VIII

Nadie supo cómo volvió Tonet á la taberna del difunto _Cañamèl_.

Los parroquianos le vieron una mañana sentado ante una mesilla,

jugando al truque con _Sangonera_ y otros desocupados del

pueblo, y nadie lo extrañó. Era natural que Tonet frecuentase un

establecimiento del que era Neleta única dueña.

Volvió el _Cubano_ á pasar allí su vida, abandonando de nuevo al

padre, que había creído en una total conversión. Pero ahora ya

no se reproducía entre él y la tabernera aquella confianza que

escandalizaba al Palmar con sus alardes de fraternidad sospechosa.

Neleta, vestida de luto, estaba tras el mostrador, embellecida por

cierto aire de autoridad. Parecía más grande al verse rica y libre.

Bromeaba menos con los parroquianos; mostrábase de una virtud arisca;

acogía con torvo ceño y apretando los labios las bromas á que estaban

habituados los concurrentes, y bastaba que algún bebedor rozase al

tomar el vaso sus brazos arremangados, para que Neleta sacase las

uñas, amenazando con plantarlo en la puerta.

La concurrencia aumentaba desde que había desaparecido el doliente é

hinchado espectro de _Cañamèl_. El vino servido por la viuda parecía

mejor, y las tabernillas del Palmar volvían á despoblarse.

Tonet no osaba fijar sus ojos en Neleta, como temiendo los

comentarios de la gente. ¡Ya hablaba bastante la _Samaruca_, viéndole

otra vez en la taberna! Jugaba, bebía, se sentaba en un rincón, como

lo hacía _Cañamèl_ en otros tiempos, y parecía dominado á distancia

por aquella mujer que á todos miraba menos á él.

El tío _Paloma_ comprendía con su habitual astucia la situación del

nieto. Estaba siempre allí por no disgustar á la viuda, que deseaba

tenerle bajo su vista, ejercer sobre él una autoridad sin límites.

Tonet «montaba la guardia», como decía el viejo, y aunque de vez

en cuando sentía deseos de salir á los carrizales á disparar unos

cuantos escopetazos, callaba y permanecía quieto, temiendo sin duda

las recriminaciones de Neleta cuando se viesen á solas.

Mucho había sufrido ella en los últimos tiempos, aguantando las

exigencias del dolorido _Cañamèl_, y ahora que era rica y libre se

resarcía, haciendo pesar su autoridad sobre Tonet.

El pobre muchacho, asombrado de la prontitud con que la muerte

arreglaba las cosas, dudaba aún de su buena fortuna al verse en casa

de _Cañamèl_, sin miedo á que apareciese el irritado tabernero.

Contemplando aquella abundancia, de la que Neleta era única dueña,

obedecía todas las exigencias de la viuda.

Ella le vigilaba con duro cariño, semejante á la severidad de una

madre.

--_No begues més_--decía á Tonet, que, incitado por _Sangonera_, se

atrevía á pedir nuevos vasos en el mostrador.

El nieto del tío _Paloma_, obediente como un niño, se negaba á beber

y permanecía inmóvil en su asiento, respetado por todos, pues nadie

ignoraba sus relaciones con la dueña de la casa.

Los parroquianos, que habían presenciado su intimidad en tiempos

de _Cañamèl_, encontraban lógico que los dos se entendiesen. ¿No

habían sido novios? ¿No se habían querido hasta el punto de excitar

los celos del cachazudo tío Paco?... Se casarían ahora, tan pronto

como pasasen los meses de espera que la ley exige á la viuda, y el

_Cubano_ daríase aires de legítimo dueño tras aquel mostrador que ya

había asaltado como amante.

Los únicos que no aceptaban esta solución eran la _Samaruca_ y

sus parientes. Neleta no se casaría: estaban seguros de ello. Era

demasiado mala aquella mujercita de melosa lengua para hacer las

cosas como Dios manda. Antes que realizar el sacrificio de ceder á

los parientes de la primera esposa lo que era muy suyo, preferiría

vivir enredada con el _Cubano_. Para ella nada tenía esto de nuevo.

¡Cosas más grandes había visto el pobre _Cañamèl_ antes de morir!...

Espoleados por el testamento que les ofrecía la posibilidad de ser

ricos y por la convicción de que Neleta no había de allanarles el

camino casándose, la _Samaruca_ y los suyos ejercían un minucioso

espionaje en torno de los amantes.

Por las noches, á altas horas, cuando se cerraba la taberna, la

feroz mujerona, arrebujada en su mantón, espiaba la salida de los

parroquianos, buscando entre ellos á Tonet.

Veía á _Sangonera_ que se retiraba á su barraca con paso inseguro.

Los compañeros le perseguían con sus burlas, preguntándole si

había vuelto á encontrar al afilador italiano. Él, en medio de su

embriaguez, se serenaba... ¡Pecadores! ¡Parecía imposible que siendo

cristianos se burlasen de aquel encuentro!... Ya vendría el que todo

lo puede, y su castigo sería no reconocerlo, no seguirlo, privándose

de la felicidad reservada á los escogidos.

Algunas veces, al quedarse solo _Sangonera_ ante su barraca, lo

abordaba la _Samaruca_, surgiendo de la obscuridad como una bruja.

¿Dónde estaba Tonet? Pero el vagabundo sonreía maliciosamente,

adivinando las intenciones de la mujerona. ¡Preguntitas á él! Y

extendiendo sus manos con un gesto vago, como si quisiera abarcar

toda la Albufera, contestaba:

--_¿Tonet? Per lo mon; per lo mon._

La _Samaruca_ era infatigable en sus averiguaciones. Antes de romper

el día ya estaba frente á la barraca de los _Palomas_, y al abrir la

puerta la _Borda_ entablaba conversación con ella, mientras lanzaba

ávidas miradas al interior de la vivienda para ver si Tonet estaba

dentro.

La implacable enemiga de Neleta adquirió la convicción de que el

joven se quedaba por las noches en la taberna. ¡Qué escándalo!

¡Cuando sólo hacía unos meses que había muerto _Cañamèl_! Pero lo

que más le irritaba de esta audacia amorosa era que el testamento

del tabernero quedase sin cumplir y la mitad de sus bienes siguiera

en poder de la viuda, en vez de pasar á los parientes de la

primera mujer. La _Samaruca_ hizo viajes á Valencia: se enteró de

personas que conocían las leyes por la punta de las uñas, y pasó

el tiempo en continua agitación, acechando noches enteras por los

alrededores de la taberna, acompañada de parientes que habían de

servirla de testigos. Esperaba que Tonet saliese de la casa antes

del amanecer, para probar de este modo sus relaciones con la viuda.

Pero las puertas de la taberna no se abrían en toda la noche: la

casa permanecía obscura y silenciosa, como si todos durmiesen en su

interior el sueño de la virtud. Por la mañana, cuando la taberna se

abría, Neleta mostrábase tras el mostrador tranquila, sonriente,

fresca, mirando á todos frente á frente, como la que nada tiene que

reprocharse; y mucho tiempo después, Tonet aparecía como por arte de

encantamiento, sin que los parroquianos supiesen ciertamente si había

entrado por la puerta que daba á la calle ó la del canal.

Era difícil pillar en falta á aquella pareja. La _Samaruca_ se

desesperaba, reconociendo la astucia de Neleta. Para evitar

confidencias, había despedido á la criada de la taberna,

reemplazándola con su tía, aquella vieja sin voluntad, resignada á

todo, que sentía cierto respeto no exento de miedo ante el genio

violento de la sobrina y las riquezas de su viudez.

