El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado á
la pericia de _Sangonera_.
Antes de amanecer, al clavar el puesto, el prudente burgués tuvo que
implorar el auxilio de algunos barqueros, que rieron mucho viendo el
nuevo oficio del vagabundo.
Con la presteza de la costumbre clavaron tres estacas en el fondo
fangoso de la Albufera y colocaron, apoyado en ellas, el enorme
tanque que había de servir de refugio al cazador. Después rodearon de
cañas el puesto para engañar á las aves y que se acercaran confiadas,
creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua. Para
ayudar á este engaño, en torno del puesto flotaban los _bots_: unas
cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho que, con las
ondulaciones del lago, movíanse á flor de agua. De lejos causaban la
impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de
las cañas.
_Sangonera_, satisfecho de haberse librado de todo trabajo, invitó
al amo á ocupar el puesto. Él se alejaría en el barquito á cierta
distancia para no espantar la caza, y cuando llevase muertas varias
fúlicas, no tenía más que gritar, é iría á recogerlas sobre el agua.
--_¡Vaya!... ¡bòna sòrt, don Joaquín!_
El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de
ser útil, que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por
las torpezas anteriores. Estaba bien: él le llamaría tan pronto como
tumbase un pájaro. Para no aburrirse durante la espera, podía ir
dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones. La señora le
había pertrechado con tanta abundancia como si fuese á dar la vuelta
al mundo.
Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados, á más
de abundantes panes, una cesta de fruta y una gran bota de vino.
El hocico de _Sangonera_ tembló de emoción viendo confiado á su
prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche
anterior. No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se
trataba el parroquiano. ¡Gracias, don Joaquín! Ya que era tan bueno
y le invitaba á mojar, se permitiría alguna ligera _sucaeta_ para
entretener el tiempo. Una mojadita nada más.
Y alejándose del puesto, se situó al alcance de la voz del cazador,
encogiéndose después en el fondo del barquito.
Había amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera,
agrandados por el eco del lago. Apenas si se veían sobre el cielo
gris las bandas de pájaros, que levantaban el vuelo espantados
por el estruendo de las descargas. Bastaba que en su veloz aleteo
descendiesen un poco, buscando el agua, para que inmediatamente una
nube de plomo cayese sobre ellos.
Al quedar don Joaquín solo en su puesto, no pudo evitar una emoción
semejante al miedo. Se veía aislado en medio de la Albufera, dentro
de un pesado cubo, sin otro sostén que unas estacas, y temía moverse,
con la sospecha de que todo aquel catafalco acuático viniera abajo,
sepultándolo en el fango. El agua, con suaves ondulaciones, venía á
chocar en el borde de madera, á la altura de la barba del cazador, y
su continuo _chap-chap_ le causaba escalofríos. Si aquello se hundía,
pensaba don Joaquín, por pronto que llegase el barquero ya estaría en
el fondo con todo el peso de la escopeta, los cartuchos y aquellas
botas enormes, que le causaban insoportable picazón, hundidas en
la paja de arroz de que estaba atiborrado el cubo. Le ardían las
piernas, mientras sus manos estaban ateridas por el fresco del
amanecer y el frío glacial de la escopeta. ¿Y esto era divertirse?...
Comenzaba á encontrar pocos lances á un placer tan costoso.
¿Y los pájaros? ¿Dónde estaban aquellas aves que sus amigos cazaban
á docenas? Hubo un momento en que se revolvió impetuosamente en su
asiento giratorio, llevándose á la cara la escopeta con trémula
emoción. ¡Ya estaban allí!... Nadaban descuidadamente en torno del
puesto. Mientras él reflexionaba, casi adormecido por el fresco del
amanecer, habían llegado á docenas huyendo de los lejanos escopetazos
y nadaban junto á él con la confianza del que encuentra un buen
refugio. No tenía más que tirar á ciegas... ¡caza segura! Pero al
ir á hacer fuego, reconoció los _bots_, toda la banda de pájaros
de corcho que había olvidado por la falta de costumbre, y bajó la
escopeta, mirando en torno, con el temor de encontrar en la soledad
los ojos burlones de sus amigos.
Volvió á esperar. ¿Contra qué demonios tiraban aquellos cazadores
cuyas escopetas no cesaban de conmover la calma del lago?... Poco
después de salir el sol, don Joaquín pudo disparar por fin su arma
virgen. Pasaron tres pájaros casi á flor de agua. El novel cazador
hizo fuego temblando. Le parecían aquellas aves enormes, monstruosas,
verdaderas águilas agigantadas por la emoción. El primer tiro sirvió
para que avivasen aún más el vuelo, pero inmediatamente partió el
segundo, y una fúlica, plegando las alas, cayó después de varias
volteretas, quedando inmóvil sobre el agua.
Don Joaquín se levantó con tal ímpetu, que hizo temblar el puesto.
En aquel instante se consideraba superior á todos los hombres:
admirábase á sí mismo, adivinando en él una fiereza de héroe que
nunca había sospechado.
--_¡Sangonera!... ¡barquero!_--gritó con voz trémula de emoción--.
_¡Una!... ¡ya’n tenim una!_
Le contestó un gruñido casi ininteligible: una boca llena, atascada,
que apenas abría paso á las palabras... ¡Estaba bien! Ya iría á
recogerlas cuando fuesen más.
El cazador, satisfecho de su hazaña, volvió á ocultarse tras la
cortina de carrizos, seguro de que se bastaba él solo para acabar con
los pájaros del lago. Toda la mañana la pasó disparando, sintiendo
cada vez con más intensidad la embriaguez de la pólvora, el placer de
la destrucción. Tiraba y tiraba sin fijarse en distancias, saludando
con la escopeta á todos los pájaros que pasaban ante su vista, aunque
volasen cerca de las nubes. ¡Cristo! ¡Sí que era divertido aquello!
Y en estas descargas á ciegas, alguna vez tocaba su plomo á infelices
pájaros, que caían por obra de la fatalidad víctimas de una mano
torpe, después de haber escapado ilesos de los cazadores más hábiles.
Mientras tanto, _Sangonera_ permanecía invisible en el fondo de la
barca. ¡Qué día, _redeu_! El arzobispo de Valencia no estaría mejor
en su palacio que él en el barquito, sentado sobre la paja, con una
_pataca_ de pan en la mano y oprimiendo un puchero entre las piernas.
¡Que no le hablasen á él de las abundancias de casa de _Cañamèl_!
¡Miseria y presunción que únicamente podían deslumbrar á los pobres!
¡Los señores de la ciudad eran los que se trataban bien!...
Había comenzado por pasar revista á los tres pucheros, cuidadosamente
tapados con gruesas telas amarradas á la boca. ¿Cuál sería el
primero?... Escogió á la ventura, y abriendo uno se dilató su hocico
voluptuosamente con el perfume del bacalao con tomate. Aquello era
guisar. El bacalao estaba deshecho entre la pasta roja del tomate,
tan suave, tan apetitoso, que al tragar _Sangonera_ el primer
bocado creyó que le bajaba por la garganta un néctar más dulce que
el líquido de las vinajeras que tanto le tentaba en sus tiempos de
sacristán. ¡Con aquello se quedaba! No había por qué pasar adelante.
Quiso respetar el misterio de los otros dos pucheros; no desvanecer
las ilusiones que despertaban sus bocas cerradas, tras las cuales
presentía grandes sorpresas. ¡Ahora á lo que estábamos! Y metiendo
entre sus piernas el oloroso puchero, comenzó á tragar con sabia
calma, como quien tiene todo el día por delante y sabe que no
puede faltarle ocupación. Mojaba lentamente, pero con tal pericia,
que al introducir en el perol su mano armada de un pedazo de pan,
bajaba considerablemente el nivel. El enorme bocado ocupaba su boca,
hinchándole los carrillos. Trabajaban las mandíbulas con la fuerza
y la regularidad de una rueda de molino, y mientras tanto, sus ojos
fijos en el puchero exploraban las profundidades, calculando los
viajes que aún tendría que realizar la mano para trasladarlo todo á
su boca.
