Al pasar Tonet dos días fuera de la taberna, se dió cuenta de lo
mucho que amaba á Neleta.
Tal vez influía en su desesperación la pérdida del alegre bienestar
que antes gozaba, de aquella abundancia en la que se sumía como en
una ola de felicidad. Faltábale, á más de esto, el encanto de los
ocultos amores adivinados por todo el pueblo; la malsana dicha de
acariciar á su amante en pleno peligro, casi en presencia del esposo
y de los parroquianos, expuesto á una sorpresa.
Arrojado de casa de _Cañamèl_, no sabía dónde ir. Probó á contraer
amistades en las otras tabernas del Palmar, míseras barracas, sin
más fortuna que un tonelillo, donde sólo de tarde en tarde entraban
los que por deudas atrasadas no podían ir á casa de _Cañamèl_. Tonet
huyó de estos sitios como un potentado que penetrase por error en un
bodegón.
Pasó los días vagando por las afueras del pueblo. Cuando se cansaba
iba al Saler, al Perelló, al puerto de Catarroja, á cualquier sitio,
para matar el tiempo. Él, tan perezoso, perchaba horas enteras en su
barquito para ver á un amigo, sin otro propósito que fumar un cigarro
con él.
La situación le obligaba á vivir en la barraca de su padre,
examinando con cierta inquietad al tío Tòni, que alguna vez, en la
fijeza de su mirada, parecía revelarle su conocimiento de todo lo
ocurrido. Tonet cambió de conducta á impulsos del tedio. Para vagar
de un lado á otro de la Albufera como un animal enjaulado, mejor era
prestar su ayuda al pobre padre. Y desde el día siguiente, con la
pasajera furia de los perezosos cuando se deciden al trabajo, fué,
como en otros tiempos, á arrancar barro de las acequias.
El tío Tòni demostró su gratitud por este arrepentimiento
desarrugando el ceño y dirigiendo algunas palabras á su hijo.
Lo sabía todo. Las cosas ocurrían tal como él las anunciaba. Tonet no
había procedido como un _Paloma_, y el padre sufrió mucho oyendo lo
que se decía de él. Le hería dolorosamente ver á su hijo viviendo á
costa del tabernero y robándole además la mujer.
--_¡Mentira... mentira!_--contestaba el _Cubano_ con la ansiedad del
culpable--. _¡Son calumnies!..._
Mejor: el tío Tòni celebraba que fuese así. Lo importante era haber
salido del peligro. Ahora á trabajar, á ser hombre honrado, á ayudar
al padre en la tarea de enterrar sus charcas. Cuando éstas se
convirtiesen en campos y en el Palmar viesen á los _Palomas_ recoger
muchos sacos de arroz, ya encontraría Tonet una compañera. Podría
escoger entre todas las muchachas de los pueblos inmediatos. Á un
rico nadie le contesta negativamente.
Y Tonet, animado por las palabras de su padre, entregábase al trabajo
con verdadera rabia. La pobre _Borda_ se fatigaba á su lado más aún
que yendo con el tío Tòni. El _Cubano_ siempre creía que trabajaba
poco; era exigente y brutal con la infeliz muchacha; la cargaba como
si fuese una bestia, pero comenzaba él por dar ejemplo de fatiga. La
pobre _Borda_, jadeante bajo el peso de las espuertas de tierra y el
continuo manejo de la percha, sonreía alegre, y por la noche, cuando
con los huesos doloridos preparaba la cena, miraba con agradecimiento
á su Tonet, aquel hijo pródigo que tanto había hecho sufrir al padre,
y ahora, con su buena conducta, daba un aire de serenidad y confianza
al rostro del fuerte trabajador.
Pero en la voluntad del _Cubano_ nunca soplaba el mismo viento. La
conmovían furiosas ráfagas de actividad y reaparecía después la calma
de una pereza dominadora y absoluta.
