Serían las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable
en los anales del crimen), cuando monté a caballo y partí de casa,
rumbo a la Calderilla.
Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su
huésped y acompañante.
Y digo acompañante, porque no había allí otros pantalones que U... y
el paraje es solitario y asaz aislado.
Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha
playa del río Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda
opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y
algarrobos cubre los terrenos adyacentes al río. Cruzando el de
Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay
un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o
de malhechores.
En dos ocasiones la _sala_ de la Calderilla ha sido asaltada, aunque,
felizmente, sin resultado.
El peligro de un viaje nocturno por la región no es, pues, tan
remoto; y sólo la irreflexión propia de la juventud nos vedaba
temerlo.
Así, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas,
entecas y flojas, pasábamos sin pizca de miedo las playas ásperas y el
enmarañado monte.
Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujeté más
allá de la estación, y puse el caballo al tranco. Había luna, pero un
grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y sólo
a ratos la blanca claridad se difundía por los campos. El ambiente
pesado y húmedo amagaba lluvia.
Bien sujeto el revólver al cinturón, me requinté el chambergo para
mejor ver; puse un _acullico_ de coca y un trago de ginebra, y
añadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en
cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y
sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los
vericuetos, levantan por la noche en las campiñas su obstinado,
infinito vocerío.
Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso,
quedó Vaqueros a mi espalda. En Wierna entré a comprar fósforos en el
boliche de Medina.
Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el
galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y
que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del
río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido
atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el
silbido.
--¿Qué será?...--me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y
oídos.
En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco
hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De
cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el
acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico
de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el
pavoroso silencio de la noche.
Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me
sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un
jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.
El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y
borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía
inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una
mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de
su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas
ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué.
Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de
una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo
llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio,
concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me
puso a la par.
El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las
desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y
en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el
sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula,
de lo cual deduje que sería buen domador.
Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos
adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un
cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y
continuaba echado hacia atrás.--¡Eh, amigo!--le grité al raspar el
fósforo.
¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de
muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera
revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!
La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr
desapareció en lo espeso del monte.
Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la
ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré
rehacerme y reflexionar.
Y me acometió una sospecha terrible.--¿Habría habido aquella noche un
nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón
de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que
huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que
alguien cruzaba el río?
¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y
me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de
improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.
¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de
las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la
Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía
claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían
luces, y este detalle aumentó mi ansiedad.
De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido
salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí,
cortándome el paso.
Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó
debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto.
¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a
mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con
seca y aguardentosa voz:
--¡Sírvase compañero!--y me alcanzó una botella.
Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué
a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.
Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz.
Sin embargo, dos días después, supimos el bárbaro exterminio de la
familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del
13. El difunto que yo encontré resultó ser don Onofre Quipildor, el
jefe de la familia, que había sido amarrado a la mula por los
bandidos, con el fin de sembrar el terror.
Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba
de una de tantas fechorías del famoso Juan Jiménez, y sus cómplices
Polo y Cejador.