IX

El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado á

la pericia de _Sangonera_.

Antes de amanecer, al clavar el puesto, el prudente burgués tuvo que

implorar el auxilio de algunos barqueros, que rieron mucho viendo el

nuevo oficio del vagabundo.

Con la presteza de la costumbre clavaron tres estacas en el fondo

fangoso de la Albufera y colocaron, apoyado en ellas, el enorme

tanque que había de servir de refugio al cazador. Después rodearon de

cañas el puesto para engañar á las aves y que se acercaran confiadas,

creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua. Para

ayudar á este engaño, en torno del puesto flotaban los _bots_: unas

cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho que, con las

ondulaciones del lago, movíanse á flor de agua. De lejos causaban la

impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de

las cañas.

_Sangonera_, satisfecho de haberse librado de todo trabajo, invitó

al amo á ocupar el puesto. Él se alejaría en el barquito á cierta

distancia para no espantar la caza, y cuando llevase muertas varias

fúlicas, no tenía más que gritar, é iría á recogerlas sobre el agua.

--_¡Vaya!... ¡bòna sòrt, don Joaquín!_

El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de

ser útil, que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por

las torpezas anteriores. Estaba bien: él le llamaría tan pronto como

tumbase un pájaro. Para no aburrirse durante la espera, podía ir

dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones. La señora le

había pertrechado con tanta abundancia como si fuese á dar la vuelta

al mundo.

Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados, á más

de abundantes panes, una cesta de fruta y una gran bota de vino.

El hocico de _Sangonera_ tembló de emoción viendo confiado á su

prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche

anterior. No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se

trataba el parroquiano. ¡Gracias, don Joaquín! Ya que era tan bueno

y le invitaba á mojar, se permitiría alguna ligera _sucaeta_ para

entretener el tiempo. Una mojadita nada más.

Y alejándose del puesto, se situó al alcance de la voz del cazador,

encogiéndose después en el fondo del barquito.

Había amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera,

agrandados por el eco del lago. Apenas si se veían sobre el cielo

gris las bandas de pájaros, que levantaban el vuelo espantados

por el estruendo de las descargas. Bastaba que en su veloz aleteo

descendiesen un poco, buscando el agua, para que inmediatamente una

nube de plomo cayese sobre ellos.

Al quedar don Joaquín solo en su puesto, no pudo evitar una emoción

semejante al miedo. Se veía aislado en medio de la Albufera, dentro

de un pesado cubo, sin otro sostén que unas estacas, y temía moverse,

con la sospecha de que todo aquel catafalco acuático viniera abajo,

sepultándolo en el fango. El agua, con suaves ondulaciones, venía á

chocar en el borde de madera, á la altura de la barba del cazador, y

su continuo _chap-chap_ le causaba escalofríos. Si aquello se hundía,

pensaba don Joaquín, por pronto que llegase el barquero ya estaría en

el fondo con todo el peso de la escopeta, los cartuchos y aquellas

botas enormes, que le causaban insoportable picazón, hundidas en

la paja de arroz de que estaba atiborrado el cubo. Le ardían las

piernas, mientras sus manos estaban ateridas por el fresco del

amanecer y el frío glacial de la escopeta. ¿Y esto era divertirse?...

Comenzaba á encontrar pocos lances á un placer tan costoso.

¿Y los pájaros? ¿Dónde estaban aquellas aves que sus amigos cazaban

á docenas? Hubo un momento en que se revolvió impetuosamente en su

asiento giratorio, llevándose á la cara la escopeta con trémula

emoción. ¡Ya estaban allí!... Nadaban descuidadamente en torno del

puesto. Mientras él reflexionaba, casi adormecido por el fresco del

amanecer, habían llegado á docenas huyendo de los lejanos escopetazos

y nadaban junto á él con la confianza del que encuentra un buen

refugio. No tenía más que tirar á ciegas... ¡caza segura! Pero al

ir á hacer fuego, reconoció los _bots_, toda la banda de pájaros

de corcho que había olvidado por la falta de costumbre, y bajó la

escopeta, mirando en torno, con el temor de encontrar en la soledad

los ojos burlones de sus amigos.

Volvió á esperar. ¿Contra qué demonios tiraban aquellos cazadores

cuyas escopetas no cesaban de conmover la calma del lago?... Poco

después de salir el sol, don Joaquín pudo disparar por fin su arma

virgen. Pasaron tres pájaros casi á flor de agua. El novel cazador

hizo fuego temblando. Le parecían aquellas aves enormes, monstruosas,

verdaderas águilas agigantadas por la emoción. El primer tiro sirvió

para que avivasen aún más el vuelo, pero inmediatamente partió el

segundo, y una fúlica, plegando las alas, cayó después de varias

volteretas, quedando inmóvil sobre el agua.

Don Joaquín se levantó con tal ímpetu, que hizo temblar el puesto.

En aquel instante se consideraba superior á todos los hombres:

admirábase á sí mismo, adivinando en él una fiereza de héroe que

nunca había sospechado.

--_¡Sangonera!... ¡barquero!_--gritó con voz trémula de emoción--.

_¡Una!... ¡ya’n tenim una!_

Le contestó un gruñido casi ininteligible: una boca llena, atascada,

que apenas abría paso á las palabras... ¡Estaba bien! Ya iría á

recogerlas cuando fuesen más.

El cazador, satisfecho de su hazaña, volvió á ocultarse tras la

cortina de carrizos, seguro de que se bastaba él solo para acabar con

los pájaros del lago. Toda la mañana la pasó disparando, sintiendo

cada vez con más intensidad la embriaguez de la pólvora, el placer de

la destrucción. Tiraba y tiraba sin fijarse en distancias, saludando

con la escopeta á todos los pájaros que pasaban ante su vista, aunque

volasen cerca de las nubes. ¡Cristo! ¡Sí que era divertido aquello!

Y en estas descargas á ciegas, alguna vez tocaba su plomo á infelices

pájaros, que caían por obra de la fatalidad víctimas de una mano

torpe, después de haber escapado ilesos de los cazadores más hábiles.

Mientras tanto, _Sangonera_ permanecía invisible en el fondo de la

barca. ¡Qué día, _redeu_! El arzobispo de Valencia no estaría mejor

en su palacio que él en el barquito, sentado sobre la paja, con una

_pataca_ de pan en la mano y oprimiendo un puchero entre las piernas.

¡Que no le hablasen á él de las abundancias de casa de _Cañamèl_!

¡Miseria y presunción que únicamente podían deslumbrar á los pobres!

¡Los señores de la ciudad eran los que se trataban bien!...

Había comenzado por pasar revista á los tres pucheros, cuidadosamente

tapados con gruesas telas amarradas á la boca. ¿Cuál sería el

primero?... Escogió á la ventura, y abriendo uno se dilató su hocico

voluptuosamente con el perfume del bacalao con tomate. Aquello era

guisar. El bacalao estaba deshecho entre la pasta roja del tomate,

tan suave, tan apetitoso, que al tragar _Sangonera_ el primer

bocado creyó que le bajaba por la garganta un néctar más dulce que

el líquido de las vinajeras que tanto le tentaba en sus tiempos de

sacristán. ¡Con aquello se quedaba! No había por qué pasar adelante.

Quiso respetar el misterio de los otros dos pucheros; no desvanecer

las ilusiones que despertaban sus bocas cerradas, tras las cuales

presentía grandes sorpresas. ¡Ahora á lo que estábamos! Y metiendo

entre sus piernas el oloroso puchero, comenzó á tragar con sabia

calma, como quien tiene todo el día por delante y sabe que no

puede faltarle ocupación. Mojaba lentamente, pero con tal pericia,

que al introducir en el perol su mano armada de un pedazo de pan,

bajaba considerablemente el nivel. El enorme bocado ocupaba su boca,

hinchándole los carrillos. Trabajaban las mandíbulas con la fuerza

y la regularidad de una rueda de molino, y mientras tanto, sus ojos

fijos en el puchero exploraban las profundidades, calculando los

viajes que aún tendría que realizar la mano para trasladarlo todo á

su boca.