De vez en cuando arrancábase de esta contemplación. ¡Cristo! El
hombre honrado y trabajador no debe olvidar sus obligaciones en
medio del placer. Miraba fuera de la barca, y al ver aproximarse los
pájaros lanzaba su aviso:
--_¡Don Joaquín! ¡Per la part del Palmar!... ¡Don Joaquín! ¡Per la
part del Saler!_
Después de avisar al cazador por dónde venían las aves, sentíase
fatigado de tanto trabajo y daba un fuerte tentón á la bota de vino,
reanudando el mudo diálogo con el puchero.
Llevaba el amo derribadas unas tres _fòches_, cuando _Sangonera_ dejó
á un lado el perol casi vacío. En el fondo, adheridas á las paredes
de barro, quedaban unas cuantas hilachas. El vagabundo sintió el
llamamiento de su conciencia. ¿Qué iba á quedar para el amo si se lo
comía todo? Debía contentarse con una mojadita nada más. Y guardando
el puchero bajo la proa, cuidadosamente tapado, su curiosidad le
impulsó á abrir el segundo.
¡_Redeu_, qué sorpresa! Lomo de cerdo, longanizas, embutido del
mejor; todo frío, pero con un tufillo de grasa que conmovió al
vagabundo. ¡Cuánto tiempo que su estómago, habituado á la carne
blanca é insípida de las anguilas, no había sentido el peso de las
cosas buenas que se fabrican tierra adentro!... _Sangonera_ se
reprochó como una falta de respeto al amo despreciar el segundo
puchero. Sería tanto como manifestar que él, hambriento vagabundo,
no se enternecía ante las buenas cosas que guisaban en casa de don
Joaquín. Por una mojada más ó menos no iba á enfadarse el cazador.
Y otra vez volvió á acomodarse en el fondo de la barca, con las
piernas cruzadas y el puchero entre ellas. _Sangonera_ se estremecía
voluptuosamente al tragar los bocados: cerraba los ojos para apreciar
mejor su lento descenso al estómago. ¡Qué día, Señor, qué gran
día!... Parecíale que mascaba por primera vez en toda la mañana.
Ahora miraba con desprecio el primer puchero, metido bajo la proa.
Aquel guiso era bueno como entretenimiento, para engañar el estómago
y divertir las mandíbulas. Lo bueno era esto; las morcillas, la
longaniza, el lomo apetitoso que se deshacía entre los dientes,
dejando tal sabor, que la boca buscaba otro pedazo, y otro después,
sin tener nunca bastante.
Al ver la facilidad con que se vaciaba el segundo puchero,
_Sangonera_ sentía afán por servir al amo, cumpliendo minuciosamente
sus obligaciones, y siempre con las mandíbulas ocupadas, miraba á
todos lados, lanzando unos gritos que parecían mugidos:
--_¡Per la part del Saler!... ¡Per la part del Palmar!_
Para que no se formase un tapón en su garganta, apenas si dejaba
quieta la bota. Bebía y bebía de aquel vino, mucho mejor que el de
Neleta; y el rojo líquido parecía excitar su apetito, abriendo nuevas
simas en el estómago sin fondo. Sus ojos brillaban con el fuego de
una embriaguez feliz; su cara, en fuerza de colorearse, tomaba un
tinte violáceo, y los eructos ruidosos le conmovían de pies á cabeza.
Con sonrisa placentera se golpeaba el hinchado vientre.
--_¡Eh! ¿qué tal? ¿cóm va això?_--preguntaba á su estómago, como si
fuese un amigo, dándole palmadas.
Y su embriaguez era más dulce que nunca: una embriaguez de hombre
bien comido que bebe en plena digestión: no la borrachera triste y
lóbrega que le acometía en su miseria cuando arrojaba copas y copas
en el estómago vacío, encontrando en las riberas del lago gentes que
le convidaban siempre á beber, pero nadie que le ofreciera un pedazo
de pan.
Sumíase en su borrachera sonriente, sin dejar por esto de comer. La
Albufera la veía de color de rosa. El cielo, de un azul luminoso,
parecía rasgarse con una sonrisa igual á aquella que le acarició
una noche en el camino de la Dehesa. Únicamente veía negro, con la
lobreguez de una tumba vacía, el puchero que guardaba entre las
piernas. Se lo había comido todo. Ni restos quedaban del embutido.
Quedó como aterrado un momento por su voracidad. Pero después su
apetito le dió risa, y para pasar la amargura de la falta, empinó la
bota largo rato.
Reía á carcajadas pensando en lo que dirían en el Palmar al conocer
su hazaña, y con el deseo de completarla, probando todos los víveres
de don Joaquín, destapó el tercer puchero.
_¡Rediel!_ Dos capones atascados entre las paredes de barro, con la
piel dorada y chorreando grasa: dos adorables criaturas del Señor,
sin cabeza, con los muslos unidos al cuerpo por varias vueltas de
tostado bramante y la pechuga saliente y blanca como la de una
señorita. ¡Si no metía mano á aquello no era hombre! ¡Aunque don
Joaquín le soltase un escopetazo!... ¡Cuánto tiempo que no probaba
tales golosinas! No había comido carne desde la época en que servía
de perro á Tonet y cazaban por bravura en la Dehesa. Pero pensando en
la carne estoposa y áspera de los pájaros del lago, aumentábase el
placer con que devoraba las blancas fibras de los capones, la piel
dorada, que crujía entre sus dientes mientras chorreaba la grasa por
la comisura de sus labios.
Comía como un autómata, con la voluntad tenaz de tragar y tragar,
mirando ansiosamente lo que quedaba en el fondo del puchero, como si
estuviera empeñado en una apuesta.
De vez en cuando sentía arrebatos infantiles: deseos de ebrio, de
alborotar y hacer jugarretas. Cogía manzanas del cesto de la fruta y
las arrojaba contra los pájaros que volaban lejos, como si pudiera
alcanzarlos.
Sentía hacia don Joaquín una gran ternura por la felicidad que le
había proporcionado; deseaba tenerle cerca para abrazarlo; le hablaba
de tú con tranquila insolencia, y sin que se viera un ave en el
horizonte, bramaba con mugido interminable:
--_¡Chimo! ¡Chimo!... ¡Tira... que t’entren!_
En vano se revolvía el cazador mirando á todas partes. No se veía un
pájaro. ¿Qué quería aquel loco? Lo que debía hacer era aproximarse
para recoger las fúlicas muertas que flotaban en torno del puesto.
Pero _Sangonera_ volvía á encogerse en la barca sin obedecer el
mandato. ¡Tiempo quedaba! ¡Ya iría después! ¡Que matase mucho era su
deseo!... En su afán de probarlo todo, destapaba ahora las botellas,
gustando tan pronto el ron como la absenta pura, mientras la Albufera
comenzaba á obscurecerse para él en pleno sol y sus piernas parecían
clavarse en las tablas de la barca sin fuerzas para moverse.
Á mediodía, don Joaquín, hambriento y deseoso de salir de aquel cubo
que le obligaba á permanecer inmóvil, llamó al barquero. En vano
sonaba su voz en el silencio.
--_¡Sangonera!... ¡Sangonera!_
El vagabundo, con la cabeza por encima de la borda, le miraba
fijamente, repitiendo que iba en seguida: pero continuaba inmóvil,
como si no lo llamasen á él. Cuando el cazador, rojo de tanto gritar,
le amenazaba con un escopetazo, hizo un esfuerzo, se puso en pie
tambaleando, buscó la percha por toda la barca teniéndola junto á sus
manos, y por fin comenzó á aproximarse lentamente.
Al saltar don Joaquín al barquito pudo estirar sus piernas,
entumecidas por tantas horas de espera. El barquero, por su mandato,
comenzó á recoger los pájaros muertos; pero lo hacía á tientas, como
si no los viese, echando el cuerpo fuera con tanto ímpetu, que
varias veces hubiese caído al agua á no sostenerlo el amo.
--_¡Malaít!_--exclamaba el cazador--. _¿Es que estás borracho?_
Pronto tuvo la explicación examinando sus provisiones ante la mirada
estúpida de _Sangonera_. ¡Los pucheros vacíos; la bota arrugada y
mustia; las botellas abiertas; de pan sólo algunos mendrugos, y la
cesta de la fruta podía volcarse sobre el lago sin miedo á que cayera
nada!
