Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la
ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.
Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de
las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere,
contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser
más que una idea fantástica o una emoción de misterio.
Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar:
"salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí,
para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa
inadecuada a nuestras fuerzas.
Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la
contó:
"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón
me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.
La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y
el Arenales.
Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una
senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos,
harto tupidos a trechos.
El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser
baqueano para no hundirse en los fangales.
Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía
entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en
mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al
caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el
cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.
Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un
costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como
sombra un perrazo negro...
El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de
hocico.
Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los
dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un
bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.
El caballo, entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito,
y se agachó a la furia, como alma que se la lleva el diablo.
Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero
y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte...
Y fuí a sujetar en casa de don Vallejos.
Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocón, sangre de
las narices.
Esa había sido la viuda, pues, señor... Diz que así se presenta. Que a
ocasiones en forma de perro negro o de pájaro; a ocasiones es un
burrito que está como pastando, al disimulo... ¡Y no bien lo ventajó
el jinete, ya también se le trepó en las ancas y le echó los
brazos!"