De vez en cuando arrancábase de esta contemplación. ¡Cristo! El

hombre honrado y trabajador no debe olvidar sus obligaciones en

medio del placer. Miraba fuera de la barca, y al ver aproximarse los

pájaros lanzaba su aviso:

--_¡Don Joaquín! ¡Per la part del Palmar!... ¡Don Joaquín! ¡Per la

part del Saler!_

Después de avisar al cazador por dónde venían las aves, sentíase

fatigado de tanto trabajo y daba un fuerte tentón á la bota de vino,

reanudando el mudo diálogo con el puchero.

Llevaba el amo derribadas unas tres _fòches_, cuando _Sangonera_ dejó

á un lado el perol casi vacío. En el fondo, adheridas á las paredes

de barro, quedaban unas cuantas hilachas. El vagabundo sintió el

llamamiento de su conciencia. ¿Qué iba á quedar para el amo si se lo

comía todo? Debía contentarse con una mojadita nada más. Y guardando

el puchero bajo la proa, cuidadosamente tapado, su curiosidad le

impulsó á abrir el segundo.

¡_Redeu_, qué sorpresa! Lomo de cerdo, longanizas, embutido del

mejor; todo frío, pero con un tufillo de grasa que conmovió al

vagabundo. ¡Cuánto tiempo que su estómago, habituado á la carne

blanca é insípida de las anguilas, no había sentido el peso de las

cosas buenas que se fabrican tierra adentro!... _Sangonera_ se

reprochó como una falta de respeto al amo despreciar el segundo

puchero. Sería tanto como manifestar que él, hambriento vagabundo,

no se enternecía ante las buenas cosas que guisaban en casa de don

Joaquín. Por una mojada más ó menos no iba á enfadarse el cazador.

Y otra vez volvió á acomodarse en el fondo de la barca, con las

piernas cruzadas y el puchero entre ellas. _Sangonera_ se estremecía

voluptuosamente al tragar los bocados: cerraba los ojos para apreciar

mejor su lento descenso al estómago. ¡Qué día, Señor, qué gran

día!... Parecíale que mascaba por primera vez en toda la mañana.

Ahora miraba con desprecio el primer puchero, metido bajo la proa.

Aquel guiso era bueno como entretenimiento, para engañar el estómago

y divertir las mandíbulas. Lo bueno era esto; las morcillas, la

longaniza, el lomo apetitoso que se deshacía entre los dientes,

dejando tal sabor, que la boca buscaba otro pedazo, y otro después,

sin tener nunca bastante.

Al ver la facilidad con que se vaciaba el segundo puchero,

_Sangonera_ sentía afán por servir al amo, cumpliendo minuciosamente

sus obligaciones, y siempre con las mandíbulas ocupadas, miraba á

todos lados, lanzando unos gritos que parecían mugidos:

--_¡Per la part del Saler!... ¡Per la part del Palmar!_

Para que no se formase un tapón en su garganta, apenas si dejaba

quieta la bota. Bebía y bebía de aquel vino, mucho mejor que el de

Neleta; y el rojo líquido parecía excitar su apetito, abriendo nuevas

simas en el estómago sin fondo. Sus ojos brillaban con el fuego de

una embriaguez feliz; su cara, en fuerza de colorearse, tomaba un

tinte violáceo, y los eructos ruidosos le conmovían de pies á cabeza.

Con sonrisa placentera se golpeaba el hinchado vientre.

--_¡Eh! ¿qué tal? ¿cóm va això?_--preguntaba á su estómago, como si

fuese un amigo, dándole palmadas.

Y su embriaguez era más dulce que nunca: una embriaguez de hombre

bien comido que bebe en plena digestión: no la borrachera triste y

lóbrega que le acometía en su miseria cuando arrojaba copas y copas

en el estómago vacío, encontrando en las riberas del lago gentes que

le convidaban siempre á beber, pero nadie que le ofreciera un pedazo

de pan.

Sumíase en su borrachera sonriente, sin dejar por esto de comer. La

Albufera la veía de color de rosa. El cielo, de un azul luminoso,

parecía rasgarse con una sonrisa igual á aquella que le acarició

una noche en el camino de la Dehesa. Únicamente veía negro, con la

lobreguez de una tumba vacía, el puchero que guardaba entre las

piernas. Se lo había comido todo. Ni restos quedaban del embutido.

Quedó como aterrado un momento por su voracidad. Pero después su

apetito le dió risa, y para pasar la amargura de la falta, empinó la

bota largo rato.

Reía á carcajadas pensando en lo que dirían en el Palmar al conocer

su hazaña, y con el deseo de completarla, probando todos los víveres

de don Joaquín, destapó el tercer puchero.

_¡Rediel!_ Dos capones atascados entre las paredes de barro, con la

piel dorada y chorreando grasa: dos adorables criaturas del Señor,

sin cabeza, con los muslos unidos al cuerpo por varias vueltas de

tostado bramante y la pechuga saliente y blanca como la de una

señorita. ¡Si no metía mano á aquello no era hombre! ¡Aunque don

Joaquín le soltase un escopetazo!... ¡Cuánto tiempo que no probaba

tales golosinas! No había comido carne desde la época en que servía

de perro á Tonet y cazaban por bravura en la Dehesa. Pero pensando en

la carne estoposa y áspera de los pájaros del lago, aumentábase el

placer con que devoraba las blancas fibras de los capones, la piel

dorada, que crujía entre sus dientes mientras chorreaba la grasa por

la comisura de sus labios.

Comía como un autómata, con la voluntad tenaz de tragar y tragar,

mirando ansiosamente lo que quedaba en el fondo del puchero, como si

estuviera empeñado en una apuesta.

De vez en cuando sentía arrebatos infantiles: deseos de ebrio, de

alborotar y hacer jugarretas. Cogía manzanas del cesto de la fruta y

las arrojaba contra los pájaros que volaban lejos, como si pudiera

alcanzarlos.

Sentía hacia don Joaquín una gran ternura por la felicidad que le

había proporcionado; deseaba tenerle cerca para abrazarlo; le hablaba

de tú con tranquila insolencia, y sin que se viera un ave en el

horizonte, bramaba con mugido interminable:

--_¡Chimo! ¡Chimo!... ¡Tira... que t’entren!_

En vano se revolvía el cazador mirando á todas partes. No se veía un

pájaro. ¿Qué quería aquel loco? Lo que debía hacer era aproximarse

para recoger las fúlicas muertas que flotaban en torno del puesto.

Pero _Sangonera_ volvía á encogerse en la barca sin obedecer el

mandato. ¡Tiempo quedaba! ¡Ya iría después! ¡Que matase mucho era su

deseo!... En su afán de probarlo todo, destapaba ahora las botellas,

gustando tan pronto el ron como la absenta pura, mientras la Albufera

comenzaba á obscurecerse para él en pleno sol y sus piernas parecían

clavarse en las tablas de la barca sin fuerzas para moverse.

Á mediodía, don Joaquín, hambriento y deseoso de salir de aquel cubo

que le obligaba á permanecer inmóvil, llamó al barquero. En vano

sonaba su voz en el silencio.

--_¡Sangonera!... ¡Sangonera!_

El vagabundo, con la cabeza por encima de la borda, le miraba

fijamente, repitiendo que iba en seguida: pero continuaba inmóvil,

como si no lo llamasen á él. Cuando el cazador, rojo de tanto gritar,

le amenazaba con un escopetazo, hizo un esfuerzo, se puso en pie

tambaleando, buscó la percha por toda la barca teniéndola junto á sus

manos, y por fin comenzó á aproximarse lentamente.

Al saltar don Joaquín al barquito pudo estirar sus piernas,

entumecidas por tantas horas de espera. El barquero, por su mandato,

comenzó á recoger los pájaros muertos; pero lo hacía á tientas, como

si no los viese, echando el cuerpo fuera con tanto ímpetu, que

varias veces hubiese caído al agua á no sostenerlo el amo.

--_¡Malaít!_--exclamaba el cazador--. _¿Es que estás borracho?_

Pronto tuvo la explicación examinando sus provisiones ante la mirada

estúpida de _Sangonera_. ¡Los pucheros vacíos; la bota arrugada y

mustia; las botellas abiertas; de pan sólo algunos mendrugos, y la

cesta de la fruta podía volcarse sobre el lago sin miedo á que cayera

nada!

