LETRAS
LETRAS
POR
RUBÉN DARÍO
ILUSTRACIONES
DE
ENRIQUE OCHOA
Volumen VIII de las obras completas.
Administración: Editorial
MUNDO LATINO
MADRID
LA CASA DE LAS IDEAS
I
Esta frase de Elisée Reclus: «La ciudad de los libros» despierta en mí
este pensar: «las casas de las ideas».
En efecto; si _la palabra es un ser viviente_, es a causa del espíritu
que la anima: la idea.
Así, pues, las ideas, con sus carnes de palabras, vivientes, activas, se
congregan, hacen sus ciudades, tienen sus casas. La ciudad es la
biblioteca, la casa es el libro.
Helas allí como los humanos seres; hay ideas reales, augustas, medianas,
bajas, viles, abyectas, miserables. Visten también realmente,
medianamente, miserablemente. Tienen corona de oro, tiara, yelmo, manto
o harapos. Imperiosas o humilladas, se alzan o caen, cantan o lloran.
Evocadas por el hombre, dejan sus habitáculos, abandonan sus alvéolos,
resuenan en el aire, o, silenciosas, penetran en las almas por los ojos.
Luego vuelven a sus casas, después de hacer el bien o el mal.
II
Tenéis aquí una vieja catedral: es un misal antiguo. Muestra sus
ferradas y pesadas puertas; sus muros, sus esculturas, sus vidrios
coloreados, sus rotondas, sus flechas, sus agujas, sus campanarios. En
los nichos de las mayúsculas viven los santos, las vírgenes, los
mártires. A su rededor clama un pueblo de ideas santas, canta como a son
de órgano o al vago vibrar de tiorbas celestes. Las ideas angélicas,
encarnadas en palabras castas y blancas, dicen en coro rezos, himnos,
glorias, _hosannas_. Las martirizadas pasan purpúreas, cerca de los
azules y oros que pulieron los monjes. Unas llevan los ramos de lirios
en las manos, otras clavos, coronas de espinas o palmas. ¡Palmas! Cuando
el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo llena las vastas naves, el pueblo
de ideas fieles se congrega. Es el ambiente de los profetas, el mundo de
los doctores, la atmósfera de los beatos. Un incienso de fe perfuma el
aire. Los altares, bellos de oro y de cirios, presentan la magnificencia
mística de sus arquitecturas. Por las cornisas, por los tallados de las
puertas, por los calados de las piedras, piruetean los demonios bufos
con los frailes obscenos; un cabrón que termina en largo y crespo
follaje vegetal, quiere ascender hasta la soberbia expansión de los
maravillosos e historiados rosetones.
Esa vieja historia es un castillo feudal. Ois el cuerno del enano,
entráis por el puente levadizo. Encontraréis dentro al castellano, a la
castellana, a los pajes, a las dueñas. Las ideas están vestidas a la
usanza de entonces; todo es hierro, lorigas, caparazones; en los cintos
las espadas, en los blancos cuellos las golas; en los puños gerifaltes.
Y suena el rumor de las mesnadas de ideas. Ellas claman, vitorean, dicen
decires, cantan cantos, tienen sus fiestas, sus cacerías; pelean bravas,
juran y se signan, saben de respeto y de honor, de Dios y de los
caballeros. De noche, al calor del buen hogar, cuentan cuentos.
En esa _Ilíada_ pasa, truena un mundo de ideas gigantescas; viven en
palabras desmesuradas, altas, vibrantes, sonoras, primitivas, divinas.
Hay ideas que pasan desnudas como Venus; otras que ululan como Hécuba;
otras heroicas y veloces como Aquiles. En esa portentosa ciudad griega
por donde quiera os halaga la maravilla del ritmo, reina la música en su
sentido original; al mandato de una lógica imperiosa, todo se mueve
obedeciendo al número; al paso escucháis cómo hacen vibrar el bosque de
aritmética las cigarras del verso.
En ese usado _Ars Amandi_ os sonríen variadas y graciosas ideas
femeninas. Provocan, llaman a la batalla del amor; así como ese ojeado
Aretino, propiedad quizá de alguna refinada marquesa del tiempo pasado,
es un curioso prostíbulo.
En las bibliotecas existe el «inferi», como en ciertos museos los
gabinetes secretos, y en los estereoscopios las vistas reservadas. ¿En
dónde había de estar sino en el infierno la _Faustina_ del divino
Marqués?
III
Los impresores y los encuadernadores son los arquitectos de las ideas
congregadas. Ellos les levantan sus palacios, o las alojan en casas
burguesas; las adornan de formas elegantes, caprichosas, modernas,
graves, cómicas; las ilustran, las refinan o las ponen en aislados
ghetos; las colocan, las recaman de oro como si fuesen personas
imperiales; tapizan sus casas con las pieles de los animales, con
costosos pergaminos, telas ricas, sedas y galones. Muchas, fastuosas y
vulgares, moran en palacetes opulentos de keapsake; otras, hermosísimas,
puras, nobles, llevan pobremente en ediciones modestas su perfecta
gracia gentilicia.
Las primeras son semejantes a ricas herederas, feas y estúpidas; las
otras a princesas olvidadas, hijas de reyes caídos, virginales,
supremas, avasalladoras por la sola virtud de su potencia nativa. Hay
unas heroicas, yámbicas, masculinas. Hay las soldados, espadachines,
verdugos, perros furiosos. ¡No toquéis a los que manejan ideas!
Allí viven las ideas en sus casas, en sus ciudades e imperios, las
bibliotecas; tienen sus Parises, sus Londres, sus aldehuelas, sus
villas. En las puertas de sus mansiones se ven nombres anunciadores de
sus jerarquías, desde la _Biblia_ hasta _Bertoldo_, desde Hugo hasta el
Sr. X. Pues todo en ellas sucede como en los hombres, y así, son unas
porfirogénitas, otras plebeyas. Y como el hombre también, unas mueren y
caen en el olvido; otras ascienden a la inmortalidad, por la suma gloria
del genio.