El vicario don Miguel, enterado de los sordos trabajos de la

_Samaruca_, agarró más de una vez á Tonet, sermoneándole para

que evitase el escándalo. Debían casarse: cualquier día podían

sorprenderles los del testamento y se hablaría del hecho en toda

la Albufera. Aunque Neleta perdiese una parte de su herencia, ¿no

era mejor vivir como Dios manda, sin tapujos ni mentiras? El

_Cubano_ movía los hombros. Él deseaba el matrimonio, pero ella

debía resolver. Neleta era la única mujer del Palmar que, con su

acostumbrada dulzura, hacía frente al rudo vicario: por esto se

indignaba al oir sus reprimendas. ¡Todo eran mentiras! Ella vivía sin

faltar á nadie. No necesitaba hombres. Le precisaba un criado en la

taberna y tenía á Tonet, que era su compañero de la niñez... ¿Es que

no podía escoger en una casa como la suya, llena de _intereses_, al

que le mereciese más confianza? Ya sabía ella que todo eran calumnias

de la _Samaruca_ para que la regalase los campos de arroz de _su

difunto_; la mitad de una fortuna á cuya creación había contribuído

como esposa honrada y laboriosa. Pero ¡estaba fresca aquella bruja si

esperaba la herencia! ¡primero se secaría la Albufera!

La avaricia de la mujer rural se revelaba en Neleta con una fogosidad

capaz de los mayores arrebatos. Despertábase en ella el instinto de

varias generaciones de pescadores miserables roídos por la miseria,

que admiraban con envidia la riqueza de los que poseen campos y

venden el vino á los pobres, apoderándose lentamente del dinero.

Recordaba su niñez hambrienta, los días de abandono, en los que se

colocaba humildemente en la puerta de los _Palomas_ esperando que la

madre de Tonet se apiadase de ella; los esfuerzos que tuvo que hacer

para conquistar á su marido y sufrirle durante su enfermedad; y ahora

que se veía la más rica del Palmar, ¿tendría por ciertos escrúpulos

que repartir su fortuna con gentes que siempre la habían hecho daño?

Sentíase capaz de un crimen antes que entregar un alfiler á los

enemigos. La posibilidad de que pudiese ser de la _Samaruca_ una

parte de las tierras de arroz que ella cuidaba con tanta pasión la

hacía ver rojo de cólera, y sus manos se crispaban con la misma furia

que en Ruzafa la hizo arrojarse sobre su enemiga.

La posesión de la riqueza la transformaba. Mucho quería á Tonet,

pero entre éste y sus bienes, no dudaba en sacrificar al amante. Si

abandonaba á Tonet, volvería más ó menos pronto, pues su vida estaba

encadenada para siempre á ella; pero si soltaba la más pequeña parte

de su herencia, ya no la vería nunca.

Por esto acogió con indignación las tímidas proposiciones que le hizo

por la noche Tonet en el silencio del piso alto de la taberna.

Al _Cubano_ le pesaba esta vida de huídas y ocultaciones. Deseaba ser

dueño legal de la taberna; deslumbrar á todo el pueblo con su nueva

posición, hombrearse con las gentes que le habían despreciado. Además

(y esto lo ocultaba cuidadosamente), siendo marido de Neleta, le

pesaría menos el carácter dominador de ésta, su despotismo de mujer

rica que puede poner al amante en la puerta y abusa de la situación.

Ya que le quería, ¿por qué no se casaban?

Pero en la obscuridad de la alcoba, al decir esto Tonet, sonaban los

jergones de maíz del lecho con los movimientos impacientes de Neleta.

Su voz tenía la ronquera de la rabia... ¿Él también?... No, hijo;

sabía lo que necesitaba hacer, y no pedía consejos. Bien estaban así.

¿Le faltaba algo? ¿no disponía de todo como si fuera el dueño? ¿Para

qué darse el gusto de que los casase don Miguel, y después, tras la

ceremonia, abandonar la mitad de su fortuna en las manos puercas

de la _Samaruca_? Antes se dejaría cortar un brazo que amputar su

herencia. Además, ella conocía el mundo; salía algunas veces del

lago, iba á la ciudad, donde los señores admiraban su desparpajo, y

no se le ocultaba que lo que en el Palmar aparecía como una fortuna,

fuera de la Albufera no llegaba á una decorosa miseria. Tenía sus

pretensiones de ambiciosa. No siempre había de estar llenando copas

y tratando con beodos; quería acabar sus días en Valencia, en un

piso, como una señora que vive de sus rentas. Prestaría el dinero

mejor que _Cañamèl_, se ingeniaría para que su fortuna se reprodujese

con incesante fecundidad, y cuando fuese rica de veras, tal vez

se decidiera á transigir con la _Samaruca_, entregándola lo que

ella miraría entonces como una miseria. Cuando esto llegase podía

hablarla de casamiento si seguía portándose bien y obedeciéndola sin

disgustos. Pero en el presente no, _¡recordóns!_ nada de casorios ni

de dar dinero á nadie: primero se dejaba abrir por el vientre como

una tenca.

Y era tanta su energía al expresarse de esta manera, que Tonet no

osaba replicar. Además, aquel mozo que pretendía imponerse por su

valor á todo el pueblo sentíase dominado por Neleta y la tenía miedo,

adivinando que no estaba tan seguro de su afecto como creyó al

principio.

No era que Neleta se cansase de aquellos amores. Le quería, pero su

riqueza la daba sobre él una gran superioridad. Además, la mutua

posesión durante las noches interminables del invierno, en la taberna

cerrada y sin correr riesgo alguno, había amortiguado en ella la

excitación del peligro, la temblorosa voluptuosidad que la dominaba

en tiempos de _Cañamèl_ al besarse tras las puertas ó tener sus

citas rápidas en los alrededores del Palmar, siempre expuestos á una

sorpresa.

Á los cuatro meses de esta vida casi marital, sin otro obstáculo que

la vigilancia de la _Samaruca_, fácilmente burlada, Tonet creyó por

un momento que podrían realizarse sus deseos matrimoniales. Neleta

se mostraba preocupada y grave. La arruga vertical de su entrecejo

delataba penosos pensamientos. Por los más insignificantes pretextos

reñía con Tonet; lo insultaba, repeliéndolo y lamentándose de su

amor, maldiciendo el momento de debilidad en que le había abierto los

brazos; pero después, á impulsos de la carne, lo aceptaba de nuevo,

entregándose con abandono, como si la pena que la dominaba fuese

irreparable.

Su humor desigual y nervioso convertía las noches de amor en agitadas

entrevistas, durante las cuales alternaban las caricias con las

recriminaciones, y faltaba poco para que se mordieran las bocas que

momentos antes se besaban. Por fin, una noche, Neleta, con palabras

entrecortadas por la rabia, reveló el secreto de su estado. Había

enmudecido hasta entonces, dudando de su desgracia; pero ahora,

tras dos meses de observación, estaba segura. Iba á ser madre...

Tonet se sintió aterrado y satisfecho al mismo tiempo, mientras ella

continuaba sus lamentaciones. Aquello podía haber ocurrido viviendo

_Cañamèl_ sin peligro alguno. Pero el demonio, que sin duda andaba de

por medio, había creído mejor hacer surgir el obstáculo en momentos

difíciles, cuando ella estaba interesada en ocultar sus amores para

no dar gusto á los enemigos.

Tonet, pasado el primer momento de sorpresa, la preguntó con timidez

qué pensaba hacer. En el temblor de su voz adivinó ella los ocultos

pensamientos del amante y rompió á reir con una carcajada irónica,

burlona, que revelaba el temple de su alma. ¡Ah! ¿creía que por

esto iba á casarse? No la conocía. Podía estar seguro de que antes

se mataba que ceder ante sus enemigos. Lo suyo era muy suyo; y lo

defendería. ¡De ésta no se casaba Tonet, pues para todo hay remedio

en el mundo!...

Pasó esta explosión de rabia por la jugarreta que se permitía la

Naturaleza, sorprendiéndolos cuando más seguros se creían; y Neleta

y Tonet continuaron su vida como si nada ocurriese, evitando hablar

del obstáculo que surgía entre ellos, familiarizándose con él,

tranquilos porque su realización era aún remota y confiando vagamente

en cualquier circunstancia inesperada que pudiera salvarles.

Neleta, sin hablar de ello al amante, buscaba el medio de deshacerse

de la nueva vida que sentía latir en sus entrañas, como una amenaza

para su avaricia.

