Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el
son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la
inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres
pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra,
que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa
vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor
divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no
comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_.
Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.
He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas,
las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el
firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la
vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve
las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el
absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen
en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que
parece que _algo está ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se
han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces
vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada,
en medio del infinito devenir.
Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la
inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como
normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá
sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside,
más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la
naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las
leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la
baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre.
Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se
aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara
descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada,
de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos
a veces en los seres y en las cosas.
La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura
mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las
flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a
mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa
sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.