Otros pueden agregarse, en cierto sentido, como Lytton Bullver o Rider

Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la sorpresa intelectual

producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún seguidores del

autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra _El pueblo del

Polo_ acabo de leer, me parece que inicia la serie de los imitadores, y

a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de que

trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no

apareciese en medio de los más interesantes momentos de la acción el

inevitable «esprit», que echa a perder la intensidad de lo que nos

conmueve y hace pensar.

La fabulación es sencilla; y el procedimiento conocido: prólogo

explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en Septiembre

del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del condado

Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se

junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia,

miembro del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y

que ha descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal

desconocido que habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de

antroposauro. Este animal, explica Valentón, es contemporáneo de los

primeros hombres, y la inteligencia humana y la inteligencia...

antroposauria han debido, en una época, existir juntamente...

Hay una comparación que me parece explicar bien la manera con que las

especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las otras.

Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la

nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos

hijos; pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto

tienen las nuevas generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte.

Esos hombres llegan a ser lo que la naturaleza de su patria de adopción

quiere que sean; si el país es, por ejemplo, cubierto de bosques y

poblado de animales, serán cazadores y no agricultores como sus hermanos

y primos que han quedado en la tierra original de la raza.

Así, abandonando los pantanos primitivos donde vivían los monstruosos

saurios de las viejas edades, ciertas especies han, poco a poco, ganado

la tierra firme, se han cubierto de pelo, y de ellas han salido las

razas mamíferas. Pero las especies fraternas que habían permanecido en

los pantanos no dejaron de transformarse menos en el sentido del

progreso, y entonces, ¿qué de extraño hay en que una o varias de ellas

hayan llegado, como la especie humana, hasta la posesión de un cerebro

dotado de razón y de inteligencia, punto culminante del progreso que nos

es permitido concebir para un ser viviente?

En resumen; queda casi afirmada la existencia del antroposaurio, rival

único del primate triunfante, del rey de la creación. Mas ¿dónde existe

el antroposaurio? «_Quelque part il y a quelque chose_», dice el miembro

del Instituto. Y entrega al autor un manuscrito, encontrado cerca de los

hielos polares entre una lata de gasolina--, como el de un cuento de Poe

fué encontrado en una botella.

* * * * *

En el manuscrito cuenta un tal Vénasque las más raras aventuras. Después

de una introducción sobre los antecedentes familiares y su modo de ver y

de pensar, presenta a un su amigo llamado Ceintra, ingeniero, preocupado

del problema de la navegación aérea. Ambos se proponen construir un

dirigible con el cual pueden ir nada menos que a descubrir el Polo--,

anticipándose así a los proyectos de la expedición Wellmann, de que

tanto se ha hablado últimamente. Se ensayó un primer globo cerca de

París. Para el segundo se pensó en un lugar cercano a las regiones

árticas, «a fin de que las condiciones climatéricas durante las

experiencias y durante el viaje fuesen las mismas». Escogieron Kabarowa,

aldea samoyeda, al Sur del estrecho de Yugor, a la entrada del mar de

Mara, último lugar habitado que vió Nansen antes de internarse entre las

nieves polares.

Para abreviar detalles: el dirigible dió buen resultado y ambos amigos

se embarcaron con rumbo a lo desconocido. Después de pasada una vasta

región glacial, se encuentran conque la temperatura desciende. Y,

primera sorpresa extraordinaria, entran en la verdadera parte polar de

la tierra, en donde el día, según lo advierten, es de color violeta.