La tía, asustada por sus confidencias, hablaba de remedios poderosos.

Recordaba sus conversaciones con las viejas del Palmar al lamentarse

de la rapidez con que se reproducen las familias en la miseria. Por

consejo de su sobrina, iba á Ruzafa ó entraba en la ciudad para

consultar las curanderas que gozaban de obscura fama en las últimas

capas sociales, y volvía allá con extraños remedios, compuestos de

ingredientes repugnantes que volcaban el estómago.

Tonet, muchas noches sorprendía en el cuerpo de Neleta emplastos

hediondos, á los que la tabernera concedía la mayor fe: cataplasmas

de hierbas silvestres, que daban á sus veladas de amor un ambiente de

brujería.

Pero todos los remedios demostraban su ineficacia con el curso

del tiempo. Pasaban los meses y Neleta se convencía con gran

desesperación de la inutilidad de sus esfuerzos.

Como decía la tía, aquel ser oculto estaba bien _agarrado_, y en vano

luchaba Neleta por anularlo dentro de sus entrañas.

Las entrevistas de los amantes durante la noche eran borrascosas.

Parecía que _Cañamèl_ se vengaba, resucitando entre los dos, para

empujarlos el uno contra el otro.

Neleta lloraba de desesperación, acusando á Tonet de su desgracia.

Él era el culpable: por él veía comprometido su porvenir. Y cuando,

con la nerviosidad de su estado, se cansaba de insultar al _Cubano_,

fijaba sus ojos iracundos en el vientre, que libre de la opresión á

que estaba sometido durante el día para burlar la curiosidad de los

extraños, parecía crecer cada noche con monstruosa hinchazón. Neleta

odiaba con furor salvaje el ser oculto que se movía en sus entrañas,

y con el puño cerrado se golpeaba bestialmente, como si quisiera

aplastarlo dentro de la cálida envoltura.

Tonet también lo odiaba, viendo en él una amenaza. Contagiado por la

codicia de Neleta, pensaba con terror en la pérdida de una parte de

aquella herencia que consideraba como suya.

Todos los remedios de que había oído hablar confusamente en las

libres conversaciones entre barqueros los aconsejaba á su amante.

Eran pruebas brutales, atentados contra la Naturaleza que ponían

los pelos de punta, ó remedios ridículos que hacían sonreír; pero

la salud de Neleta se burlaba de todo. Aquel cuerpo, en apariencia

delicado, era fuerte y sólido y seguía en silencio cumpliendo la

más augusta función de la Naturaleza, sin que los malvados deseos

pudieran torcer ni retardar la santa obra de la fecundidad.

Pasaban los meses. Neleta tenía que hacer grandes esfuerzos,

sufrir inmensas molestias para ocultar su estado á todo el pueblo.

Se apretaba el corsé por las mañanas de un modo cruel, que hacía

estremecerse á Tonet. Muchas veces la faltaban las fuerzas para

contener el desbordamiento de la maternidad.

--_¡Tira... tira!_--decía ofreciendo al amante los cordones de su

corsé con un gesto fiero, apretando los labios para contener los

suspiros de dolor.

Y Tonet tiraba, sintiendo en la frente un sudor frío, estremeciéndose

de la voluntad que demostraba aquella mujercita, rugiendo sordamente

y tragándose las lágrimas de su angustia.

Se pintaba el rostro y echaba mano de toda la perfumería barata para

mostrarse en la taberna fresca, tranquila y hermosa como siempre,

sin que nadie pudiese leerle en el rostro los síntomas de su estado.

La _Samaruca_, que husmeaba como un perdiguero en torno de la casa,

presentía algo anormal al lanzar sus rápidas miradas pasando por la

puerta. Las demás mujeres, con la experiencia de su sexo, adivinaban

lo que ocurría á la tabernera.

Un ambiente de sospecha y de vigilancia parecía formarse en torno

de Neleta. Se murmuraba mucho en las puertas de las barracas. La

_Samaruca_ y los parientes disputaban con las mujeres que no querían

aceptar sus afirmaciones. Las comadres chismosas, en vez de enviar

á sus pequeños á la taberna por vino ó aceite, iban en persona á

plantarse ante el mostrador, buscando con varios pretextos que la

tabernera se levantase de la silla, que se moviera para servirlas,

mientras ellas la seguían con mirada voraz, apreciando las líneas de

su talle agarrotado.

--_Sí que está_--decían unas con aire de triunfo al avistarse con las

vecinas.

--_No está_--gritaban otras--. _Tot son mentires._

Y Neleta, que adivinaba la causa de tantas idas y venidas, acogía con

sonrisa burlona á las curiosas... ¡Tanto bueno por aquí! ¿Qué mosca

les había picado, que no podían pasar sin verla?... ¡Parecía que en

su casa se ganaba un jubileo!...

Pero esta alegría insolente, la audacia con que provocaba la

curiosidad de las comadres, evaporábase por la noche, después de

una jornada de sufrimientos asfixiantes y de forzada serenidad. Al

despojarse de la coraza de ballenas caía repentinamente su valor,

como el del soldado que se ha excedido en un empeño heroico y no

puede más. El desaliento se apoderaba de ella, al mismo tiempo que

las hinchadas entrañas se esparcían libres de opresión. Pensaba con

terror en el suplicio que había de sufrir al día siguiente para

ocultar su estado.

No podía más. Ella, tan fuerte, lo declaraba á Tonet en el silencio

de unas noches que ya no eran de amor, sino de zozobra y dolorosas

confidencias. ¡Maldita salud! ¡Cómo envidiaba ella á las mujeres

enfermizas en cuyas entrañas jamás germina la vida!...

En estos instantes de desaliento hablaba de huir, de dejar la taberna

encomendada á su tía, refugiándose en un barrio apartado de la

ciudad hasta que saliera del mal paso. Pero la reflexión la hacía

ver inmediatamente lo inútil de la fuga. La imagen de la _Samaruca_

surgía ante ella. Huir equivaldría á acreditar lo que hasta entonces

sólo eran sospechas. ¿Dónde iría que no la siguiese la feroz cuñada

de _Cañamèl_?...

Además, estaban á fines del verano. Iba á recoger la cosecha de sus

campos de arroz y despertaría la curiosidad de todo el pueblo una

ausencia injustificada, tratándose de una mujer que con tanto celo

cuidaba sus intereses.

Se quedaría. Afrontaría cara á cara el peligro: permaneciendo en su

sitio la vigilarían menos. Pensaba con terror en el parto, misterio

doloroso que aún aparecía más lúgubre envuelto para ella en las

sombras de lo desconocido, y procuraba olvidar su miedo ocupándose de

las operaciones de la siega, regateando con los braceros el precio

de su trabajo. Reñía á Tonet, que por encargo suyo iba á vigilar á

los jornaleros, pero llevando siempre en el barquito la escopeta de

_Cañamèl_ y su fiel perra la _Centella_, y ocupándose más de disparar

á las aves que de contar las gavillas del arroz.

Algunas tardes abandonaba la taberna al cuidado de la tía y marchaba

á la era, una replaza de barro endurecido en medio del agua de los

campos. Estas excursiones eran un calmante para su dolorosa situación.

Oculta tras las gavillas arrancábase el corsé con gesto angustioso y

se sentaba al lado de Tonet, sobre la enorme pila de paja de arroz,

que esparcía un olor punzante. Á sus pies daban vueltas los caballos

en la monótona tarea de la trilla, y ante ellos extendía la Albufera

su inmensa lámina verde, reflejando invertidas las montañas rojas y

azuladas que cortaban el horizonte.

Estas tardes serenas calmaban la inquietud de los dos amantes. Se

sentían más felices que en la cerrada alcoba, cuya obscuridad se

poblaba de terrores. El lago sonreía dulcemente al arrojar de sus

entrañas la cosecha anual; los cantos de los trilladores y de los

tripulantes de las grandes barcas cargadas de arroz parecían arrullar

á la Albufera madre después de aquel parto que aseguraba la vida á

los hijos de sus riberas.