PARÍS Y LOS ESCRITORES EXTRANJEROS
El influjo y el encanto de París son los mismos para todos; mas cada
cual los recibe conforme con su temperamento y su manera de encarar la
vida. París es embriagante como un alcohol; hay personas refractarias a
todas las alcohólicas intoxicaciones. Hay quienes hacen de París su
vicio. Hablo del París que produce la parisina, del París en que la
existencia es un arte y un placer. Tal París embriaga de lejos. El
chino, el japonés, el negro, el ruso, el yanqui, el criollo, sufren su
atracción de la misma manera. El paraíso, un verdadero paraíso
artificial, se reconoce a la llegada. El hechizo está en el ambiente, en
las costumbres, en las disposiciones monumentales, y sobre todo, en la
mujer. La parisiense sólo existe en París, afirmarían nuestros queridos
maestros M. de la Palice y Pero Grullo. Mas el efecto de París se
aminora o se agranda según la edad, los elementos de vida, los
caracteres y las aspiraciones. No se trata de razas ni de países.
Conozco por ejemplo dos vascos, Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu, en
quienes el influjo parisiense es nulo; en cambio hay innumerables vascos
que gastan su dinero y dan placer a sus sentidos y a su imaginación en
París, de la manera más meridional del mundo. En los escritores, en los
artistas, se nota la diferencia de comprensión y de impresiones. La
inoculación de parisina en unos es activa, en otros de mediana fuerza,
en otros inocua. De los metecos, son los rumanos y levantinos los más
accesibles a la parisinación completa. Los españoles resisten
fuertemente, en tanto que los originarios de la América latina cuentan
entre los que más se asimilan al medio y entre los refractarios. Véanse
algunos ejemplos.
El marqués de Rojas vivía en París hace larguísimos años. Antiguo
diplomático, ha conocido buen número de testas coronadas y ha
permanecido en casi todas las cortes de Europa. Sus estudios preferidos
han sido investigaciones históricas, la literatura, y sobre todo, los
asuntos financieros, disciplina en que sobresale. Sus gustos, sus
hábitos eran los de un gran señor; y la vida de París le sentaba tan
bien, que ostentaba, no sin un justo orgullo, una florida y animada
senectud. Mas una vez que se le conocía y se le trataba, se veía que el
venezolano persistía, a pesar del tiempo, del medio y de las
frecuentaciones. Y en sus libros se revela poderoso el espíritu
hispanoamericano. Lo propio puede decirse de un cubano eminente, D.
Enrique Piñeyro. Crítico de alto valer, pensador ponderado, muy erudito
en literaturas extranjeras y en la española, sobre todo, guarda en su
espíritu la savia cubana, el aliento del terruño. Antiguo compañero de
colegio, amigo de la infancia, amigo hasta los últimos días, de José
María de Heredia, el poeta francés, ha publicado, después de varios
libros sobre asuntos literarios diversos, una monografía sobre José
María de Heredia. ¿El cubano francés? No, el cubano del todo, el autor
de la oda al Niágara. En ese trabajo, dice un periódico, «discurre el
señor Piñeyro con su acostumbrada sobriedad acerca de la vida breve y
agitada del cantor del Niágara, y a través de su prosa clara como las
ondas de un río, se destaca con calor y vida la figura del gran poeta;
se le ve muy joven estudiando a Homero y leyendo la Biblia en la ciudad
oriental; más tarde le vemos investirse de abogado ante la Audiencia de
Camagüey y ejercer la carrera al lado de su tío Ignacio en la poética
Matanzas.
En esta ciudad se le ve esconderse y huir fugitivo para desembarcar
luego tiritando de frío en Boston, peregrinar en varias ciudades
americanas enseñando el español, sin saber aún el inglés, hasta que
apoyado con la influencia poderosa de Roca Fuerte, surge en Méjico como
uno de los consejeros de Guadalupe Victoria, el primer presidente
constitucional de aquella república. Allí trabaja tranquilo, crea
familia, y como obedeciendo a un sino incontrastable, le vemos pronto
envuelto en los tormentosos acontecimientos políticos que señalaron el
paso por el Gobierno mejicano del general Santa Ana. Mientras tanto aquí
en Cuba se le había condenado a muerte, y cuando, decepcionada el alma y
desfallecido el cuerpo, pidió y obtuvo regresar a la patria para abrazar
a su madre, no encontró nave que le trajera a tiempo, pues antes la
muerte, que le venía acechando, le arrebató la vida a los treinta y seis
años escasos de haberla padecido. Y ni aun sus restos han podido
recogerse, pues cerrado el cementerio en donde fué enterrado, se
mezclaron las osamentas para conducirlas al azar a otra parte.»
Tal es la vida del egregio poeta cubano; tal es la gran figura literaria
cuya biografía traza con mano firme y límpida el señor Piñeyro. Si en el
renombrado crítico hubiese prendido bien la parisina, la monografía
hubiera sido escrita sobre el famoso sonetista, miembro de la Academia
francesa. La hubiera escrito en francés o la habría hecho traducir, para
que fuera gustada, ante todo, por el público parisiense; habría hablado
muy poco de la época de los primeros estudios en la Habana, y habría
sido minucioso en recuerdos respecto a la intimidad de Heredia con Hugo,
con Gautier y con todos los parnasianos; habría hablado de su salón
literario, de su biblioteca, de sus obras de arte, y el escritor no
habría revelado su origen de ninguna manera. Para el parisiense no
existe otro lugar habitable más que París, y nada tiene razón de ser
fuera de París. Se explica así la antigua y tradicional ignorancia de
todo lo extranjero y el asombro curioso ante cualquier manifestación de
superioridad extranjera. Ante un artista, ante un sabio, ante un talento
extranjero, parecen preguntar: ¿Cómo, este hombre es extranjero y sin
embargo tiene talento? Y el meteco que se parisianiza llega al mismo
grado de exclusivismo que el legítimo parisiense de París.
El poeta cubano Augusto de Armas llegó a la gran ciudad ya poseído de la
locura de París.
Escribió versos franceses admirables, se llenó del espíritu luteciano,
fué en el barrio latino como cualquier joven poeta francés de ensueños y
melena--y se lo comió París. No existía entonces el arribismo. El pobre
criollo vivía en su ilusión de gloria, dedicó poesías a todos los
mamamuchis de entonces, y fuera de Banville, que le escribió una carta
amable, nadie le hizo caso.