Descubren aspectos extraños, vegetaciones distintas a las conocidas. El

paisaje no tenía verdaderamente nada de terrestre. Y fué mucho peor

cuando, de pronto, el manto de bruma que cubría el horizonte se desgarró

y el sol del Polo apareció en el extremo de la llanura, inmenso y

semejante a un escudo de metal empañado; el poder del dueño de la Tierra

parecía aquí aniquilado por el de la singular fuerza luminosa que había

invadido el cielo; ningún rayo emanaba de él, y se veía en la claridad

violeta como una luciérnaga bajo el brillo de una lámpara de arco. A esa

luz misteriosa perciben el vuelo de no conocidos pájaros. La influencia

de un gran peso de ondas eléctricas se reconoce en el ambiente. Quieren

huir, pero no pueden mover el globo, a pesar de funcionar bien el motor;

y la barquilla, que tiene gran parte acerada, es atraída por un enorme

imán, como el del cuento de Simbad. Por de pronto, los viajeros viven de

sus provisiones, y tienen de ellas copioso depósito. Se convencen, con

todo, de que son prisioneros de seres inteligentes que les rodean sin

dejarse vencer por ellos.

En la tierra encuentran huellas de un animal ignorado. La arcilla suave

y flexible había netamente guardado la huella del paso de un animal...

Un paso aquí, otro allá... tiene el aspecto de una huella de bípedo, o,

mejor, de un animal que utiliza únicamente para caminar sus miembros

posteriores y su cola: algo como un kanguro... ¿Se trata del

iguanodon...? Quizá hay rebaños de iguanodones, de iguanodones

domesticados... Como el lector comprende, el antroposaurio va a

aparecer. Han encontrado, en ciertas rocas, o en la tierra, puertas

metálicas. Han oído ruidos subterráneos. Y luego, se dan cuenta de que

les han robado varias piezas del motor. Advierten que la luz especial

que allí forma el día es producida a voluntad. Por fin, un ser, el «ser»

de esos lugares, se deja ver. «Desde que hube observado ese cráneo

extremadamente desarrollado, hipertrofiado en partes, y como hinchado de

un exceso de cerebro; desde que, sobre todo, los grandes ojos iluminados

de un reflejo interior, se fijaron en los míos, comprendí

definitivamente que esa criatura estaba dotada de razón.

»Pero el aspecto del monstruo no recordaba en nada el del hombre. Estaba

acurrucado sobre sus miembros posteriores, y debía andar apoyándose en

su fuerte cola; sus brazos grotescos y cortos, en lugar de caer en el

reposo, a lo largo de los costados, parecían restos de manos, sino dedos

unidos directamente a los puños, dedos desunidos y larguísimos, más

largos que los brazos, al parecer, y semejantes a tentáculos. Sobre, la

cara, nada de pelos; una piel descolorida y pálida que me hacía pensar

en una cabeza de ternero pelada. Los ojos redondos, ligeramente

salientes y metidos, sin párpados visibles en las órbitas prominentes.

En lugar de nariz, dos hoyos profundos de donde salía vapor; abajo, la

raja desmesurada de una boca de reptil provista de muchos dientes agudos

que no llegaban a cubrir los labios delgados y córneos. En las comisuras

de los labios, que se juntaban casi a las orejas movibles y minúsculas,

salía un poco de saliva. El mentón no existía, o desaparecía bajo los

lisos repliegues de pellejo blando que había sobre el cuello y la parte

superior del tronco. Después, por dos veces, los párpados se agitaron, y

velaron un instante los ojos, blancos, tenues, casi diáfanos, como los

de las serpientes o de los pájaros».

Poco a poco, Vénasque llega a hacerse vagamente comprender por señas de

algunos de los monstruos. Mas el ingeniero Ceintras se vuelve loco, y,

una vez que han podido penetrar en el imperio subterráneo de los

habitantes del Polo, si Vénasque tiene tiempo para observar un sistema

de gobierno, una ciencia y una vida social singulares, su compañero,

armado de una carabina, asesina una cantidad increíble de

antroposaurios; el paso de los dos humanos ha sido una catástrofe en ese

mundo recóndito. El loco se pierde entre los hielos, una vez salido de

las entrañas de la tierra; y Vénasque puede aún escribir su relación

antes de la inevitable desaparición. Ese es el resumen de la obra.