La calma de la tarde dulcificaba el carácter irritado de Neleta,

infundiéndola nuevas confianzas. Contaba con los dedos el curso de

los meses y el término de la gestación que se verificaba en sus

entrañas. Faltaba poco tiempo para el penoso suceso que podía cambiar

la suerte de su vida. Sería al mes siguiente, en Noviembre, tal vez

cuando se celebrasen en la Albufera las grandes tiradas llamadas de

San Martín y Santa Catalina. Al contar, recordaba que aún no hacía

un año que _Cañamèl_ había muerto; y con su instinto de perversa

inconsciente, deseosa de arreglar su vida de acuerdo con la dicha, se

lamentaba de no haberse entregado meses antes á Tonet. Así hubiera

podido ostentar su estado sin miedo, atribuyendo al marido la

paternidad del nuevo ser.

La posibilidad de que la muerte interviniese en sus asuntos reanimaba

su confianza. ¿Quién sabe si después de tantos terrores iba á nacer

muerta la criatura? No sería la primera. Y los amantes, engañados

por esta ilusión, hablaban del niño muerto como de una circunstancia

segura, inevitable, y Neleta espiaba los movimientos de sus entrañas,

mostrándose satisfecha cuando el oculto ser no daba señales de vida.

¡Se moriría! Era indudable. La buena suerte, que la había acompañado

siempre, no iba á abandonarla.

El término de la recolección la distrajo de estas preocupaciones.

Los sacos de arroz se amontonaban en la taberna. La cosecha ocupaba

los cuartos interiores de la casa, se apilaba junto al mostrador,

quitando sitio á los parroquianos, y hasta ocupaba los rincones del

dormitorio de Neleta. Ésta admiraba la riqueza encerrada en los

sacos, embriagándose con el polvillo astringente del arroz. ¡Y pensar

que la mitad de aquel tesoro podía haber sido de la _Samaruca_!...

Sólo al recordar esto, Neleta sentía renacer sus fuerzas á impulsos

de la cólera. Sufría mucho con la dolorosa ocultación de su estado,

pero antes morir que resignarse al despojo.

Bien necesitaba de estas resoluciones enérgicas. Su situación se

agravaba. Hinchábanse sus pies, sentía un irresistible deseo de

no moverse, de permanecer en la cama; y á pesar de esto bajaba al

mostrador todos los días, pues el pretexto de una enfermedad podía

avivar las sospechas. Movíase con lentitud cuando los parroquianos

la obligaban á levantarse, y su forzada sonrisa era una crispación

dolorosa que hacía estremecerse á Tonet. El talle agarrotado parecía

próximo á hacer estallar la fuerte envoltura de ballenas.

--_¡No puch més!_--gemía desesperada al desnudarse, arrojándose de

bruces en el lecho.

Los dos amantes, en el silencio de la alcoba, cambiaban sus palabras

con cierto terror, como si viesen levantarse entre ellos el fantasma

amenazante de su falta... ¿Y si el niño no nacía muerto?... Neleta

estaba segura de ello. Le sentía rebullir en las entrañas con una

fuerza que desvanecía su criminal esperanza.

Sus rebeldías de mujer codiciosa, incapaz de confesar el pecado con

perjuicio de la fortuna, infundíanle la audaz resolución de los

grandes criminales.

Nada de llevar la criatura á un pueblo inmediato á la Albufera,

buscando una mujer fiel que lo criase. Había que temer las

indiscreciones de la nodriza, la astucia de los enemigos y hasta

la falta de prudencia de ellos, que, como padres, tomarían afecto

al pequeñuelo, acabando por descubrirse. Neleta razonaba con una

frialdad aterradora, mirando los sacos de arroz amontonados en su

dormitorio. Tampoco había que pensar en ocultarlo en Valencia. La

_Samaruca_, una vez sobre la pista, buscaría la verdad en el mismo

infierno.

Neleta clavaba en el amante sus ojos verdes, que parecían extraviados

por la angustia del dolor y el peligro de la situación. Había que

abandonar al recién nacido, fuese como fuese. Debía tener ánimo. En

los peligros se muestran los hombres. Lo llevaría por la noche á la

ciudad, lo abandonaría en una calle, á la puerta de una iglesia, en

cualquier sitio: Valencia es grande... ¡y adivina quiénes fueron los

padres!

La dura mujer, después de proponer el crimen, intentaba encontrar

excusas á su maldad. Tal vez sería una suerte para el pequeño este

abandono. Si moría, mejor para él; y si se salvaba, ¡quién sabe en

qué manos podía caer! Tal vez le esperase la riqueza: historias más

asombrosas se habían conocido. Y recordaba los cuentos de la niñez,

con sus hijos de reyes abandonados en una selva, ó sus bastardos

de pastoras, que, en vez de ser comidos por los lobos, llegan á

poderosos personajes.

Tonet la oía aterrado. Intentó resistirse, pero la mirada de Neleta

impuso cierto miedo á su voluntad siempre débil. Además, también él

se sentía mordido por la codicia: todo lo de Neleta lo consideraba

como suyo, y se indignaba ante la idea de partir con los enemigos

la herencia de la amante. Su indecisión le hacía cerrar los ojos,

confiando en el porvenir. La cosa no era para desesperarse: ya vería

de arreglarlo todo. Tal vez su buena suerte vendría á resolver el

conflicto á última hora.

Y gozaba de una tranquilidad momentánea, dejando transcurrir el

tiempo sin pensar en las criminales proposiciones de Neleta.

Estaba unido á ella para siempre: constituía toda su familia.

La taberna era ya su único hogar. Había roto con su padre, que,

enterado por las murmuraciones del pueblo de su vida marital con la

tabernera, y viendo que transcurrían las semanas y los meses sin

que el hijo durmiese una sola noche en la barraca, tuvo con éste

una entrevista rápida y dolorosa. Lo que hacía Tonet era deshonroso

para los _Palomas_. Él no podía tolerar que se llamara hijo suyo un

hombre que vivía públicamente á expensas de una mujer que no era su

esposa. Ya que quería vivir en el deshonor, alejado de su familia y

sin prestarla auxilio... ¡como si no se conocieran! Se quedaba sin

padre: únicamente podría encontrarlo otra vez cuando recobrase su

honra. Y el tío Tòni, después de esta explicación, continuó con el

fiel auxilio de la _Borda_ el enterramiento de sus campos. Ahora que

la gran empresa tocaba á su fin, se sentía desalentado: preguntábase

con tristeza quién había de agradecerle tantas fatigas, y únicamente

por su tenacidad de trabajador siguió adelante en el empeño.

Llegó la época de las grandes tiradas: San Martín y Santa Catalina,

las fiestas del Saler.

En todas las reuniones de los barqueros se hablaba con entusiasmo del

gran número de pájaros que este año había en la Albufera. Los guardas

de la caza, que vigilaban de lejos los rincones y las matas donde se

congregaban las fúlicas, las veían aumentar rápidamente. Formaban

grandes manchas negras á flor de agua. Al pasar una barca por cerca

de ellas, abrían las alas volando en grupo triangular é iban á

posarse un poco más allá, como una nube de langosta, hipnotizadas por

el brillo del lago é incapaces de abandonar unas aguas en las que les

esperaba la muerte.

La noticia se había esparcido por la provincia, y los cazadores

serían más numerosos que otros años.

Las grandes tiradas de la Albufera ponían en conmoción todas las

escopetas valencianas. Eran fiestas antiquísimas, cuyo origen conocía

el tío _Paloma_ de la época en que guardaba los papeles de Jurado,

relatándolo á sus amigos en la taberna. Cuando la Albufera era de los

reyes de Aragón, y sólo podían cazar en ella los monarcas, el rey Don

Martín quiso conceder á los ciudadanos de Valencia un día de fiesta,

y escogió el de su santo. Después, la tirada se repitió igualmente

el día de Santa Catalina. En estas dos fiestas toda la gente

podía entrar libremente en el lago con sus ballestas, cazando los

innumerables pájaros de los carrizales, y el privilegio, convertido

en tradición, venía reproduciéndose á través de los siglos. Ahora

las tiradas gratuitas tenían un prólogo de dos días, en los cuales

se pagaba al arrendatario de la Albufera por escoger los mejores

puestos, viniendo á ellas los tiradores de todos los pueblos de la

provincia.

