considerar como tomada de algún ejemplo viviente, ya que no relacionada
con el más útil, digno y generoso de los casos autobiográficos. Así,
pues, Guisanne, con todo, y su respeto por el profesor, se deja vencer
por el terror inmediato, y antes que recurrir a la fuerza voluntaria o a
la fe religiosa, se intoxica.
Un compañero médico le dice: «Yo no me atrevo a aconsejarte el opio
porque es contrario a todas las doctrinas corrientes... y luego es el
diablo para librarse de él...» El enfermo vacila, pero después cae en la
tentación. El opio le engaña, le hace vivir en sus delicias ficticias, y
le aleja la idea de la muerte. Al recurrir al opio en su situación--lo
he dicho,--Guisanne ha debido recordar a Thomas de Quincey. El caso es
casi el mismo, hay demasiada similitud. Y tanto más si se recuerda que
el autor inglés pudo vencer también en absoluto su vicio, nada menos que
después de más de cincuenta años de ser dominado por él. La voluntad
fué seguramente más poderosa al luchar con triple fuerza de hábito y
triple terreno ganado. Es verdad que de Quincey confiesa que la primera
vez empleó el opio para calmar una fuerte e invencible neuralgia dental,
y otra vez, más tarde, por una molestísima dolencia del estómago. Mas en
una parte de las _Confessions of an opium eater_, dice claramente: «Al
principio de mi carrera como comedor de opio, había sido señalado como
una futura víctima de la tisis pulmonar, y me lo habían dicho más de una
vez. Bien que las conveniencias humanas hubiesen hecho acompañar esa
sentencia sobre mi suerte de palabras alentadoras; que se me haya dicho,
por ejemplo, que los temperamentos varían a lo infinito, que nadie podía
fijar límites a los recursos de la medicina o a defecto de los remedios
a las fuerzas curativas de la sola naturaleza, no era menos preciso un
milagro para quitarme la convincción de que era un caso condenado. Tal
era el resultado definitivo de esas comunicaciones agradables; era
bastante alarmante y llegaba a hacer más aun por tres motivos. Primero,
esta opinión era formulada por las autoridades más fidedignas del mundo
cristiano, conviene a saber los médicos de Clifton y de las fuentes
termales de Bristol, que ven más enfermedades pulmonares en un año que
todos sus colegas de Europa en un siglo; esta afección, como he dicho,
era un azote muy propio de la Gran Bretaña, pues depende de los
accidentes locales, del clima y de las variaciones continuas que sufre.
No era, pues, sino en Inglaterra donde podía estudiarse; para
profundizar ese estudio era preciso visitar los alrededores de Bristol,
etc.»
Y en otra parte:
«El lector sabe que cuando llegamos a los cuarenta años, todos somos
locos o médicos, según el proverbio de nuestros abuelos («fool or
physicien»)... Presumo que ese proverbio significaba esto: que a esa
edad se puede exigir de un hombre que acepte la responsabilidad de su
propia salud. Es, pues, de mi deber ser, en ese sentido, un médico, de
garantizar, en cuanto la previsión humana puede garantizar algo, mi
propia salud corporal. En cuanto a eso, lo he logrado, según testimonios
prácticos y ordinarios. Y agrego solemnemente, que sin el opio no
hubiera logrado eso. ¡Hace treinta y cinco años, sin duda ninguna, que
estaría enterrado!»
A Guisanne también le sirvió de mucho el opio o la morfina.
Mas, como a Quincey, el exceso le trajo un sinnúmero de penalidades, de
sufrimientos que constituían otra y más terrible enfermedad. «No hay
enfermedad peor que el alcohol», decía Poe. Que la morfina, dicen los
morfinómanos. Y al describir los temerosos efectos del abuso, León
Daudet parece que pone las impresiones de su propio individuo. Así
Santiago Rusiñol, otro victorioso, ha escrito una página alucinante
sobre esos mismos terroríficos efectos.
