No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa
del comisario.
En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de
las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin
piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.
En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa
calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas
negras, obra evidente de las moscas.
Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños,
donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal
disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de
alfombras descoloridas.
En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo
y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas
adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos
comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la
fiesta.
La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás
meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La
dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire
satisfecho el desfile de las parejas.
Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba
a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de
satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja
nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba
de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura
condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.
Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita
escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la
comisión organizadora.
Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad,
lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y
tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de
arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.
El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el
"pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las
vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara
vulgar y aturdida.
Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las
parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho
"quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una
frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés
de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.
En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en
derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca
acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la
penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad
con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición
acerca de las virtudes del cura.
Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se
acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.
En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que
había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de
diversión a unos muchachos...