Escaseaban los barquitos y los barqueros para el servicio de los

cazadores. El tío _Paloma_, conocido tantos años por los aficionados,

no sabía cómo atender á las demandas. Él estaba enganchado desde

mucho tiempo antes á un señor rico que pagaba espléndidamente

su experiencia de las cosas de la Albufera. Mas no por esto los

cazadores dejaban de dirigirse al patriarca de los barqueros, y el

tío _Paloma_ andaba de un lado á otro buscando barquitos y hombres

para todos los que le escribían desde Valencia.

La víspera de la tirada, Tonet vió entrar á su abuelo en la taberna.

Venía en su busca. Aquel año la Albufera iba á tener más escopetas

que pájaros. Él ya no sabía de dónde sacar barqueros. Todos los del

Saler, los de Catarroja y aun los del Palmar estaban comprometidos: y

ahora, un antiguo parroquiano, á quien nada podía negar, encargábale

un hombre y un barquito para un amigo suyo que cazaba por primera vez

en la Albufera. ¿Quería ser Tonet ese hombre, sacando á su abuelo de

un compromiso?

El _Cubano_ se negó. Neleta estaba mala. Por la mañana había

abandonado el mostrador, no pudiendo resistir los dolores. El momento

tan temido sobrevendría tal vez muy pronto, y necesitaba estar en la

taberna.

Pero su lacónica negativa fué interpretada como un desprecio por

el viejo, que se mostró furioso. ¡Como ahora era rico, se permitía

despreciar á su pobre abuelo, dejándolo en una situación ridícula!

Él lo toleraba todo: había sufrido su pereza cuando explotaban el

_redolí_; cerraba los ojos ante su conducta con la tabernera, que

no honraba mucho á la familia; ¿pero dejarle en un apuro que él

consideraba como de honor? ¡Cristo! ¿Qué dirían de él sus amigos de

la ciudad cuando viesen que en la Albufera, donde le creían el amo,

no encontraba un hombre para servirles? Y su tristeza era tan grande,

tan visible, que Tonet se arrepintió. Negar su auxilio en las grandes

tiradas era para el tío _Paloma_ un insulto á su prestigio y al mismo

tiempo algo así como una traición á aquel país de cañas y barro donde

habían nacido.

El _Cubano_ aceptó con resignación el ruego de su abuelo. Pensó,

además, que Neleta podría esperar. Hacía tiempo que la alarmaban

falsos dolores, y la crisis del momento sería igual á las otras.

Al cerrar la noche, Tonet llegó al Saler. Como barquero, debía

asistir á la _demaná_, presenciando con su cazador la distribución de

los _puestos_.

El caserío del Saler (lejos ya del lago, al extremo de un canal por

la parte de Valencia) presentaba un aspecto extraordinario con motivo

de las grandes tiradas.

En la replaza del canal que llamaban el Puerto, agolpábanse á docenas

los negros barquitos, sin espacio para moverse, haciendo crujir sus

delgadas bordas unos contra otros y estremeciéndose con el peso de

enormes cubos de madera que habían de fijarse al día siguiente sobre

estacas en el barro. En el interior de estos cubos se ocultaban los

cazadores para disparar á los pájaros.

Entre las casas del Saler, algunas buenas mozas de la ciudad habían

establecido sus mesas de garbanzos tostados y turrones mohosos,

alumbrándose con bujías resguardadas por cucuruchos de papel. En las

puertas de las barracas las mujeres del pueblo hacían hervir las

cafeteras, ofreciendo tazas _tocadas_ de licor, en las cuales era más

la caña que el café; y una población extraordinaria discurría por

el pueblo, aumentada á cada momento por los carros y tartanas que

llegaban de la ciudad. Eran burgueses de Valencia, con altas polainas

y grandes fieltros, como guerreros del Transvaal, contoneando

fieramente su blusa de innumerables bolsillos, silbando al perro

y exhibiendo con orgullo su escopeta moderna dentro del estuche

amarillo pendiente del hombro; labradores ricos de los pueblos de

la provincia, con vistosas mantas y la canana sobre la faja, unos

con el pañuelo arrollado en forma de mitra, otros llevándolo como un

turbante ó dejándolo flotar en largo rabo sobre el cuello, delatando

todos en el tocado de su cabeza los diversos rincones valencianos de

que procedían.

La escopeta parecía igualar á los cazadores. Tratábanse con la

fraternidad de compañeros de armas, animándose al pensar en la

fiesta del día siguiente; y hablaban de la pólvora inglesa, de las

escopetas belgas, de la excelencia de las armas de fuego central,

estremeciéndose con fiera voluptuosidad de árabes, como si en sus

palabras aspirasen ya el humo de los disparos. Los perros, enormes y

silenciosos, con la viva mirada del instinto, iban de grupo en grupo

oliendo las manos de los cazadores, hasta quedar inmóviles al lado

del amo. En todas las barracas, convertidas en posadas, guisaban la

cena las mujeres con la actividad propia de unas fiestas que ayudaban

á vivir gran parte del año.

Tonet vió la casa llamada de los Infantes, un piso bajo de piedra,

con alta montera de tejas rasgada por varias lucernas: un caserón del

siglo XVIII, que se desmoronaba lentamente desde que los cazadores de

sangre real no venían á la Albufera, y que en la actualidad estaba

ocupado por una taberna. Enfrente estaba la casa de la _Demaná_,

edificio de dos pisos, que parecía gigantesco entre las barracas,

mostrando en sus desconchadas paredes varias rejas curvas y sobre

el tejado un esquilón para llamar á los cazadores al reparto de los

puestos.

Tonet entró en esta casa, echando una mirada á la sala del piso

bajo, donde se verificaba la ceremonia. Un enorme farol despedía

turbia luz sobre la mesa y los sillones de los arrendatarios de

la Albufera. El estrado se aislaba del resto de la pieza con una

barandilla de hierro.

El tío _Paloma_ estaba allí, en su calidad de barquero venerable,

bromeando con los cazadores famosos, fanáticos del lago á los que

conocía medio siglo. Eran la aristocracia de la escopeta. Los había

ricos y pobres: unos eran grandes propietarios y otros carniceros

de la ciudad ó labradores modestos de los pueblos inmediatos. No se

veían ni se buscaban en el resto del año, pero al encontrarse en la

Albufera todos los sábados, en las pequeñas tiradas, ó al juntarse

en las grandes, se aproximaban con cariño de hermanos, se ofrecían

el tabaco, se prestaban los cartuchos y se oían mutuamente, sin

pestañear, los estupendos relatos de cacerías portentosas verificadas

en los montes durante el verano. La comunidad de gustos y la mentira

los unían fraternalmente. Casi todos ellos llevaban visibles en su

cuerpo los riesgos de esta afición, que dominaba su vida. Unos,

al mover sus manos con la fiebre del relato, mostraban los dedos

amputados por la explosión de la escopeta; otros tenían surcadas

las mejillas por la cicatriz de un fogonazo. Los más viejos, los

veteranos, arrastraban el reuma como consecuencia de una juventud

pasada á la intemperie; pero en las grandes tiradas no podían

permanecer quietos en sus casas, y venían, á pesar de sus dolencias,

á lamentarse de la torpeza de los cazadores nuevos.

La reunión se disolvió. Llegaban los barqueros para anunciarles que

la cena estaba pronta, y salían en grupos, distribuyéndose por las

iluminadas barracas, que marcaban las manchas rojas de sus puertas

sobre el suelo de barro. En el ambiente flotaba un fuerte olor de

alcohol. Los cazadores temían el agua de la Albufera; no podían beber

el líquido del lago como la gente del país, por miedo á las fiebres,

y traían consigo un verdadero cargamento de absenta y ron, que al

destaparse impregnaba el aire con fuertes aromas.