Al mes de este continuo trabajo Tonet se cansó, como otras veces. Una
gran parte de los campos estaba ya cubierta, pero quedaban profundos
hoyos, que eran su desesperación; agujeros incegables, por los cuales
parecían volver las derrotadas aguas, royendo lentamente la tierra
acumulada á costa de inmensos trabajos. El _Cubano_ sentía miedo
y desaliento ante la magnitud de la empresa. Acostumbrado á las
abundancias de casa de _Cañamèl_, rebelábase además pensando en los
guisotes de la _Borda_, el vino escaso y flojo, la dura torta de maíz
y las sardinas mohosas, único alimento de su padre.
La tranquilidad de su abuelo le indignaba. Seguía visitando la casa
de _Cañamèl_, como si nada hubiese ocurrido. Allí comía y cenaba,
entendiéndose perfectamente con el tabernero, que parecía satisfecho
de la actividad con que el viejo explotaba la _Sequiòta_. ¡Y al nieto
que lo partiera un rayo! ¡Sin decirle una palabra cuando lo veía por
las noches en la barraca, como si no existiera, como si no fuese el
verdadero dueño de la _Sequiòta_!...
El abuelo y _Cañamèl_ se entendían para explotarle, y sufrirían un
chasco. Tal vez toda la indignación del tabernero no había tenido
otro fin que quitarle de en medio, para que las ganancias fuesen
mayores. Y con esa codicia rural, feroz y sin entrañas, que no
reconoce afectos ni familia en asuntos de dinero, Tonet abordó al tío
_Paloma_ una noche en que se embarcaba para ir al _redolí_. Él era el
dueño de la _Sequiòta_, el verdadero dueño, y hacía mucho tiempo que
no veía un céntimo. Ya sabía que la pesca no era tan excelente como
otros años, pero se hacía negocio, y el abuelo y el tío Paco buenos
duros se metían en la faja. Lo sabía por los compradores de anguilas.
¡Á ver!... Él quería cuentas claras: que le diesen lo suyo, ó de lo
contrario se quedaría con el _redolí_, buscando socios menos rapaces.
El tío _Paloma_, con la autoridad despótica que creía tener de
derecho sobre toda su familia, se consideró en los primeros instantes
obligado á abrirle la cabeza á su nieto con el extremo de la percha.
Pero pensó en los negros que el _Cubano_ había muerto allá lejos,
y _¡recordóns!_ á un hombre así no se le pega, aunque sea de la
familia. Además, la amenaza de recobrar el _redolí_ le infundía
espanto.
El tío _Paloma_ se encastilló en la moral. Si no le daba dinero era
porque conocía su carácter, y el dinero, en manos de jóvenes, es
la perdición. Se lo bebería, iría á jugárselo con los pillos que
manejaban la baraja á la sombra de cualquier barraca del Saler:
prefería guardarlo él, y así prestaba un favor á Tonet. Al fin,
cuando él muriese, ¿para quién sería lo suyo más que para el nieto?...
Pero Tonet no se ablandaba con esperanzas. Quería lo suyo, ó volvía
á apoderarse del _redolí_. Y tras penosos regateos, que duraron más
de tres días, el barquero se decidió una tarde á escarbar su faja,
sacando con gesto doloroso un cartucho de duros. Podía tomarlo...
¡Judío!... ¡Mal corazón!... Cuando lo hubiese gastado en pocos
días, que volviese por más. No debía tener escrúpulos ¡Á reventar
al abuelo! Ya veía claro cuál era su porvenir en plena ancianidad.
Trabajar como un esclavo, para que el señor se diese la gran vida...
Y se alejó de Tonet, como si perdiese para siempre el escaso afecto
que aún sentía por él.
El _Cubano_, al verse con dinero, no volvió por la barraca de su
padre. Quiso entretener su ociosidad con la caza, haciendo una vida
de hombre de guerra, sacando su comida de la pólvora, y comenzó por
comprar una escopeta algo mejor que las armas venerables que se
guardaban en su casa. _Sangonera_, que había sido despedido de casa
_Cañamèl_ al día siguiente de la expulsión de Tonet, rondaba en torno
de éste viéndole ocioso y disgustado de la vida laboriosa que llevaba
en la barraca de su padre.