Don Joaquín sintió deseos de levantar la culata de su escopeta sobre

el barquero, pero pasado este impulso, quedóse contemplándolo con

asombro. ¿Aquel destrozo lo había hecho él solo?... ¡Vaya un modo

de dar mojaditas que tenía el bigardo! ¿Dónde se había metido tanta

cosa?... ¿Podía caber en estómago humano?...

Pero _Sangonera_, oyendo al enfurecido cazador, que lo llamaba pillo

y sinvergüenza, sólo sabía contestar con voz quejumbrosa:

--_¡Ay don Joaquín!... ¡Estic mal! ¡Molt mal!..._

Sí que se sentía mal. No había más que ver su cara amarillenta, sus

ojos que en vano pugnaban por abrirse, sus piernas que no podían

sostenerse erguidas.

Enfurecido el cazador, iba á golpear á _Sangonera_, cuando éste se

desplomó en el fondo del barquito, clavándose las uñas en la faja

como si quisiera abrirse el vientre. Encorvábase hecho una pelota,

con dolorosas convulsiones que crispaban su cara, dando á los ojos

una vidriosa opacidad.

Gemía y al mismo tiempo arqueábase con profundas convulsiones,

pugnando por arrojar del cuerpo el prodigioso atracón, que parecía

asfixiarle con su peso.

El cazador no sabía qué hacer, y otra vez encontraba enojoso su viaje

á la Albufera. Tras media hora de juramentos, cuando ya se creía

condenado á coger la percha y emprender por sí mismo la marcha hacia

el Saler, se apiadaron de sus gritos unos labradores de los que

cazaban sueltos por el lago.

Reconocieron á _Sangonera_ y adivinaron su mal. Era un atracón de

muerte: aquel vagabundo debía acabar así.

Movidos por esa fraternidad de las gentes del campo, que les impulsa

á prestar ayuda hasta á los más humildes, cargaron á _Sangonera_ en

su barca para llevarlo al Palmar, mientras uno de ellos se quedaba

con el cazador, satisfecho de servirle de barquero á cambio de

disparar su escopeta.

Á media tarde vieron las mujeres del Palmar caer al vagabundo en la

orilla del canal, con la inercia de un fardo.

--_¡Pillo!... ¡Alguna borrachera!_--gritaban todas.

Pero los buenos hombres que hacían la caridad de llevarlo en alto

como un muerto hasta su mísera barraca movían la cabeza tristemente.

No era sólo embriaguez, y si el vago escapaba de aquélla, bien podía

decirse que su carne era de perro. Relataban aquel atragantamiento

portentoso que le ponía á morir, y las gentes del Palmar reían

asombradas, sin ocultar al mismo tiempo su satisfacción, contentas de

que uno de los suyos demostrase tan inmenso estómago.

¡Pobre _Sangonera_! La noticia de su enfermedad circuló por todo

el pueblo, y las mujeres fueron en grupos hasta la puerta de

la barraca, asomándose á este antro, del que todos huían antes.

_Sangonera_, tendido en la paja, con los ojos vidriosos fijos en

el techo y la cara de color de cera, se estremecía, rugiendo de

dolor, como si le desgarraran las entrañas. Expelía en torno de él

nauseabundos arroyos de líquidos y alimentos á medio masticar.

--_¿Cóm estás, Sangonera?_--preguntaban desde la puerta.

Y el enfermo contestaba con un gruñido doloroso, cambiando de

posición para volver la espalda, molestado por el desfile de todo el

pueblo.

Otras mujeres, más animosas, entraban, arrodillándose junto á él, y

le tentaban el abdomen, queriendo saber dónde le dolía. Discutían

entre ellas sobre los medicamentos más apropiados, recordando los que

habían surtido efecto en sus familias. Después buscaban á ciertas

viejas acreditadas por sus remedios, que gozaban mayor respeto que

el pobre médico del Palmar. Llegaban unas con cataplasmas de hierbas

guardadas misteriosamente en sus barracas; presentábanse otras con un

puchero de agua caliente, queriendo que el enfermo se lo tragase de

golpe. La opinión de todas era unánime. El infeliz tenía _parada_ la

comida en la boca del estómago y había que hacer que _arrancase_...

¡Señor, qué lástima de hombre! Su padre muerto de una borrachera y él

estirando la pata de un atracón. ¡Qué familia!

Nada revelaba á _Sangonera_ la gravedad de su estado como esta

solicitud de las mujeres. Se miraba en la conmiseración general como

en un espejo y adivinaba el peligro al verse atendido por las mismas

que el día anterior se burlaban de él, riñendo á los maridos y á los

hijos cuando los encontraban en su compañía.

--_¡Pobret! ¡Pobret!_--murmuraban todas.

Y con esa valentía de que sólo es capaz la mujer ante la desgracia,

le rodeaban, saltando sobre los residuos hediondos que salían á

borbotones de su boca. Ellas sabían lo que era aquello: tenía _un

nudo_ en las tripas; y con caricias maternales le decidían á que

abriese sus mandíbulas, apretadas por la crispación, haciéndole

tragar toda clase de líquidos milagrosos, que al poco rato devolvía á

los pies de las enfermeras.

Al cerrar la noche lo abandonaron. Habían de guisar la cena en sus

casas, y el enfermo quedó solo en el fondo de la choza, inmóvil bajo

la luz rojiza de un candil que las mujeres colgaron de una grieta.

Los perros del pueblo asomaban á la puerta sus hocicos y consideraban

largamente con sus ojos profundos al enfermo, alejándose después con

lúgubre aullido.

Durante la noche fueron los hombres los que visitaron la barraca.

En la taberna de _Cañamèl_ se hablaba del suceso, y los barqueros,

asombrados de la hazaña de _Sangonera_, querían verle por última vez.

Se asomaban á la puerta con paso vacilante, pues los más de ellos

estaban ebrios después de haber comido con los cazadores.

--_Sangonera... ¡Fill meu! ¿Cóm estás?_

Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de

inmundicias en que se revolvía el enfermo. Algunos, más animosos,

llegaban hasta él para bromear con brutal ironía, invitándolo á

beber la última copa en casa de _Cañamèl_; pero el enfermo sólo

contestaba con un ligero mugido y cerraba los ojos, sumiéndose de

nuevo en su sopor, cortado por vómitos y estremecimientos. Á media

noche el vagabundo quedó abandonado.

Tonet no quiso ver á su antiguo compañero. Había vuelto á la taberna,

después de un largo sueño en la barca; sueño profundo, embrutecedor,

rasgado á trechos por rojas pesadillas y arrullado por las

descargas de los cazadores, que rodaban en su cerebro como truenos

interminables.

Al entrar se sorprendió viendo á Neleta sentada ante los toneles, con

una palidez de cera, pero sin la menor inquietud en sus ojos, como si

hubiese pasado la noche tranquilamente. Tonet se asombraba ante la

fuerza de ánimo de su amante.

Cambiaron una mirada profunda de inteligencia, como miserables que se

sienten unidos con nueva fuerza por la complicidad.

Después de larga pausa, ella se atrevió á preguntarle. Quería

saber cómo había cumplido su encargo. Y él contestó, con la cabeza

inclinada y los ojos bajos, cual si todo el pueblo le contemplase...

Sí; lo había dejado en lugar seguro. Nadie podría descubrirlo.

Tras estas palabras, cambiadas con rapidez, los dos quedaron

silenciosos, pensativos: ella tras el mostrador, él sentado en la

puerta, de espaldas á Neleta, evitando verla. Parecían anonadados,

como si gravitase sobre ellos un peso inmenso. Temían hablarse, pues

el eco de su voz parecía avivar los recuerdos de la noche anterior.

Habían salido de la situación difícil: ya no corrían ningún peligro.

La animosa Neleta se asombraba de la facilidad con que todo se había

resuelto. Débil y enferma, encontraba ánimos para permanecer en su

sitio; nadie podía sospechar lo ocurrido durante la noche, y sin

embargo, los amantes se sentían súbitamente alejados. Algo se había

roto para siempre entre los dos. El vacío que dejaba al desaparecer

aquel pequeñuelo apenas visto se agrandaba inmensamente, aislando

á los dos miserables. Pensaban que en adelante no tendrían más

aproximación que la mirada que cruzasen recordando su antiguo crimen.

