Yo no le pido una fe señalada, pero sí una fe. En verdad, el paulatino

conocimiento de las asperezas del mundo crea los peores escepticismos;

para librarse de esto sirve tan solamente la voluntad, la elevación de

la conciencia, la virtud de un ideal. Si ha de poner Europa sobre esa

amable psique el peso de un materialismo que le impida el vuelo, quédese

el artista y el combatiente haciendo sabrosas prosas y nuevas

revoluciones en el país dominicano. Y si ha de perder, Dios no lo

quiera, su original nobleza de espíritu, su respeto y adoración por la

sinceridad, su pasión por lo sagrado del arte, si ha de aprovechar los

dones divinos en el daño y en la mentira, si ha de mirar el misterio

demiúrgico de la palabra como arma de malhechor o como útil de

saltimbanqui, si ha de abandonar lo que, privilegio singular, trajo

desde el materno vientre por la volición suprema, la pureza y la

dignidad mentales, la única razón moral de existir--que en la primera

revuelta en que lo tome el general contrario, sin formación de causa, le

fusile. Mas si no, suya será la gloria.

UN POETA PORTUGUÉS EN LA INDIA

Agradezco muy de veras a Alberto Osorio de Castro el envío de su volumen

de poesías _A cinza dos Mirtos_, porque en el volumen hay lindos versos

y porque esos versos vienen desde Nova Goa, en la India portuguesa. Me

complace tener un lírico amigo y un comprendedor en aquellas tierras

fabulosas. Ya en otra ocasión he dicho lo que un poeta gana, a mi

entender, con emular a Simbad; y lo que, ante mi gusto, ganó, pongo por

caso, el autor de _El alma japonesa_ con haber ido al Japón. Mas, yo iré

mañana al Japón o a la India, si _La Nación_ me envía, o si deseos me

vienen de entenderme con la agencia Cook. El asunto es vivir en uno de

tantos países exóticos la vida de esos países, y penetrar en sus almas,

y entender sus palabras y sus ritos, para luego contar o cantar cosas

bizarras, extrañas, peregrinas, como Lafcadio Hearn, Paúl Claudel o

Alberto Osorio de Castro.

Aunque este último ha amado y soñado en Portugal, en donde florecieron

sus mirtos, y aunque en su vergel antiguo fué encendida la pasional

hoguera, es en Oriente en donde clama a la mujer amada:

Volta a cinza que guarda outro fogo de amor.

Allá en las regiones lejanas en donde habita recordará las nieves de

antaño. Recordará que «en Coimbra, en el Jardín, una dulce mañana de fin

de invierno fino y claro, Ella y su Hermana, pasaban para la misa ideal

de las Ursulinas.

Um arco iris desmaiava em Santa Clara,

Um mais roseo perfume espargiam as rosas,

Uma fonte cantava, as rôlas ja cantavam,

E logo presenti que a primavera entrava

Com as roseas Irmãs eguaes e harmoniosas,

Rosas roseas a face, alvor de rosa as saias,

A deixarem um rastro em flor no ar e o chão...

Todo o sangue subiu aos ramos nas olaias.

Todo meu sangue me floriu no coração.

Yo me imagino que en su existencia en los exóticos reinos de antiguas

leyendas y teogonías, pasará el poeta horas prosaicas a causa de las

invasiones civilizadoras. Las caravanas de las agencias turísticas le

perturbarán en sus recogimientos, y quizá algún cargo administrativo

aplane en cotidianas tareas idealizadas colinas de encantamiento. Mas

todo esto, por la virtud voluntaria, puede ponerse como una subvida «a

côté», dado que la única vida es aquella que nuestra voluntad declara y

que nuestro espíritu reconoce, contra todas las dificultades de la

circunstancia. Y en todo poeta hay un terrible o dulce filósofo.

Las citas y los epígrafes indican las lecturas y las predilecciones de

Osorio de Castro. Es un «moderno» y un aristócrata. Considera con

justeza que la facultad de pensar humanamente es el sumo poder del ser

humano,--humanamente y divinamente; y que por algo el cerebro corona el

edificio, bajo la redondez de su cúpula.

