El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en
el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de
aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde
y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la
verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona
entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se
pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales,
pulidos por el eterno trabajo del agua.
Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito
de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja
harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un
bolsón del cerro.
Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios
y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y
negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre,
junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí
las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se
entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.
El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las
abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para
frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la
cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al
uso de las fincas.
Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y
para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada,
la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando
el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.
Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del
hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo
despertaba el fulgor del amanecer.
Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y
no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo
del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros.
Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una
mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el
suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca.
El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra.
El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una
loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más
aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que
cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas
diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas
mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la
begonia escarlata entre las breñas.
Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y
juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los
callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas
barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que
aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas
laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá
abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente.
Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha
de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas
multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente
de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío.
Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las
borracheras con otros mozos más _churos_ y más ricos; y el miércoles
de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca,
tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.
El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando,
embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho,
sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla:
_Tengo mi chacrita,
tengo mi sandial,
tengo una morocha
para carnaval..._
La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el
pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y
hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los
sembradíos del cerro.
Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado
como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la
pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza
ancestral de la raza...
Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar
cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el
fondo el ranchito de la Leona:
_Tengo mi chacrita,
tengo mi sandial,
tengo una morocha
para carnaval..._
La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo
de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco,
violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.
Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante
bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las
cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las
laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el
viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el
oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida,
elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son
para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.
Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta
sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del
Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio,
carcomido por el agua.
El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre.
El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y
blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo
tropical del paisaje solitario y desierto.
* * * * *
Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de
la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces,
andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un
relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza
los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.
Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para
muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma
inconsolable del pastor.