Fué la noche del 25 al 26 de Enero.
A través del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisáceo
y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba.
Excitados por el café, agobiados por la miseria y el aburrimiento,
compelidos por el deseo de lo insólito, resolvimos excursionar hasta
la cumbre del cerro.
La media noche sería cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el
empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San
Bernardo en dos gigantescas moles.
La mojazón de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba más el
ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhería
poniéndoles un reborde embarazoso y grotesco.
Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se
hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales,
tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica
simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle
cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la
muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del
agonizante.
El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en
rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos
absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.
Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión
difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de _El falso
hijo de la Beltraneja_ reconstruía mentalmente los monstruos
terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en
remotos siglos el paraje.
Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender
en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.
Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte,
contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino
follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos
a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo,
se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un
rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el
valle de la Caldera.
Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El
diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio.
El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la
contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos
y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la
piedra sobre la cual se había detenido.
Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda
oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la
lejanía.
Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a
través de las nubes, la posición de la luna.
Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra.
Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez
boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó.
Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no
respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces,
mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño
hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas.
Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa
manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.
En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos
para despertarle.
--Bueno, está enviciado,--dijo Kolbenheyer.--Y como ni usted ni yo
sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo
él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a
contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana;
quizá con el ruido se despierte.
Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo
trecho, sin hablarnos.
La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto
raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome
del brazo, balbuceó:
--¿Estaría muerto?...
Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las
lágrimas me saltaron a los ojos:
--¡Imposible!--dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la
violenta fascinación de lo sobrenatural.
Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma
torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.
Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba
delante, gritó:
--¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí!
Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al
cebilar negro y mudo, y grité a mi vez:
--¡Peñalva, Peñalva!...
Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino:
¡alba!... ¡alba!
Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes
sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente,
desconcertados.
Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel
instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima
impenetrable.
Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de
nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el
aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un
enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se
alejó volando.
Arturo Peñalva había muerto.
En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.