Symons, pone de actualidad esa simpática figura de aristócrata del
arte,--aunque estas dos palabras parezcan una redundancia, una vez que
el arte es excelencia y por lo tanto aristocracia. ¿Se ha de llamar
crítica a las opiniones y maneras de ver de un poeta? Pasa la palabra
porque no hay otra para la comprensión de la generalidad. Los «Retratos
Ingleses» están hechos con una intensidad que llama a la admiración, y
que no recuerdan otras maneras e interpretaciones anteriores. Es que
Symons, por la virtud de su genio poético, se compenetra con el alma de
los modelos, y va a buscarles, él sabe en qué rincón de sus florestas
mentales, cuervo, paloma, unicornio o león.
Fuera de los retratos, hay en el volumen algunas apreciaciones estéticas
aparte, como las páginas en que trata «del hecho en literatura» y sobre
«lo que es la poesía». No dejarán de sentirse contrariados por lo que
posiblemente llamarían arranques paradógicos, los acostumbrados a los
juicios ya hechos y a canónicos modos de ver. Paradoja se dirá cuando se
lea por ejemplo: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina
de la literatura». O bien: «El diario es el flagelo, la peste negra del
mundo moderno.» Mas mirad bien los desarrollos de las postulaciones. La
paradoja ha sido en todos los tiempos propia de alados espíritus. Fijaos
hoy mismo en España: dos, tres, cuatro, de sus principales hombres de
letras diríase que no escriben sino paradojas. Mirad bien en Symons los
desarrollos de las postulaciones: «La invención de la imprenta ha
contribuído a la ruina de la literatura». ¿Por qué? los trabajos de los
copistas y la memoria de los hombres, no fatigada todavía con un relleno
excesivo, preservaron toda la literatura que lo merecía. Las obras que
era preciso saber de memoria, o que eran copiadas por mano lenta y
cuidadosa, no se prodigaban a las gentes que no las querían; quedaban en
manos de los hombres de gusto. El primer libro abrió la vía al primer
periódico, y un periódico es algo destinado al olvido y aun a la
destrucción. Con la destrucción querida de la obra impresa, el respeto
por la literatura se desvaneció, y se acabó por emplear un mismo
término para designar un poema y las «noticias del día». Del mismo modo,
lo que antes hubiera sido un arte para algunos, llega a ser un oficio
para una multitud; y mientras que en la pintura, la escultura, la
música, el simple hecho de producir significa generalmente un ensayo de
producción artística, el empleo de las palabras impresas y escritas ha
llegado necesariamente a no tener más importancia que lo que, según el
decir de un poeta español, es «el cacareo del animal humano» (?). Tales
razonamientos explican lo cortante de las afirmaciones, y dan a entender
que se trata de un criterio que abomina la casilla y la peluca. Muy
justamente ha dicho de Symons Andrés Ruyters que «tiene en el movimiento
intelectual inglés un lugar considerable, menos a causa de la influencia
que bien quiere ejercer, que porque posee en el más alto grado ese don
de animación que hace de la crítica, no una fría policía literaria, sino
una viva y ardiente interpretación». En efecto, no veo entre todos los
críticos conocidos ninguno que más libremente se coloque en el ambiente
del arte puro. Queda aparte la mecánica literaria y aun la
contraposición de ideas que darían a entender un sectarismo cualquiera.
A través de la arquitectura de la obra, va directamente a la psique
productora, y define su tipo y la atmósfera mental en que se produce.
Los «portraits» no están recargados por el detalle documentario; la
vitalidad interior de la figura es completa. He ahí que se presentará a
Thomas de Quincey, conocido tan solamente en Europa después de la
publicación de los _Paraísos artificiales_, de Baudelaire, y cuyas
_Confesiones_, de lo más interesante que para el estudio de la anomalía
cerebral puede encontrarse. Symons nos explica el motivo intelectual de
su fatigoso procedimiento narrativo, y da el buen consejo de leerlo «con
paciencia, raramente y por fragmentos». Para quien haya leído las
páginas autobiográficas del famoso comedor de opio, no serán sino de un
valor concentrativo incomparable las siguientes palabras del
psicólogo-poeta: «Escribe ciertamente por el placer de escribir, y
también para desembarazarse de todas las telarañas que obscurecen su
cerebro. Su espíritu es fino, pero sin dirección; sus nervios vibran de
sensaciones mórbidas y ellos hablan en todas sus obras. Es un hombre de
ciencia fuera del mundo, un hombre que se interesa a su espíritu en sí
mismo, y no porque es el suyo; tiene el ideal del sabio, de un estilo
separado de lo que expresa. «Tal la personalidad pensante y escribiente
de quien tenía como la única miseria sin descanso... «el fardo de lo
incomunicable.»