El héroe de esta novela de Daudet, después de una inaudita brega consigo
mismo, ayudado de buenos consejeros, se resuelve a ir a un sanatorio
alemán, donde un especialista ha de librarle de su fardo infernal de
pesadillas. Allí la ciencia hace lo que puede lograr; mas es el
ejercicio de la voluntad el que, en resumen, realiza el verdadero
milagro. Un alma nueva nace, o más bien, el alma ligada y prisionera
rompe sus hierros y cuerdas.
En todo esto hay escenas incidentales de un positivo interés y descritas
de modo magistral. En ciertas partes, no se puede menos que recordar que
el autor tiene una íntima herencia del creador de _Jack_ y de _Petit
Chose_. El hermoso optimismo fundamental no hace sino realzar y dorar
del más bello oro espiritual esta obra bienhechora.
El fondo religioso y consolador es tanto más de admirar, cuanto que
viene de un trabajador vigoroso de ideas y de sensaciones, de un hombre
nutrido de ciencia, y de un criterio no por cierto empapado en aguas de
azúcar sentimentales. No es una pluma afeminada y dulce la que ha
escrito cerca de veinte volúmenes, todos masculinos y combativos, o
nutridos de ideas medulares o reveladores de músculo y garra, como
_L’Astre Noir_, _Les Morticoles_, _Le Kamtchatka_ o _Le Voyage de
Shakespeare_.
Y no es sino harto conocida su potencia de pugil en los encuentros
periodísticos y entre las apacherías de la política. Su libro reciente
es un libro de bien. Más de un enfermo de la voluntad encontrará alivio
y tal vez curación en esas páginas saludables.
EL BRASIL INTELECTUAL
Alguna vez he hablado de mis impresiones respecto a la intelectualidad
de la República del Brasil. Nunca olvidaré mis días de Río Janeiro,
donde tuve ocasión de conocer un núcleo de escritores y poetas que
despertaron en mí una cordial simpatía y una alta estimación mental. El
gran Machado de Asís, en su vivaz y alerta vejez, respetado y querido
por todos como glorioso patriarca de la patria literatura; José
Verissimo, el maestro cuya crítica es admirada y señalada entre las
labores de valor superior; un perito de ideas que en cualquier centro
europeo estaría en puesto de autoridad considerable; Graça Aranha, el
novelista que ha adquirido por potencia y riqueza ideal y por verbo
admirable una de las más puras glorias en las letras portuguesas en
general, y que, según opiniones como la del célebre conde Prozor, ha
escrito la mejor novela de estos últimos tiempos, su _Canaan_, cuya
versión castellana es obra de Roberto Payró; Olavo Bilac, el poeta, uno
de nuestros más gentiles poetas latinos, cuya prosa es de los más
elevados quilates y cuyo don oratorio cautivó a los que oyeron su
musical y fecunda palabra en la Argentina, y tantos otros que forman en
la capital fluminense una agrupación de activos y productores cerebros
que son la mejor corona de su patria, cuya tradición de cultura, que
viene desde los primeros tiempos imperiales, ha formado, al lado de la
preeminencia social, una aristocracia de la inteligencia, que en su
cohesión y en su intensidad de producción--a pesar de las propias
quejas--lleva la primacía en todo el continente.
En el elemento joven pude apreciar más de un vigoroso y lozano talento.
Entre ellos llamó mi atención Elysio de Carvalho, de quien conocía las
primeras obras y el plausible entusiasmo y la pasión artística siempre
sincera.
En los últimos movimientos de ideas que se han desarrollado y han
triunfado en el mundo literario, ha habido entre los luchadores quienes
han sido intermediarios entre los grupos pensantes, iniciadores de
relaciones, propagadores, vinculadores, anunciadores, introductores de
espíritus hermanos o de obras afines. De éstos, unos se han envuelto en
la luz de su propia emanación; otros, modestos, pero eficaces, han
laborado por el triunfo de su ideal secundando el ajeno impulso, dando
su contribución de ideas o ayudando a la definitiva victoria de los
maestros y al mantenimiento de la fe y de la perseverancia en los
compañeros de campaña.
