivocación.
El otro era un fogoso y armonioso orador, que en los intermedios de sus
bravas campañas patrióticas decía rimas de pasión y cuentos de ensueños
en los salones donde era su palabra un atractivo y un hechizo. Se
llamaba Antonio Zambrana. Ambos me hablaban de las dulzuras de su
tierra, de sus mujeres incomparables y de sus nidos de amor. Me llegaba
un aroma de bosques de la Isla de las Islas, un aroma de bosques entre
ruidos de mar. Soñaba con las maravillas de un suelo lleno de vida bajo
un cielo todo azul lleno de sol. Y era la visión de jardines
deliciosamente criollos, exacervantes de olores, sonoros de arrullos de
paloma, de cantos de pájaros, del revolar de las milanesianas
cimarronzuelas de rojos pies... Y, como en Oriente, calcadas en el
zafiro del celeste fondo, «las palmas ¡ay! las palmas deliciosas» que
hicieron suspirar a Heredia el castellano, nostálgico de ellas junto a
la catarata yanqui.
Soñaba yo con la Habana como con una capital de placer y de deleite. Una
decoración extraña y pintorescas fortalezas sobre las olas, playas
adornadas de árboles y flores del trópico; calesas en que iban marquesas
blancas de grandes ojeras; criados negros, terribles y fieles;
elegancias europeas en un ambiente tibio de pereza sensual, y, sobre
todo, una cálida gracia que embargaría los sentidos y haría ensoñar de
tal manera que se sentiría pasar la vida como una onda de miel y una
caricia de seda. Y mi adolescencia se estremecía ante tantas
imaginaciones.
Yo decía: Amar allá en Cuba debe ser amar. Decía: El gozo en Cuba debe
ser un multiplicado gozo. Y sentía como el sabor de un beso de rara
sulamita, con un algo de azúcares de níspero, de ámbar, y de la miel y
de la leche que regocijaron el paladar del querido colega, del perfecto
enamorado lírico que se llamaba Salomón.
Muchos años pasaron y pude por fin estar unas horas--las que el vapor me
permitía--en tierra cubana. No tuve tiempo de verificar mi ensueño
antiguo. Esas horas las pasé entre poetas y almas generosas que me
manifestaron su confraternidad y su cariño en un banquete inolvidable.
Entreví, sí, jardines, elegancias, ardientes poemas de carne, ojos
milagrosos. Y con los poetas, entre tanta vida, la única visita que pude
hacer fué a la Muerte. Ciertamente--el motivo no lo recuerdo--nos
dirigimos al cementerio, en aquel día un tanto opaco, con otros amigos,
Kostia el perspicuo, Hernández Miyares, cuya gentil arrogancia se
arregla muy bien con su amabilidad cordial; Raoul Cay, aquel _charmant_
Raoul en cuya casa bebimos un té digno de Confucio y nos vestimos de
mandarines chinos con espléndidos trajes auténticos, mientras en el
salón el General Lachambre hacía la corte a la soberbia María, hoy su
respetable viuda; Julián del Casal, atormentado y visionario como
Nerval, todo hecho un panal de dolor, un acerico de penas, ya con algo
de ultratumba en las extrañas pupilas, y que hoy reposa en la paz y en
la gloria que merecieron su corazón de niño desventurado y sus versos de
hondo y exquisito príncipe de melancolías; Pichardo, el que es hoy
laureado poeta de la Isla, y yo.
Tengo presente que íbamos conversadores y que retornamos menos locuaces
y con alguna vaga tristeza. ¿Es que comprendimos que la visita debía ser
pronto pagada?... Poco tiempo después llegó la Misteriosa, en su carro
negro, a casa de nuestro pobre Julián.