Y en Tonet aún era más grande la inquietud al recordar que ella

desconocía la verdadera suerte del pequeño.

Al llegar la noche se llenó la taberna de barqueros y cazadores

que volvían á sus tierras de la Ribera, mostrando los manojos de

pájaros muertos, ensartados por el pico. ¡Gran tirada! Todos bebían,

comentando la suerte de determinados cazadores y la brutal hazaña de

_Sangonera_. Tonet iba de grupo en grupo, con el deseo de distraerse,

discutiendo y bebiendo en todos los corrillos. Su propósito de

olvidar por medio de la embriaguez le hacía beber y beber con forzada

alegría, y los amigos celebraban el buen humor del _Cubano_. Nunca le

habían visto tan alegre.

El tío _Paloma_ entró en la taberna y sus ojillos escudriñadores se

fijaron en Neleta.

--_¡Reina!... ¡Qué blanca! ¿Es que estás mala?..._

Neleta habló vagamente de una jaqueca que no la había dejado dormir,

mientras el viejo guiñaba sus ojos maliciosamente, uniendo la mala

noche á la fuga inexplicable de su nieto. Después se encaró con

éste. Le había puesto en ridículo ante aquel señor de Valencia.

Su conducta no era digna de un barquero de la Albufera. Con menos

motivo había dado de bofetadas á más de uno en sus buenos tiempos.

Sólo á un perdido como él podía ocurrírsele convertir en barquero á

_Sangonera_, que había reventado de hartura apenas lo dejaron solo.

Tonet se excusó. Tiempo le quedaba de servir á aquel señor. Dentro de

dos semanas sería la fiesta de Santa Catalina, y Tonet se prestaba

á ser su barquero. El tío _Paloma_, aplacando su cólera ante las

explicaciones del nieto, dijo que ya había invitado á don Joaquín

á una cacería en los carrizales del Palmar. Vendría á la semana

siguiente, y él y Tonet serían sus barqueros. Había que contentar á

la gente de Valencia, para que la Albufera tuviera siempre buenos

aficionados. Si no, ¿qué sería de la gente del lago?

Aquella noche se emborrachó Tonet, y en vez de subir á la habitación

de Neleta se quedó roncando junto al hogar. Ninguno de los dos se

buscó; parecían huir uno del otro, encontrando cierto alivio en su

aislamiento. Temblaban de verse juntos en la habitación. Temían que

resucitase el recuerdo de aquel ser que había pasado entre los dos

como el lamento de una vida inmediatamente sofocada.

Al día siguiente Tonet volvió á embriagarse. No quería verse á solas

con su razón: necesitaba embrutecerla con el alcohol para conservarla

muda y dormida.

Llegaban á la taberna nuevas noticias sobre el estado de _Sangonera_.

Se moría sin remedio. Los hombres habían vuelto á sus faenas y las

mujeres que entraban en la barraca del vagabundo reconocían la

impotencia de sus remedios. Las más viejas explicaban la enfermedad

á su modo. Se le había podrido el tapón de alimentos que cerraba la

boca de su estómago. No había más que ver cómo se le hinchaba el

vientre.

Llegó el médico de Sollana en una de sus visitas semanales, y lo

llevaron á la barraca de _Sangonera_. El jornalero de la ciencia

movió la cabeza negativamente. Nada quedaba que hacer. Era una

apendicitis mortal: la consecuencia de un abuso extraordinario que

llenaba de asombro al médico. Y por el pueblo repetían lo de la

apendicitis, recreándose las mujeres en pronunciar una palabra tan

extraña para ellas.

El vicario don Miguel creyó llegado el momento de entrar en la

barraca de aquel renegado. Nadie como él sabía despachar á la gente

con prontitud y franqueza.

--_¡Che!_--dijo desde la puerta--. _¿Tú eres cristiá?_

_Sangonera_ hizo un gesto de asombro. ¿Que si era cristiano? Y

como escandalizado por la pregunta, miró al techo de su barraca,

acariciando con arrobamiento y esperanza el pedazo de cielo azul que

se veía por los desgarrones de la cubierta.

¡Bueno, pues; entre hombres fuera mentiras! continuó el vicario.

Debía confesarse, porque iba á morir... Ni más ni menos. Aquel cura

de escopeta no usaba rodeos con sus feligreses.

Por los ojos del vagabundo pasó una expresión de terror. Su

existencia, llena de miserias, se le apareció con todo el encanto de

la libertad sin límites. Vió el lago con sus aguas resplandecientes;

la Dehesa rumorosa, con sus espesuras perfumadas, llena de flores

silvestres, y hasta el mostrador de _Cañamèl_, ante el cual soñaba,

contemplando la vida de color de rosa al través de los vasos... ¡Y

todo aquello iba á abandonarlo!... De sus ojos vidriosos comenzaron

á rodar lágrimas. No había remedio: le llegaba la hora de morir.

Contemplaría en otro mundo mejor la sonrisa celestial, de inmensa

misericordia, que una noche le acarició junto al lago.

Y con repentina tranquilidad, entre náuseas y crispamientos, confesó

en voz baja al sacerdote sus raterías contra los pescadores, tan

innumerables que no podía recordarlas más que en masa. Junto con

sus pecados revelaba sus esperanzas: su fe en Cristo, que vendría

nuevamente á salvar á los pobres; su encuentro misterioso de cierta

noche en la orilla del lago. Pero el vicario le interrumpía con

rudeza:

--_Sangonera, menos romansos. ¡Tú delires!... La veritat... digues la

veritat._

La verdad ya la había dicho. Todos sus pecados consistían en huir del

trabajo, por creer que era contrario á los mandatos del Señor. Una

vez se había resignado á ser como los demás, á prestar sus brazos á

los hombres, poniéndose en contacto con la riqueza y sus comodidades,

y ¡ay! pagaba esta inconsecuencia con la vida.

Todas las mujeres del Palmar se mostraron enternecidas por el final

del vagabundo. Había vivido como un hereje después de su fuga de la

iglesia, pero moría como un cristiano. Su enfermedad no le permitía

recibir al Señor, y el vicario le administró el último sacramento,

manchándose la sotana con sus vómitos.

Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban

por abnegación á amortajar á todos los que morían en el pueblo. En

la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y

asombro de la agonía de _Sangonera_. Desde el día anterior no eran

alimentos lo que arrojaba su boca. Era algo peor: y las vecinas,

apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado

de inmundicias.

Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara

crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada

de oreja á oreja por las últimas convulsiones.

Las mujeres más ricas del Palmar, que frecuentaban el presbiterio,

sentían tierna conmiseración por aquel infeliz que se había

reconciliado con el Señor después de una vida de perro. Quisieron que

emprendiese dignamente el último viaje, y marcharon á Valencia para

los preparativos del entierro, gastando una cantidad que jamás había

visto _Sangonera_ en vida.

Lo vistieron con un hábito religioso, dentro de un ataúd blanco

con galones de plata, y el vecindario desfiló ante el cadáver del

vagabundo.

Sus antiguos compañeros se frotaban los ojos enrojecidos por el

alcohol, conteniendo la risa que les causaba ver á su amigote tan

limpio, en una caja de soltero y vestido de fraile. Hasta su muerte

parecía cosa de broma. ¡Adiós, _Sangonera_!... ¡Ya no se vaciarían

los _mornells_ antes de la llegada de sus dueños; ya no se adornaría

con las flores de los ribazos como un pagano ebrio! Había vivido

libre y feliz, sin las fatigas del trabajo, y hasta en el trance de

la muerte sabía marchar al otro mundo con aparato de rico, á costa

de los demás.

Á media noche metieron el féretro en el _carro de las anguilas_,

entre los cestones de la pesca, y el sacristán del Palmar, con otros

tres amigos, condujo el cadáver al cementerio, deteniéndose en todas

las tabernas del camino.

Tonet no se dió exacta cuenta de la muerte de su compañero. Vivía

entre tinieblas, siempre bebiendo, y la embriaguez causaba en él un

mutismo profundo. El miedo contenía su verbosidad, temiendo hablar

demasiado.

--_¡Sangonera ha mòrt! ¡El teu compañero!_--le decían en la taberna.

Él contestaba con gruñidos, bebiendo y dormitando, mientras los

parroquianos atribuían su silencio á la pena por la muerte del

camarada.

