Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían,
como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco,
en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte
adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó
tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso
guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay
tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el
cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y
brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala
guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de
cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la
frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así
armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por
la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o
pillar un toro enmoscado.
A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros
llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para
armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.
Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que
desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La
senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de
trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado
por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara
y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con
mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes
helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor
particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y
todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las
enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta
dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso
oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y
fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las
tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del
bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco,
ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la
selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos
verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol.
Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer
en el monte la presencia de animal alguno.
Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo,
habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas,
conteniendo el aliento.
Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas
de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros,
una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el
caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga
brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una
pandilla de monos!
Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una
zanja enlodada, y empecé a escupir balas.
Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los
monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su
gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y
desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en
las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús
fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y
en todo el Chaco salteño.
Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los
grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas
plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida
en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su
gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro,
sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de
los árboles.
A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras
unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal,
en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un
grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante
la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos
dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron.
Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la
gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los
hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a
pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los
perros.
Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el
anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba
descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada,
brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las
cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre
los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño
Ventura que iba delante, la completa identificación, la
compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba
cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura
tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las
hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los
estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del
guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun
a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su
cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las
zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente
apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo
encajado más que montado.
Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de
la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó
cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué
imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros
frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el
capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los
cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero
del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo,
le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la
enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para
riendas y demás prendas de apero.