Tonet, al ver tan animado el Saler, como si en él acampase un

ejército, recordaba los relatos de su abuelo: las orgías organizadas

en otros tiempos por los cazadores ricos de la ciudad, con mujeres

que corrían desnudas, perseguidas por los perros; las fortunas que

se habían deshecho en las míseras barracas durante largas noches de

juego, entre tirada y tirada: todos los placeres estúpidos de una

burguesía de rápida fortuna, que al verse lejos de la familia, en un

rincón casi salvaje, excitada por la vista de la sangre y el humo de

la pólvora, sentía renacer en ella la humana bestialidad.

El tío _Paloma_ buscó al nieto para presentarle su cazador. Era

un señor gordo, de aspecto bonachón y pacífico; un industrial de

la ciudad, que, después de una vida de trabajo, creía llegado el

momento de divertirse como los ricos y copiaba los placeres de sus

nuevos amigos. Parecía molesto por su terrorífico aparato: le pesaban

las bolsas para la caza, la escopeta, las altas botas, todo nuevo,

recién comprado. Pero al fijarse en la canana en forma de bandolera

que le cruzaba el pecho, sonreía bajo su enorme fieltro, juzgándose

igual á uno de aquellos héroes boers cuyos retratos admiraba en

los periódicos. Cazaba por primera vez en el lago, y confiábase á

la experiencia del barquero para escoger el sitio cuando llegase su

número.

Los tres cenaron en una barraca con otros cazadores. La sobremesa

era ruidosa en veladas como aquélla. Medíase el ron á vasos, y en

torno de la mesa, como perros hambrientos, se agrupaban los vecinos

del pueblo, riendo los chistes de los señores, aceptando cuanto les

ofrecían y bebiéndose uno solo lo que los cazadores creían suficiente

para todos.

Tonet apenas comía, escuchando como á través de un sueño los gritos

y risas de aquella gente, la regocijada protesta con que acogían las

mentirosas hazañas de los cazadores fanfarrones. Pensaba en Neleta;

se la imaginaba encogida de dolor en el piso alto de la taberna,

revolcándose en el suelo, ahogando sus rugidos, sin poder gritar para

alivio de su sufrimiento.

Fuera de la barraca sonaba el esquilón de la casa de la _Demaná_ con

un timbre tembloroso de campana de ermita.

--_Ya en van dos_--dijo el tío _Paloma_, que contaba el número de

toques con gran atención, temiendo más llegar tarde á la _demaná_ que

perder una misa.

Cuando sonó el esquilón por tercera vez, abandonaron la mesa

cazadores y barqueros, acudiendo todos al lugar donde se designaban

los puestos.

La luz del farolón había sido aumentada con la de dos quinqués,

colocados sobre la mesa del estrado. Detrás de la verja estaban

los arrendatarios de la Albufera, y tras ellos, hasta la pared del

fondo, los cazadores abonados perpetuamente al lago, que ocupaban

este sitio por derecho propio. Al otro lado de la verja, llenando

el portal y esparciéndose fuera de la casa, estaban los barqueros,

los cazadores pobres, toda la gente menuda que acudía á las tiradas.

Un hedor de mantas húmedas, de pantalones manchados de barro, de

aguardiente y tabaco malo esparcíase sobre el gentío que se estrujaba

contra la verja. Las blusas impermeables de los cazadores resbalaban

sobre los cuerpos cercanos con un chirrido que aguzaba los dientes.

En el gran marco de sombra de la puerta abierta se marcaban como

indecisas manchas los blancos frontones de las barracas inmediatas.

Á pesar de esta aglomeración no se alteraba el silencio que parecía

dominar á todos apenas pisaban el umbral. Se notaba la misma ansiedad

muda que reina en los tribunales cuando se resuelve la suerte de un

hombre, ó en los sorteos al decidirse la fortuna. Si alguien hablaba

era en voz baja, con tímido cuchicheo, como en la alcoba de un

enfermo.

El arrendatario principal se levantó:

--_Caballers..._

El silencio se hizo aún más profundo. Iba á procederse á la demanda

de los puestos.

Á ambos lados de la mesa, erguidos como heraldos de la autoridad

del lago, estaban los dos guardas más antiguos de la Albufera: dos

hombres delgados, pardos de color, de ondulantes movimientos y rostro

hocicudo; dos anguilas con blusa, que parecían vivir en el fondo

del agua para no presentarse más que en las grandes solemnidades

cinegéticas.

Un guarda pasaba lista para saber si todos los puestos estarían

ocupados en la tirada del día siguiente.

--_¡El ú!... ¡el dos!..._

Iban por turno, según la cantidad que pagaban anualmente y su

antigüedad. Los barqueros, al oir el número de sus amos, contestaban

por éstos:

--_¡Avant! ¡avant!_

Después de pasar lista venía el momento solemne, la _demaná_, la

designación que cada barquero, de acuerdo con su cazador ó por propia

cuenta como más experto, hacía del sitio para la tirada.

--_¡El tres!_--decía uno de los guardas.

É inmediatamente el que tenía dicho número lanzaba el nombre que

llevaba pensado. «_La mata del Siñor..._» «_La barca podrida..._»

«_El rincó de la Antina._» Así iban sonando los sitios de la

caprichosa geografía de la Albufera; lugares bautizados al gusto de

los barqueros; títulos muchos de ellos que no podían repetirse sin

rubor ante mujeres ó que revolvían el estómago al nombrarse en la

mesa, á pesar de lo cual sonaban en este acto con solemnidad, sin

producir la más ligera sonrisa.

El segundo guarda, que tenía una voz de clarín, al oir la designación

hecha por los barqueros erguía la cabeza, y con los ojos cerrados y

las manos en la verja decía á todo pulmón, con un grito desgarrador

que se extendía en el silencio de la noche:

--_El tres va á la mata del Siñor... El cuatre va al rincó de San

Ròch... El sinc á la ca... del barber._

Duró cerca de una hora la designación de los puestos, y mientras los

cantaban los guardas con lentitud, un muchachuelo los inscribía en un

gran libro sobre la mesa.

Terminada la designación, se extendían las licencias de caza

ambulantes para la gente menuda: unos permisos que sólo costaban dos

duros y con los cuales podían ir los labradores en sus barquitos por

toda la Albufera, á cierta distancia de los puestos, rematando los

pájaros que escapaban del escopetazo de los ricos.

Los grandes cazadores se despedían estrechándose las manos. Unos

querían dormir en el Saler con el propósito de ir á su puesto cuando

rompiese el día; otros, más fogosos, partían inmediatamente para

el lago, queriendo vigilar por sí mismos la instalación del enorme

tanque dentro del cual habían de pasar la jornada. «_¡Vaya!...

¡bòna sòrt y divertirse!_» Y cada uno llamaba á su barquero para

convencerse de que nada faltaba en los preparativos.

Tonet ya no estaba en el Saler. En el silencio del acto de la

_demaná_ le había acometido una angustia grande. Tenía ante sus ojos

la imagen dolorida de Neleta retorciéndose con los sufrimientos,

sola allá en el Palmar, caída en el suelo, sin encontrar quien la

consolase, amenazada por la vigilancia de los enemigos.

No pudo resistir su pena y salió de la casa de la _Demaná_, dispuesto

á volver inmediatamente al Palmar, aunque esto le costase reñir

con su abuelo. Cerca de la casa de los Infantes, donde estaba la

taberna, oyó que le llamaban. Era _Sangonera_. Tenía hambre y sed;

había rondado las mesas de los cazadores ricos sin alcanzar la más

insignificante piltrafa: todo se lo comían los barqueros.

Tonet pensó en ser sustituído por el vagabundo; pero el hijo del

lago se extrañó de que le propusieran tripular una barca, más aún

que si el vicario del Palmar le invitase á pronunciar la plática del

domingo. Él no servía para eso; además, no le gustaba perchar para

nadie. Ya conocía su pensamiento: el trabajo era cosa del demonio.