Neleta, blanca y triste, como si á todas horas pasase y repasase un

fantasma ante sus ojos, pretendía evitar que su amante bebiera.

--_Tonet, no begues_--decía con dulzura.

Y se asustaba ante el gesto de rebelión, de sorda cólera con que

la contestaba el borracho. Adivinaba que su imperio sobre aquella

voluntad se había desvanecido. Algunas veces veía brillar en sus ojos

un odio naciente, una animosidad de esclavo resuelto á chocar con el

antiguo opresor, aniquilándolo.

No prestaba atención á Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles

de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier

rincón, y allí permanecía como muerto, mientras la _Centella_, con el

dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.

Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la

embriaguez comenzaba á desvanecerse, sentía una inquietud penosa.

Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el

suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la

aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del

terror. Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de

embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.

Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento,

todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos

muchos años desde aquella noche pasada en el lago; la última de

su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que

atravesaba á tientas, con el cerebro obscurecido por el alcohol. El

recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre

de la embriaguez. Solamente borracho podía tolerar este recuerdo,

viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación

duele menos perdida en las brumas del pasado.

Su abuelo vino á sorprenderle en este embrutecimiento. El tío

_Paloma_ aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín

para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su

palabra? Neleta le instó á que aceptase. Estaba enfermo, le convenía

distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El

_Cubano_ se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su

entusiasmo de cazador volvió á renacer. ¿Iba á vivir siempre lejos

del lago?

Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnífica escopeta

del difunto _Cañamèl_; y ocupado en esto bebió menos. La _Centella_

saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.

Á la mañana siguiente se presentó el tío _Paloma_, trayendo en el

barquito á don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.

El viejo estaba impaciente y daba prisa á su nieto. Sólo quería

detenerse el tiempo preciso para que el señor tomase un bocado, y en

seguida á los carrizales. Había que aprovechar la mañana.

Al poco rato partieron: Tonet delante, llevando la _Centella_ en su

barquito como un mascarón de proa, y á continuación la barca del

tío _Paloma_, donde don Joaquín examinaba con asombro la escopeta

del viejo, aquella arma famosa llena de remiendos, de la que tantas

proezas se contaban en el lago.

Los dos barquitos salieron á la Albufera. Tonet, viendo que su abuelo

perchaba hacia la izquierda, quiso saber dónde iban. El viejo se

asombró de la pregunta. Iban al _Bolodró_, la _mata_ más grande de

las inmediatas al pueblo. Allí abundaban más que en otros puntos los

gallos de cañar y las pollas de agua. Tonet quería ir lejos; á las

_matas_ del centro del lago. Y entre los dos barqueros comenzó una

empeñada discusión. Pero el viejo acabó por imponerse, y Tonet tuvo

que seguirle de mala voluntad, moviendo sus hombros como resignado.

Los dos barquitos entraron en un callejón de agua entre los altos

carrizos. La anea crecía á manojos entre los _senills_; las cañas

se confundían con los juncos, y las plantas trepadoras, con sus

campanillas blancas y azules, se enredaban en esta selva acuática

formando guirnaldas. La confusa maraña de raíces daba una apariencia

de solidez á los macizos de cañas. En el callejón, el agua mostraba

en su fondo extrañas vegetaciones que subían hasta la superficie,

no sabiéndose en ciertos momentos si navegaban los barquitos ó se

arrastraban sobre campos verdosos cubiertos por un débil cristal.

El silencio de la mañana era profundo en este rincón de la Albufera,

que aún parecía más salvaje á la luz del sol: de vez en cuando un

chillido de pájaro en la espesura; un ruido de burbujas en el agua,

delatando la presencia de bichos ocultos entre las viscosidades del

fondo.

Don Joaquín preparaba la escopeta, esperando que pasasen los pájaros

de un lado á otro del espeso carrizal.

--_Tonet, dona una vòlta_--ordenó el viejo.

Y el _Cubano_ salió con su barquito á toda percha para rodar en

torno de la _mata_, sacudiendo las cañas á fin de que, asustados los

pájaros, se trasladasen de una punta á otra del carrizal.

Tardó más de diez minutos en dar la vuelta al cañar. Cuando volvió al

lado de su abuelo ya disparaba don Joaquín contra los pájaros que,

inquietos y asustados, cambiaban de guarida, pasando por el espacio

descubierto.

Asomábanse las pollas á aquel callejón desprovisto de cañas, que

dejaba su paso al descubierto. Dudaban un momento en arriesgarse,

pero por fin, unas volando y las otras á nado, pasaban la vía de

agua, y en el mismo momento alcanzábalas el disparo del cazador.

En este espacio angosto el tiro era seguro, y don Joaquín gozaba las

satisfacciones de un gran tirador, viendo la facilidad con que abatía

las piezas. La _Centella_ se arrojaba del barquito, alcanzaba á nado

los pájaros, todavía vivos, y los traía con expresión triunfante

hasta las manos del cazador. La escopeta del tío _Paloma_ no estaba

inactiva. El viejo tenía empeño en halagar al parroquiano, adulándole

á tiros, como era su costumbre. Cuando veía un pájaro próximo á

escapar, disparaba, haciendo creer al burgués que era él quien lo

había derribado.

Pasó á nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don Joaquín

y el tío _Paloma_, desapareció en el carrizal.

--_¡Va ferida!_--gritó el viejo barquero.

El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las

cañas, sin que pudiesen recogerla...

--_¡Búscala, Sentella!... ¡Búscala!_--gritó Tonet á su perra.

_Centella_ se arrojó de la barca, lanzándose en el carrizal con gran

estrépito de las cañas, que se abrían á su paso.

Tonet sonreía, seguro del éxito: la perra traería el pájaro. Pero

el abuelo mostraba cierta incredulidad. Aquellas aves las herían en

una punta de la Albufera, y como ganasen el cañar, iban á morir al

extremo opuesto. Además, la perra era una antigualla como él. En

otros tiempos, cuando la compró _Cañamèl_, valía cualquier cosa, pero

ahora no había que confiar en su olfato. Tonet, despreciando las

opiniones de su abuelo, se limitaba á repetir:

--_¡Ya vorá vosté!... ¡Ya vorá vosté!_

Se oía el chapoteo de la perra en el fango del carrizal, tan pronto

inmediato como lejano, y los hombres seguían en el silencio de la

mañana sus interminables evoluciones, guiándose por el chasquido de

las cañas y el rumor de la maleza rompiéndose ante el empuje de la

vigorosa bestia. Después de algunos minutos de espera la vieron salir

del carrizal, con aspecto desalentado y los ojos tristes, sin llevar

nada en la boca.

El viejo barquero sonreía triunfante. ¿Qué decía él?... Pero Tonet,

creyéndose en ridículo, apostrofaba á la perra, amenazándola con el

puño para que no se aproximara á la barca.

--_¡Búscala!... ¡Búscala!_--volvió á ordenar con imperio al pobre

animal.

Y otra vez se metió entre los carrizos, moviendo la cola con

expresión de desconfianza.

Ella encontraría el pájaro. Lo afirmaba Tonet, que la había hecho

realizar trabajos más difíciles. De nuevo sonó el chapoteo del

animal en la selva acuática. Iba de una parte á otra con indecisión,

cambiando á cada momento de pista, sin confianza en sus desordenadas

carreras, sin osar mostrarse vencida, pues tan pronto como tornaba

hacia las barcas, asomando su cabeza entre las cañas, veía el puño

del amo y oía el _¡búscala!_ que equivalía á una amenaza.

Varias veces volvió á husmear la pista, y al fin se alejó tanto en

sus invisibles carreras, que los cazadores dejaron de oir el ruido de

sus patas.

Un ladrido lejano, repetido varias veces, hizo sonreír á Tonet. ¿Qué

tal? Su vieja compañera podría tardar, pero nada se le escapaba.

La perra seguía ladrando lejos, muy lejos, con expresión desesperada,

pero sin aproximarse. El _Cubano_ silbó.

--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._

Comenzó á oirse su chapoteo cada vez más próximo. Se acercaba

tronchando cañas, abatiendo hierbas, con gran estrépito de agua

removida. Por fin apareció con un objeto en la boca, nadando

penosamente.

--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._--seguía gritando Tonet.