Mas penetremos en la hermosa colonia de poesía.

* * * * *

Al eco de la música d’annunziana--«Nel plenilunio di calendimaggio»--se

comunica con el mundo de las hadas.

Mab, a Rainha Fada côr de jade,

Dá beija-mão a sua côrte em festa.

Veem Fadas dos Montes, da Floresta,

Veem das Grutas de oiro e claridade.

Por los labios de Mab se expresan la Ilusión, el Amor, la Esperanza. Y

la mujer surge en su gracia y omnipotencia carnal. Después exóticas

figuras pasan, como la amorosa chiquinha cuya faz de encanto japonés se

entrevé. Chiquinha, que tiene «la gracia de la mujer de nuestra sangre y

la gracia de la exótica sangre». En las tristezas de la tarde es un

desvanecimiento de íntimas «saudades». Se esfuma la ronda de las horas.

Suena la canción del agua:

Aguas serenas e ligeiras

Passae de leve para o mar.

Aguas novinhas e palreiras

Ponde-vos todas a cantar.

¿Hay en el rimador un creyente? ¿Su paganismo termina en un anhelo de

mortalidad cristiana? Más bien se ve un lejano resplandor de fe en los

comienzos de la juventud. «¡Viña de inmortalidad, dame tu vino de luz

eterna! ¡Ah, que «saudade» de la dulce creencia en Jesús, en mi infancia

de sueño! Era para mí el mundo misterioso jardín. Y no el abismo

horrible que veo ante mí ahora. Viña de inmortalidad, dame el fruto de

la verdad y el vino de la eterna aurora». Anatole France le seduce con

su Thaïs de Alejandría. Uno como sentimiento barresiano, basado en un

decir de la antología griega, le hace preguntar a los muertos el secreto

de las agitaciones de la vida. En un sueño de delicias amorosas,

momentos de pasión: «Claro día de aquella primavera extinta, y por

siempre refloreciendo en el sueño de lo pasado... Aguamarina de sus

ojos, lindo reir de luz que enamoraba y era un vino hechizado!» Hay una

linda balada que tiene un perfume de jardines lejanos:

Pallidas rosas de Chimbel,

Coitadas d’ellas, a murchar,

Sem que a sua alma o aroma e o mel

As abelhas vão procurar.

E’ uma agonia bem cruel

Longe do sol desabrochar.

Pallidas rosas de Chimbel,

Coitadas d’ellas a murchar.

Lá fóra o sol sobre o vergel

Põe toda em flor a terra e o ar

E ellas a beira do marnel

Estão ás grades a scismar

Pallidas rosas de Chimbel.

Él ha frecuentado todos los vergeles de poesía que han deleitado al

mundo. En todo el imperio de la mujer se define y provoca lo que antaño

se llamaba la inspiración. Para la musicalización verbal de su sueño, o

de sus fantasías, de sus idealizaciones o de sus ímpetus cordiales, el

poeta emplea las clásicas maneras, o se deja seducir por las sabias

libertades que han invadido las métricas de todas las lenguas. Hay

composiciones absolutamente normales, las hay de un aire parnasiano, las

hay modernísimas. Mas el tono general obedece sin duda alguna a las

influencias del pasado movimiento simbolista. ¿Qué poeta de estos

últimos tiempos no ha sentido en todas partes esas influencias?

La obra de Osorio de Castro, cuando se complica de exotismo, de ese

exotismo vivido de quien como él habita ha largo tiempo aquel continente

misterioso, adquiere singular personalidad.

Cantó Camoens sus endechas para una bárbara esclava, y aquí encontramos

renovado aquel son de lira. Es en loor siempre de la hembra ardiente y

amorosa que concentra en sí la llama de su sol y de su cielo, e íntimas

y misteriosas llamas.

Rosto singular

Olhos socegados,

Preos e cansado

Mas não de matar.

Tal dice el antiguo. El lírico actual nos habla de la misma encarnación

que adquiere una fuerza simbólica:

O Sita, castisima Esposa

Kali sangrenta e tenebrosa

Irmã de tigre e capellos

Energia da nossa Raça,

Todas quebram a tua graça

Teus manilhados tornozellos.

