El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros,
que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en
un gran cuerno.
Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta
va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así
se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del
contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a
su gusto el mismo que la toca.
Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies
andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros,
caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven
tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la
espalda.
La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de
la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en
la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o
el florecimiento encantador del amancay y la berbena.
Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía,
porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio,
hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción.
Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos
montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles;
pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta
quien sabe cuándo: acaso para siempre.
No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la
berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada
valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males;
los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no
sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se
enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un
simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar
del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de
razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil;
el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y
codicioso.
Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.
Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita
en el caserío. Bajaba tocando el erque.
El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que
continuase.
Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la
luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música
salvaje.
Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música.
Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su
primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.
Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la
embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se
siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la
emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de
una estirpe que muere.
No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora
en su crudeza.
El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la
embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.
Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una
esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate
rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según
lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va
subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al
cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del
viento.
De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan,
alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del
hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las
concavidades de la montaña.
Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como
arrobado en la misma tristeza del amigo.
El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo
cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del
pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño.
Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición
y de una raza.
Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en
los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado
remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores,
vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico
fulgor de la luna.