Este tuvo el consiguiente éxito cuando apareció en castellano. A pesar

de estar escrito en nuestra lengua, tan poco leída en Europa, se habló

bastante de él en Italia, en Alemania y en Austria. La versión francesa

lo hará conocer mayormente. La crítica española le ha sido favorable, y

sus colegas y amigos de América han tenido para el autor gentiles

opiniones. Manuel Bueno proclama su «mérito indiscutible»; Emilio Mitre

reconoce el interés y la agradable literatura del libro; Eduardo Wilde

encuentra «páginas encantadoras»; Daniel Muñoz aplaude esta obra

«variada en su unidad»; García Ladevese asegura que «son los libros

escritos como _Jean Orth_ los que consuelan de la impotente literatura

de decadencia»; y Gómez Carrillo cuenta que se ha «olvidado de almorzar»

por leer _Jean Orth_. Esto que parece más bien un _prière d’insérer_, no

es sino un ramillete de justicias. Al cual yo agrego, gustoso, mis

cumplimientos.

* * * * *

Hace algún tiempo, visitando la admirable mansión de Miramar que posee

en la isla de Mallorca el archiduque Luis Salvador, vi en una capilla

construída no lejos de la legendaria gruta de Raimundo Lulio, una

estatua de mármol, simulacro de nuestra católica Virgen. En el zócalo

una inscripción recuerda las dos visitas que a Miramar hiciera la

emperatriz que tan bellas páginas inspiró a Maurice Barrès, y que el

doctor Christomanos biografiara fervorosamente. Y en tal inscripción se

ponía bajo el amparo y la protección de la Maris Stella, a la

porfirogénita viajera que en Corfú descansa en su Achilleion, frente al

monumento que consagrara a su admirado Heine, de sus errantes fatigas.

La Estrella del Mar no pudo desviar, por ley de la superioridad divina,

el arma del anarquista que, a las orillas del lago de Ginebra, hirió a

la soberana y solitaria señora. Y al leer la inscripción votiva no pude

menos que recordar a Jean Orth que, como el holandés errante, se perdió

en lo incógnito del mar sobre su barco fantasma. Tiene Garzón una

hermosa página en que los datos fatídicos se amontonan como puñales en

el proceso histórico de esa familia predestinada. Quizá poseído del

terror de su sangre, el príncipe perdido abandonó la existencia palatina

de Viena y en compañía de la hembra elegida, vestido de su pseudónimo,

se fué en busca de paz, de acción, de horas tranquilas y amorosas.

Su caso queda entre los enigmas de la historia. Su vida es una novela

que justamente ha tentado la pluma de un escritor de fantasía y

entusiasmo, que ha hecho juntarse en el camino de la leyenda el Río de

la Plata y el bello Danubio azul. El hallazgo del príncipe hubiera sido

una victoria periodística destructora de ilusiones; el triunfo literario

en que me ocupo deja felizmente el campo libre a la suposición y a la

imaginación.

El temperamento caballeresco de Garzón se aviene a maravilla con la

aventura romántica del archiduque navegante, y su habilidad de escritor

sale ufana del intento de demostrarnos la posibilidad de que actualmente

existe en alguna parte el que casi todo el mundo ha creído muerto en el

mar.

* * * * *

Contraste curioso ofrece el autor, entre estas páginas laboradas con una

firme preocupación y elegancia de estilo, y su diaria tarea de _Le

Fígaro_, en donde con períodos erizados de guarismos y de manera

concentrada y expositiva, hace la propaganda de las riquezas y de los

progresos de la América nuestra, sobre todo de la maravillosa República

Argentina. Gracias a esto, le perdonarán sus amigos de estancia y

automóvil sus apasionados devaneos con las bellas letras que no son de

cambio. El _Fígaro_ parisiense ha ganado mucho, es indudable, en nuestro

continente y en nuestro mundo hispanoparlante, con el trabajo asiduo de

su redactor platense. Y nuestras repúblicas, a su vez, han logrado por

fin tener en Europa un expositor útil y fidedigno y serio, de su

civilización y de sus elementos de riqueza y de cultura. Tanto más, que

a la propaganda simplemente comercial e industrial de la hoja cotidiana,

se agregará pronto la social y artística en _Le Figaro Illustré_.

Amigo de las elegancias y de las distinciones, alejado de los

murmuradores charlatanes y de los folicularios de países latinos que

abundan en las colonias de París, puede Garzón entretener sus vagares de

mundano, escribiendo con pluma fina libros como su _Jean Orth_ y como

_La entraña del bulevar_, que aparecerá en breve.