La atracción de las cosas, el enigma de la naturaleza ha de despertar

ansias que se expresarán en rimadas armonías, o correspondencias que se

exteriorizarán en trozos musicales. Y en medio del ambiente asiático os

sorprenderá escuchar tal reminiscencia de Vigny, tal eco de arieta de

Verlaine, o de melodía poemal. El amador canta a la mujer y a las

mujeres. Estas pasan en un amable desfile. Yo veo las inglesas viajeras,

amantes de la literatura y de excursiones; francesas de paso, buscadoras

de las bellas aventuras de _là-bas_; portuguesas intelectuales, nobles y

finas, amigas de la naturaleza y de los viajes aéreos en compañía de los

poetas. Las inglesas suelen decirles lindas verdades que complacen el

sentido shakespeareano. Por ejemplo, esta verdad gentil, expresada bajo

el cielo de Aden: «It is better to have loved and lost than never to

have loved at all». A esa hija de Albión que tales cosas emite,

aplaudiría sin duda alguna nuestra Teresa de Jesús.

* * * * *

Ved rosas de sangre y de piedad. Deteneos en ese «beautiful Bombay»;

escuchad, a la orilla del mar, cantares de melancólicas insinuaciones.

Vuelve un eco de los pasados madrigales, de las primeras delicias

juveniles, de los primeros despertamientos del deseo.

Con una gracia de virtuoso os narrará el portalira un idilio sajónico.

Se celebrará el prestigio de antiguas proezas de familiares caballeros.

Habrá una variada confusión de rememoraciones y de sensaciones, y junto

a un paisaje de Goa se encenderá en su dulce fuego azul la bahía de

Nápoles; y después de una evocación mortuoria, se tornará a la eterna

tentación femenina. He ahí la sonatina de las hojas caídas y el cuento

del rey de Brocelianda, de la más feliz y sonora elegancia. He ahí a

Sisina:

Sisina, a Rosea e Flava, a graça do Velabro.

He ahí un cuento de monjas, a propósito de las cuales sabemos que, como

reza en la Historia de la Fundación del convento de Santa Mónica de Goa,

«las sutilezas con que el común adversario procura impedir las obras del

servicio de Dios, son todas como suyas; mas cuando este Señor quiere que

ellas aparezcan a la luz, importan poco sus sutilezas y sus ardides.

Halla el poeta asuntos en bellos hechos pasados, y así recuerda las

leyendas de la India, de Gaspar Correa, o la Historia trágico-marítima

del naufragio del gran galeón San Juan en la costa del Natal, el año

1552. O canta el sitio de San Francisco de Goa, arcaicamente:

Gritos de morte, pragas de furor,

E as labaredas tresdobrando o horror...

ó la dramática muerte de don Juan de Eça.

Mas nada es tan de mi placer como los cantos en que surge la poesía

índica, con sus perfumes, sus notas, su extraña melancolía, y «surumba»

y «oh Dunga»... Y como en el libro viene la notación musical, he hecho

que lindos labios de Europa me den la ilusión de las voces de la tierra

brahamánica.

_Sati_, es un poema que me deleita en su rareza de tema y de decoración;

y bien me gustaría departir de tan mágicos asuntos, en aquellas regiones

ensoñadas, con Osorio de Castro y su amigo «el fino Lírico de

Guserathe», Ardeshir Framji Khabardar. «¿Cómo se puede ser persa?», dice

la frase célebre francesa... Yo encuentro tan natural el ser hindú, o

persa, o japonés!...

En verdad os digo que este poeta me ha hecho un precioso regalo. Por él

he pasado instantes especiales en un reino de hechizo. Por él he

escuchado el launim de la canción de la bayadera que ha compuesto

Djaiégri Maneken Shirodcârine. Por él sé que «allá lejos» se llaman las

bayaderas: Zaiu, Sazerên, Tará, Gangá, Priaga, Anahany, Calhiâne, Mogrên

Vigei, Baigy, Surata, Nanum, Baghèn, Gultchábou, Camenên, Mâinâ, Nonan,

Mothu, Sarassepâti, Manequên...