Y mérito innegable y siempre digno de reconocimiento será el de los que,
a más de la realización de sus personales ambiciones, han contribuído a
esa especie de confraternidad espiritual internacional que ha sido uno
de los distintivos especiales de la evolución que se inició en Francia
con el nombre de simbolismo y que, alcanzando hasta nosotros después de
otros «ismos», dió por resultado un nuevo triunfo para el arte humano y
el definitivo reconocimiento del poder de la libertad y de la
individualidad.
Entre esos propagadores e intermediarios entre las «élites» más o menos
numerosas, no podrá nunca olvidarse a Elysio de Carvalho, en el Brasil;
a Pedro Emilio Coll y Pedro César Dominici, en Venezuela; a Urueta,
Valenzuela, José Juan Tablada y el grupo de la _Revista Azul_ y de la
_Revista Moderna_, en Méjico; a Luis Berisso, Jaimes Freyre y Díaz
Romero, en la Argentina; a Rodó y Pérez Petit, en el Uruguay; a Santiago
Argüello, Mayorga, Turcios, Troyo, Acosta y Ambrogi, en Centro América;
a González y Contreras, en Chile; a Clemente Palma, Román, Albujar y
otros, en el Perú; a Silva, Valencia y Darío Herrera, en Colombia; a dos
o tres buenos poetas en el Ecuador; a Iraizos y Mortajo, en Bolivia; al
culto y noble Gondra, en el Paraguay.
Carvalho fué el paladín de la revolución intelectual en la juventud
brasilera. En relación con los _leaders_ de Europa, llevó su entusiasmo
hasta a afiliarse a pequeñas agrupaciones que en el mismo París tuvieron
una efímera vida; tal el mentado naturismo, que no tuvo más razón de ser
en pleno afianzamiento simbolista que el talento impaciente de unos
cuantos. En el Brasil, la aparición de un joven combatiente como
Carvalho llamó la atención de todos, provisto como iba, según el decir
de José Verissimo, «de una rica si bien desordenada y no menos
interesante actividad mental... Todo en él revestía un bello entusiasmo
juvenil, sincero y vigoroso, servido por un talento que aparecía real en
medio de la extravagancia de su precoz literatura, de la anarquía de sus
ideas y de la multiplicidad de sus propagandas estéticas. ¡Curioso! Este
mozo exuberante, franco hasta la prodigalidad, ávido, sin duda, de
surgir, mas con derecho a ello, al cabo ingenuo y bueno, fué, por sus
mismos compañeros de juventud y literatura nueva, discutido, negado,
calumniado.» Bien ha estado al recordar esos comienzos de la labor de
Elysio de Carvalho, ahora que, como comprueba el mismo Verissimo, la
personalidad del autor de «As modernas correntes esthéticas na
literatura brazileira» queda situada definitiva y dignamente en las
letras de su país.
* * * * *
La producción de Elysio de Carvalho se relaciona, como he dicho, con las
últimas manifestaciones mentales que han conmovido el Arte y la
Filosofía en el mundo europeo y cuyas repercusiones han influído en los
espíritus estudiosos y entusiásticos de todas las naciones.
Aparte de sus expansiones de alma, de la revelación de sus íntimos
sueños e ideologías, en versos y prosas de audacia y de elegancia, de
altivez y de ansia moral, como sus «Horas de Febre», su «Alma antiga»,
tradujo admirablemente a su idioma la célebre Balada carcelaria de Osear
Wilde y los «Poemas» de este mismo poeta. Narró el proceso de su
educación filosófica y artística en su «Historia de um cerebro»; se
afilió--más o menos pasajeramente--a lo que aquí se llamó naturismo, en
su «Delenda Carthago». Nietzsche tuvo en él un admirador; Stirner un
apasionado propagandista, comentador y biógrafo. Toda nueva idea, todo
nuevo impulso en el pensamiento contemporáneo halló en él un apoyo y un
entusiasmo. Razones claras me impiden ocuparme de una de sus últimas
producciones: «Rubén Darío», estudio crítico (1906). Mas he de decir que
tal trabajo figura hermosamente entre el magistral aunque fragmentario
estudio sobre el mismo autor, de Rodó y los de González Blanco,
Henríquez Ureña, Pardo Bazán, Martínez Sierra, Alberto Ghiraldo, Ricardo
Rojas y Díaz Romero.
