EL DUENDE

La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad,

hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que

terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las

viejas casas, teníanle por espantajo familiar.

Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la

ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones

coloniales.

Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de

cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros.

Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las

pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las

estancias abastos y provisiones para varios meses.

En muchas casas, se carneaban reses en el corral.

El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los

tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas

de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a

frangollar en el mortero, a media noche.

Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía

contar a sus relaciones--en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la

estufa monumental del comedor,--los trajines y fechorías del duende.

--Una vez--decía el anciano,--determiné mudarme de casa con mi

familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas

a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia

de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del

zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando

entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por

acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me

dice, con tamaño descaro:

--¿Y a dónde nos mudamos?...

Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado

infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin

bautizar.

Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana.

Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y

mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:

--¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la

de lana?...

Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la

contraria.

El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de

ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los

del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se

echaba a dormir en el rescoldo del fogón.

Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que,

en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de

la otra vida.

Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores,

como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.

Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su

finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera

andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos

cierta porquería...

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