Y todo eso es, para mí, excelente.

EUGENIA DE GUÉRIN

Fervor, veneración casi religiosa, devoción que casi va a la plegaria;

he ahí lo que profesa a la dulce hermana de Mauricio de Guérin el

piadoso y patriota conde de Colleville. Para él, Eugenia es una santa

que a la diestra de Dios está en el Paraíso entre los santos.

No sin razón asegura que en Inglaterra tiene aquella lilial mujer muchos

admiradores; Mauricio espera que ha de canonizarse a Eugenia, pues es de

aquellas que el Soberano Pontífice honra profundamente. ¿Se quieren

milagros? ¿Qué milagros mayores que la conversión de su hermano Mauricio

y la de Barbey d’Aurevilly? El conde católico está en su razón. Por lo

que respecta al nombre, será lindo en el santoral: Santa Eugenia de

Guérin, virgen. ¿Y por qué no mártir? ¿No sufrió lo inexpresable en su

vida de penar, por sí, por su hermano, por los tristes y los pobres

todos? La obra que le ha consagrado el conde de Colleville pudiera

decirse que pertenece a la hagiografía. Con justicia Coppée cree

percibir, por las flores recogidas en el jardín de la doncella, un olor

de santidad. El personaje no puede ser para Coppée más simpático.

Ha tenido desde sus primeros años una hermana que le consagró su vida,

que ha sido todo para él... «ce qui m’émeut plus que tout, ayant vécu

auprè d’une excellente sœur qui ne me quitta jamais...» Pues el amor

de Eugenia para Mauricio era todo el amor, ternuras de madre, suavidades

de esposa, cuidados sacerdotales, todo en un ambiente de Leyenda Dorada,

impregnado de perfume bíblico, y más que bíblico, cristiano. Eugenia era

un espíritu. Creyérase que la fisiología no tenía que ver con ella. Nada

manifiesta del niño enfermo y doce veces impuro... Tanto alejamiento de

lo terreno explica la adoración que por ella sienten sus devotos. Sobre

todo si se la compara con la alta dama de hoy, en quien las principales

preocupaciones son principalmente mundanas y sportivas. M. de Colleville

no deja de señalar a este respecto las respetables excepciones: Madame

de Mac-Mahon, Mme. de Cureville, la baronesa de Puille, Mme. de Saint

Laurent, Mme. de Brigde, Mme. de Boury, «todas las que batallan por Dios

y por la patria». Eugenia, es verdad, tenía poco de combativa. Era una

monja sin hábito. Dios la llamó. Con tanta más razón que no era bonita.

Como no tuvo devaneos ni pasiones amorosas, toda su femenina facultad se

concentró en su hermano, y ese ardor sororal fué al propio tiempo la

delicia y la amargura de su existencia. Colleville la define: «el

perfecto modelo de la _fille de race_, absolutamente virtuosa y

cristiana, ella es a la vez de una distinción acabada, de una educación

exquisita, habla una lengua divina, y esta artista maravillosa hace ella

misma su cocina, hila en su rueca, socorre a los enfermos, visita a los

moribundos. Es leyendo a Platón, Fenelón, Bossuet, Corneille, cuando

ella descansa de las tareas del hogar, es enseñando el Catecismo a los

pobrecitos, hablando de Dios a los vagabundos, cuando ella emplea la

lengua más noble y más sencilla del siglo XVII».

Tal arcaismo de expresión da en efecto a los escritos de Eugenia de

Guérin un aire _suranné_, que le sienta a maravilla y le da el aspecto

de otra edad, de tiempos más puros o menos contaminados que el siglo XIX

en que escribiera.

