Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de
verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que
son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.
Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos,
no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten
en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres,
con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero
increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa
Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca
bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita
que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de
cara.
¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el
traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente.
Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay
que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara
colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la
hora del arreglo.
Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si
vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues
al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas,
él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con
vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las
piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar
a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo
Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple
contratar un cochero.
Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche,
ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están
que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda,
media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y
entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia,
comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada
puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido
profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del
baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la
miseria de todo lo que vive se os impone al punto.
Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque
pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los
flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus
manos.
* * * * *
_Nota._--Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario.
Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo
esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que
decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de
carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el
insolente articulista que así nos detracta en el diario "La
Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse
de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece
consideración y respeto".