LA SELVA DE ANTA[3]

Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían,

como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco,

en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte

adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó

tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso

guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay

tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el

cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y

brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala

guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de

cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la

frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así

armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por

la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o

pillar un toro enmoscado.

A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros

llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para

armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.

Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que

desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La

senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de

trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado

por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara

y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con

mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes

helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor

particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y

todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las

enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta

dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso

oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y

fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las

tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del

bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco,

ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la

selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos

verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol.

Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer

en el monte la presencia de animal alguno.

Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo,

habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas,

conteniendo el aliento.

Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas

de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros,

una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el

caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga

brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una

pandilla de monos!

Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una

zanja enlodada, y empecé a escupir balas.

Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los

monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su

gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y

desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en

las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús

fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y

en todo el Chaco salteño.

Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los

grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas

plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida

en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su

gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro,

sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de

los árboles.

A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras

unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal,

en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un

grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante

la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos

dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron.

Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la

gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los

hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a

pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los

perros.

Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el

anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba

descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada,

brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las

cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre

los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño

Ventura que iba delante, la completa identificación, la

compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba

cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura

tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las

hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los

estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del

guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun

a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su

cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las

zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente

apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo

encajado más que montado.

Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de

la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó

cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué

imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros

frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el

capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los

cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero

del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo,

le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la

enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para

riendas y demás prendas de apero.

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