El _Cubano_ se asoció al vagabundo. Era un buen compañero, del que
podía sacar cierto partido. Tenía una vivienda que, aunque peor que
una perrera, podía servirles de refugio.
Tonet sería el cazador y _Sangonera_ el perro. Todo pertenecería
á los dos por igual: la comida y el vino. ¿Estaba conforme el
vagabundo? _Sangonera_ se mostró alegre. Él también contribuiría
al mantenimiento común. Tenía unas manos de oro para sacar los
_mornells_ de los canales y apoderarse de la pesca, volviendo otra
vez las redes al agua. No era cual ciertos rateros sin escrúpulos,
que, como decían los pescadores del Palmar, no sólo robaban el alma,
sino que se llevaban el cuerpo, ó sea los bolsillos de malla. Tonet
buscaría la carne y él el pescado. Trato hecho.
Desde entonces, sólo de tarde en tarde vieron en el pueblo al nieto
del tío _Paloma_ con la escopeta al hombro, silbando cómicamente
á _Sangonera_, que marchaba tras de sus pasos con la cabeza baja,
mirando astutamente á todos lados por si había algo aprovechable al
alcance de sus zarpas.
Pasaban semanas enteras en la Dehesa, haciendo una vida de hombres
primitivos. Tonet, en medio de su tranquila existencia en el Palmar,
había pensado muchas veces con melancolía en sus años de guerra, en
la libertad sin límites y llena de peligros del guerrillero, que,
teniendo la muerte ante los ojos, no ve obstáculos ni barreras, y
carabina en mano, cumple sus deseos sin reconocer otra ley que la de
la necesidad.
Los hábitos contraídos en sus años de vida belicosa en plena selva
los resucitaba ahora en la Dehesa, á cuatro pasos de poblaciones
donde existían leyes y autoridad; con ramaje seco fabricábanse
chozas él y su compañero en cualquier rincón de la arboleda. Cuando
tenían hambre mataban un par de conejos ó palomas salvajes de las
que revoloteaban entre los pinos; y si necesitaban dinero para vino
y cartuchos, Tonet se echaba la escopeta á la cara y en una mañana
lograba formar un racimo de piezas, que el vagabundo vendía en el
Saler ó en el puerto de Catarroja, volviendo con un pellejo, que
ocultaba en los matorrales.
La escopeta de Tonet, sonando con insolencia por toda la Dehesa, fué
un reto para los guardas, que hubieron de abandonar su tranquila vida
de solitarios.
_Sangonera_ estaba al acecho como un perro mientras cazaba Tonet,
y al ver con su aguda mirada de vagabundo la aproximación de los
enemigos, silbaba á su compañero para ocultarse. Varias veces
se encontró el nieto del tío _Paloma_ frente á frente con los
perseguidores y sostuvo gallardamente su voluntad de vivir en la
Dehesa. Un día disparó un guarda contra él; pero momentos después,
como amenazadora respuesta, oyó el silbido de una bala junto á su
cabeza. Con el antiguo guerrillero no valían indicaciones. Era un
perdido que no temía ni á Dios ni al diablo. Tiraba tan bien como su
abuelo, y cuando enviaba la bala cerca, era porque sólo quería hacer
una advertencia. Para acabar con él era preciso matarle. Los guardas,
que tenían numerosa familia en sus chozas, acabaron por transigir
mudamente con el insolente cazador, y cuando sonaba el estampido de
su escopeta fingían oir mal, corriendo siempre en dirección opuesta.
_Sangonera_, aporreado y despedido de todas partes, sentíase fuerte
y orgulloso bajo la protección de Tonet, y cuando entraba en el
Saler miraba con insolencia á todos, como un perrillo ladrador que
cuenta con el amparo del amo. Á cambio de esta protección afinaba sus
condiciones de vigilante, y si de tarde en tarde alguna pareja de
Guardia civil venía de la huerta de Ruzafa, _Sangonera_ la adivinaba
antes de verla, como si la husmease.