Y fué en esa tarde de la visita al cementerio, como en las horas del
ágape amistoso, cuando por primera vez comuniqué con el alma poética de
Manuel Serafín Pichardo--a quien su pueblo aclama entre los
primeros--pudiendo apreciarle entre los vinos y las rosas, y junto a los
cipreses. Desde esa época «ha pasado mucha agua bajo los puentes». El
destino nos ha llevado a unos a un punto, o otros a otro. Con el poeta
que acaba de ser moralmente coronado por su patria, nos hemos
encontrado, al azar de la vida, una noche, en un teatro de Madrid, creo
que en una representación de Réjane. Cambiamos unas palabras y no nos
hemos vuelto a ver. Hoy le escribo estas para su libro de versos. Lo
hago con sincero placer, a pesar de una preocupación que ya raya en mí
en supersticiosa: casi todo pórtico que he levantado a la fábrica
intelectual de un amigo, me ha caído encima...
Me encantan los versos de Pichardo, antes que todo, porque no veo en él
a un fanático de escuelas, o maniático de maneras. No se propone
enseñar, ni ponerse los hábitos apolillados de fray Luis de León, o los
casacones de Quintana, ni entablar ningún flirt con mis pasadas
princesas azules... Menos se propone componer el mundo; por lo cual le
felicito de todo corazón, no viendo la necesidad absoluta de que todos
nos dediquemos a la carrera de apóstol. Bellamente, noblemente,
gallardamente, expresa el poeta sus pensares y sentires en ritmos
varios, y en veces veréis en él reminiscencias clásicas, en veces, sobre
el modo moderno, escucharéis muy sutiles melodías, rapsodias elegantes y
tal cual sonata sentimental chopinizada a la luz de la bella luna de su
patria.
A este noble poeta no le pueden acusar de no cantar las cosas de su
tierra. Patriótico, familiar, o pintor de caracteres, almas y paisajes,
ha escrito poesías que son productos cubanos genuínos, autóctonos. Yo
no sé de versos más hermosamente gráficos que ese _Danzón_ que
exterioriza todo el picante de la molicie lujuriosa, al mismo tiempo que
transciende al perfume del corazón del terruño; relentes de Africa,
atavismos voluptuosos, ecos de legendarios ingenios, noches de libertad
jocunda, aguardiente fuerte y caña dulce y labios rojos.
El poeta va a España y allí sufre la tentación de todo artista. Allá ha
de producir cincelados sonetos castellanos _à l’instar_ de las labradas
orfebrerías de Gautier; ha de externar su espíritu de adorador de
hermosas visiones en poemas que se demuestran sentidos y brotados
espontáneamente, con el influjo de ese soplo arcano que ha producido en
el mundo tantas maravillas y que antes se llamaba «inspiración». Si el
calificativo se usase todavía, podría decirse de este autor que es un
lírico verdaderamente inspirado.
Tiene en su rica colección una parte fúnebre que podríamos llamar la
loggia de los duelos. Allí están los afectuosos cenotafios, los
«mármoles negros», las urnas votivas, las lápidas recordatorias, los
conceptos consagrados a seres admirados o amados que han desaparecido en
la eternidad. No puedo menos que señalar los versos que dedica a Julián
del Casal, al triste Julián del Casal, a quien yo también amé mucho,
pagando así la más pura de las admiraciones y el más sincero de los
afectos.
Hay en este volumen poemas de dolor, ecos de desgarraduras, crujidos de
fibras y de entrañas, lamentos lanzados al choque de la vida. Tal lo que
se contiene en «La copa amarga». Hay otros poemas de entusiasmo, de
impresiones literarias--algunas no muy de mi predilección, como los
afamados versos «A Rostand»--en que no dejan de manifestarse siempre la
bizarría, el bello gesto del esparcidor de flores o del portapalma que
se acerca a decorar el altar de su ídolo o el simulacro de su dios. En
ocasiones es escultórico, y más de una vez sus composiciones hacen
recordar la dignidad métrica de su semipaisano Heredia el francés.
