En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo,
cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven
en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir
malandrines.
En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida;
y hasta los hay de abolengo.
Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el
San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona
vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos
sentimental o decorativo, o francamente utilitario.
Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros
como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida,
hay que venir a verlos en Salta.
Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi
desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la
calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.
No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese
substituído los habitantes por perros.
Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas
de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.
La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio.
Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el
olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota,
cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.
Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el
albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al
sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de
una escopeta.
Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera,
cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.
Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos:
se cambian los saludos de regla.
Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta
vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la
pared corroída...
Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de
una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los
corridos huyen haciéndose los rengos.
En los días patrios y festividades populares los perros no saben
dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En
cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas.
Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo,
por entre las piernas del pueblo.
Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas
de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de
basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el
basurero municipal.
No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y
qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas
combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.
Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos,
pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse
los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.
Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman
la interesante población perruna de mi pueblo.