Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantástico.
Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada
arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con
sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre
cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y
tortuosas calles de piedra bola.
De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El
sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la
hora y el aspecto del tiempo.
En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban
encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y
siniestras lechuzas.
La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles
llevábanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes
a Chile y al Perú, que los jóvenes de la mejor sociedad emprendían,
arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los
hogares huérfanos de esparcimientos familiares.
A la terquedad del carácter español, a la intensa religiosidad de la
época, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacían
monótona y solemne la existencia, sumábase en los largos conticinios
el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servían de
enterratorio a los decentes.
Sólo en aquel ambiente melancólico pudieron formarse leyendas como la
de la mula ánima.
A media noche se le aparecía de repente, en el panteón de una iglesia,
al mulato que volvía ebrio de alguna timbirimba o al medroso y
fanático palurdo que ignoraba los peligros del sitio.
Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que
bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas.
Era un ánima en pena. Y para librarla del purgatorio había que
consumar una hazaña fabulosa: había que sacarle el freno a la mula.
Aquel endriago provenía de un pecado sacrílego, pues se lo suponía
engendro del cura con su barragana.
Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir
de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula
ánima estampaba su casco de fuego.
En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace
años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una
mula ánima.