literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes le
declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de
modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas
según los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la
voluntaria ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad
escultural de tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en
su virtuosismo rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del
verbo; sincero, de conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el
proceso de su evolución mental, y en lo que no ataña a las ideas
primordiales. Es un admirable evocador de figuras y escenarios del
pasado. Hay en él como la herencia de una visión ancestral. Su énfasis
es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de aristócrata. Y no
es un refinado hasta el límite decadente como el francés
Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas
españoles que a un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la
espada de Toledo.
Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse de toda heterodoxia
de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su misma
simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el abolengo intelectual
y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo ascendientes
conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de
Indias.
No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un poeta es intraducible.
Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El canto del poeta
extranjero no será comprendido sino por los que entienden su música
original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de
la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que
tenía mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con
nobleza y mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser
refundida y troquelada con la alianza del metal castellano, vibrase más
sonora la medalla francesa.
Lleno de distinción, verboso--¡como que posee, signo de raza, el don
oratorio!--amable y rebosante de hidalguía, joven, unido a una gentil
dama de gran cultura que le ha acompañado en sus viajes y que es encanto
de su casa; con títulos de nobleza y ejecutorias de talento; feliz, en
lo relativo de este mundo; así vive su lozano vivir este mi buen amigo
que acabará sus días, _Deo volente_, embajador y académico entre los
hombres, y portalira glorioso premiado por los dioses.
EL CONDE DE LAS NAVAS
Bibliotecario Mayor de S. M. el rey don Alfonso XIII, es el
Excelentísimo Señor don Juan Gualberto López Valdemoro y de Quesada,
Conde de las Navas. Como otros caballeros de sangre azul, se dedicó a
los deportes el conde de las Navas, sin desdeñar los ejercicios de la
fuerza y elegancia, pues hasta está en la lista de los nobles que han
toreado; se consagró principalmente a la bibliografía, a la erudición, a
la literatura. A mí me parece extraño que, aunque relativamente joven,
no tenga ya su sillón en la Real Academia de la Lengua. Ha producido ya
buen número de libros que le hacen acreedor a tal merecimiento. Conoce
su idioma como muy pocos, es un escritor castizo y de tradición. Y por
su nombre, su papel social, su cultura y sus vinculaciones, debía estar
ya entre los eminentes fabricantes del Diccionario.
Yo le conozco desde hace ya algunos años. Solía encontrarle en la
célebre tertulia de D. Juan Valera y en casa de la condesa de Pardo
Bazán. Su conversación es tan amena como sus escritos. Su cultura es
sólida y su carácter no está agriado de pesimismos, a pesar de haberle
coartado su actividad física una penosa dolencia que ha hecho aún más
sedentaria su vida de religioso de los libros. Adora a su España, es
andaluz y se encanta con la región asturiana, que le ha hecho producir
páginas hermosas. «¡Ah! exclama, si yo no hubiese nacido bajo los verdes
nopales de Gibralfaro, rezado la primera vez ante el altar de la Virgen
de Araceli, y estudiado Derecho romano a la sombra de la torre de los
Siete Suelos; si no debiera, en parte, mis pocas felices
inspiraciones--si tuve alguna--al elixir del _Tío Pepe_, y si la Reina
del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo,
parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese
prohijado más tarde, renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y
beber en el borde de la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca
la _lóndriga_ la riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra
«proyectada por el ancho alero del hórreo», siquiera me despertase
alguna vez la _fuina_ persiguiendo a los pichones en el palomar
cercano».
Mas es un purísimo hijo de Andalucía, y en su obra encontraréis
alternados, como pasa en la existencia de esa tierra solar, la alegría y
la tristeza andaluzas, ambas intensas y cordiales.
Yo no conozco todas las ya numerosas obras del conde de las Navas, pero
algunas que he leído me han procurado momentos de amable solaz, me han
conmovido o me han enseñado muchas cosas interesantes, raras, curiosas o
divertidas. No ha llegado a mis manos _La docena del fraile_, que se
publicó con un prólogo de Carlos Frontaura, jovial escritor cuyo nombre
hoy dice poco y es por muchos ignorado, pero que tuvo en su época fama
de ingenio fino y despierto. _¡Un infeliz!_ es una novela que se diría
romántica si no fuese el estudio observado de la realidad, el trasunto
de una vida, expuesta con procedimientos que poco se relacionan con lo
moderno y menos con lo que hoy se llama modernista, con sutileza
psicológica que nada tiene de bourgetiana, y con una gran penetración de
sentimiento en lo que puede haber de más humano y al mismo tiempo de más
español.