Muchos de los que hemos venido a habitar en París hemos traído esa misma
ilusión. Mas hemos tomado rumbos diferentes. Yo he sido más apasionado y
he escrito cosas más «parisienses» antes de venir a París que durante el
tiempo que he permanecido en París. Y jamás pude encontrarme sino
extranjero entre estas gentes; y ¿en dónde están los cuentecitos de
antaño...? Gómez Carrillo es un caso único. Nunca ha habido un escritor
extranjero compenetrado del alma de París como Gómez Carrillo. No digo
esto para elogiarle. Ni para censurarle. Señalo el caso. El es quien
dijo, yo no recuerdo dónde, que el secreto de París no le comprendían
sino los parisienses. Los parisienses ¡y él! Si no ha llegado a escribir
sus libros en francés, es porque no se dedicó a ello con tesón. Mas en
su estilo, en su psicología, en sus matices, en su ironía, en todo,
¿quién más parisiense que él? Muerto Jean Lorrain, no hay entre los
mismos franceses un escritor más impregnado de París que Gómez Carrillo.
Revolviendo nombres y categorías puede observarse: Tourguenieff estuvo
siempre en la estepa, Heine en el Walhalla, Wolff y Max Nordau en el
ghetto, Eusebio Blasco en Fornos, Moreas en la Morea, la señorita
Vacaresco en Rumania, Cantilo y Daireaux en la Argentina, Marinetti en
Milán, Bonafoux en España... Carrillo es el meteco más parisiense de
París. ¡Pues bien! El mismo Carrillo comienza a reconocer que más de una
vez se ha sentido desarraigado en la babilónica metrópoli. Y él no puede
quejarse de París, que bien se lo pudo tragar como se tragó a Augusto de
Armas y a tantos otros. París le dió su gracia verbal, su versatilidad
femenina, su sonrisa y el gusto por el refinamiento de sus placeres.
Carrillo vino muy joven. Habitó en el barrio latino en un tiempo en que
aún existía la bohemia y se amaba la poesía y el amor buenamente. Apenas
si comenzaban a causar su efecto los venenos baudelaireano y
verlaineano. Carrillo alcanzó las veladas de «La Plume». Tuvo buenos
compañeros. Le halagaron desde entonces; le publicaron en aquella
revista su retrato--un Carrillo adolescente y muy medalla romana--y
logró una, dos y no sé cuántas Mimís, en la edad más hermosa, con cuerpo
y alma de estreno. Con el tiempo evolucionó, con las ventajas y
desventajas del medio... No creo que pudiera nunca separarse de París,
aunque haya llegado a reconocer más de una de las falsías y engaños de
la adorable cortesana que lo hechizó.
* * * * *
Acabo de leer un pequeño libro del escritor dominicano Tulio M. Cestero.
En estas páginas hay una sensación de París, expresada en un diálogo de
transparente fondo psicológico. El autor expresa el encanto, el
embrujamiento parisiense en el espíritu hispanoamericano, y el peligro
del torbellino que atrae. No sé que haya permanecido largo tiempo en la
ciudad luminosa. Lo que sí sé es que ha peleado ruda y bravamente en las
revoluciones de su país, que es, entre los de la América revolucionaria,
el país de las revoluciones. «Hemos hecho la guerra, dice, desde los
días del descubrimiento. En el alma nacional lidian la tristeza del
indio, el dolor del negro esclavo y la nostalgia del español aventurero,
terrible herencia de odios que nos ha hecho un pueblo triste y
levantisco.» Ha descrito, en prosa orgullosa y gallarda, escenas de las
luchas arduas en que ha tomado parte. Deja ver ingenuidades de roca
nativa, y en ellas el más puro oro cordial y diamantes generosos. Aun
perfumada el alma del soplo de las patrias selvas, llega a Lutecia. Está
en el bulevar. Párrafos del diálogo que he citado nos darán la impresión
que buscamos:
«_Marcelo._--El bulevar... ¿Has leído la reciente novela del corrosivo
ironista La Jeunesse? Cuántos pensamientos en nuestras tierras de
América se orientan hacia esta congestionada arteria donde el placer y
el dolor forman una ola impetuosa. Venir a París, trotar por el bulevar,
es la aspiración tenazmente perseguida de los intelectuales, políticos,
mercaderes y mundanos de nuestras tierras calientes. Y casi tienen
razón. Es única esta vía que encierra un mundo en algunos metros; ni
Picadilly, de Londres, ni Unter den Linden, de Berlín, ni Broadway, de
Nueva York, producen esta impresión de onda que acaricia y flagela al
mismo tiempo; es una corriente que arrastra. Sí, pero es un río formado
por los apetitos, las ambiciones, los dolores, las alegrías en delirio
que bajan rugientes de Montmartre, de Batignolles, del barrio latino, de
más lejos aún, de los cuatro puntos cardinales del globo, y en
confluencia forman esta corriente que parece mansa y es pérfida,
poderosa, cuyos remansos son las terrazas de los cafés. ¡Qué gloria
enfrenarla y domarla; pero qué energías formidables se necesitan!
Sondear su fondo me marea, y las bascas amargan mis labios.
_Andrés._--Por el contrario, yo siento una sensación de fuerzas nuevas,
alegres, un vehemente anhelo de conquistar el aplauso de esos hombres y
el amor de esas mujeres; de erigirme un pedestal con las cabezas
erguidas bajo las plumas o las sedas de los sombreros caros, y me digo
cada vez: «París, tú serás mío».
_Marcelo._--Ilusión.
_Andrés._--París es inconquistable, indomable; olvida en la noche sus
amores del alba. Es inútil empeño querer aprisionar el agua en el puño.
Es en las tierras de América, que nuestros padres han regado con sangre,
donde hemos de realizar la acción de nuestros sueños. A París viene todo
el oro de nuestras minas, en monedas y en pensamientos; y a los que
llegan fuertes, jóvenes, sanos, con la primavera en el alma, París los
devuelve enfermos, viejos, rotos. Café de la Paix, Americain, Maxim’s,
cocotas, sombreros, sonrisas, grupas. Marcelo ha de sentir el influjo,
la atracción, y después de una noche blanca, después de una borrachera,
ha de exclamar al ir en el frío de una madrugada parisiense: «Me
envuelve la ola, me desarraiga, me arrastra, en el torrente, voy aguas
abajo... Este cielo es un trapo sucio y no hay sol, no hay sol... el
sol». Ciertamente, en París no sólo hay grupas y sonrisas de venta, y
cafés alegres. Mas, entre todos los que vienen, nadie prefiere Madame
Curie a Mademoiselle Liane de Pougy. Y París, sobre todo, es mujer. Es
la hembra. Y Cestero se va al Congreso de La Haya y luego partirá para
Santo Domingo, a pelear quizá con los revolucionarios. Pero donde, por
dentro y por fuera, tendrá el sol. Su sol.