--_¡Els tricornios!_--decía á su compañero--. _¡Ya están ahí!_
Los días en que se veían por las inmediaciones de la Dehesa correajes
amarillos y tricornios charolados, Tonet y _Sangonera_ se refugiaban
en la Albufera. Metidos en uno de los barquitos del tío _Paloma_,
iban de mata en mata disparando sobre las aves, que recogía el
vagabundo, habituado á meterse en agua hasta la barba en pleno
invierno.
Las noches de tempestad, obscuras y lluviosas, que esperaba el tío
_Paloma_ como una bendición, por ser las de las grandes pescas, las
pasaban Tonet y _Sangonera_ metidos en la barraca de éste, refugiados
en un rincón, pues el agua entraba á chorros por los desgarrones de
la cubierta.
Tonet estaba á dos pasos de su padre, pero evitaba verle, temiendo
su mirada severa y triste. La _Borda_ venía cautelosamente á cambiar
la ropa de Tonet, á prestar esos cuidados de que sólo es capaz una
mujer. La pobre muchacha, fatigada del trabajo del día, remendaba
los harapos á la luz de un farol, cerca de los dos vagabundos, sin
dirigirles una palabra de reproche, osando únicamente alguna mirada á
su hermano con expresión de pena.
Cuando los dos compañeros pasaban la noche solos, hablaban, sin dejar
de beber, de sus pensamientos más íntimos. Tonet, habituado por el
ejemplo de _Sangonera_ á una continua embriaguez, no pudo resistir el
peso de su secreto, y comunicó al camarada sus amores con Neleta.
El vagabundo intentó protestar en el primer momento. Aquello
estaba mal hecho. «No desearás la mujer de tu prójimo.» Pero á
continuación, llevado del agradecimiento á Tonet, encontró excusas
y justificaciones para la falta, con su burda casuística de antiguo
sacristán. La verdad era que tenían cierto derecho para quererse. De
haberse conocido después de casada Neleta, sus relaciones resultarían
un enorme pecado. Pero se trataban desde niños; habían sido novios,
y la culpa era de _Cañamèl_, por meterse donde nadie le llamaba,
turbando sus relaciones. Bien merecía lo ocurrido. Y recordando las
veces que el gordinflón le arrojó de la taberna, reía satisfecho de
su infortunio conyugal y se daba por vengado.
Después, cuando no quedaba vino en la bota y comenzaba á languidecer
el farolillo, _Sangonera_, con los ojos cerrados por la embriaguez,
hablaba desordenadamente de sus creencias.
Tonet, acostumbrado á esta charla, dormitaba sin oirle, mientras
la montera de paja de la barraca se conmovía con los empujones del
vendaval, dejando filtrar la lluvia.
_Sangonera_ no se cansaba de hablar. ¿Por qué era desgraciado él?
¿Por qué sufría Tonet, ensimismado y aburrido desde que no podía
aproximarse á Neleta?... Porque en el mundo todo era injusticia;
porque la gente, dominada por el dinero, se empeñaba en vivir al
revés de como Dios manda.
Y aproximándose al oído de Tonet, le despertaba, hablando con voz
misteriosa de la próxima realización de sus esperanzas. Los buenos
tiempos se acercaban. _Él_ estaba ya en el mundo. Lo había visto,
como veía ahora á Tonet, y le había tocado á él, pobre pecador,
con su mano, de una divina frialdad. Y por décima vez relataba su
encuentro misterioso en la orilla de la Albufera. Volvía del Saler
con un paquete de cartuchos para Tonet, y en el camino que bordea el
lago había sentido una profunda emoción, como si se aproximase algo
que paralizaba sus fuerzas. Las piernas se le doblaron y cayó al
suelo, deseando dormir, anularse, no despertar más.
--_Era que estabes borracho_--decía Tonet al llegar á este punto.
Pero _Sangonera_ protestaba. No; no estaba ebrio. Aquel día bebió
poco. La prueba era que permaneció despierto á pesar de que el cuerpo
se negaba á obedecerle.
Terminaba la tarde: la Albufera tenía un color morado; á lo lejos, en
las montañas, se enrojecía el cielo con oleadas de sangre, y sobre
este fondo, avanzando por el camino, vió _Sangonera_ un hombre que se
detuvo al llegar junto á él.
