EL GAUCHO SALTEÑO

Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las

Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una

falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el

camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase

de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas

dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho

le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:

--¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de

sacar el sombrero!

Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un

asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de

nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que

picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de

los perros flacos y _garrapatientos_, que lamían ávidamente el sebo de

los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de

las manos.

--¡A ver, muchacho!--gritó el gaucho.--¡Agarrá pues esa lonja, pegáles

una _variada_ a los perros!

Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al

algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta

el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose

en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro

donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio

de la casa.

Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.

--¿Qué tiene este muchacho?--pregunté.

--Si así no más ha _quedao_, con media res _cáida_, desde un empacho.

Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un

negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una

jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al

rato mejoró.

Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase

paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por

algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía

correspondernos de otro modo que no cobrando.

Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los

indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso

porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas

aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho,

exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.

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