VIDA DE LAS ABEJAS
Después de haber publicado Maurice Maeterlinck su «Vida de las abejas»,
vió que su libro era bueno. El público y el editor fueron de su misma
opinión. Así el autor prosigue en sus incursiones de poeta y de filósofo
en el reino de la naturaleza. El libro sobre las flores, como el
conocido sobre las abejas, está libre de toda pedantería científica. El
autor declara al comenzar: «Quiero simplemente recordar aquí algunos
hechos conocidos de todos los botanistas. No he hecho ningún
descubrimiento, y mi modesta contribución se reduce a algunas
observaciones elementales. Claro está que no tengo la intención de pasar
en revista todas las pruebas de inteligencia que nos dan las plantas.
Esas pruebas son innumerables, continuas, sobre todo entre las flores,
en las cuales se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y
hacia el espíritu.» En todo naturalista diríase que hay algo de poeta. Y
todo poeta encuentra motivos de meditación y de emoción en las mil
formas en que se manifiesta la voluntad de vida sobre la tierra. Dos
autores que fueron de los primeros en la dirección del movimiento
simbolista en Francia, dos antiguos idealistas, son los que hoy producen
estas obras de un género nuevo en que se junta la observación científica
y la literatura: Maeterlinck y Remy de Gourmont. Con la diferencia de
que el primero ha permanecido fiel al misterio, al más allá, y el
segundo ha evolucionado hacia una concepción absolutamente materialista
del universo. Pero ambos son escritores de su tiempo, y la «Física del
amor» debe complacer a quien escribió la monografía sobre las abejas, y
estas páginas excelentes sobre las flores.
Ignoro si tuvo ocasión antes de morir, el lamentado André Theuriet, de
conocer el volumen en que me ocupo. Tan sincero y apasionado «forestier»
habría gozado de todo corazón con ver tratada tan sutil y delicadamente
lo que llamaríamos el alma de esas cosas tan amables y tan encantadoras
que representan como la gracia femenina en el mundo de las plantas. Las
flores aman, las flores tienen designios, las flores luchan y vencen en
contra de las disposiciones del destino. Uno rememora las concepciones
de Ovidio; y se llega a imaginar que algo que se relaciona con lo
humano obra en la planta después de misteriosas y extraordinarias
metamorfosis.
En el poema latino Dafne se transforma en laurel, Siringa en caña,
Narciso en flor de su nombre, Driope en loto, Jacinto en flor, Mirra en
árbol, Adonis en anémona, las Ménades en árboles, Ayax en jacinto, Apolo
en olivo. ¿Quién no ha visto, con la ayuda del pensamiento y de la
imaginación, gestos y ademanes en los árboles, coquetería, o modestia, o
lujuria, o voluptuosidad, u orgullo en el imperio floral? El buen
sentido de las naciones ha hecho muy justas denominaciones simbólicas, y
el sencillo y antiguo «Lenguaje de las flores» contiene una crecida
cantidad de correspondencias, como diría un swedenborguiano. Es el mismo
Swedenborg quien dice esto: «El hombre se asemeja a los animales por las
afecciones y los apetitos de su natural; se abandona a los impulsos de
ese apetito y se acerca a los animales con que tiene más correspondencia
y relación. De allí viene que en uso ordinario se le compare con ellos.
Si es de un carácter dulce, pacífico, se dice: es un cordero. Si es
duro, implacable, cruel, se le califica de oso, tigre; si es voraz, de
lobo; si es glotón, de cerdo; si es engañador, de zorro, y así de tantas
otras maneras de decir, fundadas en las correspondencias entre el hombre
y los animales; correspondencias o relaciones conocidas, pero sobre las
cuales no se reflexiona lo bastante para darnos cuenta de mil cosas,
tanto naturales como espirituales, que el hombre ignora. Esta
correspondencia existe también con el reino vegetal.» Esta última frase
la subraya Robert de Montesquiou a propósito de las «Flores animadas» de
Grandville. Un delicioso poeta mejicano, ya desaparecido, Manuel
Gutiérrez Nájera, animó líricamente también a esas lindas criaturas, en
sus versos sobre «La misa de las flores», inspirados por unos de Víctor
Hugo en las «Chansons des rues et des bois».
J’errais. Que de charmantes choses!
Il avait plu; j’étais crotté;
Mais puisque j’ai vu tant de roses,
Je dois dire la vérité.
J’arrivais tout près d’une église,
De la verte église du bon Dieu,
Où qui voyage sans valise
Ecoute chanter l’oiseau bleu,
C’était l’église en fleurs...
Y en otra poesía también se animan las flores, en la que él titula
«Celebración del 14 de Julio en la floresta»; y en otra aún, «La santa
capilla», que acaba:
La bouche de la primavère
S’ouvre et reçoit le saint rayon;
Je regarde la rose faire
Sa première communion.
Maeterlinck, por su parte, observa la íntima volición de las vegetales
familias, sujetas a la tierra, mas sin embargo, conmovidas por la
universal ley de fecundación y de vida. Él no trae nada nuevo, como lo
ha advertido; mas de hechos conocidos en botánica él saca consecuencias
que hacen meditar, une con una suerte común el alma de las flores con el
alma de los hombres... Saint Pierre, el dulce e ingenuo Saint Pierre,
aplicaba a tales asuntos sus inofensivas filosofías. Mas ya hay
distancia entre el seráfico abuelo y el creador enigmático de
Tintangiles, de Maleine, explorador sombrío de lo desconocido, de la
muerte, del ensueño, de la previsión, del azar, del destino.
Es después del descenso repetido a la más obscura y temerosa de las
minas del cerebro, que viene el místico moderno, a inclinarse en
observación sobre el cáliz de una rosa, sobre la blancura de un lirio. Y
a vislumbrar en el fondo de todos esos deliciosos aparatos, una luz de
probabilidad consoladora, en el perpetuo enigma en que se agita la
humanidad desde lo recóndito del tiempo.
LUIS BONAFOUX «BOMBOS Y PALOS»
Las apariencias: Luis Bonafoux, hombre terrible... La realidad: Luis
Bonafoux, hombre suave y cordial... Quien dice el hombre, dice el
escritor. Porque convenceos de que la frase de Bouffon--que generalmente
se cita mal,--se debe entender al revés: el hombre es el estilo. Por lo
general, en lo físico, se observa que las personas robustas, los
colosos, los hércules, los fuertes, son de carácter dulce y más
propensos a la alegría que al humor agrio y melancólico. En lo moral
sucede lo mismo: guardaos de las almas flacas, de las almas pálidas.