El vagabundo se estremecía al recordarlo. La mirada dulce y triste,
la barba partida, la cabellera larga. ¿Cómo iba vestido? Sólo
recordaba una envoltura blanca, algo así como túnica ó blusa muy
larga, y á la espalda, como abrumado por su peso, un enorme armatoste
que _Sangonera_ no podía definir. Tal vez era el instrumento de un
nuevo suplicio, con el cual se redimirían los hombres... Se inclinó
sobre él, y toda la luz del crepúsculo pareció concentrarse en sus
ojos. Tendió una mano y rozó con sus dedos la frente de _Sangonera_,
con un contacto frío, que le estremeció desde la raíz del cabello
hasta los talones. Murmuró con voz dulce unas palabras armoniosas y
extrañas que el vagabundo no pudo comprender, y se alejó sonriendo,
mientras él, á impulsos de la emoción, caía en un profundo sueño,
para despertar horas después en la obscuridad de la noche.
No le había visto más, pero era Él, estaba seguro. Volvía al mundo
para salvar su obra, comprometida por los hombres: iba otra vez en
busca de los pobres, de los sencillos, de los míseros pescadores de
las lagunas. _Sangonera_ debía ser uno de los elegidos; por algo le
había tocado con su mano. Y el vagabundo anunciaba con el fervor de
la fe el propósito de abandonar á su compañero apenas se presentase
de nuevo el dulce aparecido.
Pero Tonet protestaba con mal humor, viendo interrumpido su sueño,
y le amenazaba con voz fosca. ¿Quería callar? Le había dicho muchas
veces que aquello no era más que un ensueño de borracho. De estar
_claro_ y _en seco_, que es como debía cumplir sus encargos, hubiese
visto que el hombre misterioso era cierto italiano vagabundo, que
pasó dos días en el Palmar afilando cuchillos y tijeras, y llevaba á
la espalda la rueda de su oficio.
Enmudecía _Sangonera_ por miedo á la mano de su protector, pero su
fe se escandalizaba, rebelándose en silencio contra las vulgares
explicaciones de Tonet... ¡Volvería á verle! Tenía la certeza de
oir de nuevo su lenguaje dulce y extraño, de sentir en su frente la
mano helada, de ver su sonrisa suave. Únicamente le entristecía la
posibilidad de que el encuentro se repitiera al terminar la tarde,
cuando él hubiese apagado muchas veces su sed y viera paralizadas las
piernas.
Así pasaban el invierno los dos compañeros: _Sangonera_ acariciando
las más extravagantes esperanzas; Tonet pensando en Neleta, á la
que no veía nunca, pues el joven, en sus raros viajes al Palmar, se
detenía en la plaza de la Iglesia, no osando aproximarse á la casa de
_Cañamèl_.
Esta ausencia, prolongándose meses y meses, hacía crecer en su
memoria el recuerdo de la pasada felicidad, agrandándola con engañosa
desproporción. La imagen de Neleta llenaba sus ojos. La veía en la
selva donde se perdieron de niños, en el lago donde se entregaron
rodeados del dulce misterio de la noche. No podía moverse en el
círculo de agua y fango donde se desarrollaba su vida sin tropezar
con algo que se la recordase. Aguijoneado por la abstinencia y
enardecido por el vigor de su vida errante, dormía Tonet muchas
noches con sueño agitado, y _Sangonera_ le oía llamar á Neleta con el
rugido del macho inquieto.
Un día, Tonet, arrastrado por esta pasión que le enloquecía, sintió
la necesidad de verla. _Cañamèl_, cada vez más enfermo, había ido á
la ciudad. El _Cubano_ entró resueltamente en la taberna á mediodía,
cuando todos los parroquianos estaban en sus casas y podía encontrar
á Neleta sola tras el mostrador.
La tabernera, al verle en la puerta, dió un grito, como si se
presentara un resucitado. Un relámpago de alegría pasó por sus ojos;
pero inmediatamente se entenebrecieron, como si la razón reapareciese
en ella, y bajó la cabeza con gesto huraño é inabordable.
