Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo
escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo.
El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M.
Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su
perro, y contra los automovilistas.
Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las
siguientes líneas:
Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados;
matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la
peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles
arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos
ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La
vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la
naturaleza.
¡Pero pidamos al público que respete a los perros!
A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos
perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en
el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz
para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria.
El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una
escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente
en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las
mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado;
el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso,
del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del
pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de
incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el
perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle,
cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras
necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún
perro está de más en el mundo!
Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que
fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro
"oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de
automóvil.
¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha
dejado extrachato, en media calle!
Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del
señor Asterplat y en el mío propio.