Del yanqui Hawthorne expresa el sentido casuístico, y colócale de par
con Tolstoï, como el único novelista del alma: «Obsedido por lo que es
obscuro, peligroso, en los confines del bien y del mal, por lo que es
realmente anormal, si debemos aceptar la humana naturaleza como una cosa
establecida entre los límites de la responsabilidad y de la conciencia
de las relaciones sociales.» No hay poco de parentesco íntimo con Poe
en el autor de _Twice-Told Tales_, sin tener las alas arcangélicas y el
profundo y transcendente sentido matemático. Mas Baudelaire, por el lado
del pecado, habría simpatizado también con él. Así Barbey. De tal manera
he pensado siempre en Hawthorne al ver, por ejemplo, aquella aguafuerte
de Rops para _Las Diabólicas_, que hay en _Le bonheur dans le crime_.
Evocación del vínculo que en la obra hawthorniana une a Miriam y
Donatello, a Hester y a Arthur Dimmesdale.
Otro retrato es el de William Morris, el poeta y poetizador de la vida.
«Era el tipo perfecto del artista, y no contento con trabajar en su
propio oficio, la poesía, extendió los principios del arte a una
muchedumbre de técnicas secundarias, la tapicería, la decoración de
muros, la imprenta, que él aprendió, como los artistas del Renacimiento
aprendieron todas las artes y todos los oficios.» Mas también, como
aquellos artistas, llevó a la vida cotidiana las cosas del arte y de las
artes, haciendo de tal guisa de la existencia una obra artística,--hasta
los límites posibles. Tal su pasión social tan concentrada, no fué sino
una caridad de aristócrata que por la belleza quería ayudar y levantar
el espíritu de la muchedumbre de abajo. Feliz vivir el de aquel práctico
lírico que vivía contento, como dice en uno de sus versos, de pasar sus
días
...Haciendo bellas rimas viejas
En loor de las muertas castellanas y de los amables caballeros.
Otro retrato es el de Wálter Pater, que también fué un prodigioso
retratista de retratos imaginarios... En dos rasgos véis surgir aquel
admirable y poderoso intelecto: «Wálter Pater era un hombre en el cual
la fineza y la sutileza de emoción se unían a una exacta y profunda
erudición; en el cual una personalidad singularmente llena de encanto
encontraba para expresarse un estilo absolutamente propio y
absolutamente nuevo, que era el más preciosamente y el más curiosamente
bello de todos los estilos ingleses.» Entusiasta por toda la producción
del maestro, mira y admira, no solamente al crítico, sino al autor de
obras originales que cuentan entre lo más definitivo y valioso de toda
la lectura victoriana. De la misma manera nos presenta a George
Meredith, esa alta alma orgullosa de su ideación y de su singular poder
verbal, que tantos puntos de contacto tiene con el francés Stéphane
Mallarmé. Meredith, que escribe el inglés «como una lengua sabia», y que
tanto en prosa como en verso llega a una casi perfección que se creería
inaccesible. ¡Un decadente! Sea. La palabra decadente, dice Symons, ha
sido en Francia y en Inglaterra--en todas partes, hay que
decir--empequeñecida hasta no ser más que una estampilla para una
escuela particular de recientísimos escritores. Lo que _decadencia_
significa en literatura realmente, es esa sabia corrupción de lenguaje
por la cual el estilo deja de ser orgánico y llega a ser, persiguiendo
tal medio de expresión, o tal belleza nueva, deliberadamente anormal.