--_¡Vesten, vesten!_--murmuró--. _¿Es que vòls pèdrem?_
¡Perderla él!... Y esta suposición le causó tal pena, que no osó
protestar. Instintivamente retrocedió, y por pronto que quiso
arrepentirse de su debilidad, ya estaba en la plaza, lejos de la
taberna.
No intentó volver. Cuando pensaba ir á ella á impulsos de su
contenida pasión, bastaba el recuerdo de aquel gesto para que
inmediatamente le dominara una gran frialdad. Todo estaba acabado
entre los dos. _Cañamèl_, de quien se burlaba en otro tiempo, era un
obstáculo insuperable.
El odio que sentía hacia el marido le hacía ir en busca de su
abuelo, creyendo que cuanto realizara contra éste era en perjuicio
del esposo de Neleta. ¡Dinero! ¡quería dinero! ¡Se enriquecían
con la _Sequiòta_, y á él, que era el amo, lo olvidaban! Estas
demandas producían entre abuelo y nieto discusiones y enfados, que
milagrosamente no acababan á golpes en la orilla del canal. Los
barqueros viejos se asombraban ante la paciencia que mostraba el tío
_Paloma_ para convencer á su nieto. El año era malo; la _Sequiòta_
no daba el resultado que esperaban; además, _Cañamèl_ estaba enfermo
y se mostraba intratable. El mismo tío _Paloma_ deseaba en ciertos
momentos que acabase el año y viniera nuevo sorteo, para enviar al
diablo un negocio que tantos disgustos le proporcionaba. Su antiguo
sistema era el bueno: que cada uno pescase para él: ¡compañías, ni
con la mujer!...
Cuando Tonet conseguía arrancar algunos duros á su abuelo, silbaba
alegremente á _Sangonera_, y de taberna en taberna iban hasta
Valencia, pasando varios días de crápula en los bodegones de los
arrabales, hasta que la ligereza de los bolsillos les obligaba á
volver á la Albufera.
En las conversaciones con su abuelo se había enterado de la
enfermedad de _Cañamèl_. En el Palmar no se hablaba de otra cosa, por
ser el tabernero la primera persona del pueblo, ya que casi todos, en
los momentos de apuro, solicitaban sus favores. _Cañamèl_ se agravaba
en sus dolencias: no era aprensión, como todos creían al principio.
Su salud estaba quebrantada, pero al verle cada vez más grueso, más
hinchado, desbordando grasa, la gente declaraba con gravedad que iba
á morir de exceso de salud y buena vida.
Cada vez se quejaba más, sin poder precisar dónde estaba su mal. El
reuma traidor, producto de aquella tierra pantanosa, ayudado por
una vida de inmovilidad, se paseaba por su corpachón, jugando al
escondite, perseguido por las cataplasmas y los remedios caseros, que
nunca podían alcanzarle en su loca carrera. El tabernero se quejaba
por la mañana de la cabeza y á la tarde del vientre ó de la hinchazón
de las extremidades. Las noches eran terribles, y más de una vez
saltaba del lecho y abría la ventana en pleno invierno, afirmando que
se ahogaba en la habitación, no encontrando en ella aire para sus
pulmones.
Hubo un momento en que creyó haber desenmascarado su enfermedad. ¡Ya
la tenía! ¡Y conocía el nombre de la pícara! Cuando comía mucho, era
mayor la dificultad en la respiración y sentía violentas náuseas.
Su enfermedad estaba en el estómago. Y comenzó á medicinarse,
reconociendo que el tío _Paloma_ era un sabio. Lo que él tenía era
exceso de comodidades, como decía el barquero; la enfermedad de comer
demasiado y beber bien. La abundancia era su enemigo.
La _Samaruca_, su terrible cuñada, se había aproximado á él desde que
expulsó á Tonet de la taberna. Al fin, como afirmaba ella con fiereza
de arpía, su cuñado había tenido vergüenza una vez.