El amor de la novedad y de la combatividad, naturalmente despertaron en
unos ya el asombro, ya la voluntad hostil; más también tuvo Carvalho su
cosecha de simpatías y sus conquistas justas. Su puro fervor de Belleza
y su anhelo de verdad, le han colocado entre los excelentes. Pertenece a
esa aristocracia inconfundible de la idea, que no se compadece con la
mediocridad ni con la chatura.
Naturalmente, con el tiempo, los primeros fuegos juveniles se han
aminorado, y a la incondicional determinación ha sucedido una manera
reflexiva y serena que no por eso deja de conservar la fuerza y la
sinceridad de antaño.
Y es que jamás consideró este hombre de cultura y este artista íntegro,
la facultad de pensar y el don de escribir, sino con toda la seriedad y
la profundidad que requiere tal condición que innegablemente coloca al
ser humano en superior jerarquía. Abominados sean los histriones del
pensamiento y los apaches de la pluma, que prostituyeron la singular
virtud que pudo servirles para propia elevación y bien de almas
hermanas.
Los defectos de Carvalho en sus primigenias producciones han sido los
del árbol demasiado copioso de savia y de follaje, defectos de los años
en que, poseídos del brío primaveral, los espíritus tienen asimismo
exuberancia de savia y de follaje. «Una visión extraordinaria y que
engrandezca las cosas vistas, también es un defecto», dice José
Verissimo con su habitual exactitud de juzgar. Elysio de Carvalho, y
como él muchos de los que en la América latina han seguido y proclamado
las nuevas ideas, se señaló por su exageración en el sostenimiento de
sus principios; mas esa exageración ha sido, si se quiere, benéfica y
precisa en los iniciales momentos de la proclamación de los flamantes
credos; y luego, una vez pasadas las agitaciones y violencias de la
lucha, una vez abierto el camino por donde los intelectos habían de
comenzar su viaje al ideal, vino la tranquilidad, la calma de
raciocinio, la posible mesura en la elocuencia--que en determinados
caracteres y medios es a veces difícil de conseguir--y la elevación
serena de criterio que, con gran complacencia de todos los intelectuales
brasileños, sin distinción de escuelas o de preferencias estéticas, se
ha manifestado en «As modernas correntes esthéticas na literatura
brazileira», la reciente obra que motiva estas líneas.
LETRAS DOMINICANAS
Existe una literatura en los momentos actuales, que presenta un carácter
inconfundible en su variedad: la literatura en que expresan su alma, sus
voliciones y sus ensueños, la Joven España y la Joven América española.
Las nuevas ideas han unido en una misma senda a los distintos buscadores
de belleza, mas en tal unión no pierde nada el impulso del individuo ni
la influencia de la tierra, sin contar, por supuesto, en este caso, a
los natos desarraigados en el espacio y en el tiempo. Una de las
ventajas que han tenido nuestras dos últimas generaciones, es la de la
comunicación y mutuo conocimiento. Si aun algo queda que desear, ya no
sucede como antaño, que se ignoren, de nación a nación, los seguidores
de una misma orientación filosófica o estética, los correligionarios de
un mismo culto de arte.
Entre toda la producción argentina, pongo por caso, de hace unos
veintitantos años, tan solamente los nombres de Andrade, Guido Spano, y
luego Obligado y Oyuela, se impusieron a la atención de las repúblicas
hermanas. Hoy la obra de un Lugones adquiere proporciones continentales;
mas no se ignoran, en el Sur ni en el Centro de América, ni en las
Antillas, los esfuerzos o la obra realizada de otros artistas de la
palabra, de otros hombres de pensamiento, ni la constante virtud de
entusiasmo que anima a los consagrados de la juventud. Hay mayor
intercambio de ideas. Se comunican los propósitos y las aspiraciones. Se
cambian los estímulos. Hay muchas simpatías trocadas y muchas cartas.
Los imbéciles no evitan el afirmar: sociedad de elogios mutuos. No se
hace caso a los imbéciles. Los libros y las cartas se siguen trocando.