Luis Bonafoux es un amante de la justicia, y su pasión lo ha llevado a
veces hasta la crueldad. Y ese vociferador, ese combatiente, ese
perseguidor, ese «maître aux injures» que aparecerá a veces como un
espíritu tendente al odio y a las más ásperas venganzas, tiene en el
fondo desmayos hacia la caridad, aflicciones de altruísmo,
consagraciones de sacrificios, ímpetus de ternura que parecerían
increíbles. Cuando le oigo en ocasiones, o cuando leo algunas de sus
ácidas páginas que terminan generalmente en un suspiro, en una sonrisa o
en una lágrima, recuerdo aquella admirable figura de abuelo gruñón y tan
sensible que encarnó Hugo en el M. Guillenormand de _Los Miserables_. O,
en lo contemporáneo y de carne y hueso, evoco la memoria de una Luisa
Michel o el aspecto de un Rochefort, de un Malatesta, o de un León Bloy,
plumas furiosas por exceso de amor, cada cual en su ambiente de ideas, o
en su ráfaga de aspiraciones.
* * * * *
La obra de Bonafoux demuestra lo vano de la diferencia que ha querido
hacerse entre escritores y periodistas. No existe después de todo sino
esto: hay periodistas que saben escribir y periodistas que no saben
escribir; hay quienes tienen ideas y quienes no tienen ideas. Y, como
decía una vez el sesudo y acre Paul Groussac, más o menos: hay quienes
no escriben ni bien ni mal; ¡no escriben! Mas hay artículos de
periodista que valen, por fondo y forma, lo que un buen libro.
Desconfiad de la fecundidad, de la cantidad. De Magnard díjose que
escribía sonetos políticos. Las crónicas de Bonafoux serían así
sonetos, rondeles, letrillas, sin rimas: aladas, picantes, ligeras,
_pesadas_, con su poco de miel, con su poco de amargura, tal como
hubieran podido complacer a cierto ruiseñor alemán que anidó en la
peluca de Voltaire según confesión propia, y a quien también se puede
colocar entre los «periodistas». ¿No es un periodista ya aquel Séneca
antiguo que nos ha dejado tan singulares «crónicas» _avant la lettre_?
Para buscar antecesores a Bonafoux no hay necesidad de ir a extranjeras
tierras. Sus abuelos mentales están en España. Se ha hablado de Heine.
Pero ¿no es Cervantes uno de los espíritus que más influencia tuvieron
en el atormentado y maravilloso teutón? Estaba yo releyendo en estos
días el «Centón epistolario» del bachiller Fernand Gómez de Cibdareal,
cuando recibí la reciente obra «Bombos y Palos»; y leyendo el libro
nuevo observé que a través de largos siglos, había más de una relación
ancestral con el libro viejo. He allí otro periodista, aquel bachiller
que escribía, antes de Barrionuevo, sus cuartillas a las personas, como
hoy se escriben a los diarios. Mas la vida moderna y la lucha del vivir,
y los años que dejan ver lo amargo de las cosas humanas, han puesto en
mi amigo Bonafoux una acritud que no desea disimularse, y que aparece
casi siempre en su producción.
¡Por Dios! Encontramos gentes que de todo sonríen, o ríen, satisfechos,
y que todo lo encuentran excelente en el mejor de los mundos posibles.
No está mal que ante la fácil «candidez» surjan de tanto en tanto los
protestantes contra las inevitables miserias en las tragedias y sainetes
de la hostil existencia cotidiana. Y luego, a desfacer entuertos. He
allí la parte del eterno Quijote, en el defensor de los débiles, sin
curarse de si una vez los galeotes libertados, no se volverán contra él
y le lapidarán, como es muy de razón que así sea. ¡Y el amor de la
verdad, el peligroso amor de la verdad! Decir la verdad, gritar la
verdad, a riesgo de las naturales consecuencias, y prestar para ello su
vocabulario al argot, a los clásicos, a Quevedo sobre todo, y, sin temor
a lo escatológico, ¡al mismo general Cambronne! Y en seguida gemir por
un niño mártir, por un dolor ajeno, por una tristeza que necesita
consuelo... Bonafoux el Feroz se convierte en San Luís Bonafoux.
* * * * *
Al recorrer este último libro, no puedo menos que pensar: ¡Si Bonafoux
escribiese sus memorias! Pues hay aquí las más sabrosas páginas sobre
españoles e hispanoamericanos en París. Artistas, escritores,
diplomáticos, hombres de bien y pillos están tratados conforme con sus
merecimientos. Y desenfadadamente, para unos maneja el sonoro
instrumento en que por lo general se percute la piel de los asnos; para
otros, también desenfadadamente, emplea un nudoso garrote. Sobre todo,
no caben en él disimulo y engaño. _Mentiri nescio._ Mas, en medio de
esas tareas, no descuida el ir una que otra vez a dar una vuelta por su
jardín. Y allí están, cultivadas casi con pudor, casi a escondidas,
bellas rosas de arte, frescos lirios de sentimiento, frías y pomposas
hortensias de fantasía. Lo cual no obsta para que, en cuanto sale de
nuevo a la diaria faena, no deje de gritar por ejemplo: ¡Vaya cardo! y
lo dé por espuertas a los que de ello han menester.
En Asnières, lugar florido, lejos de los ruidos de París, tiene hace
tiempo su casa de trabajo y de reposo, al amor de su familia, pues es
varón de orden y de hogar. Cuando viene a París, casi siempre está
acompañado. La persona que con él podéis ver, puede ser un príncipe
destronado, un periodista, un hombre de negocios, un anarquista. Unos le
buscan por asuntos de bombos y otros por asuntos de bombas... Tal su
ministerio.
Tiene larga fama. Hay quienes en Río Janeiro, o en Tánger, leen tales o
cuales diarios por el artículo de Bonafoux. Y lleva la carga de su
talento, con talento. Y la cinta de la Legión de Honor, con honor.
EN EL PAÍS DE BOHEMIA
He visto varias veces el «Glatigny» de Catule Mendès. Es un bello
espectáculo. Bello como el ensueño y triste como la vida. Glatigny,
príncipe y fauno de un cuento improbable, es un personaje de ayer no
más, de carne y hueso; poca carne, huesos largos, pálido y soñador,
nefelíbato y lascivo, que murió tísico por una equivocación. Un bohemio.