Pasó junto á la barca del abuelo, y el cazador se llevó la mano á los

ojos, como si le hiriese un relámpago.

--_¡Mare de Deu!_--gimió aterrado, mientras la escopeta se le iba de

las manos.

Tonet se irguió, con la mirada loca, estremecido de pies á cabeza,

como si el aire faltase de pronto en sus pulmones. Vió junto á la

borda de su barca un lío de trapos, y en él algo lívido y gelatinoso

erizado de sanguijuelas: una cabecita hinchada, deforme, negruzca,

con las cuencas vacías y colgando de una de ellas el globo de un

ojo: todo tan repugnante, tan hediondo, que parecía entenebrecer

repentinamente el agua y el espacio, haciendo que en pleno sol cayese

la noche sobre el lago.

Levantó la percha con ambas manos, y fué tan tremendo el golpe, que

el cráneo de la perra crujió como si se rompiese, y el pobre animal,

dando un aullido, se hundió con su presa en las aguas arremolinadas.

Después miró con ojos extraviados á su abuelo, que no adivinaba lo

ocurrido, al pobre don Joaquín, que parecía anonadado por el terror,

y perchando instintivamente, salió disparado cual una flecha por la

vía de agua, como si se incorporase el fantasma del remordimiento,

adormecido durante una semana, y corriera tras él, rasgándole la

espalda con sus uñas implacables.

X

Su carrera fué corta. Al salir á la Albufera vió cerca algunas

barcas, oyó gritos de los que las tripulaban y quiso ocultarse con el

rubor del que se ve desnudo ante gentes extrañas.

El sol parecía herirle: la inmensa superficie del lago le causaba

miedo; necesitaba agazaparse en un rincón obscuro, no ver, no oir; y

viró, volviendo á meterse en los carrizos.

No fué muy lejos. La proa del barquito se hundió entre las cañas,

y el miserable, soltando la percha, se dejó caer en el fondo de la

embarcación con la cabeza oculta entre las manos. Por mucho tiempo

callaron los pájaros, cesaron los ruidos en el carrizal, como si la

vida oculta entre las cañas callase, aterrada por un rugido salvaje,

un lamento entrecortado, que parecía el hipo de un moribundo.

El miserable lloraba. Después del embrutecimiento, que le había

conservado en completa insensibilidad, el crimen levantábase ante

él, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si acabase de

cometerlo. Cuando creía próximo á borrarse para siempre el recuerdo

de su delito, la fatalidad lo hacía renacer, lo paseaba ante sus

ojos, ¡y en qué forma!

El remordimiento resucitaba en él los instintos de padre, muertos

desde aquella noche fatal. El horror le hacía sentir su delito con

cruel intensidad. Aquella carne abandonada á los reptiles del lago

era carne suya; aquella envoltura de materia, vivero de sanguijuelas

y gusanos, era el fruto de sus arrebatos apasionados, de su amor

insaciable en el silencio de la noche.

La enormidad del crimen le abrumaba. Nada de excusas: no debía buscar

pretextos como otras veces para seguir adelante. Era un miserable,

indigno de vivir: una rama seca del árbol de los _Palomas_, siempre

recto, siempre vigoroso, con aspereza salvaje, pero sano en medio de

su aislamiento. La mala rama debía desaparecer.

Su abuelo tenía razón al despreciarlo. Su padre, su pobre padre, al

que ahora contemplaba con la grandeza de los santos, hacía bien en

repelerle como un brote infame de su existencia. La infeliz _Borda_,

con su vergonzoso origen, era más hija de los _Palomas_ que él.

¿Qué había hecho durante su vida? Nada; su voluntad sólo tenía

fuerzas para huir del trabajo. El desdichado _Sangonera_ había

sido mejor que él: solo en el mundo, sin familia, sin necesidades

en su dura existencia de vagabundo, podía vivir inactivo, con la

dulce inconsciencia de los pájaros. Pero él, devorado por ardorosos

apetitos, huyendo egoístamente del deber, había querido ser rico,

vivir descansado, siguiendo tortuosas sendas, despreciando los

consejos de su padre, que adivinaba el peligro; y de la pereza sin

dignidad, había venido á caer en el crimen.

Le espantaba su delito. Su conciencia de padre arañábale al

despertar, pero aún sufría de una herida mayor y más sangrienta. La

soberbia viril, aquel afán de ser fuerte y dominar á los hombres por

el arrojo, le hacía sufrir el tormento más cruel. Veía en lontananza

el castigo, el presidio, ¡quién sabe si el _carafalet_, última

apoteosis del hombre-bestia! Todo lo aceptaba, pues al fin, para los

hombres se había hecho; pero por algo digno de un ser fuerte, por

reñir, por matar cara á cara, tinto en sangre hasta los codos, con la

locura salvaje del ser humano que se trueca en fiera... ¡Pero matar

á un recién nacido sin otra defensa que su llanto! ¡Confesar ante el

mundo que él, el valentón, el antiguo guerrillero, para caer en el

crimen sólo había osado asesinar á un hijo suyo!

Y lloraba, lloraba sintiendo, más que los remordimientos, la

vergüenza de su cobardía y el despecho por su vileza.

En las tinieblas de su pensamiento brillaba como un punto de luz

cierta confianza en sí mismo. Él no era malo. Tenía la buena sangre

de su padre. Su delito era el egoísmo; la voluntad débil, que le

había hecho apartarse de la lucha por la vida. La perversa era

Neleta, aquella fuerza superior que le encadenaba, aquel egoísmo

férreo que arrollaba el suyo, plegándolo á todos sus contornos como

una vestidura dúctil. ¡Ay, si no la hubiese conocido! ¡Si al volver

de tierras lejanas no hubiera encontrado fijos en él los ojos glaucos

que parecían decirle: «Tómame; ya soy rica; he realizado la ilusión

de mi vida; ahora me faltas tú»!

Ella había sido la tentación; el impulso que le arrojó en la sombra;

el egoísmo y la codicia con careta del amor que le guiaron hasta

el crimen. Por conservar migajas de su fortuna, no vacilaba ella

en abandonar un trozo de sus entrañas; y él, esclavo inconsciente,

completaba la obra aniquilando su propia carne.

¡Cuán miserable le parecía su existencia! Pasaba confusamente por

su memoria la vieja tradición de la _Sancha_, aquel cuento de la

serpiente que repetían las generaciones en las riberas del lago.

Él era como el pastor de la leyenda: había acariciado de pequeña á

la serpiente, la había alimentado, prestándola hasta el calor de

su cuerpo; y al volver de la guerra asombrábase viéndola grande,

poderosa, embellecida por el tiempo, mientras ella se le enroscaba

con un abrazo fatal, causándole la muerte con sus caricias.

Su serpiente estaba en el pueblo, como la del pastor en el llano

salvaje. Aquella _Sancha_ del Palmar, desde su asiento de la taberna,

era la que le mataba con los anillos inflexibles del crimen.

No quería volver al mundo. Imposible vivir entre gentes: no podría

mirarlas: vería en todas partes la cabecita deforme, hinchada,

monstruosa, con sus cuencas profundas devoradas por los gusarapos.

Sólo al pensar en Neleta un velo de sangre pasaba por sus ojos, y en

medio de su arrepentimiento alzábase el deseo homicida, el impulso de

matar á la que consideraba ahora como su enemiga implacable... ¿Para

qué un nuevo crimen?

Allí, en la soledad, lejos de toda mirada, se sentía mejor, y allí

quería quedarse.

Además, un miedo absorbente surgía en él con toda la fuerza del

egoísmo, única pasión de su vida. Tal vez á aquellas horas circulaba

por el Palmar la noticia del horrible suceso. Su abuelo callaría,

pero aquel extraño venido de la ciudad no tenía por qué guardar

silencio. Buscarían, averiguarían, vendrían los tricornios charolados

desde la huerta de Ruzafa; él no tendría valor para sostener las

miradas, no sabría mentir; confesaría el crimen, y su padre, aquel

trabajador puro ante Dios, moriría de vergüenza... Y si lograba

encerrarse en su mentira salvando la cabeza, ¿qué ganaba en ello?

