Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato
del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de
ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de
los que no trabajan.
La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.
¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del
carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en
serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las
menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos
hastían y nos hartan?
El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el
imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios
pueriles.
Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me
pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.
Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo
está su figura. ¡Y cómo ha de estar!
--Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a
entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.
¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y
usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que
ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto
más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.
Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la
vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando
una apoplegía.
Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y
espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son
testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se
acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo
denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.
¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las
importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado
escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?
¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos,
que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?
¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un
vaso de _vermouth_!
Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más
considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al
cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de
tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en
el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente
por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del
sol.
La naturaleza nos reconcilia con la vida.