Muchos amigos suyos existen aun, entre ellos el mismo Mendès. Vive
también un su hermano, en provincias. Y Camille Pelletan, el que fué
ministro de Marina, también fué de sus compañeros y acaba de hacer de él
este amable retrato: «Sí, dice, he conocido a Glatigny y su figura era
de las que uno no olvida. Pocas he visto tan extrañas y tan potentes.
Este pagano furioso parecía descender por cierto lado del Sátiro de
Víctor Hugo, suelto en los bosques llenos de ninfas y de náyades, ebria
el alma de las florestas; y es sin duda por un recuerdo de familia que
ha escrito un día:
Et je danse dans l’herbe avec des pieds fourchus.
Pero por otro lado de su genealogía, la sangre que corría en sus venas
era bien gala: descendía de Rabelais por Panurgo. Tenía de él la risa
estallante, el don de las bromas enormes, la pasión de las aventuras y
la alegre imprevisión. Debo agregar que no era todo lo que esa
naturaleza valiente y leal había tomado al compañero bastante cobarde y
bastante perverso de Pantagruel, de Epistemón y de frère Jean des
Entommeures. Cómo, con ese doble origen, nació hijo de gendarme en su
muy prosáico _cheflieu_ de cantón de l’Eure, es lo que sería difícil de
explicar. Sabéis que, como el mundo contemporáneo no tiene lugar para
los seres fantásticos de antes, él se encontró arrojado en la existencia
azarosa de los personajes de la novela cómica de Scarron: cómico errante
como Destin o La Rancune; yendo de escena de provincia a escena de
provincia; tan detestable actor por otra parte (no lo ocultaba él mismo)
como excelente poeta».
Hugólatra, discípulo de Banville, compañero de Baudelaire, de Mendès, de
los jóvenes poetas que hoy peinan canas o duermen en la tumba, Glatigny
vivió en un tiempo de entusiasmo que hoy nos parece tan lejano, y
exprimió el jugo de sus «viñas locas» y lanzó, lleno de un fuego
apolíneo, sus «flechas de oro». No pensó nunca en el mañana. Le
persiguió naturalmente la miseria; le abrumó la vida de café; le
engañaron los colegas, las mujeres, el éxito, las máscaras: la Gloria,
ella no, no le olvidó.
Glatigny es uno de tantos Don Quijotes como vagan por el mundo.
Solamente, en el drama funambulesco de Mendès muere sin recobrar la
cordura. Su Dulcinea, sus visiones, hechas de fantasía y deseo, le
acompañan en la agonía, y, seguramente, aunque sin confesión y sin buen
sentido, se va a la mortal sombra misteriosa, más feliz. Se va para
siempre en su postrer «salida».
* * * * *
He aquí el drama: En un pequeño pueblo normando vive Glatigny, con su
padre, un simple gendarme. El poeta, que como ya sabéis, si tiene en el
alma una estrella, esa estrella está encerrada en el cuerpo de un
sátiro, que danza sobre la hierba con sus pies hendidos, el poeta está
en vagos amoríos con la empleada del correo, Emma, pobre mujer que está
ciertamente enamorada del fantástico joven, y que, mayor que él, le
quiere casi maternalmente. Una compañía de cómicos de la legua pasa por
el pueblo. Están sin un cuarto y quieren irse sin pagar el hospedaje.
Así, de noche, comienzan a poner en práctica la fuga. Entre ellos hay
una guapa mocetona, Lizane, querida de uno de los cómicos, Fassin--pues
hay allí tres de los que figuran en las Odas funambulescas de Banville:
Neraut, Fassin y Grédelu. En momentos en que Lizane ha saltado por una
ventana a la calle, medio vestida, Glatigny sale de casa de Emma; al
ruido se esconde Lizane en un boscaje próximo. Glatigny la divisa y
corre hacia ella. El sátiro y la ninfa. Palabras, audacias, versos
lindos. Glatigny se enamora y, con anuencia de Lizane, que le ha contado
la vida de los poetas de París que ella conoce, allá en el café--¡sueños
de Glatigny!--se va con los de la farándula a la capital, no sin antes
pagar, con dinero que le ha dado la misma Lizane, la cuenta del
hotelero; y halagado por la canción que es como la Marsellesa de sus
ensueños:
Avec nous l’on chante et l’on aime!
Nous sommes frères des oiseaux.
Croissez, grands lys! chantez, ruisseaux!
Et vive la sainte Bohème!
Y en el pueblecito queda la triste Emma, que ha hecho todo lo posible
con sus súplicas para que la voluptuosa cómica errante le deje a su
amado.
En el acto segundo Glatigny está ya en París, y en casa de Émile de
Girardin que está para ser nombrado ministro, y cuya secretaría va a
solicitar el bohemio. Mal vestido, pero ya con cierta fama y con un tupé
colosal, comienza en la antesala del periodista famoso y rico por
comerse los bizcochos y beberse el oporto de los visitantes.
Entra en esto Mme. d’Elfe, una embajadora--la célebre princesa de
Meternich, que aún vive en Viena--llena de elegancia y de gracias. Viene
a politiquear, intrigante y buena amiga de Napoleón III, con Girardin.
Diálogo lleno de curiosas cosas, entre poeta y embajadora. Ella queda
sorprendida y contenta de las ocurrencias y galanterías del flaco y
lírico tipo, que le confía su calidad de poeta y de actor y que
incontinenti le hace unos versos, que escribe en un precioso carnet de
la princesa. Ésta arranca la hoja escrita, y ofrece el carnet a
Glatigny, que rehusa el regalo. El carnet está cubierto de piedras
preciosas. En cambio pide la rosa roja que adorna el tocado de la alta
dama; la cual accede, pero viendo que el galante hombre va a besar la
flor, le dice orgullosamente:
...Pourtant quelque jour de peine plus étrange
Et moins fière, s’il vous plaisait de faire l’echange,
N’hésitez pas. N’importe quand, et n’importe où,
Renvoyez moi la fleur, vous aurez le bijou.
...Je ne crois pas vous la rendre jamais!
exclama Glatigny. Y envuelve la rosa en un autógrafo de Banville que él
guarda preciosamente. La conversación sigue hasta la llegada de
Girardin, al cual pide la princesa que modifique un artículo que está ya
en prensa. El diarista accede, manda suspender la tirada y busca a su
secretario, que ha partido; la princesa le recomienda a Glatigny, que
empieza al instante sus funciones... que abandonará pronto por voluntad
propia. Sale Girardin. Y entra Lizane, que había quedado fuera esperando
al poeta. Conversación agitada. Lizane manifiesta que, una vez más,
quiere dejarle, e ir a probar fortuna en calidad de cocota.
