Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi
pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba
por avenidas y caminos urbanos.
Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con
diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio
como por los arrabales próximos al río.
La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso
fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía
popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.
Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas
en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada.
Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el
panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para
emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos
y horripilaban a los inocentes.
Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su
mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un
recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa
de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse,
perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".
Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía
macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que
sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz
catinga, sospechosa de brujería.
Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el
barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden,
se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y
el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de
varias horas.
El número de perseguidos y preocupados era muy grande.
El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el
barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este
mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que
prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los
almohadones del carruaje.
Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de
punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de
correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.
Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los
arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta
en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar
vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba;
el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban
la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era
dependiente.
¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en
mi pueblo metió tanto susto?
Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que
llevó a Salta la primera bicicleta.
Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato,
encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la
manera más divertida del mundo.