Don Joaquín sintió deseos de levantar la culata de su escopeta sobre
el barquero, pero pasado este impulso, quedóse contemplándolo con
asombro. ¿Aquel destrozo lo había hecho él solo?... ¡Vaya un modo
de dar mojaditas que tenía el bigardo! ¿Dónde se había metido tanta
cosa?... ¿Podía caber en estómago humano?...
Pero _Sangonera_, oyendo al enfurecido cazador, que lo llamaba pillo
y sinvergüenza, sólo sabía contestar con voz quejumbrosa:
--_¡Ay don Joaquín!... ¡Estic mal! ¡Molt mal!..._
Sí que se sentía mal. No había más que ver su cara amarillenta, sus
ojos que en vano pugnaban por abrirse, sus piernas que no podían
sostenerse erguidas.
Enfurecido el cazador, iba á golpear á _Sangonera_, cuando éste se
desplomó en el fondo del barquito, clavándose las uñas en la faja
como si quisiera abrirse el vientre. Encorvábase hecho una pelota,
con dolorosas convulsiones que crispaban su cara, dando á los ojos
una vidriosa opacidad.
Gemía y al mismo tiempo arqueábase con profundas convulsiones,
pugnando por arrojar del cuerpo el prodigioso atracón, que parecía
asfixiarle con su peso.
El cazador no sabía qué hacer, y otra vez encontraba enojoso su viaje
á la Albufera. Tras media hora de juramentos, cuando ya se creía
condenado á coger la percha y emprender por sí mismo la marcha hacia
el Saler, se apiadaron de sus gritos unos labradores de los que
cazaban sueltos por el lago.
Reconocieron á _Sangonera_ y adivinaron su mal. Era un atracón de
muerte: aquel vagabundo debía acabar así.
Movidos por esa fraternidad de las gentes del campo, que les impulsa
á prestar ayuda hasta á los más humildes, cargaron á _Sangonera_ en
su barca para llevarlo al Palmar, mientras uno de ellos se quedaba
con el cazador, satisfecho de servirle de barquero á cambio de
disparar su escopeta.
Á media tarde vieron las mujeres del Palmar caer al vagabundo en la
orilla del canal, con la inercia de un fardo.
--_¡Pillo!... ¡Alguna borrachera!_--gritaban todas.
Pero los buenos hombres que hacían la caridad de llevarlo en alto
como un muerto hasta su mísera barraca movían la cabeza tristemente.
No era sólo embriaguez, y si el vago escapaba de aquélla, bien podía
decirse que su carne era de perro. Relataban aquel atragantamiento
portentoso que le ponía á morir, y las gentes del Palmar reían
asombradas, sin ocultar al mismo tiempo su satisfacción, contentas de
que uno de los suyos demostrase tan inmenso estómago.
¡Pobre _Sangonera_! La noticia de su enfermedad circuló por todo
el pueblo, y las mujeres fueron en grupos hasta la puerta de
la barraca, asomándose á este antro, del que todos huían antes.
_Sangonera_, tendido en la paja, con los ojos vidriosos fijos en
el techo y la cara de color de cera, se estremecía, rugiendo de
dolor, como si le desgarraran las entrañas. Expelía en torno de él
nauseabundos arroyos de líquidos y alimentos á medio masticar.
--_¿Cóm estás, Sangonera?_--preguntaban desde la puerta.
Y el enfermo contestaba con un gruñido doloroso, cambiando de
posición para volver la espalda, molestado por el desfile de todo el
pueblo.
Otras mujeres, más animosas, entraban, arrodillándose junto á él, y
le tentaban el abdomen, queriendo saber dónde le dolía. Discutían
entre ellas sobre los medicamentos más apropiados, recordando los que
habían surtido efecto en sus familias. Después buscaban á ciertas
viejas acreditadas por sus remedios, que gozaban mayor respeto que
el pobre médico del Palmar. Llegaban unas con cataplasmas de hierbas
guardadas misteriosamente en sus barracas; presentábanse otras con un
puchero de agua caliente, queriendo que el enfermo se lo tragase de
golpe. La opinión de todas era unánime. El infeliz tenía _parada_ la
comida en la boca del estómago y había que hacer que _arrancase_...
¡Señor, qué lástima de hombre! Su padre muerto de una borrachera y él
estirando la pata de un atracón. ¡Qué familia!
Nada revelaba á _Sangonera_ la gravedad de su estado como esta
solicitud de las mujeres. Se miraba en la conmiseración general como
en un espejo y adivinaba el peligro al verse atendido por las mismas
que el día anterior se burlaban de él, riñendo á los maridos y á los
hijos cuando los encontraban en su compañía.
--_¡Pobret! ¡Pobret!_--murmuraban todas.
Y con esa valentía de que sólo es capaz la mujer ante la desgracia,
le rodeaban, saltando sobre los residuos hediondos que salían á
borbotones de su boca. Ellas sabían lo que era aquello: tenía _un
nudo_ en las tripas; y con caricias maternales le decidían á que
abriese sus mandíbulas, apretadas por la crispación, haciéndole
tragar toda clase de líquidos milagrosos, que al poco rato devolvía á
los pies de las enfermeras.
Al cerrar la noche lo abandonaron. Habían de guisar la cena en sus
casas, y el enfermo quedó solo en el fondo de la choza, inmóvil bajo
la luz rojiza de un candil que las mujeres colgaron de una grieta.
Los perros del pueblo asomaban á la puerta sus hocicos y consideraban
largamente con sus ojos profundos al enfermo, alejándose después con
lúgubre aullido.
Durante la noche fueron los hombres los que visitaron la barraca.
En la taberna de _Cañamèl_ se hablaba del suceso, y los barqueros,
asombrados de la hazaña de _Sangonera_, querían verle por última vez.
Se asomaban á la puerta con paso vacilante, pues los más de ellos
estaban ebrios después de haber comido con los cazadores.
--_Sangonera... ¡Fill meu! ¿Cóm estás?_
Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de
inmundicias en que se revolvía el enfermo. Algunos, más animosos,
llegaban hasta él para bromear con brutal ironía, invitándolo á
beber la última copa en casa de _Cañamèl_; pero el enfermo sólo
contestaba con un ligero mugido y cerraba los ojos, sumiéndose de
nuevo en su sopor, cortado por vómitos y estremecimientos. Á media
noche el vagabundo quedó abandonado.
Tonet no quiso ver á su antiguo compañero. Había vuelto á la taberna,
después de un largo sueño en la barca; sueño profundo, embrutecedor,
rasgado á trechos por rojas pesadillas y arrullado por las
descargas de los cazadores, que rodaban en su cerebro como truenos
interminables.
Al entrar se sorprendió viendo á Neleta sentada ante los toneles, con
una palidez de cera, pero sin la menor inquietud en sus ojos, como si
hubiese pasado la noche tranquilamente. Tonet se asombraba ante la
fuerza de ánimo de su amante.
Cambiaron una mirada profunda de inteligencia, como miserables que se
sienten unidos con nueva fuerza por la complicidad.
Después de larga pausa, ella se atrevió á preguntarle. Quería
saber cómo había cumplido su encargo. Y él contestó, con la cabeza
inclinada y los ojos bajos, cual si todo el pueblo le contemplase...
Sí; lo había dejado en lugar seguro. Nadie podría descubrirlo.
Tras estas palabras, cambiadas con rapidez, los dos quedaron
silenciosos, pensativos: ella tras el mostrador, él sentado en la
puerta, de espaldas á Neleta, evitando verla. Parecían anonadados,
como si gravitase sobre ellos un peso inmenso. Temían hablarse, pues
el eco de su voz parecía avivar los recuerdos de la noche anterior.
Habían salido de la situación difícil: ya no corrían ningún peligro.
La animosa Neleta se asombraba de la facilidad con que todo se había
resuelto. Débil y enferma, encontraba ánimos para permanecer en su
sitio; nadie podía sospechar lo ocurrido durante la noche, y sin
embargo, los amantes se sentían súbitamente alejados. Algo se había
roto para siempre entre los dos. El vacío que dejaba al desaparecer
aquel pequeñuelo apenas visto se agrandaba inmensamente, aislando
á los dos miserables. Pensaban que en adelante no tendrían más
aproximación que la mirada que cruzasen recordando su antiguo crimen.