¿había de volver á los brazos de Neleta, á verse oprimido otra vez

por los anillos del reptil?... No; todo había acabado. Era la mala

rama, y debía caer; no obstinarse en seguir, muerto y sin jugo,

agarrado al árbol, paralizando su vida.

Ya no lloraba. Con un supremo esfuerzo de su voluntad salió del

doloroso ensimismamiento.

Caída en la proa de la barca estaba la escopeta de _Cañamèl_. Tonet

la miró con expresión irónica. ¡Bien reiría el tabernero si le viese!

Por primera vez, el parásito engordado á su sombra iba á emplear para

una acción buena algo de lo que le había usurpado.

Con tranquilidad de autómata se descalzó un pie, arrojando lejos la

alpargata. Montó las dos llaves de la escopeta, y desabrochándose la

blusa y la camisa, se inclinó sobre el arma hasta apoyar en el doble

cañón su pecho desnudo.

El pie descalzo subió dulcemente á lo largo de la culata buscando

los gatillos, y una doble detonación conmovió con tanta fuerza el

carrizal, que de todos lados salieron revoloteando las aves, locas de

miedo.

* * * * *

El tío _Paloma_ no volvió al Palmar hasta la caída de la tarde.

Había dejado en el Saler á su cazador, que deseaba cuanto antes salir

del lago y llegar á la ciudad, jurando no volver á aquellos sitios.

¡En dos viajes dos desgracias! La Albufera sólo guardaba para él

sorpresas terribles. La última le iba á costar una enfermedad. El

tranquilo ciudadano, padre de numerosa prole, no podía apartar de

su memoria el lúgubre envoltorio que había pasado ante sus ojos.

Seguramente que al llegar á su casa tendría que meterse en cama

pretextando cualquier dolencia. La sorpresa le había conmovido

profundamente.

El mismo cazador aconsejaba al tío _Paloma_ una reserva absoluta.

¡Que no se le escapase una palabra! Nada habían visto. Debía

recomendar el silencio á su pobre nieto, fugitivo, sin duda, por la

impresión de la terrible sorpresa. El lago había vuelto á tragarse el

secreto, y sería una candidez que ellos hablasen, sabiendo cómo marea

la justicia á los inocentes cuando cometen la tontería de ir en su

busca. Los hombres honrados deben evitar todo contacto con la ley...

Y el pobre señor, después de desembarcar en tierra firme, no se metió

en su tartana hasta que el barquero, cada vez más pensativo, le juró

varias veces que sería mudo.

Cuando, al anochecer, llegó el tío _Paloma_ al Palmar, amarró frente

á la taberna los dos barquitos en que habían salido por la mañana.

Neleta, derecha tras el mostrador, buscó en vano á Tonet con su

mirada.

El viejo adivinó.

--_No’l esperes_--dijo con voz fosca--. _No tornará més._

Y con acento reconcentrado le preguntó si se sentía mejor, hablando

de la palidez de su rostro con una intención que hizo estremecerse á

Neleta.

La tabernera adivinó inmediatamente que el tío _Paloma_ conocía su

secreto.

--_Pero ¿y Tonet?_--volvió á preguntar con voz angustiosa.

El viejo hablaba volviendo los ojos, como si deseara no verla, para

conservar su forzada calma. Tonet no volvería más. Había huído lejos,

muy lejos: á un país de donde nunca se vuelve. Era lo mejor que podía

haber hecho... Así todo quedaba arreglado y en el misterio.

--_¿Pero vosté?... ¿vosté?..._--gimió Neleta con angustia, temiendo

que el viejo hablase.

El tío _Paloma_ callaría. Lo afirmó golpeándose el pecho. Despreciaba

á su nieto, pero tenía interés en que nada se supiera. El nombre de

los _Palomas_, después de siglos de honrado prestigio, no estaba para

ser arrastrado por un perezoso y una perra.

--_¡Plòra, gosa, plòra!_--decía el barquero con irritación.

Debía llorar toda su vida, ya que era la perdición de una familia.

¡Que conservase su dinero! No sería él quien viniera á pedírselo á

cambio del silencio... Y si quería saber dónde estaba su amante,

dónde su hijo, no tenía más que mirar al lago. La Albufera, madre de

todos, guardaría el secreto con tanta fidelidad como él.

Neleta quedó aterrada por esta revelación; pero aun en medio de su

inmensa sorpresa miraba con inquietud al viejo, temiendo por su

porvenir al verlo confiado al mutismo del tío _Paloma_.

El viejo se golpeó una vez más el pecho. ¡Que viviese feliz y gozase

su riqueza! Él callaría siempre.

La noche fué lúgubre en la barraca de los _Palomas_. Á la luz

moribunda del candil, el abuelo y el padre, sentados frente á frente,

hablaron mucho tiempo, con su gravedad de seres distanciados por el

carácter, que sólo podían aproximarse á impulsos de la desgracia.

El tío _Paloma_ no usó de paliativos para dar la noticia. Había

visto al chico muerto, con el pecho destrozado por dos cargas de

perdigones, hundido en el barro de la _mata_ con los pies fuera del

agua, junto al barquito abandonado. El tío Tòni apenas pestañeó. Sólo

sus labios se apretaron convulsivamente, y con las manos crispadas se

arañó las rodillas.

Un lamento prolongado, estridente, salió del ángulo obscuro de la

barraca donde estaba la cocina, como si en esta lobreguez degollasen

á alguien. Era la _Borda_ que gemía, aterrada por la noticia.

--_¡Silènsi, chiqueta!_--gritó imperiosamente el viejo.

--_¡Calla, calla!_--dijo el padre.

Y la infeliz sollozó sordamente, oprimida en su dolor por la firmeza

de aquellos dos hombres de férrea voluntad, que, al ser mordidos por

la desgracia, permanecían con exterior impasible, sin la más leve

emoción en los ojos.

El tío _Paloma_ relataba lo ocurrido á grandes rasgos; la aparición

de la perra con su horrible presa, la fuga de Tonet: después,

á la vuelta del Saler, su minuciosa exploración por la _mata_,

presintiendo una desgracia, y su hallazgo del cadáver. Él lo

adivinaba todo. Recordaba la desaparición de Tonet la víspera de

la tirada; la palidez y el desfallecimiento de Neleta; su aspecto

de enferma después de aquella noche, y con su astucia de viejo

reconstruía el parto doloroso en el silencio nocturno, con el terror

á ser oída por los vecinos, y después el infanticidio, un crimen que

le hacía despreciar á Tonet, más por cobarde que por criminal.

El viejo, después de soltar su secreto, se sentía aliviado. Á

su tristeza sucedía la indignación. ¡Miserables! Aquella Neleta

resultaba una perra ardorosa que había perdido al muchacho,

empujándolo al crimen por conservar su dinero; pero Tonet era

cobarde dos veces, y más que por su delito, renegaba de él viendo

que se mataba, loco de miedo, ante las consecuencias. El _señor_ se

disparaba dos tiros antes que dar la cara: encontraba más cómodo

desaparecer que pagar su falta, sufriendo el castigo. Siempre huyendo

de la obligación, buscando las sendas fáciles por miedo á la lucha.

¡Qué tiempos, Cristo! ¿Qué juventud era aquella?...

Su hijo apenas le escuchaba. Seguía inmóvil, anonadado por la

desgracia, y doblaba la cabeza, como si las palabras de su padre

fuesen un golpe que le abatía para siempre.

La Borda volvió á gemir.

--_¡Silènsi! ¡he dit silènsi!_--dijo con voz fosca el tío Tòni.

Á su pena inmensa, reconcentrada y muda, le molestaba que otros se

aliviasen con el llanto, mientras él, por su dureza de varón fuerte,

no podía desahogar el dolor en lágrimas.

El tío Tòni habló por fin. Su voz no temblaba, pero velábase con la

débil ronquera de la emoción.

La muerte vergonzosa de aquel desdichado era un final digno de

su conducta. Se lo había predicho: acabaría mal. Cuando se nace

pobre, la pereza es el crimen. Así lo ha arreglado Dios, y hay que

conformarse... Pero ¡ay! era su hijo... ¡su hijo! ¡la carne de su

carne! Su férrea rectitud de hombre honrado mostrábase insensible

ante la catástrofe; pero allá, dentro del pecho, sentía cierta

opresión, como si le hubieran arrancado parte de sus entrañas y

estuviesen á aquellas horas sirviendo de pasto á las anguilas de la

Albufera.

