EL SAPO

El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a

la calle, ante la puerta de una casa.

Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí

permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros,

asimilado a las piedras pardas.

Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus

pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato

arrojado al basural.

A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente

en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.

¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas,

revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!

Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen

zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el

sapo espera.

Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se

detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la

garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se

acerca al bicho, y ¡zás!

El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un

escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un

pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a

dos manos, empujando la presa hasta el estómago.

Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un

transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner

la cara fea!

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