La poesía doméstica que ha tentado a Pichardo es para mí cosa peregrina
y extraña. No porque la considere ingenua, _arrierée_ y a la papá, sino
porque juzgo poco a sus anchas a las nueve musas para danzar libremente
ante los lares... Y eso que el portentoso Hugo las hizo hacer las más
lindas evoluciones en _El Arte de ser abuelo_. Con todo, ¡los niños
tienen tan frescas sonrisas y tan claras miradas! ¡Y Pichardo las ha
interpretado tan hondamente!
Otra cosa es la canción galante que este poeta cultiva y prefiere y la
cual vuela libre y atrevida como una abeja. Abeja que en este caso tiene
mucho en donde revolar y en donde posarse en esa tierra de Cuba,
florecida de beldades, y en donde hay tanto
Tipo oriental, nívea tez
Y el endrino pelo en haz...
Insistiré: todas las mujeres bellas del mundo tienen sus encantos
especiales; mas el encanto de la mujer cubana es único por su algo de
Oriente, por una fascinación misteriosa, porque por pudorosa que sea hay
en ella como un incesante y secreto llamamiento. Ovidio lo diría mejor
que yo:
Scilicet ut pudor est quamdam cœpine
Sic alio gratum est incipienti pati.
Y esto lo digo de las pocas cubanas que en mis peregrinaciones por el
mundo he encontrado. ¡Cómo será la delicia en el paraíso ardiente de la
Isla!
Réstame referirme a las traducciones que de varios poetas ha hecho
Pichardo. No puedo aplaudirlas sino como originales, porque no creo en
la posibilidad de una traducción de poeta que satisfaga. Apenas en prosa
se puede dar a entrever el alma de una poesía extranjera. En verso el
intento es inútil, así sea el traductor otro poeta y sea hombre de arte
y de gusto, llámese Llorente, Díez-Canedo, Leopoldo Díaz, Valencia, o
Pichardo. Lo que el lector obtendrá será una poesía de Pichardo, de
Leopoldo Díaz, de Valencia o de Llorente, o de Díez-Canedo, no de
Verlaine, de Poe, de Mallarmé o de Gœthe. Don Miguel de Cervantes
sabía bien lo que se decía con lo del revés de los tapices.
Y he aquí lo más conocido, lo más reproducido, lo más gustado de mi
amigo Pichardo: las «Ofélidas». El nombre evoca en seguida a la pálida
enamorada shakespeareana, muerta bajo las flores; «¡flores sobre la
flor!» Y el triunfo de esas poesías cortas, intensas, comprensivas,
expresivas, sensitivas, consiste en su intimidad; en que dejan ver lo
interior del poeta, los caprichos, las amarguras, las heridas. Son
pequeños estuches que encierran joyas con secretos, alfileres con más o
menos ponzoña o con casi invisibles manchas sangrientas... Son
fragmentos de vida, he ahí la razón de su boga. Por eso casi todos los
grandes poetas que han escrito «ofélidas» han ido en seguida al corazón
de las gentes. Las de Heine se llaman «Intermezzo», las de Bécquer
«Rimas», las de Verlaine «Parallélement»... Allá lejos, Catulo habría
gustado de todas ellas.
Yo saludo a Pichardo, al gran poeta de Cuba, al aparecer su brillante
libro, en cuya cubierta la musa medio desnuda, destacándose en el fondo
de la sagrada selva, muestra sus blancos pechos erectos, cerca de los
cisnes, de los bienhechores, melodiosos y olímpicos cisnes.