En el tiempo relativamente corto en que ha logrado ser el primer

hispanoamericano que ha entrado a formar parte de la redacción activa de

un gran diario, ha llegado a conocer la vida parisiense como muy pocos

extranjeros la conocen. Conversar con él es un placer. Y así, entre

anécdota y frase oportuna, os narrará cosas del mundo internacional de

la Metrópoli, como traerá a cuento sus días de juventud y de lucha, en

su amada tierra original. Trofeo forman, en su gabinete de trabajo, los

ponchos costosos de los gauchos, las espuelas, la guitarra del payador,

las boleadoras que han detenido carreras de avestruces y de potros en

las vastas pampas. Y bajo esos trofeos suelen verse lindas sonrisas

francesas, monóculos literarios; o tal o cual barba blanca de

personaje.

Aunque ya ha nevado sobre él, guarda con bizarra actitud sus bríos de

antaño, que recuerdan sus antiguos compañeros de periodismo en el Plata,

hoy casi todos diplomáticos y hombres de estado. Y es soltero. Garzón

para la _garçonnière_.

Este escritor y este periodista, ambos en el mejor sentido de la

palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro querido

_Fígaro_ habanero, un romántico modernizado. A pesar del continuo

contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas

virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el

carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo

eso casi no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es

que este dandy, que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene

también el dandismo «por dentro».

CATULLE MENDÈS

Cuando comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de

veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y

en España tantos amigos y enemigos--«todo buena cosecha»,--uno de mis

maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo--el

pobre Verlaine vino después--fué el poeta que de modo tan horrible ha

muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia

principal fué en la prosa de algunos cuentos de _Azul_; y en otros

muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y

revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la

manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e

innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi

admiración se exteriorizó en un soneto:

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;

Puede regir la lanza, la rienda del corcel;

Sus músculos de atleta soportan la armadura...

Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.

Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,

La carne femenina prefiere su pincel;

Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura

Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.

Canta de los oarystis el delicioso instante,

Los besos y el delirio de la mujer amante,

Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.

Su ave es la venusina, la tímida paloma.

Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma

En todos los combates del arte o del amor.

Mi admiración fué siempre la misma, aun después de la nueva moda de

revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de la palabra

y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los pajes

predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte

de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor

Hugo escribió a éste:

«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du soir.--C’était prévu et

c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet admirable cœur,

le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que moi. C’est

maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez

aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et douloureux respects.»

Alma muy 1830, queda hasta su último día la de Mendès. Yo no le traté

personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París, y sobre todo en

su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa, a la

izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar

aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba

Mendès, teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas

ocasiones a Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una

tarde vi también que llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle

Mendès, bella, elegante, muy «parisiense.» Su marido, apartando un poco

el guante, descubrió el rosado puño de su mujer y le dió gentilmente un

beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo que publicó un lindo tomo de

poesías, en que en plausibles estrofas se manifestaba muy enamorada de

él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin que ocurriese la

separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.

Era ese poeta amable, de noble continente y gestos de hombre «nacido». Y

era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta que cuando llegó

a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco, acompañado de

su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.

Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética su vida. Hasta sus

últimos años tenía, en un cuerpo ya cargado de edad, el alma fresca. Su

muerte ¿un suicidio? Imposible. Anacreonte muere de otra cosa. Si la

existencia no tuviese esos golpes violentos, debidos a una misteriosa

lógica absurda, Mendès debió morir académico. Aunque más peligrosa a la

blancura de los azahares, si su obra, allá en los primeros pasos, le

llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la brutalidad del Turiano.

Y de seguro Mendès no hubiera escrito _Père et mère_... En cambio, Zo,

Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas, antecesoras de todas las

Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de recepción bajo la

Cúpula.

* * * * *

Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas, sus novelas, eran de

poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que no tenía

creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la poesía.

Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume

venusino, en el _Evangelio de la Santísima Virgen_ y en _Santa Teresa_.

Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los

prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por

todas las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros

poemas, el encanto nórdico, explorando las brumas y las nieves del país

en donde suavemente y fantásticamente brilla el sol de media noche, y

hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo

superada en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis

poemática de la obra del Thor musical, y novelas como aquella en que

narra a su manera la legendaria vida del Rey Virgen; ya con su

_Hesperus_ flota en el mundo de Swedenborg, o con _Panteleia_ crea una

música astral y deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira,

aunque más pequeña, y también sabía agregar la cuerda de bronce.

Tenía un admirable don de asimilación, y, voluntariamente, o por

sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que hubiera firmado

Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de Leconte de

L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él

perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se

desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.

El fué bondadoso con los poetas que vinieron después de su generación.

No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito. Mas da a quien lo

merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso trabajo

sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo

oficial.

Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con benévolas orejas fué el

verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso, siendo como era

un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y habiendo

escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de

France». Es una joya ese librito, en el que a los lieds de Mendès viene

unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor parisiense.

De todas las artes es la música la que más se compadece con la

mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical en el

verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su

raza.

Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo comprender desde la

niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino? Debo decir don

de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y primaveral

de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así le

llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su

cosecha fué, como dicen los franceses, _plutôt maigre_.

Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que sabía amar con

elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe haberle

encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en

las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en

Heidelberg el _Gaudiamus igitur_ después de los _salamander_, en los

coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se

regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su

primera esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra

musa adoradora de Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también;

se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana

de letras.

Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas. Con sus corbatas de

seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su _en bon point_, con

sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo satisfecho, con su

indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía más joven que

todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo

Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos

jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.

Luego se batía por cosas de arte y de poesía, defendía a sus maestros y

daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y conferenciante, ya

difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras cyranadas.

Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues hizo muy buenas

humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que cursó en

Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos

atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres

estrafalarios de ciertos personajes de su _Santa Teresa_, debe haberlo

conocido y hablado como un cisne francés...--No debe haber existido la

tradición sefardita en su familia paterna--desde luego su madre era

cristiana, según tengo entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso

castellano viejo, como el que habla el doctor Nordau; y si no,

portugués.

Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el _parti

pris_, el modo de ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el

_Journal_ parisiense fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus

últimos años, que debían haber sido de rentas y reposo relativo, tenía

que trabajar como un negro para llenar sus necesidades de gentleman y de

mundano. Porque era poeta con renombre de bohemio, el amigo de Glatigny

y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo era también de Ritz y

comía--como comió la noche de su muerte--en casa del banquero

Openheimer.

* * * * *

Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas

expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con

él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle

Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su

gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente

enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de _El arte de ser abuelo_.

Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:

«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos

del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan,

sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»

Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para

él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la

Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes

escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos

sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una

escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban

juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se

parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de

Sully-Prudhomme que la mía...»

Y luego:

«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal

posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la

escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería!

¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.--No

hay nada nuevo después de los prefacios de _Cronwell_ y de _Hernani_.

Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero

es alrededor de ellos que se baten.»

Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas

jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre

siguiendo las huellas de sus antecesores.

«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho _Medea_.

Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer

_Medea_ sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro.

Entonces, porque he escrito _El hijo de la Estrella_ se deberá clamar:

¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su

inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese

esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho

tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos;

sólo el talento del poeta les da valor.»

Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer,

ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la

comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:--¿Y ese

asunto?--Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no

quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis _El Cid_, sólo que

depende del modo que esté tratado el asunto.

Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo

y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos

consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de

Bouhelier le debe mucho de su renombre.

Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo

a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la

dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y

escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su

pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo

de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico

impulso se elevaba al azul.

* * * * *

Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración,

con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que

nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los

pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos,

sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al

brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha

tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el

prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual

rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini,

y Soleilland no es César Borgia.

ANTONIO DE ZAYAS

He aquí el poeta más español de todos los que escriben versos en España.

De él decía hace algún tiempo: «Poeta diplomático. Es un señor. Continúa

la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos;

prendados de noblezas, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con

todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su

pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces, con pensamientos nuevos

hace versos antiguos, y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El

verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos

versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos

libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un

ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En _Paisajes_, los

hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II, que en

cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso

concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal

sorprendente. Sus sonetos se resienten de heredianos algunos: los

escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que

nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el

admirable Góngora.»

A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar otras.

Ese aristócrata--Antonio de Zayas pertenece a la nobleza--, ese hombre

de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una pasión

profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe

que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un

instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas.

Con su dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden

con dones preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia,

peregrino de la Carrera, ha vivido en países extranjeros, en climas

ásperos para el hijo de una tierra armoniosa y solar, y su noble pasión

por las bellas letras le ha consolado, con la juventud y el amor, en sus

horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha podido escribir:

Solus ad egressus missus septempticis Istri

Parrhasiae gelido Virginis axe premor.

De esas oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias

poéticas. Los paisajes distintos, las costumbres exóticas, las

evocaciones históricas y los espectáculos pintorescos han inspirado a

nuestro artista de la palabra preciosas preseas, entre las cuales

rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en ese Oriente europeo que ha

cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo; alcanzó a ver la vida de

la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que han europeizado esos

niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes Turcos. Su saber y

su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y peregrino de

las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con sus

impresiones y sensaciones orientales.

Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os explicaréis cómo, según

nos ha narrado en cierta hermosa página, sus _Paisajes_, esos versos que

se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano, fueron

acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el

rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida

la mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza

como único límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes

como obeliscos funerarios.»

De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas bajo toldos de

brumas en instantes cimerianos. Sus _Retratos antiguos_, sus _Noches

blancas_, su _Leyenda_, son la prueba del constante ingenio y la

maestría elegante de un artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado

su juventud con frescos y bien ganados laureles. Su reciente traducción

de la obra poética de Heredia ha aumentado sus prestigios.

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