Y en Tonet aún era más grande la inquietud al recordar que ella
desconocía la verdadera suerte del pequeño.
Al llegar la noche se llenó la taberna de barqueros y cazadores
que volvían á sus tierras de la Ribera, mostrando los manojos de
pájaros muertos, ensartados por el pico. ¡Gran tirada! Todos bebían,
comentando la suerte de determinados cazadores y la brutal hazaña de
_Sangonera_. Tonet iba de grupo en grupo, con el deseo de distraerse,
discutiendo y bebiendo en todos los corrillos. Su propósito de
olvidar por medio de la embriaguez le hacía beber y beber con forzada
alegría, y los amigos celebraban el buen humor del _Cubano_. Nunca le
habían visto tan alegre.
El tío _Paloma_ entró en la taberna y sus ojillos escudriñadores se
fijaron en Neleta.
--_¡Reina!... ¡Qué blanca! ¿Es que estás mala?..._
Neleta habló vagamente de una jaqueca que no la había dejado dormir,
mientras el viejo guiñaba sus ojos maliciosamente, uniendo la mala
noche á la fuga inexplicable de su nieto. Después se encaró con
éste. Le había puesto en ridículo ante aquel señor de Valencia.
Su conducta no era digna de un barquero de la Albufera. Con menos
motivo había dado de bofetadas á más de uno en sus buenos tiempos.
Sólo á un perdido como él podía ocurrírsele convertir en barquero á
_Sangonera_, que había reventado de hartura apenas lo dejaron solo.
Tonet se excusó. Tiempo le quedaba de servir á aquel señor. Dentro de
dos semanas sería la fiesta de Santa Catalina, y Tonet se prestaba
á ser su barquero. El tío _Paloma_, aplacando su cólera ante las
explicaciones del nieto, dijo que ya había invitado á don Joaquín
á una cacería en los carrizales del Palmar. Vendría á la semana
siguiente, y él y Tonet serían sus barqueros. Había que contentar á
la gente de Valencia, para que la Albufera tuviera siempre buenos
aficionados. Si no, ¿qué sería de la gente del lago?
Aquella noche se emborrachó Tonet, y en vez de subir á la habitación
de Neleta se quedó roncando junto al hogar. Ninguno de los dos se
buscó; parecían huir uno del otro, encontrando cierto alivio en su
aislamiento. Temblaban de verse juntos en la habitación. Temían que
resucitase el recuerdo de aquel ser que había pasado entre los dos
como el lamento de una vida inmediatamente sofocada.
Al día siguiente Tonet volvió á embriagarse. No quería verse á solas
con su razón: necesitaba embrutecerla con el alcohol para conservarla
muda y dormida.
Llegaban á la taberna nuevas noticias sobre el estado de _Sangonera_.
Se moría sin remedio. Los hombres habían vuelto á sus faenas y las
mujeres que entraban en la barraca del vagabundo reconocían la
impotencia de sus remedios. Las más viejas explicaban la enfermedad
á su modo. Se le había podrido el tapón de alimentos que cerraba la
boca de su estómago. No había más que ver cómo se le hinchaba el
vientre.
Llegó el médico de Sollana en una de sus visitas semanales, y lo
llevaron á la barraca de _Sangonera_. El jornalero de la ciencia
movió la cabeza negativamente. Nada quedaba que hacer. Era una
apendicitis mortal: la consecuencia de un abuso extraordinario que
llenaba de asombro al médico. Y por el pueblo repetían lo de la
apendicitis, recreándose las mujeres en pronunciar una palabra tan
extraña para ellas.
El vicario don Miguel creyó llegado el momento de entrar en la
barraca de aquel renegado. Nadie como él sabía despachar á la gente
con prontitud y franqueza.
--_¡Che!_--dijo desde la puerta--. _¿Tú eres cristiá?_
_Sangonera_ hizo un gesto de asombro. ¿Que si era cristiano? Y
como escandalizado por la pregunta, miró al techo de su barraca,
acariciando con arrobamiento y esperanza el pedazo de cielo azul que
se veía por los desgarrones de la cubierta.
¡Bueno, pues; entre hombres fuera mentiras! continuó el vicario.
Debía confesarse, porque iba á morir... Ni más ni menos. Aquel cura
de escopeta no usaba rodeos con sus feligreses.
Por los ojos del vagabundo pasó una expresión de terror. Su
existencia, llena de miserias, se le apareció con todo el encanto de
la libertad sin límites. Vió el lago con sus aguas resplandecientes;
la Dehesa rumorosa, con sus espesuras perfumadas, llena de flores
silvestres, y hasta el mostrador de _Cañamèl_, ante el cual soñaba,
contemplando la vida de color de rosa al través de los vasos... ¡Y
todo aquello iba á abandonarlo!... De sus ojos vidriosos comenzaron
á rodar lágrimas. No había remedio: le llegaba la hora de morir.
Contemplaría en otro mundo mejor la sonrisa celestial, de inmensa
misericordia, que una noche le acarició junto al lago.
Y con repentina tranquilidad, entre náuseas y crispamientos, confesó
en voz baja al sacerdote sus raterías contra los pescadores, tan
innumerables que no podía recordarlas más que en masa. Junto con
sus pecados revelaba sus esperanzas: su fe en Cristo, que vendría
nuevamente á salvar á los pobres; su encuentro misterioso de cierta
noche en la orilla del lago. Pero el vicario le interrumpía con
rudeza:
--_Sangonera, menos romansos. ¡Tú delires!... La veritat... digues la
veritat._
La verdad ya la había dicho. Todos sus pecados consistían en huir del
trabajo, por creer que era contrario á los mandatos del Señor. Una
vez se había resignado á ser como los demás, á prestar sus brazos á
los hombres, poniéndose en contacto con la riqueza y sus comodidades,
y ¡ay! pagaba esta inconsecuencia con la vida.
Todas las mujeres del Palmar se mostraron enternecidas por el final
del vagabundo. Había vivido como un hereje después de su fuga de la
iglesia, pero moría como un cristiano. Su enfermedad no le permitía
recibir al Señor, y el vicario le administró el último sacramento,
manchándose la sotana con sus vómitos.
Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban
por abnegación á amortajar á todos los que morían en el pueblo. En
la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y
asombro de la agonía de _Sangonera_. Desde el día anterior no eran
alimentos lo que arrojaba su boca. Era algo peor: y las vecinas,
apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado
de inmundicias.
Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara
crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada
de oreja á oreja por las últimas convulsiones.
Las mujeres más ricas del Palmar, que frecuentaban el presbiterio,
sentían tierna conmiseración por aquel infeliz que se había
reconciliado con el Señor después de una vida de perro. Quisieron que
emprendiese dignamente el último viaje, y marcharon á Valencia para
los preparativos del entierro, gastando una cantidad que jamás había
visto _Sangonera_ en vida.
Lo vistieron con un hábito religioso, dentro de un ataúd blanco
con galones de plata, y el vecindario desfiló ante el cadáver del
vagabundo.
Sus antiguos compañeros se frotaban los ojos enrojecidos por el
alcohol, conteniendo la risa que les causaba ver á su amigote tan
limpio, en una caja de soltero y vestido de fraile. Hasta su muerte
parecía cosa de broma. ¡Adiós, _Sangonera_!... ¡Ya no se vaciarían
los _mornells_ antes de la llegada de sus dueños; ya no se adornaría
con las flores de los ribazos como un pagano ebrio! Había vivido
libre y feliz, sin las fatigas del trabajo, y hasta en el trance de
la muerte sabía marchar al otro mundo con aparato de rico, á costa
de los demás.
Á media noche metieron el féretro en el _carro de las anguilas_,
entre los cestones de la pesca, y el sacristán del Palmar, con otros
tres amigos, condujo el cadáver al cementerio, deteniéndose en todas
las tabernas del camino.
Tonet no se dió exacta cuenta de la muerte de su compañero. Vivía
entre tinieblas, siempre bebiendo, y la embriaguez causaba en él un
mutismo profundo. El miedo contenía su verbosidad, temiendo hablar
demasiado.
--_¡Sangonera ha mòrt! ¡El teu compañero!_--le decían en la taberna.
Él contestaba con gruñidos, bebiendo y dormitando, mientras los
parroquianos atribuían su silencio á la pena por la muerte del
camarada.