* * * * *

Desde luego, como he dicho, el libro interesa. Desgraciadamente, en lo

mejor de la narración, un diálogo que se quiere hacer espiritual, la

cosa parisiense, la «blague» bulevardera, descompone la tensión curiosa

del que lee. Algunas descripciones del novelista hacen pensar en otros

autores. La luz producida por una fuerza especial que maneja un sabio

tan solamente dedicado a eso, recuerda el «vril» de la también

subterránea «raza futura» de lord Lytton. La labor de los polares y

hasta su superdesarrollado cerebro, tienen más de un punto de semejanza

con los selenitas y con los marcianos de dos novelas de Wells muy

conocidas. A pesar de todo, me ha complacido le lectura de este volumen,

que no tiene nada que ver con el adulterio y el apachismo ambientes, y

cuyo autor busca en problemas científicos atrayentes como las más bien

urdidas fábulas, un tema que hace pensar y mantiene la atención viva.

HÉRCULES Y DON QUIJOTE

Un notable escritor y poeta, que por cierto es de la familia de

Castelar--me refiero a don Mariano Miguel de Val, dice lo siguiente:

«Es un libro que está por hacerse, a pesar de lo agotado que parecía el

tema: Hércules y Sileno, precursores del valeroso hidalgo Don Quijote y

de su escudero Sancho. Hércules, libertador de los oprimidos, amparo de

los débiles, castigo de los tiranos y espanto de los monstruos, tiene

tales analogías con el ingenioso hidalgo de la Mancha, que hasta la

protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, parece sentar el

principio de que también al hijo adulterino de Júpiter le sorbieron el

seso los libros, más o menos de caballerías.»

La comparación de Don Quijote con Hércules me parece nueva e ingeniosa.

La de Sancho y Sileno la había hecho ya el gran Hugo en un capítulo de

su _William Shakespeare_.

«En Cervantes--dice--, un recién llegado entrevisto en Rabelais, hace

decididamente su entrada: es el buen sentido. Se le ha percibido en

Panurgo, se le ve de lleno en Sancho. Llega como el Sileno de Plauto, y

él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno.»

El señor de Val busca los puntos de semejanza en los dos héroes.

Hércules, en su destierro, condenado por Anfitrión, rey de Tebas,

haciendo vida pastoril, y don Quijote, enamorado y poeta, en Sierra

Morena. En las «salidas» hubo indudablemente muchos «trabajos»; las

aventuras de los molinos de viento, en la venta, lo del yelmo de

Mambrino, la liberación de los presos, el caballero del bosque, los

leones, a los cuales se pueden agregar el descenso a la cueva de

Montesinos, los batanes, los cuadrilleros, el barco encantado y tantos

otros momentos de la vida heroica del caballero de los caballeros.

Todo esto, desde cierto punto de vista, es comparable con las hazañas

del esposo de Deyanira. Mas, a mi entender, la psicología, digamos así,

de los dos personajes, es absolutamente distinta. Además, Don Quijote es

inseparable de Rocinante. Es el «caballero». Diríase que sin su

caballería está incompleto. Cuando no va en Rocinante hacia el heroísmo,

va en Clavileño hacia el ensueño. Hércules no cabalga. La única vez que

usa de corceles es cuando ya consumido su cuerpo por las llamas en la

cumbre del Œta, en soberbia apoteosis, y bajo su olímpico aspecto de

inmortal, asciende, por orden de Júpiter, hasta los astros, en un carro

tirado por una cuadriga:

Quem pater omnipotens inter cava nubila raptum

Quadrijugo curru radiantibus intulit astris.

Podríase comparar don Quijote, a ese respecto, con Belerofonte, con

Perseo, ambos jinetes de Pegaso y sublimes caballeros andantes.

Cervantes cita poco a Hércules. En la primera parte del _Quijote_,

cuando habla de las lecturas del héroe, dice:

«Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había

muerto a Roldán el encantado valiéndose de la industria de Hércules,

cuando ahogó a Anteón, el hijo de la Tierra, entre los brazos.»