Quería verlo por última vez; ¿le entendía su padre?... Quería tenerle

en sus brazos, como de pequeño, cuando lo adormecía cantándole que el

_pare_ trabajaba para hacerle labrador rico, dueño de muchos campos.

--_¡Pare... pare!_--decía con voz angustiosa al tío _Paloma_--.

_¿Ahón está?_

El viejo contestó indignado. Debían dejar las cosas como las había

arreglado la casualidad. Era una locura torcer su curso. Nada de

escándalos ni de levantar la punta del misterio. Así estaba bien:

oculto todo.

La gente, al no ver á Tonet, creería que había huído en busca de

aventuras y de vida regalada, como al marchar á América. El lago

conservaba bien sus secretos: transcurrían años antes que una persona

pasase por el sitio donde estaba el suicida. La vegetación de la

Albufera lo tapa todo. Además, si hablaban, si publicaban la muerte,

todos querrían saber más, intervendría la justicia, se averiguaría

la verdad, y en vez de un _Paloma_ desaparecido, cuya vergüenza sólo

conocían ellos, tendrían un _Paloma_ deshonrado que se daba muerte

por huir del presidio y tal vez del _carafalet_. No, Tono; lo decía

él con su autoridad de padre. Por unos cuantos meses de existencia

que le quedaban debía respetarle, no amargar sus últimos días con la

deshonra. Quería beber tranquilo con los demás barqueros, pudiendo

mirarlos cara á cara. Todo estaba bien: á callar, pues... Además,

si descubrían el cadáver no lo enterrarían en sagrado. Su crimen y

su suicidio le privaban de la misma sábana de tierra que los demás.

Mejor estaba en el agua, hundido en el barro, rodeado de cañas, como

último vástago maldito de una famosa dinastía de pescadores.

Excitado por los lloros de la _Borda_, el viejo la amenazaba. Debía

callar. ¿Es que quería perderlos?

La noche fué interminable, de un silencio trágico. El lóbrego

ambiente de la barraca parecía aún más denso, como si sobre él

proyectasen su sombra las alas negras de la desgracia.

El tío _Paloma_, con la insensibilidad del viejo duro y egoísta que

desea prolongar su vida, dormitaba en la silleta de esparto. Su hijo

pasaba las horas inmóvil, con los ojos desmesuradamente abiertos,

fijos en el oleaje de sombras que la trémula luz del candil trazaba

en la pared. La _Borda_, sentada en el fogón, sollozaba débilmente,

oculta en la sombra.

Hubo un momento en que el tío Tòni se estremeció, como si despertase.

Se irguió, fué á la puerta de la barraca, y abriéndola, miró al

cielo estrellado. Debían ser las tres. La calma de la noche pareció

penetrar en él, afirmando la resolución que acababa de surgir en su

voluntad.

Se aproximó al viejo y lo empujó, hasta despertarlo.

--_¡Pare... pare!_--dijo con voz suplicante--. _¿Ahón está?..._

El tío _Paloma_, medio dormido, protestó furioso. Debía dejarle en

paz. Aquello no tenía remedio. ¡Quería dormir, y ojalá no despertase

nunca!...

Pero el tío Tòni continuaba suplicando. Debía pensar que era

su nieto; él, que era el padre, no podría vivir mientras no lo

contemplase por última vez. Se lo imaginaría á todas horas en el

fondo del lago, corrompido por las aguas, devorado por las bestias,

sin la sepultura en tierra que alcanzaban los más miserables, hasta

aquel _Sangonera_, que vivió sin padre. ¡Ay! ¡trabajar sufriendo toda

la vida, para asegurar el pan al hijo único y abandonarlo después,

sin saber dónde está su tumba, como los perros muertos que se arrojan

en la Albufera! ¡No podía ser, padre! ¡era muy cruel! Jamás tendría

valor para navegar en el lago, pensando que tal vez su barca pasaba

sobre el cadáver del hijo.

--_¡Pare... pare!_--imploraba moviendo al viejo casi dormido.

El tío _Paloma_ se irguió, como si fuese á pegarle. ¿Quería dejarlo

en paz?... ¿Buscar él otra vez á aquel cobarde?... ¡Que le dejasen

dormir! No quería revolver el barro, con peligro de hacer pública la

deshonra de su familia.

--_Pero... ¿ahón está?_--preguntaba ansioso el padre.

Él iría solo; pero ¡por Dios! debía decirle el sitio. Si el abuelo

no hablaba, sentíase capaz de pasar el resto de la vida registrando

el lago, aunque hiciera público su secreto.

--_En la mata del Bolodró_--dijo por fin el viejo--. _Te costará

d’encontrar._

Y cerró los ojos, inclinando la cabeza para reanudar aquel sueño del

que no quería salir.

El tío Tòni hizo un gesto á la _Borda_. Cogieron sus azadones de

enterradores, sus perchas de barqueros, los agudos tridentes que

servían para la pesca de las piezas gruesas, encendieron un farol en

la luz del candil, y en el silencio de la noche atravesaron el pueblo

para embarcarse en el canal.

El negro barquito, con el farol en la proa, pasó toda la noche

evolucionando por el interior de los carrizales. Veíasele como una

estrella roja errando á través de las cañas.

Cerca del amanecer la luz se apagó. Habían encontrado el cadáver,

después de dos horas de busca angustiosa; tal como lo vió el abuelo,

con la cabeza hundida en el barro, los pies fuera del agua y el pecho

convertido en una masa sanguinolenta, destrozado á boca de jarro por

la metralla de los cartuchos de caza.

Lo recogieron con sus tridentes del fondo del agua. El padre, al

clavar su _fitora_ en aquel bulto blanducho, izándolo á la barca con

sobrehumano esfuerzo, creyó que la hundía en su propio pecho.

Después fué la marcha lenta, angustiosa, mirando á todos lados,

como criminales que temen ser sorprendidos. La _Borda_, siempre

sollozante, perchaba en la proa: el padre ayudábala en el otro

extremo de la barca; y entre estas dos figuras rígidas, que

recortaban su negra silueta en la difusa luz de la noche estrellada,

yacía tendido el cadáver del suicida.

Abordaron á los campos del tío Tòni, aquel suelo artificial, formado

espuerta sobre espuerta, á fuerza de puños, con una tenacidad loca.

El padre y la _Borda_, cogiendo el cadáver, lo descendieron

cuidadosamente á tierra, como si fuese un enfermo que podía

despertar. Después, con sus azadones de enterradores infatigables,

comenzaron á abrir una fosa.

Una semana antes aún traían tierra allí desde todos los extremos del

lago. Ahora la quitaban para ocultar la deshonra de la familia.

Comenzaba á amanecer cuando bajaron el cadáver al fondo de la fosa,

que rezumaba agua por todos lados. Una luz fría y azulada extendíase

sobre la Albufera, dando á su superficie el duro reflejo del acero.

Por el espacio gris pasaban en triángulo las primeras bandadas de

pájaros.

El tío Tòni miró por última vez á su hijo. Después volvió la espalda,

como si le avergonzasen las lágrimas que rompían por fin la dureza de

sus ojos.

Su vida estaba terminada. ¡Tantos años de batalla con el lago,

creyendo que formaba una fortuna, y preparando, sin saberlo, la tumba

de su hijo!...

Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.

Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones: ahora,

cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el

hijo, el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.

La tierra cumpliría su misión: crecería la cosecha como un mar de

espigas cobrizas sobre el cadáver de Tonet. Pero á él... ¿qué le

restaba que hacer en el mundo?

Lloró el padre contemplando el vacío de su existencia; la soledad que

le esperaba hasta la muerte, lisa, monótona, interminable, como aquel

lago que brillaba ante sus ojos, sin una barca que cortase su rasa

superficie.

Y mientras el lamento del tío Tòni rasgaba como un alarido de

desesperación el silencio del amanecer, la _Borda_, viendo de

espaldas á su padre, inclinóse al borde de la fosa y besó la

lívida cabeza con un beso ardiente, de inmensa pasión, de amor sin

esperanza, osando, ante el misterio de la muerte, revelar por primera

vez el secreto de su vida.

Cañas y barro: Novela · 第 14 / 15 题