Neleta, blanca y triste, como si á todas horas pasase y repasase un
fantasma ante sus ojos, pretendía evitar que su amante bebiera.
--_Tonet, no begues_--decía con dulzura.
Y se asustaba ante el gesto de rebelión, de sorda cólera con que
la contestaba el borracho. Adivinaba que su imperio sobre aquella
voluntad se había desvanecido. Algunas veces veía brillar en sus ojos
un odio naciente, una animosidad de esclavo resuelto á chocar con el
antiguo opresor, aniquilándolo.
No prestaba atención á Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles
de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier
rincón, y allí permanecía como muerto, mientras la _Centella_, con el
dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.
Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la
embriaguez comenzaba á desvanecerse, sentía una inquietud penosa.
Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el
suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la
aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del
terror. Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de
embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.
Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento,
todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos
muchos años desde aquella noche pasada en el lago; la última de
su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que
atravesaba á tientas, con el cerebro obscurecido por el alcohol. El
recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre
de la embriaguez. Solamente borracho podía tolerar este recuerdo,
viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación
duele menos perdida en las brumas del pasado.
Su abuelo vino á sorprenderle en este embrutecimiento. El tío
_Paloma_ aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín
para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su
palabra? Neleta le instó á que aceptase. Estaba enfermo, le convenía
distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El
_Cubano_ se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su
entusiasmo de cazador volvió á renacer. ¿Iba á vivir siempre lejos
del lago?
Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnífica escopeta
del difunto _Cañamèl_; y ocupado en esto bebió menos. La _Centella_
saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.
Á la mañana siguiente se presentó el tío _Paloma_, trayendo en el
barquito á don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.
El viejo estaba impaciente y daba prisa á su nieto. Sólo quería
detenerse el tiempo preciso para que el señor tomase un bocado, y en
seguida á los carrizales. Había que aprovechar la mañana.
Al poco rato partieron: Tonet delante, llevando la _Centella_ en su
barquito como un mascarón de proa, y á continuación la barca del
tío _Paloma_, donde don Joaquín examinaba con asombro la escopeta
del viejo, aquella arma famosa llena de remiendos, de la que tantas
proezas se contaban en el lago.
Los dos barquitos salieron á la Albufera. Tonet, viendo que su abuelo
perchaba hacia la izquierda, quiso saber dónde iban. El viejo se
asombró de la pregunta. Iban al _Bolodró_, la _mata_ más grande de
las inmediatas al pueblo. Allí abundaban más que en otros puntos los
gallos de cañar y las pollas de agua. Tonet quería ir lejos; á las
_matas_ del centro del lago. Y entre los dos barqueros comenzó una
empeñada discusión. Pero el viejo acabó por imponerse, y Tonet tuvo
que seguirle de mala voluntad, moviendo sus hombros como resignado.
Los dos barquitos entraron en un callejón de agua entre los altos
carrizos. La anea crecía á manojos entre los _senills_; las cañas
se confundían con los juncos, y las plantas trepadoras, con sus
campanillas blancas y azules, se enredaban en esta selva acuática
formando guirnaldas. La confusa maraña de raíces daba una apariencia
de solidez á los macizos de cañas. En el callejón, el agua mostraba
en su fondo extrañas vegetaciones que subían hasta la superficie,
no sabiéndose en ciertos momentos si navegaban los barquitos ó se
arrastraban sobre campos verdosos cubiertos por un débil cristal.
El silencio de la mañana era profundo en este rincón de la Albufera,
que aún parecía más salvaje á la luz del sol: de vez en cuando un
chillido de pájaro en la espesura; un ruido de burbujas en el agua,
delatando la presencia de bichos ocultos entre las viscosidades del
fondo.
Don Joaquín preparaba la escopeta, esperando que pasasen los pájaros
de un lado á otro del espeso carrizal.
--_Tonet, dona una vòlta_--ordenó el viejo.
Y el _Cubano_ salió con su barquito á toda percha para rodar en
torno de la _mata_, sacudiendo las cañas á fin de que, asustados los
pájaros, se trasladasen de una punta á otra del carrizal.
Tardó más de diez minutos en dar la vuelta al cañar. Cuando volvió al
lado de su abuelo ya disparaba don Joaquín contra los pájaros que,
inquietos y asustados, cambiaban de guarida, pasando por el espacio
descubierto.
Asomábanse las pollas á aquel callejón desprovisto de cañas, que
dejaba su paso al descubierto. Dudaban un momento en arriesgarse,
pero por fin, unas volando y las otras á nado, pasaban la vía de
agua, y en el mismo momento alcanzábalas el disparo del cazador.
En este espacio angosto el tiro era seguro, y don Joaquín gozaba las
satisfacciones de un gran tirador, viendo la facilidad con que abatía
las piezas. La _Centella_ se arrojaba del barquito, alcanzaba á nado
los pájaros, todavía vivos, y los traía con expresión triunfante
hasta las manos del cazador. La escopeta del tío _Paloma_ no estaba
inactiva. El viejo tenía empeño en halagar al parroquiano, adulándole
á tiros, como era su costumbre. Cuando veía un pájaro próximo á
escapar, disparaba, haciendo creer al burgués que era él quien lo
había derribado.
Pasó á nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don Joaquín
y el tío _Paloma_, desapareció en el carrizal.
--_¡Va ferida!_--gritó el viejo barquero.
El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las
cañas, sin que pudiesen recogerla...
--_¡Búscala, Sentella!... ¡Búscala!_--gritó Tonet á su perra.
_Centella_ se arrojó de la barca, lanzándose en el carrizal con gran
estrépito de las cañas, que se abrían á su paso.
Tonet sonreía, seguro del éxito: la perra traería el pájaro. Pero
el abuelo mostraba cierta incredulidad. Aquellas aves las herían en
una punta de la Albufera, y como ganasen el cañar, iban á morir al
extremo opuesto. Además, la perra era una antigualla como él. En
otros tiempos, cuando la compró _Cañamèl_, valía cualquier cosa, pero
ahora no había que confiar en su olfato. Tonet, despreciando las
opiniones de su abuelo, se limitaba á repetir:
--_¡Ya vorá vosté!... ¡Ya vorá vosté!_
Se oía el chapoteo de la perra en el fango del carrizal, tan pronto
inmediato como lejano, y los hombres seguían en el silencio de la
mañana sus interminables evoluciones, guiándose por el chasquido de
las cañas y el rumor de la maleza rompiéndose ante el empuje de la
vigorosa bestia. Después de algunos minutos de espera la vieron salir
del carrizal, con aspecto desalentado y los ojos tristes, sin llevar
nada en la boca.
El viejo barquero sonreía triunfante. ¿Qué decía él?... Pero Tonet,
creyéndose en ridículo, apostrofaba á la perra, amenazándola con el
puño para que no se aproximara á la barca.
--_¡Búscala!... ¡Búscala!_--volvió á ordenar con imperio al pobre
animal.
Y otra vez se metió entre los carrizos, moviendo la cola con
expresión de desconfianza.
Ella encontraría el pájaro. Lo afirmaba Tonet, que la había hecho
realizar trabajos más difíciles. De nuevo sonó el chapoteo del
animal en la selva acuática. Iba de una parte á otra con indecisión,
cambiando á cada momento de pista, sin confianza en sus desordenadas
carreras, sin osar mostrarse vencida, pues tan pronto como tornaba
hacia las barcas, asomando su cabeza entre las cañas, veía el puño
del amo y oía el _¡búscala!_ que equivalía á una amenaza.
Varias veces volvió á husmear la pista, y al fin se alejó tanto en
sus invisibles carreras, que los cazadores dejaron de oir el ruido de
sus patas.
Un ladrido lejano, repetido varias veces, hizo sonreír á Tonet. ¿Qué
tal? Su vieja compañera podría tardar, pero nada se le escapaba.
La perra seguía ladrando lejos, muy lejos, con expresión desesperada,
pero sin aproximarse. El _Cubano_ silbó.
--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._
Comenzó á oirse su chapoteo cada vez más próximo. Se acercaba
tronchando cañas, abatiendo hierbas, con gran estrépito de agua
removida. Por fin apareció con un objeto en la boca, nadando
penosamente.