Pero Tonet, impaciente y angustiado, no estaba para oir las tonterías

de _Sangonera_. Nada de resistencias, ó le aliviaba el hambre y la

sed echándolo en el canal de una patada. Los amigos sirven para sacar

de un apuro á los amigos. ¡Bien sabía perchar en barquitos ajenos

cuando iba á meter sus uñas en las redes de los _redolíns_, robando

las anguilas! Además, si tenía hambre, podía refocilarse como nunca

en el cargamento de provisiones que aquel señor traía de Valencia.

Al ver dudoso á _Sangonera_ por la esperanza de hartazgo, acabó

de decidirle con fuertes empujones, llevándolo hasta la barca del

cazador y explicándole cómo había de disponer todos los preparativos.

Cuando se presentase el amo podía decirle que él estaba enfermo y lo

había buscado como sustituto.

Antes de que el absorto _Sangonera_ acabase de titubear, ya Tonet

había montado en su ligero barquito y emprendía la marcha perchando

como un desesperado.

El viaje era largo. Había que atravesar toda la Albufera para ir

al Palmar, y no soplaba viento. Pero Tonet sentíase espoleado por

el miedo, por la incertidumbre, y su barquito resbalaba como una

lanzadera sobre el obscuro tisú del agua, moteado por los puntos de

luz de las estrellas.

Era más de media noche cuando llegó al Palmar. Estaba fatigado,

con los brazos rotos por el desesperado viaje y deseaba encontrar

tranquila la taberna para caer como un leño en la cama. Al amarrar

su barquichuelo frente á la casa, la vió cerrada y silenciosa como

todas las del pueblo, pero las rendijas de las puertas marcábanse con

líneas de roja luz.

Le abrió la tía de Neleta, y al reconocerle hizo un gesto de

atención, designando con el rabillo del ojo á unos hombres sentados

ante el hogar. Eran labradores de la parte de Sueca que habían venido

á la tirada: antiguos parroquianos que tenían campos cerca del Saler

y á los que no se podía despedir, so pena de inspirar sospechas.

Habían cenado en la taberna y dormitaban junto al fuego, para montar

en sus barquitos una hora antes de romper el día y esparcirse por

el lago, esperando los pájaros que escapasen ilesos de los buenos

puestos.

Tonet los saludó á todos, y después de cambiar algunas palabras sobre

la fiesta del día siguiente, subió al dormitorio de Neleta.

La vió en camisa, pálida, las facciones desencajadas, oprimiéndose

los riñones con ambas manos y con una expresión de locura en los

ojos. El dolor la hacía olvidar la prudencia, y lanzaba rugidos que

asustaban á su tía.

--_¡Te van á oir!_--exclamaba la vieja.

Neleta, sobreponiéndose al sufrimiento, se ponía los puños en la boca

ó mordía las ropas de su cama para ahogar los gemidos.

Por consejo de ella, Tonet bajó á la taberna. Nada había de remediar

permaneciendo arriba. Acompañando á aquellos hombres, distrayéndolos

con su conversación, podía impedir que oyesen algo que les infundiera

sospechas.

Tonet pasó más de una hora calentándose en el rescoldo de la

chimenea, hablando con los labradores de la pasada cosecha y de las

magníficas tiradas que se preparaban. Hubo un momento en que se

cortó la conversación. Todos oyeron un grito desgarrado, salvaje: un

chillido semejante al de una persona asesinada. Pero la impasibilidad

de Tonet los tranquilizó.

--_El ama está un pòch mala_--dijo.

Y siguieron hablando, sin prestar atención á los pasos de la vieja,

que iba de un lado á otro apresuradamente, haciendo temblar el techo.

Pasada media hora, cuando Tonet creyó que todos habían olvidado

el incidente, volvió á subir al dormitorio. Algunos labradores

cabeceaban, dominados por el sueño.

Arriba vió á Neleta tendida en el lecho, blanca, pálida, inmóvil, sin

más vida que el brillo de sus ojos.

--_¡Tonet... Tonet!_--dijo débilmente.

El amante adivinó en su voz y en su mirada todo lo que quería

decirle. Era una orden, un mandato inflexible. La fiera resolución

que tantas veces había asustado á Tonet volvía á reaparecer en plena

debilidad, después de la crisis anonadadora. Neleta habló lentamente,

con una voz débil como un suspiro lejano. Lo más difícil había pasado

ya: ahora le tocaba á él. Á ver si mostraba coraje.

La tía, temblando, con la cabeza perdida, sin darse cuenta de sus

actos, presentaba á Tonet un envoltorio de ropas, dentro del cual se

revolvía un pequeño ser, sucio, maloliente, con la carne amoratada.

Neleta, al ver próximo á ella el recién nacido, hizo un gesto de

terror. ¡No quería verlo: temía mirarlo! Se tenía miedo á sí misma,

segura de que si fijaba un instante la vista en él, renacería la

madre y le faltaría valor para dejar que se lo llevasen.

--_¡Tonet... en seguida... empòrtatelo!_

El _Cubano_ dió sus instrucciones rápidamente á la vieja y bajó para

despedirse de los labradores, que ya dormían. Fuera de la taberna,

por la parte del canal, la vieja le entregó el animado paquete á

través de una ventana del piso bajo.

Cuando se cerró la ventana y Tonet quedó solo en la obscuridad de

la noche, sintió que de golpe se desplomaba todo su valor. El lío

de ropas y de carne blanducha que llevaba bajo su brazo le infundía

miedo. Parecía que instantáneamente se había despertado en él una

nerviosidad extraña que aguzaba sus sentidos. Oía todos los rumores

del pueblo, hasta los más insignificantes, y le parecía que las

estrellas tomaban un color rojo. El viento estremeció un olivo enano

inmediato á la taberna y el rumor de las hojas hizo correr á Tonet,

como si todo el pueblo despertase y se dirigiera hacia él preguntando

qué llevaba bajo el brazo. Creyó que la _Samaruca_ y sus parientes,

alarmados por la ausencia de Neleta durante el día, rondaban la

taberna como otras veces y que la feroz bruja iba á aparecer en

la orilla del canal. ¡Qué escándalo si le sorprendían con aquel

envoltorio!... ¡Qué desesperación la de Neleta!...

Arrojó en el fondo de su barquito el paquete de ropas, del cual

comenzó á salir un llanto desesperado, rabioso, y cogiendo la percha

pasó el canal con una velocidad loca. Perchaba furiosamente, como

espoleado por los lloros del recién nacido, temiendo ver iluminadas

las ventanas de las casas y que las sombras de los curiosos le

preguntasen adónde iba.

Pronto dejó atrás las viviendas silenciosas del Palmar y salió á la

Albufera.

La calma del lago, la penumbra de una noche tranquila y estrellada,

pareció darle valor. Arriba el azul obscuro del cielo; abajo el azul

blanquecino del agua, conmovido por estremecimientos misteriosos que

hacían temblar en su fondo el reflejo de las estrellas. Chillaban los

pájaros en los carrizales y susurraba el agua con el coleteo de los

peces persiguiéndose. De vez en cuando confundíase con estos rumores

el llanto rabioso del recién nacido.

Tonet, cansado por aquella noche de continuos viajes, seguía moviendo

su percha, empujando el barquito hacia el Saler. Su cuerpo sentíase

embrutecido por la fatiga; pero el pensamiento, despierto y aguzado

por el peligro, funcionaba con más actividad aún que los brazos.

Ya estaba lejos del Palmar, pero aún le faltaba más de una hora

para llegar al Saler. De allí á la ciudad otras dos horas largas

de camino. Tonet miró al cielo: debían ser las tres. Antes de dos

horas surgiría el alba y el sol estaría ya en el horizonte cuando

llegase él á Valencia. Además, pensaba con terror en la larga marcha

por la huerta de Ruzafa, vigilada siempre por la Guardia civil;

en la entrada en la ciudad, bajo la mirada de los del resguardo de

consumos, que querrían examinar el paquete que llevaba bajo el brazo;

en las gentes que se levantaban antes del amanecer y le encontrarían

en el camino, reconociéndolo. ¡Y aquel llanto desesperado,

escandaloso, que cada vez era más fuerte y constituía un peligro aun

en medio de la soledad de la Albufera!...