Esto ya más o menos lo había expresado en página memorable Théophile
Gautier, a propósito de Baudelaire.
De Rober Lois Stevenson sabemos que era un artista desdeñoso, enamorado
del estilo, y, para decirlo así, de una manera apasionada; y sin
embargo, era popular. A propósito de él hace ver Symons el error de los
críticos que suelen hacer elogios aun fuera de razón, sin dar a
comprender a la muchedumbre leyente el verdadero valor de un escritor o
de un poeta.
Otro retrato es el de John A. Symons, cuya autobiografía es una obra
maestra, y que era un «carácter» intelectual; otro es el de Rober
Buchanan, que escribió bellas prosas y bellos versos, y que sin embargo
no era sino un combatiente, un irreductible polemista, especie de León
Bloy, poeta, que se proclamara ante todo un hombre entre los hombres.
Otro retrato es el de Wilde, hecho con comprensión y serenidad, escrito
con nobleza. Y siguen otros como los de Hubert Crackantorpe, el artista
tan personal e independiente; Rober Criages, el puro lírico; el
«patético» Austin Dobson. Y es poeta y nada más que poeta; Stephen
Phillips, que se me antoja el Rostand de Inglaterra; el pobre alcohólico
y bohemio admirable de poesía que fué Ernest Dowson, que murió joven,
gastado, por lo que no había nunca sido la vida para él, dejando algunos
versos que tienen lo patético de las cosas demasiado jóvenes y demasiado
frágiles aún para envejecer. Y todos esos retratos afirman la seguridad
de la mano, la fina y potente mirada interior, la transparencia del
juicio, la auténtica virtualidad incontaminada del ánimo, la obra de un
maestro. Y no hay sino aplaudir a Arthur Herbert, que imprime a la
inglesa tan bellos libros ingleses en lengua francesa.
SAINT-POL-ROUX
Porque hay una familia del Río de la Plata que ha venido a buscar aire
fresco a tierra bretona, he oído en la mañana de cristal vidalitas junto
a menhires. Gratamente habrían sorprendido al padre del poeta, que
habita en el manoir del Boultous, pues recordarán sus oídos de viajero
antiguas noches de Buenos Aires, tardes de las costas uruguayas.
A un lado del camino vemos de cuando en cuando cuadros pastoriles o
agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las colinas nos hacen
pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a los filos
de la tierra se ve el _ajonc_ con sus pompones de oro. En los cuadrados
de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca de la
madre col sus flores claras. Encontramos muchachas robustas,
campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una cuesta, se
presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises
pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca
que se interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de
Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al
frente, sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un
cuento de caballero las torres del _manoir_ en que sueña y piensa
Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.
Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en donde nos reciben
amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay panoplias de
armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias
pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde
pintó con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas
primitivas y descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan,
secas ya, las ramas rituales que vinieron de la iglesia donde se
repartieron en el día del triunfo de Jesús.
Estamos luego en un saloncito blanco y oro.
Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa
libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más
admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que
recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de
cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El
rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la
voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente;
ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América
como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el
Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran
despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un
familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado
como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de
su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores
del momento.
Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico.
Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo
Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay
diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni
lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel
que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su
persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y
entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros
contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.--Con tales ensalmos
bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.
El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha
extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración.
Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es
el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la
aladínica mina íntima un inacabable tesoro.
Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran
placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y
conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones,
como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan
contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.
Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,
dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.
Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es
parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su
acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen
también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen
nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y
Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua _chaumière_ de
Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la
más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno,
cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego,
con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la
espuma del montebello.
Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en
la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y
martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón
de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a
practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros
«como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de
inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de
dolores. Es el poeta de sus _Anciennetés_, en que canta en «el tiempo
abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la
arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la
vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina
Magdalena,
La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil
Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle
flexible y trascendente.
Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el primer _Mercure_, y
hoy coleccionados en series que forman una sucesión de, como dice el
poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma, notaciones de estaciones,
pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen una de las obras
más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual.
Son de esas criaturas cerebrales que suelen resucitar a través de los
siglos.