Salía á su encuentro cuando _Cañamèl_ paseaba por el pueblo; le
llamaba fuera de la taberna--pues no se atrevía á presentarse ante
Neleta dentro de su casa, segura de que la pondría en la puerta--, y
en estas entrevistas se enteraba con exagerado interés de la salud
del cuñado, lamentando sus locuras. Debía haber permanecido solo
después de la pérdida de _la difunta_. Había querido hacer el chaval
casándose con una muchacha, y todo lo tenía: disgustos y falta de
salud. Aquella imprudencia le salía al exterior, y gracias que no le
costase la vida.
Cuando _Cañamèl_ le habló de la enfermedad del estómago, la maliciosa
comadre fijó en él una mirada de asombro, como si por su pensamiento
pasase una idea que á ella misma la asustaba. ¿Era realmente en el
estómago donde tenía el mal?... ¿No le habrían dado algo para acabar
con él? Y el tabernero, en los malignos ojos de la mala vieja vió
una sospecha tan clara, tan odiosa contra Neleta, que se enfureció,
faltando poco para que la pegase. ¡Arre allá, mala bestia! Ya lo
decía la pobre difunta, que temía á su hermana más que al demonio. Y
volvió la espalda á la _Samaruca_, proponiéndose no verla más.
¡Sospechar tales horrores de Neleta!... Nunca se había mostrado su
mujer tan buena y solícita con él. Si algo de rencor quedaba en el
tío Paco de la época en que Tonet se hacía dueño de la taberna con
el apoyo silencioso de su mujer, había desaparecido ante la conducta
de Neleta, que olvidaba todos los asuntos del establecimiento para
pensar sólo en su marido.
Dudaba ella del saber de aquel médico casi ambulante--triste
jornalero de la ciencia que llegaba dos veces por semana al Palmar,
aconsejando la quinina á todo pasto, como si no conociera otro
medicamento--, y arrollando la creciente pereza de su marido, le
vestía como á un pequeño, colocándole cada prenda entre quejidos
y protestas de reumático, y lo llevaba á Valencia para que le
examinasen los médicos de fama. Ella hablaba por él, aconsejándole
como una madre para que hiciese todo cuanto le mandaban aquellos
señores.
La respuesta era siempre la misma. No tenía más que un reuma, pero
un reuma fuerte, que no se localizaba en parte alguna, que dominaba
todo el organismo como resultado de su juventud agitada de vagabundo
y de la vida perezosa y sedentaria que llevaba ahora. Debía agitarse,
trabajar, hacer mucho ejercicio, y, sobre todo, privarse de excesos.
Nada de beber, pues se adivinaba en él la profesión de tabernero
aficionado á trincar con los parroquianos. Nada de otros abusos. Y
los médicos bajaban la voz, completando con guiños significativos sus
recomendaciones, que no osaban formular claramente en presencia de
una mujer.
Volvían á la Albufera animados por repentina energía después de oir á
los médicos. Él estaba dispuesto á todo: quería agitarse, para echar
lejos aquella grasa que envolvía su cuerpo abrumando sus pulmones;
iría á los baños que le recomendaban; obedecería á Neleta, que
sabía más que él y asombraba con su desparpajo á aquellos señores
tan graves. Pero apenas entraba en la taberna, toda su voluntad se
desplomaba; se sentía agarrado por la voluptuosidad de la inercia, no
atreviéndose á mover un brazo más que á costa de quejidos y supremos
esfuerzos. Pasaba los días junto á la chimenea, mirando el fuego,
con la cabeza vacía, bebiendo copas á instancias de los amigos. ¡Por
una más no iba á morir! Y si Neleta le miraba severamente, riñéndole
como á un niño, el hombretón se excusaba con humildad. Él no podía
despreciar á los parroquianos; había que atenderlos; el negocio era
antes que la salud.
En este desaliento, con la voluntad muerta y el cuerpo agarrotado
por el dolor, su instinto carnal parecía crecer, aguzándose de tal
modo, que le atormentaba á todas horas con pinchazos de fuego.
Experimentaba cierto alivio buscando á Neleta. Era un latigazo que
conmovía su ser y tras el cual los nervios parecían calmarse. Ella
le reñía. ¡Se estaba matando! ¡debía recordar los consejos de los
médicos! Pero el tío Paco excusábase lo mismo que al beber una copa.