--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._--seguía gritando Tonet.
Pasó junto á la barca del abuelo, y el cazador se llevó la mano á los
ojos, como si le hiriese un relámpago.
--_¡Mare de Deu!_--gimió aterrado, mientras la escopeta se le iba de
las manos.
Tonet se irguió, con la mirada loca, estremecido de pies á cabeza,
como si el aire faltase de pronto en sus pulmones. Vió junto á la
borda de su barca un lío de trapos, y en él algo lívido y gelatinoso
erizado de sanguijuelas: una cabecita hinchada, deforme, negruzca,
con las cuencas vacías y colgando de una de ellas el globo de un
ojo: todo tan repugnante, tan hediondo, que parecía entenebrecer
repentinamente el agua y el espacio, haciendo que en pleno sol cayese
la noche sobre el lago.
Levantó la percha con ambas manos, y fué tan tremendo el golpe, que
el cráneo de la perra crujió como si se rompiese, y el pobre animal,
dando un aullido, se hundió con su presa en las aguas arremolinadas.
Después miró con ojos extraviados á su abuelo, que no adivinaba lo
ocurrido, al pobre don Joaquín, que parecía anonadado por el terror,
y perchando instintivamente, salió disparado cual una flecha por la
vía de agua, como si se incorporase el fantasma del remordimiento,
adormecido durante una semana, y corriera tras él, rasgándole la
espalda con sus uñas implacables.
X
Su carrera fué corta. Al salir á la Albufera vió cerca algunas
barcas, oyó gritos de los que las tripulaban y quiso ocultarse con el
rubor del que se ve desnudo ante gentes extrañas.
El sol parecía herirle: la inmensa superficie del lago le causaba
miedo; necesitaba agazaparse en un rincón obscuro, no ver, no oir; y
viró, volviendo á meterse en los carrizos.
No fué muy lejos. La proa del barquito se hundió entre las cañas,
y el miserable, soltando la percha, se dejó caer en el fondo de la
embarcación con la cabeza oculta entre las manos. Por mucho tiempo
callaron los pájaros, cesaron los ruidos en el carrizal, como si la
vida oculta entre las cañas callase, aterrada por un rugido salvaje,
un lamento entrecortado, que parecía el hipo de un moribundo.
El miserable lloraba. Después del embrutecimiento, que le había
conservado en completa insensibilidad, el crimen levantábase ante
él, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si acabase de
cometerlo. Cuando creía próximo á borrarse para siempre el recuerdo
de su delito, la fatalidad lo hacía renacer, lo paseaba ante sus
ojos, ¡y en qué forma!
El remordimiento resucitaba en él los instintos de padre, muertos
desde aquella noche fatal. El horror le hacía sentir su delito con
cruel intensidad. Aquella carne abandonada á los reptiles del lago
era carne suya; aquella envoltura de materia, vivero de sanguijuelas
y gusanos, era el fruto de sus arrebatos apasionados, de su amor
insaciable en el silencio de la noche.
La enormidad del crimen le abrumaba. Nada de excusas: no debía buscar
pretextos como otras veces para seguir adelante. Era un miserable,
indigno de vivir: una rama seca del árbol de los _Palomas_, siempre
recto, siempre vigoroso, con aspereza salvaje, pero sano en medio de
su aislamiento. La mala rama debía desaparecer.
Su abuelo tenía razón al despreciarlo. Su padre, su pobre padre, al
que ahora contemplaba con la grandeza de los santos, hacía bien en
repelerle como un brote infame de su existencia. La infeliz _Borda_,
con su vergonzoso origen, era más hija de los _Palomas_ que él.
¿Qué había hecho durante su vida? Nada; su voluntad sólo tenía
fuerzas para huir del trabajo. El desdichado _Sangonera_ había
sido mejor que él: solo en el mundo, sin familia, sin necesidades
en su dura existencia de vagabundo, podía vivir inactivo, con la
dulce inconsciencia de los pájaros. Pero él, devorado por ardorosos
apetitos, huyendo egoístamente del deber, había querido ser rico,
vivir descansado, siguiendo tortuosas sendas, despreciando los
consejos de su padre, que adivinaba el peligro; y de la pereza sin
dignidad, había venido á caer en el crimen.
Le espantaba su delito. Su conciencia de padre arañábale al
despertar, pero aún sufría de una herida mayor y más sangrienta. La
soberbia viril, aquel afán de ser fuerte y dominar á los hombres por
el arrojo, le hacía sufrir el tormento más cruel. Veía en lontananza
el castigo, el presidio, ¡quién sabe si el _carafalet_, última
apoteosis del hombre-bestia! Todo lo aceptaba, pues al fin, para los
hombres se había hecho; pero por algo digno de un ser fuerte, por
reñir, por matar cara á cara, tinto en sangre hasta los codos, con la
locura salvaje del ser humano que se trueca en fiera... ¡Pero matar
á un recién nacido sin otra defensa que su llanto! ¡Confesar ante el
mundo que él, el valentón, el antiguo guerrillero, para caer en el
crimen sólo había osado asesinar á un hijo suyo!
Y lloraba, lloraba sintiendo, más que los remordimientos, la
vergüenza de su cobardía y el despecho por su vileza.
En las tinieblas de su pensamiento brillaba como un punto de luz
cierta confianza en sí mismo. Él no era malo. Tenía la buena sangre
de su padre. Su delito era el egoísmo; la voluntad débil, que le
había hecho apartarse de la lucha por la vida. La perversa era
Neleta, aquella fuerza superior que le encadenaba, aquel egoísmo
férreo que arrollaba el suyo, plegándolo á todos sus contornos como
una vestidura dúctil. ¡Ay, si no la hubiese conocido! ¡Si al volver
de tierras lejanas no hubiera encontrado fijos en él los ojos glaucos
que parecían decirle: «Tómame; ya soy rica; he realizado la ilusión
de mi vida; ahora me faltas tú»!
Ella había sido la tentación; el impulso que le arrojó en la sombra;
el egoísmo y la codicia con careta del amor que le guiaron hasta
el crimen. Por conservar migajas de su fortuna, no vacilaba ella
en abandonar un trozo de sus entrañas; y él, esclavo inconsciente,
completaba la obra aniquilando su propia carne.
¡Cuán miserable le parecía su existencia! Pasaba confusamente por
su memoria la vieja tradición de la _Sancha_, aquel cuento de la
serpiente que repetían las generaciones en las riberas del lago.
Él era como el pastor de la leyenda: había acariciado de pequeña á
la serpiente, la había alimentado, prestándola hasta el calor de
su cuerpo; y al volver de la guerra asombrábase viéndola grande,
poderosa, embellecida por el tiempo, mientras ella se le enroscaba
con un abrazo fatal, causándole la muerte con sus caricias.
Su serpiente estaba en el pueblo, como la del pastor en el llano
salvaje. Aquella _Sancha_ del Palmar, desde su asiento de la taberna,
era la que le mataba con los anillos inflexibles del crimen.
No quería volver al mundo. Imposible vivir entre gentes: no podría
mirarlas: vería en todas partes la cabecita deforme, hinchada,
monstruosa, con sus cuencas profundas devoradas por los gusarapos.
Sólo al pensar en Neleta un velo de sangre pasaba por sus ojos, y en
medio de su arrepentimiento alzábase el deseo homicida, el impulso de
matar á la que consideraba ahora como su enemiga implacable... ¿Para
qué un nuevo crimen?
Allí, en la soledad, lejos de toda mirada, se sentía mejor, y allí
quería quedarse.
Además, un miedo absorbente surgía en él con toda la fuerza del
egoísmo, única pasión de su vida. Tal vez á aquellas horas circulaba
por el Palmar la noticia del horrible suceso. Su abuelo callaría,
pero aquel extraño venido de la ciudad no tenía por qué guardar
silencio. Buscarían, averiguarían, vendrían los tricornios charolados
desde la huerta de Ruzafa; él no tendría valor para sostener las
miradas, no sabría mentir; confesaría el crimen, y su padre, aquel
trabajador puro ante Dios, moriría de vergüenza... Y si lograba
encerrarse en su mentira salvando la cabeza, ¿qué ganaba en ello?