Los Guérin son de origen veneciano. Guarini. La suntuosa Venecia de la

más bella de las épocas reaparecerá en el paganismo íntimo del autor del

_Centauro_, que debe haber amado como artista la Anadiómena de las

ciudades. Mauricio y Eugenia, bajo el amparo de Dios, formaron la pareja

perfumada de virtud casi angélica, que con los soplos del diablo y en

los antiguos existires venecianos se habría transformado en una de

aquellas locas llamaradas de incestos patricios que enrojecen las

crónicas del tiempo. La noble ascendencia llega hasta ella diluída en fe

religiosa y en caridad columbina. He dicho que no era linda; mas sus

biógrafos hacen resaltar su distinción innata y su sencillez de casta

flor. Paréceme en su cultura discreta y exquisita, nutrida de vidas de

santos y de filósofos dulces. Cuando tenía catorce años, al despertar de

la juventud, momento crítico en las niñas, ella «era entonces primitiva

y casi ignorante, pero dotada de una bondad suma, como Francisco de

Asís; amaba las bestias y conversaba con los pájaros». Es muy otra que

Jacqueline Pascal. No ha nacido para las humanidades. Creo que no sabe

griego ni latín; mas podría conversar con su hermana la alondra y su

hermano el ruiseñor. Su fina lengua sabe, como muy pocas, alabar a Dios.

Diríase que en ella no existe sexo. Y la facultad maternal que pudo

tener se deriva toda en la pasión de su hermano, a quien trata como a un

hijo, como a un esposo, como a un amigo.

Encanta esa vida gentil. La jovencita aprende a leer en la _Imitación de

Jesucristo_ y en San Francisco de Sales. Y ella enseña a su hermano

menor, a su predilecto fraternal, a leer y a rezar, y a sentir la

hermosura de la naturaleza, todo con una tendencia divina. Es matinal

como las aves del bosque. Se complace en cultivar su inteligencia, pero

se dedica asimismo a los trabajos de la casa. Dice sus oraciones, se

pasea por el campo, visita a los enfermos.

En el dominio familiar del Cayla lleva una vida de «año cristiano». Un

día escribirá a Mauricio estas palabras: «Sacarme de aquí es como sacar

a Paula de su gruta; es preciso que sea por ti que yo pueda dejar mi

desierto, por ti por quien Dios sabe que iría al extremo del mundo.

¡Adiós al claro de luna, al canto de los grillos, al glú glú del arroyo!

Antes tenía también al ruiseñor; mas siempre algún encanto falta a

nuestros encantos. Ahora nada, sino mi plegaria a Dios y el sueño.»

La prosa de la mujer amable y predestinada se desliza a modo de un agua

de fuente. Es transparente, cristalina. Bajan a ella--se pensaría--a

beber los corderos del amor divino, los corzos blancos de la caridad.

Mauricio, que empieza la vida al claror de esa alba, no ha de olvidar

nunca tanta candidez celestial, a pesar de las tempestades de París y de

las tempestades de su propia alma de artista, en que palpitan violentos

los jugos de la tierra.

Deseaba la hermana estar siempre al lado del hermano, y asistía a sus

clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à comprendre mes offices»,

decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por su parte,

Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.

Hélas! le monde entier sans toi

N’a rien qui m’atache à la vie.

«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas palabras para Virginia, no

era más sincero que el mío.» En efecto, son dos almas que se aman de

amor, excluyendo toda sombra de malicia o pecado. Ella se aplica hasta a

tareas de lavandera, evocando para el caso a Nausica, Santa Catalina de

Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte años, sin belleza, es,

sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un agradable retrato

en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el talle esbelto

y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se

consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a

las prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente

románticos. Y cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la

oración. Los tempranos desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no

cesa de darle, por lo tanto, buenos consejos. Él, soñador, como todos

los de su tiempo, está enfermo de lo que se llama en estos momentos «el

mal del siglo». Ella desearía verle dedicado a la carrera religiosa,

confesarse con él, como la madre de San Francisco de Sales se confesaba

con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El pecado, la

corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a la

gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los

periódicos, se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge

contra la autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que

desola a Eugenia. Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su

_Diario_. Este libro es tenido como uno de los más bellos producidos

por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones

espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville;

escribe con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el

pájaro, naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos

seduce y nos penetra de esa religión que lo vivifica.»