No otra cosa se hacía en latín, entre los sabios humanistas del
Renacimiento.
Entre los escritores que desde hace algún tiempo se han dado a conocer
está Tulio M. Cestero, originario de la República dominicana. Es joven;
cursa la vida intensa y la gracia del arte. Su florecimiento en Santo
Domingo no es sino propio de un país que ha dado a las bellas letras
hispanoamericanas, desde pasadas épocas, figuras de gran valer. Por
Menéndez Pelayo conocemos algo del período colonial, en que se ufana
gentilmente aquel popular Meso Mónica, de tan fino y autóctono ingenio.
La cesión a Francia, por el Tratado de Basilea, y la ocupación por los
haitinianos, durante veintidós años, de la parte española de la isla,
produjeron la emigración a Venezuela y Cuba de gran número de familias
principales, gloriosas en los líricos y literarios anales; de ahí los
Rojas venezolanos, los Heredia, a que pertenecieron los dos José María,
y cuya casa solariega existía, según tengo entendido, en la capital
dominicana, hasta hace algunos años, frente al cuartel edificado en el
reinado de Carlos III; y los Delmonte, de Cuba. Después de la
proclamación de la república en 1844, las personalidades eminentes, en
las letras, no han sido pocas. Allá en la época romántica hay un Félix
Delmonte, no privado del don de armonía, como su amiga y preferida la
alondra. Apartándose un tanto de la influencia europea, Nicolás Ureña
ameniza el paisaje y las costumbres. Un varón de alma compleja y de
vigor verbal, Meriño, es a un mismo tiempo jefe del estado y de la
iglesia. Luego surge Emiliano Tejera, escritor, investigador, que
escribió su célebre folleto aclarando la verdad sobre los restos de
Colón y sosteniendo que son los que están en Santo Domingo. Aparecen el
historiador García, el polemista Mariano Cestero; y el que es
considerado como el primero en su patria, el novelista Galván. Una musa
es justamente famosa, Salomé Ureña, vigorosa y pindárica, sin perder la
gracia y el encanto de su alma femenina. Pérez, modernizado en los
últimos años, cantó castizamente las leyendas y sufrimientos de los
indios quisqueyanos. Billini, presidente, no desdeña ni los dones
apolíneos ni los atractivos de la novela. Por todos los géneros espiga
el talento de un Henríquez y Carvajal. Penzón vuelve la vista al pasado
y busca la tradición y el tema legendario. Más recientemente aparecen
Gastón Deligne, poeta, que hoy se siente atraído por nuestro movimiento
reformador; Rafael Deligne, poeta, crítico y dramaturgo; Pellerano, que
se distingue por amante del color y de la vida locales; Fabio Fiallo,
espíritu nobilísimo y elevado, que en su «Primavera sentimental»,
celebrada por Díaz Rodríguez, inició sus delicadezas ideológicas y su
culto de la hermosura exquisita. Un hombre potente, de rasgos geniales,
combativo y dominador del verbo, Deschamps. Américo Lugo, docto y
elegante, perito en cosas y leyes de amor y galantería; el poeta Aibar;
los hermanos Henríquez Ureña, de los cuales Max ha escrito páginas de
crítica que yo prefiero y guardo con alto aprecio. Osvaldo Bazil,
gallardo y generoso, en lo florido de su juventud, hoy en Cuba, bajo la
advocación divina de la Lira. Ya véis que hay sus motivos para que Tulio
Cestero haya nacido en esa isla fecunda y solar que fué deleite de los
ojos del iluminado y profético Navegante.