¿había de volver á los brazos de Neleta, á verse oprimido otra vez
por los anillos del reptil?... No; todo había acabado. Era la mala
rama, y debía caer; no obstinarse en seguir, muerto y sin jugo,
agarrado al árbol, paralizando su vida.
Ya no lloraba. Con un supremo esfuerzo de su voluntad salió del
doloroso ensimismamiento.
Caída en la proa de la barca estaba la escopeta de _Cañamèl_. Tonet
la miró con expresión irónica. ¡Bien reiría el tabernero si le viese!
Por primera vez, el parásito engordado á su sombra iba á emplear para
una acción buena algo de lo que le había usurpado.
Con tranquilidad de autómata se descalzó un pie, arrojando lejos la
alpargata. Montó las dos llaves de la escopeta, y desabrochándose la
blusa y la camisa, se inclinó sobre el arma hasta apoyar en el doble
cañón su pecho desnudo.
El pie descalzo subió dulcemente á lo largo de la culata buscando
los gatillos, y una doble detonación conmovió con tanta fuerza el
carrizal, que de todos lados salieron revoloteando las aves, locas de
miedo.
* * * * *
El tío _Paloma_ no volvió al Palmar hasta la caída de la tarde.
Había dejado en el Saler á su cazador, que deseaba cuanto antes salir
del lago y llegar á la ciudad, jurando no volver á aquellos sitios.
¡En dos viajes dos desgracias! La Albufera sólo guardaba para él
sorpresas terribles. La última le iba á costar una enfermedad. El
tranquilo ciudadano, padre de numerosa prole, no podía apartar de
su memoria el lúgubre envoltorio que había pasado ante sus ojos.
Seguramente que al llegar á su casa tendría que meterse en cama
pretextando cualquier dolencia. La sorpresa le había conmovido
profundamente.
El mismo cazador aconsejaba al tío _Paloma_ una reserva absoluta.
¡Que no se le escapase una palabra! Nada habían visto. Debía
recomendar el silencio á su pobre nieto, fugitivo, sin duda, por la
impresión de la terrible sorpresa. El lago había vuelto á tragarse el
secreto, y sería una candidez que ellos hablasen, sabiendo cómo marea
la justicia á los inocentes cuando cometen la tontería de ir en su
busca. Los hombres honrados deben evitar todo contacto con la ley...
Y el pobre señor, después de desembarcar en tierra firme, no se metió
en su tartana hasta que el barquero, cada vez más pensativo, le juró
varias veces que sería mudo.
Cuando, al anochecer, llegó el tío _Paloma_ al Palmar, amarró frente
á la taberna los dos barquitos en que habían salido por la mañana.
Neleta, derecha tras el mostrador, buscó en vano á Tonet con su
mirada.
El viejo adivinó.
--_No’l esperes_--dijo con voz fosca--. _No tornará més._
Y con acento reconcentrado le preguntó si se sentía mejor, hablando
de la palidez de su rostro con una intención que hizo estremecerse á
Neleta.
La tabernera adivinó inmediatamente que el tío _Paloma_ conocía su
secreto.
--_Pero ¿y Tonet?_--volvió á preguntar con voz angustiosa.
El viejo hablaba volviendo los ojos, como si deseara no verla, para
conservar su forzada calma. Tonet no volvería más. Había huído lejos,
muy lejos: á un país de donde nunca se vuelve. Era lo mejor que podía
haber hecho... Así todo quedaba arreglado y en el misterio.
--_¿Pero vosté?... ¿vosté?..._--gimió Neleta con angustia, temiendo
que el viejo hablase.
El tío _Paloma_ callaría. Lo afirmó golpeándose el pecho. Despreciaba
á su nieto, pero tenía interés en que nada se supiera. El nombre de
los _Palomas_, después de siglos de honrado prestigio, no estaba para
ser arrastrado por un perezoso y una perra.
--_¡Plòra, gosa, plòra!_--decía el barquero con irritación.
Debía llorar toda su vida, ya que era la perdición de una familia.
¡Que conservase su dinero! No sería él quien viniera á pedírselo á
cambio del silencio... Y si quería saber dónde estaba su amante,
dónde su hijo, no tenía más que mirar al lago. La Albufera, madre de
todos, guardaría el secreto con tanta fidelidad como él.
Neleta quedó aterrada por esta revelación; pero aun en medio de su
inmensa sorpresa miraba con inquietud al viejo, temiendo por su
porvenir al verlo confiado al mutismo del tío _Paloma_.
El viejo se golpeó una vez más el pecho. ¡Que viviese feliz y gozase
su riqueza! Él callaría siempre.
La noche fué lúgubre en la barraca de los _Palomas_. Á la luz
moribunda del candil, el abuelo y el padre, sentados frente á frente,
hablaron mucho tiempo, con su gravedad de seres distanciados por el
carácter, que sólo podían aproximarse á impulsos de la desgracia.
El tío _Paloma_ no usó de paliativos para dar la noticia. Había
visto al chico muerto, con el pecho destrozado por dos cargas de
perdigones, hundido en el barro de la _mata_ con los pies fuera del
agua, junto al barquito abandonado. El tío Tòni apenas pestañeó. Sólo
sus labios se apretaron convulsivamente, y con las manos crispadas se
arañó las rodillas.
Un lamento prolongado, estridente, salió del ángulo obscuro de la
barraca donde estaba la cocina, como si en esta lobreguez degollasen
á alguien. Era la _Borda_ que gemía, aterrada por la noticia.
--_¡Silènsi, chiqueta!_--gritó imperiosamente el viejo.
--_¡Calla, calla!_--dijo el padre.
Y la infeliz sollozó sordamente, oprimida en su dolor por la firmeza
de aquellos dos hombres de férrea voluntad, que, al ser mordidos por
la desgracia, permanecían con exterior impasible, sin la más leve
emoción en los ojos.
El tío _Paloma_ relataba lo ocurrido á grandes rasgos; la aparición
de la perra con su horrible presa, la fuga de Tonet: después,
á la vuelta del Saler, su minuciosa exploración por la _mata_,
presintiendo una desgracia, y su hallazgo del cadáver. Él lo
adivinaba todo. Recordaba la desaparición de Tonet la víspera de
la tirada; la palidez y el desfallecimiento de Neleta; su aspecto
de enferma después de aquella noche, y con su astucia de viejo
reconstruía el parto doloroso en el silencio nocturno, con el terror
á ser oída por los vecinos, y después el infanticidio, un crimen que
le hacía despreciar á Tonet, más por cobarde que por criminal.
El viejo, después de soltar su secreto, se sentía aliviado. Á
su tristeza sucedía la indignación. ¡Miserables! Aquella Neleta
resultaba una perra ardorosa que había perdido al muchacho,
empujándolo al crimen por conservar su dinero; pero Tonet era
cobarde dos veces, y más que por su delito, renegaba de él viendo
que se mataba, loco de miedo, ante las consecuencias. El _señor_ se
disparaba dos tiros antes que dar la cara: encontraba más cómodo
desaparecer que pagar su falta, sufriendo el castigo. Siempre huyendo
de la obligación, buscando las sendas fáciles por miedo á la lucha.
¡Qué tiempos, Cristo! ¿Qué juventud era aquella?...
Su hijo apenas le escuchaba. Seguía inmóvil, anonadado por la
desgracia, y doblaba la cabeza, como si las palabras de su padre
fuesen un golpe que le abatía para siempre.
La Borda volvió á gemir.
--_¡Silènsi! ¡he dit silènsi!_--dijo con voz fosca el tío Tòni.
Á su pena inmensa, reconcentrada y muda, le molestaba que otros se
aliviasen con el llanto, mientras él, por su dureza de varón fuerte,
no podía desahogar el dolor en lágrimas.
El tío Tòni habló por fin. Su voz no temblaba, pero velábase con la
débil ronquera de la emoción.
La muerte vergonzosa de aquel desdichado era un final digno de
su conducta. Se lo había predicho: acabaría mal. Cuando se nace
pobre, la pereza es el crimen. Así lo ha arreglado Dios, y hay que
conformarse... Pero ¡ay! era su hijo... ¡su hijo! ¡la carne de su
carne! Su férrea rectitud de hombre honrado mostrábase insensible
ante la catástrofe; pero allá, dentro del pecho, sentía cierta
opresión, como si le hubieran arrancado parte de sus entrañas y
estuviesen á aquellas horas sirviendo de pasto á las anguilas de la
Albufera.