--¿Ah? ríe Glatigny.
...Oui, j’ai fait emplette,
D’un nom ducal, chez la marchande de toilettes
Hermine de Bréda.
Está bien. Y se despiden. No sin que antes le aconseje Lizane al
abandonado que se junte con la hija de un músico de cervecería, la
adolescente Cigalón, no bonita, pero que está profundamente enamorada de
él. El acto acaba con la salida de Glatigny de su famosa secretaría y
con el horror de Girardin y la risa de los que llegan y acaban de leer
el diario recién aparecido. ¡El loco había escrito en verso el artículo
dictado!
Tercer acto. La cervecería des Martyrs, que M. Audebrand acaba de
desenterrar en uno de sus últimos libros. Centro de la bohemia, lugar en
que se encuentran todos los comedores de azur y bebedores de toda clase
de cosas, pintores, músicos, poetas melenudos, batalladores, templo
tumultuoso en que se lanzan las más raras paradojas, se ríe, se combate,
se besa a las muchachas y se imaginan todas las filosofías y locuras. El
icono de ese lugar es el de Mürger. Allí aparecen personajes como
Olivier Metra y Courbet, tipos como el del fracasado Morvieux, que son
de todos los tiempos, y el coro de buscadores, de seguidores, de
acólitos, de bohemios. Glatigny está desesperado por la separación de
Lizane, y no comprende o no hace caso de la pasión ingenua de la pobre
hija del músico de Cigalón, que procura darle algún consuelo. Ella sabe
por qué sufre el poeta y le dice sus más suaves palabras y le anuncia
que la otra ha de volver, que no sufra, que pronto ha de verla. Y Lizane
vuelve, porque su amante, el cómico Tassin, está preso, porque no
solamente vive de ella sino que ha robado. Y engaña de nuevo a Glatigny,
que cree ciertas sus promesas de amor, sus frases que le enloquecen. La
desventurada Cigalón ve el gozo del que ama por el retorno de Lizane, y
llena de pena, al verlos partir juntos, va a llevarse a su padre, al
músico _raté_, comedor de haschis, que vive su miseria en paraísos
artificiales; y cuando quiere levantarle de la mesa en que está
inclinado, le encuentra muerto.
En el acto cuarto Glatigny está unido a Emma y ambos trabajan en la
Alhambra, ella en su repertorio cantaridado, él como improvisador. El
público ve, al mismo tiempo, el escenario de la Alhambra, el cuarto de
vestirse de Lizane y el de las demás artistas. Lizane, en una escena se
muestra triste y de mal talante; y como Glatigny la pregunta el motivo,
ella le hace ver que necesita dinero, bastante dinero, para vivir sólo
para él, una vida de amor... El desastrado soñador se desespera... y
por fin promete a la pérfida el dinero. Tiene allí cabalmente la rosa ya
seca de la princesa d’Elfe; y en una salida que hace Lizane a escena, él
envía a la princesa, que casualmente está en un palco, la rosa. Y en
seguida recibe el carnet, que pasa a manos de Lizane. A esto ha venido a
buscarla Tassin, que ha cumplido el tiempo de su prisión, y ella se va
con él, mientras Glatigny improvisa ante el público, acompañado por el
violín de Cigalón... La desesperación de Glatigny es inmensa, y mayor la
de Cigalón, que ha de echarse al Sena en breve.
El último acto. El poeta, el amante pródigo, ha vuelto a su pueblo
natal, ya tísico; y vive unido a Emma, que le recibió con los brazos y
el corazón abiertos. Él guarda el recuerdo de sus pasados días. En su
gastado cuerpo no han muerto ni el soñador ni el sátiro. Pero la
enfermedad ha ganado ya mucho terreno, todo el terreno. Y cuando llega
la noche y Emma le acuesta, después de un acceso, él finge quedarse
tranquilo, dormir. La buena mujer se va confiada a su reposo. Y el
lunático, el Quijote de la rima y de la carne, se levanta, como en un
delirio. Le ha vuelto más viva que nunca su locura; busca su maleta
vieja, sus papeles viejos, y sale a proseguir sus aventuras, sale a la
calle, y al campo, sobre la nieve... Y muere en su sueño, con el beso de
la esperanza en los labios:
Bah! je leur reviendrai chargé d’or et de gloire!
Ahí le encuentran por la mañana, helado de muerte y de nieve.
--«Pauvre petit!»--suspira la pobre Emma.
* * * * *
De uno de los pasados dramas en verso de Mendès decía Jules Lemaître que
parecía escrito por Víctor Hugo. Este parece escrito por Rostand, siendo
asimismo y por lo tanto huguesco, de un Hugo modernizado. Hay en
Glatigny bastante de Cyrano. ¿No son ambos hermanos por la luna y por el
quijotismo? Al uno le amortaja el otoño, al otro el invierno... A ambos
hieren amor e imposible. Mendès ha hecho todo lo que ha querido, con su
talento tan fuerte, tan bello y tan flexible. Ha hecho cosas como Hugo,
como Leconte de Lisle, como Banville, como Baudelaire, como Verlaine,
como los parnasianos, como los simbolistas, como los decadentes. Y
además, como Mendès. Tiene una obra enorme y varia, y un espíritu
siempre fresco y vivaz. Es, indudablemente, un gran virtuoso; pero es
también, indudablemente, un grande y magnífico poeta.
EL MILAGRO DE LA VOLUNTAD
Al acabar de leer un reciente libro de León Daudet, _La lutte_, he
sentido un gran bienestar. He pasado una colina para ir a ver el Océano.
Venía sobre las olas un viento sano. El día estaba un tanto ardiente,
mas soplaba frescor la inmensidad marina. Y pensé: la vida es hermosa;
la naturaleza es la concreción de la vida. El hombre debe encontrar en
la aflicción de su pensamiento su propia esperanza. Aprovechemos el lado
sonriente del misterio. Seamos los perseguidores de la alegría. Más de
la mitad de la alegría, si no toda la alegría, está en la salud. Seamos
los perseguidores de la salud. Dediquémonos a ella hasta conseguirla lo
más completa posible. Mantengamos los órganos de nuestro cuerpo lo mejor
que podamos. Más hace por nuestras penas morales nuestro hígado que
nuestras penas morales mismas.
