En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los
arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El
comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus
patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la
avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón;
la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse
perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad
voluntaria y consciente.
En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un
hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos
artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más
hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una
mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el
centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No
sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima,
porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio.
En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y
remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la
chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella
mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz
animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón
ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato
era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los
tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de
mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado,
maté las hormigas con agua hirviendo.
Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque
hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una
hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil
cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco,
en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus
formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno,
después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde
la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la
torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose
al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el
número.
No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado
con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los
_araños_. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón,
un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de
escamas de plata.
Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y,
teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso
resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las
arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día,
mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su
escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la
noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la
facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche.
Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con
la tenacidad propia de los enamorados.
¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos
amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado.
Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la
inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.