De más está decir que todavía, cuando publicó López Valdemoro ese libro,
no había aparecido aún por estas tierras peninsulares la influencia del
más loco y terrible de los filósofos anticristianos, y que, con todo y
su cultura universal y variada, es y permanece fiel al espíritu
tradicional de su patria y conserva su pensar absolutamente ortodoxo, a
pesar de que se siente el estremecimiento de su alma ante el eterno
misterio de la vida y de la muerte. _¡Un infeliz!_ el protagonista, es
el que, en medio de los humanos lobos, cree en el bien, en la dignidad,
en el honor, y, sobre todo, es capaz de amar de veras hasta el
sacrificio, hasta el heroísmo, hasta la soñada eternidad. El tipo no es
común, pero existe, y, sobre todo, ha existido, principalmente entre
estos hidalgos españoles.
En una edición de doscientos cincuenta ejemplares, en papel de hilo, hoy
agotada, publicó la primera serie, que no conozco, de sus interesantes
_Cosas de España_, la cual primera serie fué escrita en colaboración con
D. Manuel R. Zarco del Valle. Trátase en ese volumen, que se imprimió en
Sevilla, de varios asuntos: Máscara de los artífices de la platería de
México (1621); Entrevista de Carlos I y Francisco I (1538); La fuerza en
España; La destreza en España; Don Josef Daza y su arte del Toreo; Los
bufones en España y _El tropezón de la risa_. No han llegado a mi
conocimiento tampoco su _Chavala_, historia disfrazada de novela; ni _La
media docena_, cuentos y fábulas para niños, obra declarada de texto, ni
algunas otras de sus producciones. En la segunda serie de _Cosas de
España_, que poseo, hay monografías llenas de erudición sabrosa y
entretenida.
La que trata del Tabaco, aunque no muy extensa, está escrita con
verdadero _amore_ y será leída con agrado especial por los fumadores.
(En América hemos tenido, entre otros, dos grandes fumadores delante
del Eterno, ambos generales: en la del Norte, el general Grant, y en la
del Sur, el general Mitre). Hay muchos datos peregrinos y citas
bibliográficas sobre el origen del tabaco y el placer de fumar. Ignoro
si mi eminente amigo conoce un librito, o más bien folleto, del cual
encontré un ejemplar en uno de mis paseos por los puestos de libros de
viejo de los «quais» de París; me refiero al _Traité-Théorique et
practique-de-Culotage des pipes-œuvre posthume-de_ CULOT,
_librepenseur-Philosophe éphectique-Professeur honoraire de pipe à la
Société Œnofine-Membre-de plusieurs Sociétés buvantes-Avec les
lumières de M. P. R. fumeur émerite.--Paris.--Etienne Sausset, Libraire
Editeur.--Galeries de l’Odéon._ Si no ha leído el conde de las Navas ese
opúsculo, y llega a leerlo, su buen humor tendrá un nuevo momento de
expansión, pues el francés tiene el verbo ágil y picante y es un
ferviente adorador de la «nicotiana tabacum».
Los otros trabajos de la segunda serie de las _Cosas de España_, se
refieren a Juan de la Cosa y su Mapa-mundi; a la Noche Buena; a don
Fernando Colón--a propósito de las muchas discusiones que ha habido
sobre si ese hijo del Almirante fué natural o legítimo--; a las
Estatuas; a los Juegos de pelota, y al Robinsón español. En todas esas
páginas demuestra el escritor que van iguales su talento de expositor y
sus condiciones de «chercheur» y de «curieux».