La publicación de esa obra excelente se debe a Barbey d’Aurevilly y a

Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir es como en la

fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre todo,

sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el

despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la

sonora tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en

casarlo. Él se enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal

señorita. Enfermo, retorna al Cayla, en donde se repone.

Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra casarse con una joven

originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha hecho presa ya de

él.

Así regresa al dominio paterno. Eugenia, estoicamente cristiana, viendo

perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la cura del espíritu. Logra

su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica. Ella continuará

hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre en la

inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no es largo. La vida es

corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»

Su pensamiento no se separará nunca de su hermano. «Él y yo eramos los

dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él, de

encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La

plegaria es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de

dulcificadora de almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de

Mauricio. Del dandy byroniano y un tanto satánico que era entonces el

Condestable, hizo ella el paladín católico, el caballero de la Iglesia.

«Es, pues, dice Colleville, un hecho, que el novelista, el crítico, el

pensador, ha sido después de su conversión el servidor más decidido y

más convencido de la Iglesia romana, y que es ciertamente a Eugenia a

quien se debe esa milagrosa conversión.»

El dolor que le causó la pérdida de su hermano hízola hasta pensar

entrar en religión; mas su deber de hija le impidió realizar esos

propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que la llama

la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con las

hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer

ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías

que no te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta

verte morir. ¿Qué voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un

pecho humano, ¡ay! Yo he visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor

apoyarme, Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he

soñado ser hermana de caridad para encontrarme cerca de los moribundos

que no tienen ni hermana ni familia! Hacer veces de todo lo que les

falta de amoroso, cuidar sus sufrimientos y hacerlos volver el alma a

Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer, que a menudo he envidiado! Pero ni

esa ni otra: todas están cortadas.»

Y en otra parte:

«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad no mueren todas

locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras? Todo nos

es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»

En verdad, es una santa. El _tota in utero_ se convierte toda en

espíritu. Para ella no existieron los goces de la carne. A su hermano

tocaron las tempestades de la duda, las negruras de la incertidumbre y

la furia misteriosa de los sentidos, la savia pánica. «Yo he anudado mis

brazos alrededor del busto del centauro y del cuerpo del héroe y del

tronco de las encinas. Mis manos han tocado las rocas, las aguas, las

plantas innumerables y las más sutiles impresiones del aire.» Sobre la

floresta sonora en que Mauricio se compenetra con el monstruo divino,

como la paloma blanca de las leyendas sagradas, el alma de Eugenia voló

al cielo.

ARTHUR SYMONS «RETRATOS INGLESES»

Para el público nuestro habré de decir que Arthur Symons es un poeta y

escritor inglés. Su obra es ya considerable. Comienza a ser conocido en

Francia gracias a recientes traducciones, no obstante el haber sido

desde los buenos tiempos del simbolismo amigo y propagador de Verlaine,

de Mallarmé, de Verhaeren, de los iniciadores de aquel movimiento. Él

hizo pasar el Canal de la Mancha al Pauvre Lelian, para dar conferencias

que le valieron algunas libras. Verlaine no olvidó nunca a su amigo

inglés, y, ya en sus últimos años, recuerdo que escribió un estudio

sobre un volumen de poesías en que Symons rima cosas de Francia.

Para mí, Symons es atrayente desde que, hace años, me entusiasmaron sus

esfuerzos por la Belleza en su inolvidable _Savoy_, el magazin

intelectual tan refinado que él dirigía, acompañado por aquel prodigioso

artista que se llevó la muerte demasiado temprano, y que tuvo por nombre

Aubrey Beardsley. En esa publicación leí por primera vez prosas y versos

de Symons, el cual llevó a colaborar en su revista a lo más brillante de

la juventud literaria del momento. El mismo Aubrey Beardsley publicó

allí los capítulos de su inconcluso y deleitosamente alucinante _Under

the hill_; y sus dibujos allí aparecidos junto con los del _Yellow

Book_, están entre los mejores de toda su producción. Esas revistas

excepcionales, para un público restricto, no podían tener larga vida.

Hoy se las disputan los coleccionistas.

Letras Obras Completas Vol. VIII · 第 3 / 9 段