MARINETTI Y EL FUTURISMO
Marinetti es un poeta italiano de lengua francesa. Es un buen poeta, un
notable poeta. La «élite» intelectual universal le conoce. Sé que
personalmente es un gentil mozo y es mundano. Publica en Milán una
revista políglota y lírica, lujosamente presentada, _Poesía_. Sus poemas
han sido alabados por los mejores poetas líricos de Francia. Su obra
principal hasta ahora: _Le roi Bombance_, rabelesiana, pomposamente
cómica, trágicamente burlesca, exuberante, obtuvo un éxito merecido, al
publicarse, y seguramente no lo obtendrá cuando se represente en
_L’Œuvre_ de París bajo la dirección del muy conocido actor
Lugne-Poe. Su libro contra D’Annunzio es tan bien hecho y tan mal
intencionado que el Imaginífico--¿la pluma en el sombrero,
Lugones?--debe estar satisfecho del satírico homenaje. A este propósito,
el conde Robert de Montesquiou le dice conceptos que yo hago míos:
«Le temps et le verve que vous lui donnerez sont des beaux éloges,
dénués de la fadeur des cassolettes et de l’écœurement des
encensoirs. La louange n’est pas _une_; et, surtout, _pas forcément
suave_: elle peut être acidulée; ce n’est pas la pire. Et le «toujours
Lui, Lui partout!» de votre brillante critique, représente une salve
d’applaudissements qui a bien son prix. La gentiane est amère, le pavot
empoisonné, la belladone, vénéneuse: elles n’en sont pas moins des
fleurs salutaires, belles, entre toutes, que plusieurs, non des moins
difficiles, preféreront au jasmin. Et leur gerbe, déposée au socle d’un
buste, l’honore autant que le ferait la flore étoilée.»
Los poemas de Marinetti son violentos, sonoros y desbridados. He ahí el
efecto de la fuga italiana en un órgano francés. Y es curioso observar,
que aquel que más se le parece es el flamenco Verhaeren. Pero el
hablaros ahora de Marinetti es con motivo de una encuesta que hoy hace,
a propósito de una nueva escuela literaria que ha fundado, o cuyos
principios ha proclamado con todos los clarines de su fuerte verbo. Esta
escuela se llama El Futurismo.
Solamente que el Futurismo estaba ya fundado por el gran mallorquín
Gabriel Alomar. Ya he hablado de esto en las _Dilucidaciones_, que
encabezan mi _Canto errante_.
¿Conocía Marinetti el folleto en catalán en que expresa sus pensares de
futurista Alomar? Creo que no, y que no se trata sino de una
coincidencia. En todo caso, hay que reconocer la prioridad de la
palabra, ya que no de toda la doctrina.
¿Cuál es ésta?
Vamos a verlo.
* * * * *
1. «Queremos cantar el amor del peligro, el hábito de la energía y de la
temeridad». En la primera proposición paréceme que el futurismo se
convierte en pasadismo. ¿No está todo eso en Homero?
2. «Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la
audacia y la rebeldía». ¿No está todo eso ya en todo el ciclo clásico?
3. «Habiendo hasta ahora magnificado la literatura la inmovilidad
pensativa, el éxtasis y el sueño, queremos exaltar el movimiento
agresivo, el insomnio febriciente, el paso gimnástico, el salto
peligroso, la bofetada y el puñetazo». Creo que muchas cosas de esas
están ya en el mismo Homero, y que Píndaro es un excelente poeta de los
deportes.
4. «Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una
belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con
su cofre adornado de gruesos tubos semejantes a serpientes de aliento
explosivo... un automóvil rugiente, que parece que corre sobre
metrallas, es más bello que la Victoria de Samotracia». No comprendo la
comparación. ¿Qué es más bello, una mujer desnuda o la tempestad? ¿Un
lirio o un cañonazo? ¿Habrá que releer, como decía Mendès, el prefacio
del _Cronwell_?
5. «Queremos cantar al hombre que tiene el volante, cuyo bello ideal
traspasa la Tierra lanzada ella misma sobre el circuito de su órbita».
Si no en la forma moderna de comprensión, siempre se podría volver a la
antigüedad en busca de Belerofontes o Mercurios.
6. «Es preciso que el poeta se gaste con calor, brillo y prodigalidad,
para aumentar el brillo entusiasta de los elementos primordiales».
Plausible. Desde luego es ello un impulso de juventud y de conciencia,
de vigor propio.