Concentraré. Aún me deleita, como la primera vez, aquella inicial
significación de las alondras. «Les coups de ciseaux gravissent l’air.»
Es el poemal comienzo de la vida en la sucesión cotidiana. Son el clarín
del gallo, «la diana» y la salida del sol. De poner los ojos en una rata
nace una música de ideas, y aun de ver la ropa lavada que tiende la
madre en la aldea. Cada paso en la existencia da nacimiento a una lírica
expansión. Interpreta el tiempo, el número, el espacio. Siempre está en
él el pensamiento. Las apariencias se expresan, se entrelazan las
alegorías. ¿Es prosa, es verso? El ritmo impera. Y hay verso y prosa, o
solo verso, según el entender mallarmeano.
Yo he respirado los perfumes de la Rosa y me he herido en las Espinas
del camino... Del sol me he abrevado con el que nació en el Mediodía y
no he perdido nunca su don apolíneo; y con brazos de fuego he penetrado
la floresta del misterio, clamando, por donde Mæterlinck habla en voz
baja...
Largas páginas tendría que escribir para hacer un estudio de esta
producción de psíquicas piedras preciosas. Desde el primero hasta el
reciente tomo de los _Reposorios_, la maestría se ha querido demostrar,
lográndolo, poseída de don infuso, extraordinario. ¿Quién le llamó
pastor? ¿Quién le llamó loco? Pastor de ideas, loco de poesía, con más
filosofía que las bibliotecas y ardiendo en amor humano. ¡Ser pastor,
Dios mío, ser pastor como Apolo, como Jesucristo! estado, por
consiguiente divino.
Rara vez habréis leído en ningún autor tal maravilla de transposiciones
conceptuales en un discurso prestigioso casi todo constituído de
alusión. Y la manera es por extremo singular de armonía y de libre
voluntad. El poeta dice en cortos períodos sonoros las voliciones
íntimas de las cosas, los secretos del vínculo, las correspondencias de
las plantas y de los animales, Gaspard Hauser en el arca de Noé, Orfeo
que ha habitado en París. ¿Quién aseguraba que tan solamente en el Norte
florecía bajo las nieblas el árbol del misterio? De misterio vivía
envuelto en sol Raimundo Lulio, en un día hecho de pedrerías; de
misterio arden aún las mágicas _Mil y una Noches_, y por Saint-Pol-Roux
del misterio vienen, de una selva encantada de misterio, su blanca
Paloma, su negro Cuervo, su Pavo real.
«Por mínimo que fuese, yo he sido, tal vez por momentos, el protagonista
del gran Pan», dice alguna vez.
Es la reducción del Universo al servicio del poeta, en cuya alma, por
divina virtud, se juntan todo el tiempo y todo el espacio. ¿A quién se
parece Saint-Pol-Roux? Primeramente, «a sí mismo», y luego, a la Poesía.
Mas no por ser tal flor de propio carácter dejará de tener tales
relaciones. Hay en la obra de Saint-Pol-Roux esencias que creéis
distinguir en el ramo singular. Esencia de Píndaro y esencia de
Ezequiel, esencia de Rabelais y esencia de Virgilio, esencia de Góngora
y esencia de Hugo, esencia de Gœthe y esencia de Mallarmé... Mas,
sobre todo, esencia del día y esencia de la noche, esencia del cielo y
esencia de la tierra, esencia de la Vida y esencia de la Muerte. ¡La
Muerte! Desde Orcagna, desde la danza Macabra, nadie ha podido como él
traer por el poder del Arte ante nuestros ojos, personalizada y vestida
de símbolos, a la siniestra Flaca, a la Dama de la Hoz. Una vez lograda
esa caza de prodigio, volvió a los reinos vitales.
Y así continúa, coleccionando en el receptáculo de los libros la riqueza
que extrae de sus hondos senos propios. Y para andar entre las gentes
preciso le es el hablar el idioma de todos los días, vivir la diaria
vida. Sus pescadores, sus vecinos sencillos, le aman. Cuando pasa por
las calles del pueblo todo el mundo le señala con afecto.