Tonet veía ante él un camino interminable, infinito, y sentía que las

fuerzas le abandonaban. Nunca llegaría á las calles de la ciudad,

desiertas al amanecer, á los portales de las iglesias, donde se

abandonan los niños como un fardo enojoso. Era fácil desde el Palmar,

en la soledad silenciosa del dormitorio, decir: «Tonet, haz esto»;

pero la realidad se encargaba después de ponerse delante con sus

obstáculos infranqueables.

Aun en el mismo lago crecía por momentos el peligro. Otras veces

podía navegarse de una orilla á otra sin encontrar á nadie, pero en

aquella noche la Albufera estaba poblada. En cada _mata_, en cada

replaza notábase el trabajo de hombres invisibles, los preparativos

de la tirada.

Todo un pueblo iba y venía en la obscuridad sobre los negros

barquitos. En el silencio de la Albufera, que transmitía los ruidos

á prodigiosas distancias, sonaban los mazos clavando las estacas de

los puestos de las cazadores, y como rojas estrellas brillaban á flor

de agua los manojos de inflamadas hierbas, á cuya luz terminaban

sus preparativos los barqueros. ¿Cómo seguir adelante, entre gentes

que le conocían, acompañado por el lloro del recién nacido, lamento

incomprensible en medio del lago? Cruzóse con una barca que pasó

á larga distancia, pero al alcance de la voz. Sin duda se habían

extrañado de aquel llanto.

--_Compañero_--gritó una voz lejana--, _¿qué pòrtes ahí?_

Tonet nada dijo, pero sus fuerzas le abandonaron para seguir el

viaje, y se sentó en un extremo del barquito, soltando la percha.

Quería permanecer allí, aunque le sorprendiese el amanecer. Tenía

miedo á continuar y se abandonaba con el anonadamiento del rezagado

que se arroja al suelo sabiendo que va á morir. Reconocíase impotente

para cumplir su promesa. ¡Que le sorprendiesen, que todos se

enteraran de lo ocurrido, que Neleta perdiese su herencia!... ¡él no

podía más!

Pero apenas hubo adoptado esta resolución desesperada, comenzó á

marcarse en su cerebro una idea que parecía quemarle con su contacto.

Primero fué un punto de fuego, después un ascua, luego una llamarada,

hasta que por fin rompió como formidable incendio que hinchaba su

cabeza, amenazándola con un estallido, mientras un sudor helado se

esparcía por su frente como la respiración de este hervidero.

¿Para qué ir más lejos?... El deseo de Neleta era que desapareciese

el testigo de su falta para no perder una parte de la fortuna;

abandonarlo, ya que con su presencia podía comprometer la

tranquilidad de los dos, y para esto ningún sitio como la Albufera,

que había ocultado muchas veces á hombres buscados por la justicia,

salvándolos de minuciosas persecuciones.

Temblaba al pensar que el lago no conservaría la existencia de

aquel cuerpecillo débil y naciente; ¿pero acaso el pequeño tenía

más asegurada la vida si lo abandonaba en cualquier callejón de la

ciudad? «Los muertos no vuelven para comprometer á los vivos.» Y

Tonet, al pensar esto, sentía resucitar en él la dureza de los viejos

_Palomas_, la cruel frialdad de su abuelo, que veía morir sus hijos

pequeños sin una lágrima, con el pensamiento egoísta de que la muerte

es un bien en la familia del pobre, pues deja más pan para los que

sobreviven.

En un momento de lucidez, Tonet se avergonzó de su maldad, de la

indiferencia con que pensaba en la muerte del ser que estaba á sus

pies, y que callaba ahora como fatigado por el llanto rabioso. Le

había contemplado un instante, y sin embargo, su vista no le produjo

ninguna emoción. Recordaba su rostro amoratado, el cráneo puntiagudo,

los ojos saltones, la boca enorme, que se contraía, estirándose de

oreja á oreja. Una ridícula cabeza de sapo que le había dejado frío,

sin que latiese en él el más débil sentimiento. ¡Y sin embargo, era

su hijo!...

Tonet, para explicarse esta frialdad, recordaba lo que muchas

veces había oído á su abuelo. Sólo las madres sienten una ternura

instintiva é inmensa por sus hijos desde el momento que nacen. Los

padres no los aman en seguida: necesitan que transcurra el tiempo, y

sólo cuando crece el pequeño se sienten unidos á él por un continuo

contacto, con cariño reflexivo y grave.

Pensaba en la fortuna de Neleta, en la integridad de aquella herencia

que consideraba como propia. Alterábanse sus duras entrañas de

perezoso que ve resuelto para siempre el problema de la existencia,

y su egoísmo se preguntaba si era prudente comprometer la buena

fortuna de su vida por conservar un ser pequeño y feo, igual á todos

los recién nacidos, y que no le causaba la más leve emoción.

Porque él desapareciese nada malo ocurriría á los padres; y si él

vivía, tendrían que regalar á gentes odiadas la mitad del pan que se

llevaban á la boca. Tonet, confundiendo la crueldad y el valor con

esa ceguera propia de los criminales, se reprochaba su indecisión,

que le tenía como clavado en la popa de la barca, dejando pasar el

tiempo.

La obscuridad era cada vez más tenue. Se adivinaba la proximidad del

día. Sobre el cielo gris del amanecer pasaban, como resbaladizas

gotas de tinta, algunos grupos de aves. Lejos, por la parte del

Saler, sonaban los primeros escopetazos. El pequeñuelo comenzó á

llorar, martirizado por el hambre y el frío de la mañana.

--_¡Cubano!... ¿eres tú?_

Tonet creyó oir este llamamiento desde una barca lejana.

El miedo á ser reconocido le hizo ponerse de pie, empuñando la

percha. En sus ojos lucía una punta de fuego, semejante á la que

iluminaba algunas veces la verde mirada de Neleta.

Lanzó su barquito por dentro de los carrizales, siguiendo los

tortuosos callejones de agua abiertos entre las cañas. Iba á la

ventura, pasando de una mata á otra, sin saber ciertamente dónde se

encontraba, redoblando sus esfuerzos como si alguien le persiguiese.

La proa del barquito separaba los carrizos, rompiéndolos. Se abrían

las altas hierbas para dar paso á la embarcación, y los locos

impulsos de la percha la hacían deslizarse por sitios casi en seco,

sobre las apretadas raíces de las cañas, que formaban espesas madejas.

Huía sin saber de quién, como si sus criminales pensamientos

bogasen á su espalda persiguiéndolo. Se inclinó varias veces sobre

el barquito, tendiendo una mano á aquel envoltorio de trapos del

que salían furiosos chillidos, y la retiró inmediatamente. Pero al

enredarse la barca en unas raíces, el miserable, como si quisiera

aligerar la embarcación de un lastre inmenso, cogió el envoltorio

y lo arrojó con fuerza por encima de su cabeza, más allá de los

carrizos que le rodeaban.

El paquete desapareció entre el crujido de las cañas. Los harapos se

agitaron un instante en la penumbra del amanecer, como las alas de

un pájaro blanco que cayese muerto en la misteriosa profundidad del

carrizal.

Otra vez sintió el miserable la necesidad de huir, como si alguien

fuese á sus alcances. Perchó como un desesperado al través del

carrizal hasta encontrar una vena de agua; la siguió en todas sus

tortuosidades entre las altas matas, y al salir á la Albufera, con el

barquito libre de todo peso, respiró, contemplando la faja azulada

del amanecer.

Después se tendió en el fondo de la embarcación y durmió con sueño

profundo y anonadador: el sueño de muerte que sobreviene tras las

grandes crisis nerviosas y surge casi siempre á continuación de un

crimen.

Cañas y barro: Novela · 第 13 / 15 题