Cestero es un espíritu inquieto ante la vida, nacido para los esfuerzos
y las bregas. Este lírico de la prosa, cuya cultura es completamente
europea, ha tenido que desarrollar sus energías de carácter y de
intelecto en un medio hostil a las dedicaciones al puro arte. Él sabe,
por propia experiencia, lo que son revoluciones, pronunciamientos. Ha
andado con su fusil, o su sable, por los montes patrios, entre fieras,
víboras, guerreando por su caudillo o por su presidente. Conoce las
excursiones por los bosques y los movimientos de las guerrillas. Alma
gentil, escribe su «Jardín de los sueños», mas tiene un admirable y
práctico sentido de la realidad. Si se le ocurre, escribirá lindamente a
una mujer: «Bella, sé piadosa, y convierte tus ojos milagrosos al
alma-océano de aguas muertas y profundas--del amante prosternado que
arrancará a las entrañas de la tierra avara el oro virgen para el anillo
de tus bodas». Y, si se le ocurre, mandará fusilar en las maniguas al
coronel criollo sublevado. Soles y vientos de aquellas latitudes le han
amacizado el cuerpo y el alma. Ello no es un inconveniente para que haya
labrado finas páginas en libros suaves. El poema en prosa después de la
acción, la lírica después de la estrategia, o antes. El bregador que
existe en él ha publicado también páginas de campaña en que el estilo se
revela apto también a ejercicios de músculo y a maneras de fortaleza. Yo
le veo vagar por la montaña. Si encuentra flores, formará un ramo para
la primera gallarda moza que le cautive. Si no, desgajará un árbol para
encender fuego y hacer su barbacoa con el primer venado que alcance su
carabina. Algo de Gastibelza, si gustáis, de un Gastibelza de tierra
ardiente, a quien si su doña Sabina y el aire de la montaña le vuelven
loco, le hacen decir bellos decires de amor y de combate.
Hace tiempo leí sus «Notas y escorzos», capítulos de crítica literaria;
sus impresiones de viaje «Por el Cibao», de las que casi nada recuerdo.
Su «Del Amor», es obra de despertamiento, de pasión exuberante, de
juventud y de savia temprana. Mas su folleto político «Una campaña»,
publicado en 1903, llamó grandemente mi atención por el modo robusto de
narrar, amena y bizarramente, sucesos que no han tenido en la América
nuestra sino señaladas plumas de valor que los traten. Hemos sido
célebres por nuestras revoluciones, y Europa no conoce aún el libro que
bellamente e intensamente diga tanta cosa extraordinaria, terrible y
pintoresca, porque ese libro no se ha escrito todavía.
En «El jardín de los sueños» este autor está seducido por el
esteticismo, y muestra una viva preocupación del estilo. Hay sutileza,
escritura «artista», prosa galante, paisajes al «claire de lune»,
relentes románticos e influencias simbolistas. Se advierte el amor de
las gracias plásticas, de ritmo, de la concreción de la expresión noble.
Sus lecturas son de la más reciente literatura; y cuando creéis
encontrar una reminiscencia de Laforgue, pasa el soplo d’annunziano. Hay
ideas, plasticidad y música «avant toute chose». Al madrigalizar, eleva
los asuntos, poetiza el medio, se transporta a otras épocas más bellas,
o dora, con el oro de la ilusión o de la fantasía, el tema inmediato.
Veo sobre todo a un poeta, al parecer, en ocasiones, sentimental, y en
ocasiones impasible en la labor de orfebrería que prefiere. Después
viaja. Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas. «Navegar
es necesario; vivir no es necesario». Navega, pues, para venir a esta
Europa que todos ansiamos conocer. La moderna literatura nuestra está
llena de viajeros. Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya
escrito, en prosa o verso, sus impresiones de peregrino o de turista. Se
pasa, como Robert de Montesquiou, «del ensueño al recuerdo.» Como todo
está dicho, en lo que se refiere a lo contenido en ciudades y museos, no
queda sino la sensación personal, que siempre es nueva, con tal de
apartar la obsesión de autores preferidos y la imposición de páginas
magistrales que triunfan en la memoria. Es esto difícil, antes de que la
tranquilidad de la vida reflexiva llegue. Cestero, en sus narraciones de
viaje, se aparta dichosamente de los escollos del bedekerismo y de los
peligros de la obra recordada. Esto no quita que no le acompañen el
recuerdo de espíritus amados en sus periplos. Mas noto que los viajes en
él, las frecuentaciones diplomáticas y los contactos de París, han
marchitado un tanto la frescura franca de las floraciones de antaño.
Parece que el entusiasmo, sal del arte, no está en él con la abundancia
de los pasados días.