Hércules es el prototipo de la fuerza bruta, aunque, según las palabras

de Muller, «lo heroico-ideal está expresado con la mayor fuerza en

Hércules, quien fué preeminentemente un héroe nacional helénico. Su

semejante bíblico es Sansón. Don Quijote es el Espíritu cabalgante, el

Ideal caballero. Otros hay que pudiéranse nombrar a su respecto: el ya

dicho Perseo, San Jorge, Santiago, Astolfo--y todo Poeta que monta en

Pegaso.

Don Quijote es casto. Hércules es tan lascivo como Pan. En el canto en

que Deyanira se dirige a su esposo en las _Nereidas_, de Ovidio, ella

enumera alguna de las eróticas fazañas del formidable _marcheur_. Le

habla de sus amoríos errantes y variados. «Cualquier mujer, le dice,

puede ser madre por obra tuya.» Le recuerda la violación de Angea y el

«pueblo de mujeres», nietas de Teutra, de las cuales gozó, y la tremenda

Onfalia, que afemina al beluario, y le hace hilar a sus pies como a una

esclava. Don Quijote no encuentra siquiera a Dulcinea y n se deja tentar

por la carne, siempre con el alma de hinojos ante la figura soñada.

Hércules, por fin, es el semidiós medio bandido, y don Quijote, aunque

él asegure, al compararse con don San Jorge y don San Diego y otros

caballeros canonizados, que ellos pelearon a lo divino y él a lo humano,

es un paladín medio santo.

¿Y Sancho y Sileno? Ya hemos visto cómo Hugo hace la comparación en su

libro sobre Shakespeare. Sancho es también inseparable de su asno.

Recordaré el párrafo del admirable capítulo:

«Llega como el Sileno de Plauto y él también puede decir: Soy el Dios

montado sobre un asno. La cordura en seguida, la razón muy tarda; es la

historia extrema del espíritu humano. ¿Qué de más cuerdo que todas las

religiones? ¿Qué de menos razonable? Morales verdaderas, dogmas falsos.

La cordura está en Homero y en Job; la razón, tal como debe ser para

vencer los prejuicios, es decir, completa y armada en guerra, no estará

sino en Voltaire.

El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno

y un poco de lo otro, con un matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a

caballo sobre la ignorancia, y al mismo tiempo, acabando su irrisión

profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga. Así muestra, en uno

después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del hombre y las

parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El

hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre,

Cervantes crea y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en

campaña. Ironía sigue al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus

espolazos, su gran lanza enderezada, son juzgados por el asno; perito en

molinos. La invención de Cervantes es magistral, hasta el punto que hay

entre el hombre tipo y el cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria,

el razonador como el aventurero hace un solo cuerpo con la bestia, que

le es propia, y no se puede desmontar ni a Don Quijote ni a Sancho

Panza.»

El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno de Sileno de Plauto

está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como el que

dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el

poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y

Roma, hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones.

Cierto es que, el dulce animal de las largas orejas, además de conducir

a Sancho y a Sileno, sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en

su entrada a Jerusalén.

UN RECUERDO A CASTELAR

Hace poco tiempo, el señor don Adolfo Calzado, publicó un volumen que

contiene muchas cartas de Castelar, dirigidas a él--desde el año de 1868

hasta el 98--, y otras escritas a Castelar por Víctor Hugo, Renán,

Dumas, Duque de la Victoria, Mazzini, Thiers, Garibaldi y otros famosos

y gloriosos hombres de diferentes naciones.

El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin

alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador,

en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero

muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura,

ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.

¿De qué manera--dice en el prólogo--he procedido al ordenar estas

cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas circulares que

me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros cuatro

amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de

ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos

pensamientos con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el

peligro de hacerme parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y

expansiones que el lector, con su buen criterio, achacará indudablemente

a la parcialidad del amigo. Después he eliminado lo agresivo, lo que,

dicho en la intimidad y con el calor y la vehemencia de la lucha,

pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son sus primeros

admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad pública

manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a deberes

elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan

peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en

vulgares arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto

a los aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que

por faltar un adjetivo o un donaire no pierden su razón y su

virtualidad.»

El compilador, respecto a las necesidades de aquel grande hombre que

cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible, agrega:

«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros

económicos, porque ponen en relieve su laboriosísima existencia, su

trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que ocupó los primeros

puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos tuvieron que

pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron

nacionales el duelo y el quebranto!»

Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante todo la facilidad de

fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas armoniosas.

Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos, es

el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca

la cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su

conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo

Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra

cosa que se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y

una facultad de dar en todo, un soplo de lirismo.

Claro que lo que principalmente preocupa al escritor se ve que es la

política, y de política tratan la mayor parte de las epístolas. Tanto

como la política española dijérase que le interesa la francesa; y se

sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de fogosidad. No

queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se exalta,

no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.

También resalta el ingenuo y natural orgullo de quien sabía lo que era y

lo que valía. Esa águila tiene mucho de pavo real. Y la verdad es que

los oros y colores de su estilo brillan lindamente al sol. Hugo tenía

también ese conocimiento de lo desmesurado de su genio, y asimismo

mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un león. Y hay

que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés y el

gran español.

Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a dirigir sus pomposos

elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos pontificios a Juan

de las Viñas.

Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable de aquel cerebro

excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se arreglaba

de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus larguísimas

y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a Venezuela,

México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas

europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí

ha sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran

señor y de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto

cómo Calzado cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.

Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre gentes, sobre arte,

vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de poeta.

Escribe en una parte, desde Étretat:

«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano, muy amigo de Bismark,

su agente en Roma, que Alemania debe reconciliarse con Francia, como se

ha reconciliado con Italia, volviéndole Milán y Venecia. Por

consiguiente, debe volver a Francia, Metz y Estraburgo.»

Una tablita:

«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más completa. Frente de

mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus frescas y a

veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de colinas

sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras,

los naranjales y las palmas.»

Política europea:

«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita. Después de haber echado

los pobres servios al campo, todavía los insulta. Después de haber

convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe por el

colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores

del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»

Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:

«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es el verdadero talento

político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo por él,

vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en

español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y

felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la

democracia europea.»

Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso pronunciado por Gambetta:

«Aunque he dicho a América que me había gustado el discurso de Lila, te

digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a ese mozo más

gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los hombres

públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja

talla.»

Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un sabroso párrafo

culinario:

«Las últimas chucherías salen de provincias y llegarán antes de dos

días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas, asad las

longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda,

desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad

dónde se quedan Chevet y Compañía.»

Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la mesa. Y ya he hablado

en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la duquesa de

Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma infantil.

JEAN ORTH Y EUGENIO GARZÓN

Jean Orth es sabido que es el archiduque austriaco, de la imperial

familia atrida, que, enamorado como un antiguo estudiante romántico, se

embarcó un día con la mujer amada en un navío de ignorada suerte. Con

rumbo a la buscada Felicidad, se esfumó en el Misterio. Y Eugenio Garzón

es el Gaucho Dandy del _Fígaro_ de París, que llegado a Lutecia de su

Uruguay nativo, tiró las boleadoras a la Fama, y la llevó de las alas a

la _garçonnière_ de la rue de Courcelles, para lanzarla a todas partes,

dando buenas nuevas propias y curiosas noticias del archiduque Juan de

Habsburgo.

¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido encontrado en el Río de

la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de leer el buen

libro de Garzón sobre Jean Orth, no tenemos la certeza de nada de eso.

Quizás esto vale más, pues archiduque encontrado, leyenda acabada; y es

siempre mejor que Barbarroja esté en su ignorada gruta, haciendo

compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo creo que Garzón es

tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su sueño de

soledad--, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello

volumen.

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