No han llegado a mi poder los _Cuentos y chascarrillos andaluces_; pero
sí he admirado a _La niña Araceli_, y el escenario andaluz en que se
mueve su gracia y todo ese vivir de la famosa tierra que aún aman los
moros; como me satisfizo _El procurador Yerbabuena_, entre lo cómico y
lo amoroso, y _Retama_, el rústico, víctima de lo duro de la suerte, de
la universal fatalidad que no conoce lo bueno ni lo malo, lo justo ni lo
injusto. _La pelusa_ es una novelita, o, como dicen los franceses, una
«nouvelle», y, para seguir con ellos, una «tranche de vie». El argumento
se desarrolla en la Corte. Hay en la narración la misma perspicacia y la
misma desenvoltura ingeniosa con que el conde ha hecho vivir los
personajes y tipos de sus novelas andaluzas.
Otros libros: _La decena_, cuentos y chascarrillos, inventados o
recogidos de labios de amigos de buen humor. Literatura de buena
digestión y de buena conciencia. _De allende el Pajares_, paisajes y
cuentos trasladados e inspirados al amor del cielo y del suelo de
Asturias. Yo he pasado algunos veranos en esa región amable y me explico
el entusiasmo del autor por tierra tan llena de encantos y atractivos,
tierra sonriente en medio de una como natural melancolía y un como
flotante ensueño.
Mas una de las fases principales del espíritu del conde de las Navas, es
su faz de bibliófilo en el verdadero sentido de la palabra. Él tiene el
amor de los libros y frecuenta con asiduidad y cariño esas casas de las
ideas. No podría encontrar el rey Alfonso XIII ni sacerdote más
fervoroso, ni vigilante más celoso, a quien confiar el santuario
intelectual riquísimo que es su Biblioteca. Sabida es la gran
importancia de ella y las joyas bibliofílicas que contiene. El conde
tiene también su biblioteca particular que, según tengo entendido, es
muy digna de sus gustos y de su talento. El afecto a los libros
demuestra un alma plácida y un fondo bondadoso. La buena erudición aleja
los malos sentimientos. Erasmo, o M. Bergeret, tienen que sernos
simpáticos. Además, tened por entendido que un bibliófilo no morirá
nunca aplastado por un 40 HP, o despedido por un aeroplano. Pocos,
poquísimos dice López Valdemoro en una parte de su tratado _De libros_,
son los verdaderos bibliófilos que aman el libro en alma y cuerpo, por
lo que dice, por su rareza en el mercado y por la buena ropa con que
aparece vestido. Si a este propósito se preguntara a don Francisco
Rodríguez Marín: «Después de las de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ¿con
qué gran pérdida nacional cree usted que se cerró la lista de nuestro
inmenso despojo?», me atrevo a asegurar que el ilustre escritor
sevillano respondería inmediatamente: «Con la venta de la magnífica
biblioteca del marqués de Xerez de los Caballeros». Al poner el conde de
las Navas tal respuesta en boca del señor Rodríguez Marín, deja ver que
él habría contestado en igual caso la misma cosa. Él ha escrito sobre
los amigos y enemigos del libro--hombres, mujeres e insectos...--; sobre
las erratas, de las cuales cita celebérrimas; sobre el tamaño del
libro; sobre los libros españoles de sastrería; sobre el plan de un
libro que se propone escribir respecto al vino; sobre la venta de libros
con dedicatorias autógrafas; sobre el arte de la encuadernación, y sobre
otras semejantes disciplinas.
Y en todo lo suyo encontraréis claridad, elegancia, nobleza, gracia
oportuna, documentado saber. Lo que él os diga, tened por sabido que no
lo encontraréis en las fáciles y usuales enciclopedias. ¡Por Dios! Ha
escrito sobre las gallinas, y para ello ha consultado ciento catorce
obras impresas y nueve manuscritos.