Quería verlo por última vez; ¿le entendía su padre?... Quería tenerle
en sus brazos, como de pequeño, cuando lo adormecía cantándole que el
_pare_ trabajaba para hacerle labrador rico, dueño de muchos campos.
--_¡Pare... pare!_--decía con voz angustiosa al tío _Paloma_--.
_¿Ahón está?_
El viejo contestó indignado. Debían dejar las cosas como las había
arreglado la casualidad. Era una locura torcer su curso. Nada de
escándalos ni de levantar la punta del misterio. Así estaba bien:
oculto todo.
La gente, al no ver á Tonet, creería que había huído en busca de
aventuras y de vida regalada, como al marchar á América. El lago
conservaba bien sus secretos: transcurrían años antes que una persona
pasase por el sitio donde estaba el suicida. La vegetación de la
Albufera lo tapa todo. Además, si hablaban, si publicaban la muerte,
todos querrían saber más, intervendría la justicia, se averiguaría
la verdad, y en vez de un _Paloma_ desaparecido, cuya vergüenza sólo
conocían ellos, tendrían un _Paloma_ deshonrado que se daba muerte
por huir del presidio y tal vez del _carafalet_. No, Tono; lo decía
él con su autoridad de padre. Por unos cuantos meses de existencia
que le quedaban debía respetarle, no amargar sus últimos días con la
deshonra. Quería beber tranquilo con los demás barqueros, pudiendo
mirarlos cara á cara. Todo estaba bien: á callar, pues... Además,
si descubrían el cadáver no lo enterrarían en sagrado. Su crimen y
su suicidio le privaban de la misma sábana de tierra que los demás.
Mejor estaba en el agua, hundido en el barro, rodeado de cañas, como
último vástago maldito de una famosa dinastía de pescadores.
Excitado por los lloros de la _Borda_, el viejo la amenazaba. Debía
callar. ¿Es que quería perderlos?
La noche fué interminable, de un silencio trágico. El lóbrego
ambiente de la barraca parecía aún más denso, como si sobre él
proyectasen su sombra las alas negras de la desgracia.
El tío _Paloma_, con la insensibilidad del viejo duro y egoísta que
desea prolongar su vida, dormitaba en la silleta de esparto. Su hijo
pasaba las horas inmóvil, con los ojos desmesuradamente abiertos,
fijos en el oleaje de sombras que la trémula luz del candil trazaba
en la pared. La _Borda_, sentada en el fogón, sollozaba débilmente,
oculta en la sombra.
Hubo un momento en que el tío Tòni se estremeció, como si despertase.
Se irguió, fué á la puerta de la barraca, y abriéndola, miró al
cielo estrellado. Debían ser las tres. La calma de la noche pareció
penetrar en él, afirmando la resolución que acababa de surgir en su
voluntad.
Se aproximó al viejo y lo empujó, hasta despertarlo.
--_¡Pare... pare!_--dijo con voz suplicante--. _¿Ahón está?..._
El tío _Paloma_, medio dormido, protestó furioso. Debía dejarle en
paz. Aquello no tenía remedio. ¡Quería dormir, y ojalá no despertase
nunca!...
Pero el tío Tòni continuaba suplicando. Debía pensar que era
su nieto; él, que era el padre, no podría vivir mientras no lo
contemplase por última vez. Se lo imaginaría á todas horas en el
fondo del lago, corrompido por las aguas, devorado por las bestias,
sin la sepultura en tierra que alcanzaban los más miserables, hasta
aquel _Sangonera_, que vivió sin padre. ¡Ay! ¡trabajar sufriendo toda
la vida, para asegurar el pan al hijo único y abandonarlo después,
sin saber dónde está su tumba, como los perros muertos que se arrojan
en la Albufera! ¡No podía ser, padre! ¡era muy cruel! Jamás tendría
valor para navegar en el lago, pensando que tal vez su barca pasaba
sobre el cadáver del hijo.
--_¡Pare... pare!_--imploraba moviendo al viejo casi dormido.
El tío _Paloma_ se irguió, como si fuese á pegarle. ¿Quería dejarlo
en paz?... ¿Buscar él otra vez á aquel cobarde?... ¡Que le dejasen
dormir! No quería revolver el barro, con peligro de hacer pública la
deshonra de su familia.
--_Pero... ¿ahón está?_--preguntaba ansioso el padre.
Él iría solo; pero ¡por Dios! debía decirle el sitio. Si el abuelo
no hablaba, sentíase capaz de pasar el resto de la vida registrando
el lago, aunque hiciera público su secreto.
--_En la mata del Bolodró_--dijo por fin el viejo--. _Te costará
d’encontrar._
Y cerró los ojos, inclinando la cabeza para reanudar aquel sueño del
que no quería salir.
El tío Tòni hizo un gesto á la _Borda_. Cogieron sus azadones de
enterradores, sus perchas de barqueros, los agudos tridentes que
servían para la pesca de las piezas gruesas, encendieron un farol en
la luz del candil, y en el silencio de la noche atravesaron el pueblo
para embarcarse en el canal.
El negro barquito, con el farol en la proa, pasó toda la noche
evolucionando por el interior de los carrizales. Veíasele como una
estrella roja errando á través de las cañas.
Cerca del amanecer la luz se apagó. Habían encontrado el cadáver,
después de dos horas de busca angustiosa; tal como lo vió el abuelo,
con la cabeza hundida en el barro, los pies fuera del agua y el pecho
convertido en una masa sanguinolenta, destrozado á boca de jarro por
la metralla de los cartuchos de caza.
Lo recogieron con sus tridentes del fondo del agua. El padre, al
clavar su _fitora_ en aquel bulto blanducho, izándolo á la barca con
sobrehumano esfuerzo, creyó que la hundía en su propio pecho.
Después fué la marcha lenta, angustiosa, mirando á todos lados,
como criminales que temen ser sorprendidos. La _Borda_, siempre
sollozante, perchaba en la proa: el padre ayudábala en el otro
extremo de la barca; y entre estas dos figuras rígidas, que
recortaban su negra silueta en la difusa luz de la noche estrellada,
yacía tendido el cadáver del suicida.
Abordaron á los campos del tío Tòni, aquel suelo artificial, formado
espuerta sobre espuerta, á fuerza de puños, con una tenacidad loca.
El padre y la _Borda_, cogiendo el cadáver, lo descendieron
cuidadosamente á tierra, como si fuese un enfermo que podía
despertar. Después, con sus azadones de enterradores infatigables,
comenzaron á abrir una fosa.
Una semana antes aún traían tierra allí desde todos los extremos del
lago. Ahora la quitaban para ocultar la deshonra de la familia.
Comenzaba á amanecer cuando bajaron el cadáver al fondo de la fosa,
que rezumaba agua por todos lados. Una luz fría y azulada extendíase
sobre la Albufera, dando á su superficie el duro reflejo del acero.
Por el espacio gris pasaban en triángulo las primeras bandadas de
pájaros.
El tío Tòni miró por última vez á su hijo. Después volvió la espalda,
como si le avergonzasen las lágrimas que rompían por fin la dureza de
sus ojos.
Su vida estaba terminada. ¡Tantos años de batalla con el lago,
creyendo que formaba una fortuna, y preparando, sin saberlo, la tumba
de su hijo!...
Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.
Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones: ahora,
cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el
hijo, el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.
La tierra cumpliría su misión: crecería la cosecha como un mar de
espigas cobrizas sobre el cadáver de Tonet. Pero á él... ¿qué le
restaba que hacer en el mundo?
Lloró el padre contemplando el vacío de su existencia; la soledad que
le esperaba hasta la muerte, lisa, monótona, interminable, como aquel
lago que brillaba ante sus ojos, sin una barca que cortase su rasa
superficie.
Y mientras el lamento del tío Tòni rasgaba como un alarido de
desesperación el silencio del amanecer, la _Borda_, viendo de
espaldas á su padre, inclinóse al borde de la fosa y besó la
lívida cabeza con un beso ardiente, de inmensa pasión, de amor sin
esperanza, osando, ante el misterio de la muerte, revelar por primera
vez el secreto de su vida.