Con las rocas habita, en una altura, en frente del mar. Abajo tiene
arena blanda; sedas de espuma. Y en el invierno, el viento hace temblar
el manoir. Se levanta matinal. Trabaja fumando su pipa. La luz de su
lámpara sirve de faro a las barcas de pesca que vuelven por la
madrugada.
EL PUEBLO DEL POLO
El progreso moderno es enemigo del ensueño y del misterio, en cuanto a
que se ha circunscrito a la idea de utilidad. Mas, no habiéndose todavía
dado un solo paso en lo que se refiere al origen de la vida y a nuestra
desaparición en la inevitable muerte, el ensueño y el misterio
permanecen con su eterna atracción. Lo desconocido en la naturaleza
surge de repente en formas tales, que llegan a realizar lo imaginado. El
radium es un milagro. Todavía no se sabe lo que es la electricidad. A
este propósito, en un libro reciente, dice M. Lucien Poincaré: «Los
espíritus, aun los más cultivados, tienen una tendencia tan natural como
engañadora a creer que han comprendido la causa de un fenómeno cuando se
ha dado una explicación que junta ese fenómeno a otro anteriormente
conocido, y al cual se está acostumbrado desde hace tiempo. Reflexiónese
un poco y se advertirá que el embarazo en que se encuentra el sabio
sería igualmente grande si fuera preciso dar una explicación completa de
no importa qué otro fenómeno físico, aun tomado entre los más
familiares. Si ante una de las aplicaciones más sencillas y más vulgares
de la corriente eléctrica, en frente, supongamos, de una modesta
campanilla eléctrica, el físico se encuentra un tanto molesto cuando se
le pregunta cómo la energía de la pila se transporta a lo largo de un
hilo, y a qué modificaciones en el hierro corresponde la imantación del
electroimán, estaría en el derecho de hacer notar que sabría, además,
satisfacer plenamente la curiosidad de quien quisiera darse una cuenta
enteramente exacta de las razones profundas por las cuales la vieja y
respetable campanilla antaño usada hace oir un sonido cuando se tira del
cordón.» Así en todo. La ciencia de hoy corrige a la de ayer; mas poco a
poco y de tiempo en tiempo se descubre o se entrevé un nuevo enigma del
universo, que hace más profundo y formidable el enigma total. Muchos
creen que la astronomía y la química son las sucesoras de la astrología
y de la alquimia. ¡De ninguna manera! protesta un estudioso como M.
Jacques Brieu. Preguntad a Paúl Flamblart, Selva, Fomalhaut, Barlet y
algunos otros, de los cuales tres o cuatro, por lo menos, son antiguos
alumnos de la Politécnica, si se debe confundir la astrología con la
astronomía. Esta difiere de aquélla tanto como la anatomía de la
fisiología y de la psicología. En cuanto a la química, _comienza apenas
ahora a entrar en los dominios de la alquimia_.--Dijérase que el
ejercicio de la inteligencia nunca como hoy ha contado con más
investigadores de absoluto. En otras épocas, la concentración de la
labor mental, en solitarios gabinetes y en silenciosas celdas de
conventos, se tendía por el esfuerzo teológico a la rebusca y
comprensión de Dios. Hoy la unida labor intelectual se dirige a la
exploración de la materia y de la fuerza, de lo arcano inmediato, de lo
que nos rodea; y está en nosotros mismos.
Pero, tanto en lo lejano de los astros apenas vislumbrados con el aún
impotente telescopio, como en lo recóndito de la vida atómica, hay un
infinito ignorado. La geografía ha avanzado mucho. Mas ¿está todo el
globo ya en nuestros nutridos inventarios? Hay todavía rincones
inviolados. Y está el Polo, guardado aún por la enorme y blanca esfinge
que surge en una de las más maravillosas creaciones o supervisiones de
Poe.
* * * * *
Tales temas tientan hoy a más de un escritor de imaginación. Wells, el
inglés, ha sido el conquistador de la celebridad inmediata por sus
novelas extraordinarias. Hay antecesores ilustres, y con razón se ha
citado a este respecto los nombres de Poe, de Villiers de l’Isle Adam,
y aun el del venerable y pueril Julio Verne.