Recientemente hizo un viaje a Lourdes y publicó sus _Impresiones de un
incurable_. Esas impresiones son las de un cristiano sincero, las de un
católico prudente. Él ha leído todo lo que a Lourdes se refiere, desde
Lasserre hasta Zola, desde el abate Archelet hasta el doctor Baraduc,
desde el P. Camboné hasta Huysmans, Gourmont y tantos otros, creyentes o
ateos. Él cree en el poder de la fe y en la especialidad del milagro, y
_sabía_ que él, en su peregrinación, no alcanzaría la curación como
otros. Él no es fanático; mas escucha en veces a la ciencia misma, decir
por boca de sabios como Ramón y Cajal: «A despecho de los inmensos
progresos acumulados en el pasado siglo, la fisiología cerebral del
entendimiento y de la voluntad, continúan siendo el enigma de los
enigmas... por mucho que se descubra no se llegará a contemplar
objetivamente el pensamiento, ni se averiguará por qué un movimiento en
lo objetivo resulta una percepción en lo subjetivo».
Del conde de las Navas han dicho: Picón, «que tiene un estilo en que
andan mezcladas por partes iguales la corrección, la sencillez y la
gracia»; el finado P. Blanco García, «que Alarcón hubiera firmado sin
escrúpulo algunos cuentos de _La docena del fraile_»; la condesa de
Pardo Bazán, le hace notar «su gran riqueza de diccionario»; Le Quesnel,
afirma que es «un artiste ciseleur, ou mieux un artiste joaillier qui ne
cesse de sertir des perles»--; y de su obra sobre el espectáculo
nacional, dicen unos cuantos inmortales que es magistral y merecedora de
todo aplauso.
Pero entonces, vuelvo a asombrarme: ¿Por qué no ocupa el sillón que de
derecho le corresponde en la Real Academia Española, el Excelentísimo
señor don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y
Bibliotecario Mayor del Rey don Alfonso XIII?
JOSÉ NOGALES
Vea usted qué tarde más triste, qué tarde más gris--me dice el pintor
burgalés Santa María, tan gentil y talentoso;--el gris de las tumbas es
el mismo del cielo.
Así era. Salíamos del cementerio de Nuestra Señora de la Almudena;
acabábamos de dejar bajo la tierra al poeta y escritor José Nogales. Y
había una tristeza muy grande en el ambiente, en todas las cosas. Nada
más lleno de la ceniza del otoño y de la pena del otoño que esta tarde.
Yo no voy casi nunca a entierros. Padezco la fobia de la muerte y desde
mi niñez me emponzoñó el terror católico. Quizás en la antigua Grecia,
habría acompañado con cantos alegres y con flores, los despojos de un
amigo. Mas ya en mis primeros años me poseyó el espanto de la
Desnarigada.
Recuerdo que en la ciudad nicaragüense de León, cuando un vecino estaba
para expirar, tocaban en los campanarios de las viejas iglesias un son
lento y doloroso que infundía pavor, el toque de agonía. Al oirlo, en
todas las casas se rezaba, encomendando a Dios el alma del agonizante.
Eso ha desaparecido, felizmente. Pero en mi espíritu quedó la huella de
tanta temerosa impresión mediœval. Así siempre he procurado no
escribir ciertas palabras, no ocuparme en ciertos asuntos y no ir a los
entierros.
...A acompañar a Nogales si fuí. Yo no le vi nunca. No fuí amigo
personal suyo. Mas aparte de que era un compañero en _La Nación_, tenía
todas mis simpatías por lo noble de su espíritu, por lo caballeresco de
su manera, por lo castizo, por lo elegante y lo sensitivo. Luego, en
medio de la comedia literaria, era un sincero, decía con claridad y
franqueza su sentir y su pensar, y daba a cada cual lo suyo. Por eso
creo que a su entierro, si concurrieron algunos hombres de letras y
hombres de gloria, faltaron tales o cuales rozados por las firmes
verecundias de Nogales.