7. «No hay belleza sino en la lucha. No hay obra maestra sin un carácter
agresivo. La poesía debe ser un asalto violento contra las fuerzas
desconocidas, para imponerles la soberanía del hombre». ¿Apolo y Anfion
inferiores a Herakles? Las fuerzas desconocidas no se doman con la
violencia. Y, en todo caso, para el Poeta, no hay fuerzas desconocidas.
8. «Estamos sobre el promontorio extremo de los siglos... ¿Para qué
mirar detrás de nosotros, puesto que tenemos que descerrajar los
_vantaux_ de lo Imposible? El Tiempo y el Espacio han muerto ayer.
Vivimos ya en lo Absoluto, puesto que hemos ya creado la eterna rapidez
omnipotente». ¡Oh, Marinetti! El automóvil es un pobre escarabajo
soñado, ante la eterna Destrucción que se revela, por ejemplo, en el
reciente horror de Trinacria.
9. «Queremos glorificar la guerra--sola higiene del mundo,--el
militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las
bellas Ideas que matan, y el desprecio de la mujer». El poeta innovador
se revela oriental, nietszcheano, de violencia acrática y destructora.
¿Pero para ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea
la única higiene del mundo, la Peste reclama.
10. «Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el
moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas utilitarias».
11. «Cantaremos las grandes muchedumbres agitadas por el trabajo, el
placer o la revuelta; las resacas multicoloras y polifónicas de las
revoluciones en las capitales modernas, la vibración nocturna de los
arsenales y los astilleros bajo sus violentas lunas eléctricas; las
estaciones glotonas y tragadoras de serpientes que humean, los puentes
de saltos de gimnasta lanzados sobre la cuchillería diabólica de los
ríos asoleados; los paquebots aventureros husmeando el horizonte; las
locomotoras de gran pecho, que piafan sobre los rieles, como enormes
caballos de acero embridados de largos tubos, y el vuelo deslizante de
los aeroplanos, cuya hélice tiene chasquidos de bandera y de muchedumbre
entusiasta.» Todo esto es hermosamente entusiástico y, más que todo,
hermosamente juvenil. Es una plataforma de plena juventud; por serlo,
tiene sus inherentes cualidades y sus indispensables puntos vulnerables.
* * * * *
Dicen los futuristas, por boca de su principal _leader_, que lanzan en
Italia esa proclama--que está en francés, como todo manifiesto que se
respeta--porque quieren quitar a Italia su gangrena de profesores, de
arqueólogos, de ciceroni y de anticuarios. Dicen que Italia es preciso
que deje de ser el «grand marché des brocanteurs». No estamos desde
luego en pleno futurismo cuando son profesores italianos los que llaman
a ilustrar a sus pueblos respectivos un Teodoro Roosevelt y un Emilio
Mitre.
Es muy difícil la transformación de ideas generales, y la infiltración
en las colectividades humanas se hace por capas sucesivas. ¿Que los
museos son cementerios? No nos peladanicemos demasiado. Hay muertos de
mármol y de bronce en parques y paseos, y si es cierto que algunas ideas
estéticas se resienten de la aglomeración en esos edificios oficiales,
no se ha descubierto por lo pronto nada mejor con que sustituir tales
ordenadas y catalogadas exhibiciones. ¿Los Salones? Eso ya es otra cosa.
La principal idea de Marinetti es que todo está en lo que viene y casi
nada en lo pasado. En un cuadro antiguo no ve más que «la contorsión
penosa del artista que se esfuerza en romper las barreras
infranqueables a su deseo de expresar enteramente su ensueño.» Pero ¿es
que en lo moderno se ha conseguido esto? Si es un ramo de flores cada
año, a lo más, el que hay que llevar funeralmente a la «Gioconda», ¿qué
haremos con los pintores contemporáneos de golf y automóvil? Y
¡adelante! Pero ¿a dónde? Si ya no existen Tiempo y Espacio, ¿no será lo
mismo ir hacia Adelante que hacia Atrás?