El amor completo, el sabor de la gloria, el impulso generoso, la
concepción luminosa, necesitan del buen estado de nuestras vísceras. La
ciencia de las ciencias se llama Higiene.
Mientras nuestra alma permanece en su casa de carne, nuestra alma es
fisiológica... Ordenémosle bien su casa. Con nuestro principal poder,
con nuestra principal riqueza: la voluntad... De pronto observo: ¿este
optimismo no será sospechoso? Arthur Symons ha escrito: «La mayor parte
de los que han escrito de una manera seductora sobre el aire libre de lo
que llamamos las cosas naturales y florecientes, han sido enfermos:
Thoreau, Richard Jeffries, Stevenson. El hombre fuerte tiene tiempo de
ocuparse en otra cosa, puede abandonarse a pensamientos abstractos sin
tener un lanzamiento al cerebro, puede perseguir objetivamente las
consecuencias morales de la acción, no está condenado a los solos
elementos de la existencia. Y en su tranquila aceptación de los
privilegios de la salud ordinaria, no encuentra ningún lugar para ese
éxtasis lírico de las acciones de gracias que un día claro o una noche
tranquila despierta en el enfermo.» ¿Y si para la exaltación del arte el
hombre «sano» no existe, por lo menos en lo que toca al aparato
nervioso? Tanto mayor razón entonces de fortalecernos y mantener en el
mejor estado posible el mecanismo de la máquina animal. Y en tal caso,
evitar ante todo cualquiera de las puertas señaladas con un peligroso
signo mágico, por las cuales se entra en los paraísos artificiales.
Epicuro, Anacreonte, se quedan a la entrada. Omar Kayam, Poe, Musset,
Quincey, Verlaine, penetran, y cuando retornan vienen pálidos de haber
visto el infierno de los infiernos.
* * * * *
El personaje principal de la novela de León Daudet es un joven médico
que en lo mejor del goce de su fresca juventud se siente presa de la
tuberculosis. Para calmar sus males, o por el terror de su dolencia
irremediable, se entrega a la morfina. Entre las más horribles
agitaciones de su vicio, cuando el remedio ha resultado peor que la
enfermedad, una resolución firme, ayudada por la constancia de buenos
espíritus, por un noble amor, y a la verdad, por los medios que puede
procurar una fortuna, triunfa de todo el daño. La voluntad ha vencido a
la tuberculosis y a la morfinomanía. Esa es toda la novela. Los
incidentes son variados y curiosos. El estilo es el que el autor ha
hecho admirar por su vigor y concentración en obras anteriores.
Pierre Guisanne, el héroe, a pesar de su dedicación a la medicina,
«n’est pas un savant, c’est un artiste», como pensaban sus camaradas; y
al sentirse tuberculoso ha de haber recordado quizás ciertas palabras de
Thomas de Quincey, en las que se refiere a que «bien podría ser (el
opio), y lo pienso según un hecho absolutamente convincente para mí, el
único remedio que haya, no para curar cuando ya ha estallado, sino para
detener, cuando se halla en estado latente, la tisis pulmonar, ese azote
tan temible en Inglaterra.» Guisanne se deja poseer del espanto de la
muerte inevitable. El opio, o su alcaloide, le libra de la fatal idea
fija, le crea un estado de alma nuevo, le mata el miedo. Ante la
perspectiva del anonadamiento en la tumba, se acelera su deseo de vivir.
Se impone el soplo de la vida ardiente. Él va en un querer frenético al
placer y a la embriaguez que le hace aprovechar la eternidad de los
instantes. La furia del gozo por la inminencia del aniquilamiento.
Recuérdense las admirables páginas de Renan en la _Abadesa de Jouarres_.
Es un «parisiense», una «persona muy parisiense», ese joven deseoso de
todos los goces y que lleva la existencia de París como la más agradable
de las cargas. Su viejo padre vive en provincia, es un sabio discreto.
Él cumple con el programa del buen vividor en la capital de las
capitales: amigos diversos, también «muy parisienses», queridas,
diversiones, elegancias, citas, adulterios, ventajas de soltero. Hay
tipos perfectamente delineados y copiados, seguramente, de lo vivo, de
los conocimientos de M. Daudet; gentes de letras, ridículos y malos,
exquisita canalla; mujercitas, «snobinettes», como dicen en París,
impregnadas de vicio y de vicios; donjuanes vaudevillescos, y, demás
está decirlo, cocotas de fama y clubmen; y también generosas almas,
excelentes corazones, varones de bondad y experiencia, y un lirio de
mujer, la novia salvadora. Cuando de repente, brota la primera sangre
por la boca y el gozador contempla en su imaginación el fantasma de la
tuberculosis, todas las ilusiones se vienen abajo. Alguien turba la
fiesta... El se hace ver por uno de sus profesores, Contrat, hombre de
seso y con conocimiento del mundo. «La voluntad, le dice, es lo
contrario de la preocupación. Ella es un esfuerzo momentáneo, pero
serio, en tanto que la preocupación es una vana y constante «revêrie»...
¿Sois creyente? Guisanne le contesta que es casi indiferente en materia
religiosa. Que ha nacido en la religión católica, que tiene simpatía por
las ideas de libertad que hay en ella y que son un feliz contrapeso al
fanatismo materialista; pero no practica desde la edad de doce años,
desde que perdió a su madre. «Je vous avoue que n’ai pas prié...»--¡Ah,
tanto peor!, dice Contrat. «Contrat se había levantado y venía hacia mí
lentamente, como si hablase a sí mismo en una semimeditación.--«Sí, he
notado que los creyentes resisten más, en ese caso, que los otros. Es
una escalera que hay que volver a subir... y ellos tienen una rampa;
¿comprendéis? Os parecerá divertido que el viejo maestro os hable de
este modo. Ciertamente, yo he sido un famoso escéptico. Pero estoy en
vía de evolucionar. Mi sobrina Blanca es tal vez la causa..., o la
experiencia..., o el trabajo de los abuelos en mí... En todo caso
vuestra sensibilidad ha permanecido cristiana. Sin duda. Y bien, mi
querido hijo, poneos en la actitud moral que corresponde a la esperanza
del milagro lo más a menudo que podáis. Quiero decir, implorad de
vuestra voluntad, de las fuerzas desconocidas, de lo que gustéis, la
curación súbita y radical... Hay un estado de receptividad moral para el
bien como para el mal; eso es lo que es verdad, y los tejidos no son
insensibles a eso. El escepticismo predispone a la ruina.»