...La procesión iba triste y lentamente, precedida por el fúnebre carro
modesto, sin una sola corona. Vi en la concurrencia a Moret, a
Canalejas, a Galdós y a Blasco Ibáñez, a Moya y a Castrovido, a Querol y
a Benlliure. Yo iba en compañía de Valle-Inclán y de Antonio Palomero. Y
hablábamos de la triste vida de las letras, de la terrible vida del
periodismo, del _vicio_ de la publicidad. Una vez que se ha probado de
ella, ¡hasta el fin! Raros son los casos de liberación. He ahí un hombre
que vivía relativamente feliz en provincia y quien, si le hubiese
faltado un poco de talento, habría tenido algo más de existencia, exenta
de luchas y de afanes. Según sé, poseía algunas tierras, y cultivaba las
bellas letras en los periódicos de su región, gratamente. Pero ganó un
día un premio en el concurso de cuentos promovido por un diario de la
Corte, y a la Corte se vino lleno de ilusiones. ¿A qué? A afianzar su
renombre literario, a hacer labor de periodista, sin dejar de ser lo que
fué: un artista y un talento literario de primer orden. Esos artículos
que aquí, a la francesa, llaman crónicas, y que son vistos aun por
muchos que los escriben, como cosa de poca monta, como producción del
instante y para el olvido, tuvieron en él un buen obrero que dejó mucho
de valor antológico. Mas el cuento fué su trabajo preferido y aquel en
que mayormente se hicieron notar su imaginación bizarra y su don de buen
lenguaje y su culto de la tradición castiza. Su prosa era sana y fluida,
quizá oliente todavía al terruño provincial y nativo; y si atavismos
buscárais, habría que dar el gran salto hacia Grecia, de donde parecía
traer su pasión de luz y de prosa marmórea el que pudiera ser
considerado a través de tiempo y espacio un español homérida.
Dicen los que le trataron íntimamente que era de humor jovial y de
carácter íntegro y generoso. Aún en las penas de la enfermedad parece
que guardaba sus sonrisas. Y eso que, antes de la gravedad que le llevó
al cementerio, padeció la pérdida de la vista, y para cumplir sus
compromisos con los periódicos en donde trabajaba, se ponía a dictar
miltonianamente, a una bella y joven hija suya, sus juicios y sus
fabulaciones.
Si el sepulcro es la paz, paz tenga inacabable el compañero que ha
partido.
MARIANO DE CÁVIA
El Ayuntamiento de Zaragoza, «la heroica», ha acordado rendir un
homenaje de admiración a Mariano de Cávia, porque si no lo sabéis,
sabedlo: Mariano de Cávia es aragonés como la virgen del Pilar y como la
jota.
La noticia de ese homenaje ha tenido en toda España la mejor acogida y
se ha aplaudido con todo entusiasmo. Mariano es muy admirado y muy
querido. Se juntan en su caso las dos cosas del verso de Musset:
Être admiré n’est rien: l’affaire est d’être aimé.
Es el caso rarísimo de un hombre de talento sin enemigos. A través de la
política, en su faena de periodista ha pasado sonriendo sin que le
hayan rasgado las carnes los garfios salientes de los zarzales de los
partidos. Siempre ha estado al alcance de su pensamiento una idea
generosa que su pluma ha servido con buen humor y con gallardía. Su
estilo ameno, ductil y elegante, es la transposición de su persona. Su
cultura es varia y su don de oportunidad incomparable.
«Es único--dice _El Imparcial_--. Humanista y culto, a la manera de
hombres insignes del siglo XVII y de muy contados de días posteriores,
trajo al periodismo español, en pleno fragor de luchas políticas, una
renovación de orientaciones y de ambiente. Su humorismo, castizamente
español, burlón sin encono, ridiculizador sin acritudes, no tiene en el
periodismo español más precedente ni semejante que el de _Fígaro_.»
Algunas veces se notará en su prosa cierta acidez, pero ella no es
dañosa ni aun para aquellos a quienes va destinada. Es una acidez de
manzana, de fruto sabroso. Tan castizos como él hay pocos, y, sin
embargo, aparece libre de la hiperlogia española, de la elocuencia. Su
discurrir es culto al propio tiempo que sencillo; en él va la alusión
para los refinados, la reminiscencia para el erudito y la frase llana
para el pueblo. Es el perfecto periodista.
* * * * *
Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a eso del periodismo. Hoy
y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. La mayor
parte de los fragmentarios son periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es
un periodista. Montaigne y de Maistre son periodistas, en un amplio
sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida
han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte
mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían el
nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos
diarios, y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un
asunto árido una página interesante, con su gracia de estilo y su buen
por qué de filosofía. Hay editoriales políticos escritos por hombres de
reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de obras
fundamentales--y eso pasa.
Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales, escritas por
reporters que son artistas, las cuales aisladamente tendrían cabida en
libros antológicos, y eso pasa. El periodista que escribe con amor lo
que escribe no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente
merece la indiferencia y el olvido aquel que premeditadamente se propone
escribir para el instante palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy
hermosos y muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con
entresacar de las colecciones de los periódicos la producción escogida y
selecta de muchos considerados como simples periodistas.
Cávia, de quien apenas si se ha publicado alguna que otra pequeña
selección de artículos, ha tratado en los suyos de _omnia re scibilli_,
de letras, de arte, de poesía, de ciencia y, sobre todo, de cosa
pública, dando a cada cual lo suyo, haciendo siempre justicia, una
justicia sonriente, un si es no es campechana, no sin mostrar cuando el
caso lo ha requerido, que sus abejas productoras de muy sabrosa miel
tienen un agudo y eficaz aguijón, que, como él diría, «hace pupa». Como
clásicas han quedado sus famosas revistas de toros. Nadie como él para
narrar las peripecias pintorescas de la lidia; nadie como él para
conocer la calidad de un torero.
Por largo tiempo fué el Homero alerta, y con un buen par de ojos, del
coso. Sin abusar del especial tecnicismo que convierte algunas páginas
de esos artículos en jergas erizadas para el no ducho, sabía contarlo y
calificarlo todo con insuperable gracejo; y en sus revistas aparecían
siempre, sin arrastrarlos, sin forzarlos, el asunto de actualidad, la
nota del día, el hecho culminante, en una aplicación que ni de intento.
Dejó la literatura torera y se aplicó a esas sus impresiones del día,
comento de sucedidos y magistrales improvisaciones. Aunque en él no haya
nada improvisado, a pesar de las exigencias del periódico, porque bien
nutrido como está, bien pertrechado en toda suerte de disciplinas,
siempre encuentra para toda circunstancia la anécdota aplicable, la cita
precisa, el recuerdo a propósito, el refrán irremplazable, el verso o la
frase en castellano o en cualquier idioma vivo o muerto. El inglés, el
francés, el italiano, el portugués, los conoce perfectamente. En cuanto
al latín no sé si le conoce, pero sí que, como Sarmiento, si no sabe
latín sabe latines.
¿Tiene una filosofía? Quizá la tenga guardada en alguna gaveta de su
mesa de trabajo. Sólo sé que en él no han hecho mella ninguna de las
importadas modas de pensar que han sido tan sonadas en estos últimos
tiempos. ¿Tiene una religión? También lo ignoro; pero sí sé que está en
excelentes relaciones con su paisana la Pilarica. Ateo, no es ni
escéptico ni pesimista. Jamás se ha burlado de un culto ni se ha
encarnizado contra ningún presbítero, ulema, pastor o rabino. Cree que
todavía no es de mal gusto amar a la patria y sentir entusiasmo por sus
glorias al soñar en su engrandecimiento. Es uno de los pocos que no
dejan decaer las esperanzas de Juan Español. Es un fiel discípulo de
nuestro Maestro Don Miguel de Cervantes y tiene afectos y ternuras para
nuestro Señor Don Quijote de la Mancha.
* * * * *
Por su don de comprensión es menester alabarle. Los limitados, los
retraídos, aunque sean dotados de fortaleza, no gustan de los que en
todo tienen la facultad de discernir. Mariano lleva su alegre discreción
a todas partes y nada le es extraño, desde la teología hasta la
gramática. Tiene sus caprichos. Un día, para indicar ciertas reformas
urgentes, anuncia que el museo del Prado se ha quemado, y hasta después
de irlo a ver la gente no se fija en el doble sentido de la ocurrencia.
Otra ocasión, recientemente, se le antoja que debe rechazarse la palabra
inglesa _foot-boll_, ser sustituída por una de su composición,
«balompié». Y la gente, en su mayor parte, le hace caso a Mariano y
comienza a decir y a escribir «balompié».
Ha escrito versos en francés, bien hechos; no sé si en latín, pero
ciertamente en castellano como estos con que me obsequió en _El
Imparcial_, cuando la aparición de mis _Cantos de Vida y Esperanza_, en
tercetos monorrimos que compuso al modo litúrgico: