Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la sorpresa intelectual
producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún seguidores del
autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra _El pueblo del
Polo_ acabo de leer, me parece que inicia la serie de los imitadores, y
a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de que
trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no
apareciese en medio de los más interesantes momentos de la acción el
inevitable «esprit», que echa a perder la intensidad de lo que nos
conmueve y hace pensar.
La fabulación es sencilla; y el procedimiento conocido: prólogo
explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en Septiembre
del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del condado
Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se
junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia,
miembro del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y
que ha descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal
desconocido que habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de
antroposauro. Este animal, explica Valentón, es contemporáneo de los
primeros hombres, y la inteligencia humana y la inteligencia...
antroposauria han debido, en una época, existir juntamente...
Hay una comparación que me parece explicar bien la manera con que las
especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las otras.
Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la
nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos
hijos; pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto
tienen las nuevas generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte.
Esos hombres llegan a ser lo que la naturaleza de su patria de adopción
quiere que sean; si el país es, por ejemplo, cubierto de bosques y
poblado de animales, serán cazadores y no agricultores como sus hermanos
y primos que han quedado en la tierra original de la raza.
Así, abandonando los pantanos primitivos donde vivían los monstruosos
saurios de las viejas edades, ciertas especies han, poco a poco, ganado
la tierra firme, se han cubierto de pelo, y de ellas han salido las
razas mamíferas. Pero las especies fraternas que habían permanecido en
los pantanos no dejaron de transformarse menos en el sentido del
progreso, y entonces, ¿qué de extraño hay en que una o varias de ellas
hayan llegado, como la especie humana, hasta la posesión de un cerebro
dotado de razón y de inteligencia, punto culminante del progreso que nos
es permitido concebir para un ser viviente?
En resumen; queda casi afirmada la existencia del antroposaurio, rival
único del primate triunfante, del rey de la creación. Mas ¿dónde existe
el antroposaurio? «_Quelque part il y a quelque chose_», dice el miembro
del Instituto. Y entrega al autor un manuscrito, encontrado cerca de los
hielos polares entre una lata de gasolina--, como el de un cuento de Poe
fué encontrado en una botella.
* * * * *
En el manuscrito cuenta un tal Vénasque las más raras aventuras. Después
de una introducción sobre los antecedentes familiares y su modo de ver y
de pensar, presenta a un su amigo llamado Ceintra, ingeniero, preocupado
del problema de la navegación aérea. Ambos se proponen construir un
dirigible con el cual pueden ir nada menos que a descubrir el Polo--,
anticipándose así a los proyectos de la expedición Wellmann, de que
tanto se ha hablado últimamente. Se ensayó un primer globo cerca de
París. Para el segundo se pensó en un lugar cercano a las regiones
árticas, «a fin de que las condiciones climatéricas durante las
experiencias y durante el viaje fuesen las mismas». Escogieron Kabarowa,
aldea samoyeda, al Sur del estrecho de Yugor, a la entrada del mar de
Mara, último lugar habitado que vió Nansen antes de internarse entre las
nieves polares.
Para abreviar detalles: el dirigible dió buen resultado y ambos amigos
se embarcaron con rumbo a lo desconocido. Después de pasada una vasta
región glacial, se encuentran conque la temperatura desciende. Y,
primera sorpresa extraordinaria, entran en la verdadera parte polar de
la tierra, en donde el día, según lo advierten, es de color violeta.
Descubren aspectos extraños, vegetaciones distintas a las conocidas. El
paisaje no tenía verdaderamente nada de terrestre. Y fué mucho peor
cuando, de pronto, el manto de bruma que cubría el horizonte se desgarró
y el sol del Polo apareció en el extremo de la llanura, inmenso y
semejante a un escudo de metal empañado; el poder del dueño de la Tierra
parecía aquí aniquilado por el de la singular fuerza luminosa que había
invadido el cielo; ningún rayo emanaba de él, y se veía en la claridad
violeta como una luciérnaga bajo el brillo de una lámpara de arco. A esa
luz misteriosa perciben el vuelo de no conocidos pájaros. La influencia
de un gran peso de ondas eléctricas se reconoce en el ambiente. Quieren
huir, pero no pueden mover el globo, a pesar de funcionar bien el motor;
y la barquilla, que tiene gran parte acerada, es atraída por un enorme
imán, como el del cuento de Simbad. Por de pronto, los viajeros viven de
sus provisiones, y tienen de ellas copioso depósito. Se convencen, con
todo, de que son prisioneros de seres inteligentes que les rodean sin
dejarse vencer por ellos.
En la tierra encuentran huellas de un animal ignorado. La arcilla suave
y flexible había netamente guardado la huella del paso de un animal...
Un paso aquí, otro allá... tiene el aspecto de una huella de bípedo, o,
mejor, de un animal que utiliza únicamente para caminar sus miembros
posteriores y su cola: algo como un kanguro... ¿Se trata del
iguanodon...? Quizá hay rebaños de iguanodones, de iguanodones
domesticados... Como el lector comprende, el antroposaurio va a
aparecer. Han encontrado, en ciertas rocas, o en la tierra, puertas
metálicas. Han oído ruidos subterráneos. Y luego, se dan cuenta de que
les han robado varias piezas del motor. Advierten que la luz especial
que allí forma el día es producida a voluntad. Por fin, un ser, el «ser»
de esos lugares, se deja ver. «Desde que hube observado ese cráneo
extremadamente desarrollado, hipertrofiado en partes, y como hinchado de
un exceso de cerebro; desde que, sobre todo, los grandes ojos iluminados
de un reflejo interior, se fijaron en los míos, comprendí
definitivamente que esa criatura estaba dotada de razón.
»Pero el aspecto del monstruo no recordaba en nada el del hombre. Estaba
acurrucado sobre sus miembros posteriores, y debía andar apoyándose en
su fuerte cola; sus brazos grotescos y cortos, en lugar de caer en el
reposo, a lo largo de los costados, parecían restos de manos, sino dedos
unidos directamente a los puños, dedos desunidos y larguísimos, más
largos que los brazos, al parecer, y semejantes a tentáculos. Sobre, la
cara, nada de pelos; una piel descolorida y pálida que me hacía pensar
en una cabeza de ternero pelada. Los ojos redondos, ligeramente
salientes y metidos, sin párpados visibles en las órbitas prominentes.
En lugar de nariz, dos hoyos profundos de donde salía vapor; abajo, la
raja desmesurada de una boca de reptil provista de muchos dientes agudos
que no llegaban a cubrir los labios delgados y córneos. En las comisuras
de los labios, que se juntaban casi a las orejas movibles y minúsculas,
salía un poco de saliva. El mentón no existía, o desaparecía bajo los
lisos repliegues de pellejo blando que había sobre el cuello y la parte
superior del tronco. Después, por dos veces, los párpados se agitaron, y
velaron un instante los ojos, blancos, tenues, casi diáfanos, como los
de las serpientes o de los pájaros».
Poco a poco, Vénasque llega a hacerse vagamente comprender por señas de
algunos de los monstruos. Mas el ingeniero Ceintras se vuelve loco, y,
una vez que han podido penetrar en el imperio subterráneo de los
habitantes del Polo, si Vénasque tiene tiempo para observar un sistema
de gobierno, una ciencia y una vida social singulares, su compañero,
armado de una carabina, asesina una cantidad increíble de
antroposaurios; el paso de los dos humanos ha sido una catástrofe en ese
mundo recóndito. El loco se pierde entre los hielos, una vez salido de
las entrañas de la tierra; y Vénasque puede aún escribir su relación
antes de la inevitable desaparición. Ese es el resumen de la obra.
* * * * *
Desde luego, como he dicho, el libro interesa. Desgraciadamente, en lo
mejor de la narración, un diálogo que se quiere hacer espiritual, la
cosa parisiense, la «blague» bulevardera, descompone la tensión curiosa
del que lee. Algunas descripciones del novelista hacen pensar en otros
autores. La luz producida por una fuerza especial que maneja un sabio
tan solamente dedicado a eso, recuerda el «vril» de la también
subterránea «raza futura» de lord Lytton. La labor de los polares y
hasta su superdesarrollado cerebro, tienen más de un punto de semejanza
con los selenitas y con los marcianos de dos novelas de Wells muy
conocidas. A pesar de todo, me ha complacido le lectura de este volumen,
que no tiene nada que ver con el adulterio y el apachismo ambientes, y
cuyo autor busca en problemas científicos atrayentes como las más bien
urdidas fábulas, un tema que hace pensar y mantiene la atención viva.
HÉRCULES Y DON QUIJOTE
Un notable escritor y poeta, que por cierto es de la familia de
Castelar--me refiero a don Mariano Miguel de Val, dice lo siguiente:
«Es un libro que está por hacerse, a pesar de lo agotado que parecía el
tema: Hércules y Sileno, precursores del valeroso hidalgo Don Quijote y
de su escudero Sancho. Hércules, libertador de los oprimidos, amparo de
los débiles, castigo de los tiranos y espanto de los monstruos, tiene
tales analogías con el ingenioso hidalgo de la Mancha, que hasta la
protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, parece sentar el
principio de que también al hijo adulterino de Júpiter le sorbieron el
seso los libros, más o menos de caballerías.»
La comparación de Don Quijote con Hércules me parece nueva e ingeniosa.
La de Sancho y Sileno la había hecho ya el gran Hugo en un capítulo de
su _William Shakespeare_.
«En Cervantes--dice--, un recién llegado entrevisto en Rabelais, hace
decididamente su entrada: es el buen sentido. Se le ha percibido en
Panurgo, se le ve de lleno en Sancho. Llega como el Sileno de Plauto, y
él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno.»
El señor de Val busca los puntos de semejanza en los dos héroes.
Hércules, en su destierro, condenado por Anfitrión, rey de Tebas,
haciendo vida pastoril, y don Quijote, enamorado y poeta, en Sierra
Morena. En las «salidas» hubo indudablemente muchos «trabajos»; las
aventuras de los molinos de viento, en la venta, lo del yelmo de
Mambrino, la liberación de los presos, el caballero del bosque, los
leones, a los cuales se pueden agregar el descenso a la cueva de
Montesinos, los batanes, los cuadrilleros, el barco encantado y tantos
otros momentos de la vida heroica del caballero de los caballeros.
Todo esto, desde cierto punto de vista, es comparable con las hazañas
del esposo de Deyanira. Mas, a mi entender, la psicología, digamos así,
de los dos personajes, es absolutamente distinta. Además, Don Quijote es
inseparable de Rocinante. Es el «caballero». Diríase que sin su
caballería está incompleto. Cuando no va en Rocinante hacia el heroísmo,
va en Clavileño hacia el ensueño. Hércules no cabalga. La única vez que
usa de corceles es cuando ya consumido su cuerpo por las llamas en la
cumbre del Œta, en soberbia apoteosis, y bajo su olímpico aspecto de
inmortal, asciende, por orden de Júpiter, hasta los astros, en un carro
tirado por una cuadriga:
Quem pater omnipotens inter cava nubila raptum
Quadrijugo curru radiantibus intulit astris.
Podríase comparar don Quijote, a ese respecto, con Belerofonte, con
Perseo, ambos jinetes de Pegaso y sublimes caballeros andantes.
Cervantes cita poco a Hércules. En la primera parte del _Quijote_,
cuando habla de las lecturas del héroe, dice:
«Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había
muerto a Roldán el encantado valiéndose de la industria de Hércules,
cuando ahogó a Anteón, el hijo de la Tierra, entre los brazos.»
Hércules es el prototipo de la fuerza bruta, aunque, según las palabras
de Muller, «lo heroico-ideal está expresado con la mayor fuerza en
Hércules, quien fué preeminentemente un héroe nacional helénico. Su
semejante bíblico es Sansón. Don Quijote es el Espíritu cabalgante, el
Ideal caballero. Otros hay que pudiéranse nombrar a su respecto: el ya
dicho Perseo, San Jorge, Santiago, Astolfo--y todo Poeta que monta en
Pegaso.
Don Quijote es casto. Hércules es tan lascivo como Pan. En el canto en
que Deyanira se dirige a su esposo en las _Nereidas_, de Ovidio, ella
enumera alguna de las eróticas fazañas del formidable _marcheur_. Le
habla de sus amoríos errantes y variados. «Cualquier mujer, le dice,
puede ser madre por obra tuya.» Le recuerda la violación de Angea y el
«pueblo de mujeres», nietas de Teutra, de las cuales gozó, y la tremenda
Onfalia, que afemina al beluario, y le hace hilar a sus pies como a una
esclava. Don Quijote no encuentra siquiera a Dulcinea y n se deja tentar
por la carne, siempre con el alma de hinojos ante la figura soñada.
Hércules, por fin, es el semidiós medio bandido, y don Quijote, aunque
él asegure, al compararse con don San Jorge y don San Diego y otros
caballeros canonizados, que ellos pelearon a lo divino y él a lo humano,
es un paladín medio santo.
¿Y Sancho y Sileno? Ya hemos visto cómo Hugo hace la comparación en su
libro sobre Shakespeare. Sancho es también inseparable de su asno.
Recordaré el párrafo del admirable capítulo:
«Llega como el Sileno de Plauto y él también puede decir: Soy el Dios
montado sobre un asno. La cordura en seguida, la razón muy tarda; es la
historia extrema del espíritu humano. ¿Qué de más cuerdo que todas las
religiones? ¿Qué de menos razonable? Morales verdaderas, dogmas falsos.
La cordura está en Homero y en Job; la razón, tal como debe ser para
vencer los prejuicios, es decir, completa y armada en guerra, no estará
sino en Voltaire.
El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno
y un poco de lo otro, con un matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a
caballo sobre la ignorancia, y al mismo tiempo, acabando su irrisión
profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga. Así muestra, en uno
después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del hombre y las
parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El
hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre,
Cervantes crea y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en
campaña. Ironía sigue al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus
espolazos, su gran lanza enderezada, son juzgados por el asno; perito en
molinos. La invención de Cervantes es magistral, hasta el punto que hay
entre el hombre tipo y el cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria,
el razonador como el aventurero hace un solo cuerpo con la bestia, que
le es propia, y no se puede desmontar ni a Don Quijote ni a Sancho
Panza.»
El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno de Sileno de Plauto
está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como el que
dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el
poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y
Roma, hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones.
Cierto es que, el dulce animal de las largas orejas, además de conducir
a Sancho y a Sileno, sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en
su entrada a Jerusalén.
UN RECUERDO A CASTELAR
Hace poco tiempo, el señor don Adolfo Calzado, publicó un volumen que
contiene muchas cartas de Castelar, dirigidas a él--desde el año de 1868
hasta el 98--, y otras escritas a Castelar por Víctor Hugo, Renán,
Dumas, Duque de la Victoria, Mazzini, Thiers, Garibaldi y otros famosos
y gloriosos hombres de diferentes naciones.
El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin
alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador,
en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero
muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura,
ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.
¿De qué manera--dice en el prólogo--he procedido al ordenar estas
cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas circulares que
me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros cuatro
amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de
ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos
pensamientos con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el
peligro de hacerme parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y
expansiones que el lector, con su buen criterio, achacará indudablemente
a la parcialidad del amigo. Después he eliminado lo agresivo, lo que,
dicho en la intimidad y con el calor y la vehemencia de la lucha,
pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son sus primeros
admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad pública
manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a deberes
elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan
peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en
vulgares arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto
a los aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que
por faltar un adjetivo o un donaire no pierden su razón y su
virtualidad.»
El compilador, respecto a las necesidades de aquel grande hombre que
cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible, agrega:
«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros
económicos, porque ponen en relieve su laboriosísima existencia, su
trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que ocupó los primeros
puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos tuvieron que
pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron
nacionales el duelo y el quebranto!»
Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante todo la facilidad de
fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas armoniosas.
Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos, es
el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca
la cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su
conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo
Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra
cosa que se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y
una facultad de dar en todo, un soplo de lirismo.
Claro que lo que principalmente preocupa al escritor se ve que es la
política, y de política tratan la mayor parte de las epístolas. Tanto
como la política española dijérase que le interesa la francesa; y se
sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de fogosidad. No
queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se exalta,
no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.
También resalta el ingenuo y natural orgullo de quien sabía lo que era y
lo que valía. Esa águila tiene mucho de pavo real. Y la verdad es que
los oros y colores de su estilo brillan lindamente al sol. Hugo tenía
también ese conocimiento de lo desmesurado de su genio, y asimismo
mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un león. Y hay
que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés y el
gran español.
Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a dirigir sus pomposos
elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos pontificios a Juan
de las Viñas.
Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable de aquel cerebro
excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se arreglaba
de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus larguísimas
y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a Venezuela,
México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas
europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí
ha sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran
señor y de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto
cómo Calzado cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.
Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre gentes, sobre arte,
vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de poeta.
Escribe en una parte, desde Étretat:
«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano, muy amigo de Bismark,
su agente en Roma, que Alemania debe reconciliarse con Francia, como se
ha reconciliado con Italia, volviéndole Milán y Venecia. Por
consiguiente, debe volver a Francia, Metz y Estraburgo.»
Una tablita:
«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más completa. Frente de
mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus frescas y a
veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de colinas
sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras,
los naranjales y las palmas.»
Política europea:
«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita. Después de haber echado
los pobres servios al campo, todavía los insulta. Después de haber
convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe por el
colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores
del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»
Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:
«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es el verdadero talento
político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo por él,
vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en
español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y
felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la
democracia europea.»
Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso pronunciado por Gambetta:
«Aunque he dicho a América que me había gustado el discurso de Lila, te
digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a ese mozo más
gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los hombres
públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja
talla.»
Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un sabroso párrafo
culinario:
«Las últimas chucherías salen de provincias y llegarán antes de dos
días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas, asad las
longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda,
desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad
dónde se quedan Chevet y Compañía.»
Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la mesa. Y ya he hablado
en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la duquesa de
Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma infantil.
JEAN ORTH Y EUGENIO GARZÓN
Jean Orth es sabido que es el archiduque austriaco, de la imperial
familia atrida, que, enamorado como un antiguo estudiante romántico, se
embarcó un día con la mujer amada en un navío de ignorada suerte. Con
rumbo a la buscada Felicidad, se esfumó en el Misterio. Y Eugenio Garzón
es el Gaucho Dandy del _Fígaro_ de París, que llegado a Lutecia de su
Uruguay nativo, tiró las boleadoras a la Fama, y la llevó de las alas a
la _garçonnière_ de la rue de Courcelles, para lanzarla a todas partes,
dando buenas nuevas propias y curiosas noticias del archiduque Juan de
Habsburgo.
¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido encontrado en el Río de
la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de leer el buen
libro de Garzón sobre Jean Orth, no tenemos la certeza de nada de eso.
Quizás esto vale más, pues archiduque encontrado, leyenda acabada; y es
siempre mejor que Barbarroja esté en su ignorada gruta, haciendo
compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo creo que Garzón es
tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su sueño de
soledad--, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello
volumen.