Por una vez más no iba á morir. Y ella cedía con resignación,
brillando en sus ojos de gata una chispa de maligno misterio, como
si en el fondo de su ser sintiera un goce extraño por este amor de
enfermo que aceleraba el fin de una vida.
_Cañamèl_ gemía, dominado por el carnal instinto. Era su única
diversión, su constante pensamiento en medio de la dolorosa
inmovilidad del reuma. Por la noche se ahogaba al tenderse en el
lecho: tenía que esperar el amanecer sentado en un sillón de cuerda
junto á la ventana, con doloroso resuello de asmático. De día
sentíase mejor, y cuando se cansaba de tostar sus piernas ante el
fuego, entrábase con paso vacilante en las habitaciones interiores.
--¡Neleta... Neleta!--gritaba con voz ansiosa, en la que su mujer
adivinaba una súplica.
Y Neleta iba allá con gesto resignado, abandonando el mostrador á
su tía, permaneciendo oculta más de una hora, mientras sonreían los
parroquianos, enterados de todo por su vida casi en común con los
taberneros.
El tío _Paloma_, que así como se aproximaba el término de la
explotación del _redolí_ era menos respetuoso con su consocio, decía
que _Cañamèl_ y su mujer se perseguían en la taberna como los perros
en plena calle.
La _Samaruca_ afirmaba que estaban asesinando á su cuñado. La tal
Neleta era una criminal y su tía una bruja. Entre las dos habían dado
algo al tío Paco que le trastornaba el juicio: tal vez los _polvos
seguidores_ que sabían fabricar ciertas mujeres para vencer el desvío
de los hombres. Así andaba el pobre, rabioso tras ella, sin apagar
nunca su sed, perdiendo cada día un nuevo jirón de salud. ¡Y no
había justicia en la tierra para castigar este crimen!...
El estado del tío Paco justificaba las murmuraciones. Los
parroquianos le veían inmóvil junto al hogar, aun en pleno verano,
buscando el fuego en el que hervían las _paellas_. Las moscas
revoloteaban junto á su cara, sin que mostrase voluntad para
espantarlas. En los días de sol se envolvía en la manta, gimiendo
como un niño, quejándose del frío que le producían los dolores. Sus
labios tomaban un color azulado; las mejillas, flácidas y abultadas,
tenían la palidez amarillenta de la cera, y los ojos saltones estaban
rodeados de una aureola negra, en la que parecían hundirse. Era
un fantasma enorme, grasiento y temblón, que entristecía con su
presencia á los parroquianos. El tío _Paloma_, que había terminado
con _Cañamèl_ el negocio del _redolí_, no iba por la taberna.
Aseguraba que el vino le parecía menos gustoso mirando aquel fardo de
dolores y gemidos. Como el viejo tenía ahora dinero, frecuentaba una
tabernilla adonde le habían seguido sus amigos, y la concurrencia de
casa _Cañamèl_ sufrió gran disminución.
Neleta aconsejaba á su marido que fuese á los baños que recomendaban
los médicos. Su tía le acompañaría.
--_Més avant_--respondía el enfermo--. _Después... después._
Y seguía inmóvil en la silleta de esparto, sin voluntad para
separarse de la mujer y de aquel rincón, al que parecía agarrada su
existencia.
Los tobillos comenzaron á hinchársele, tomando monstruosas
dimensiones. Neleta esperaba esto. Era la hinchazón de los
_maleolos_ (esto es, recordaba bien el nombre) que le había anunciado
un médico en su último viaje á Valencia.
Esta manifestación de la enfermedad sacó á _Cañamèl_ de su sopor. Ya
sabía él lo que era aquello. La humedad maldita del Palmar que se le
metía por los pies al permanecer quieto. Y obedeció á Neleta, que le
ordenaba trasladarse á otro terreno. En Ruzafa tenían, como todos los
ricos del Palmar, su casita alquilada para casos de enfermedad. Allí
podría valerse de los médicos y las farmacias de Valencia. _Cañamèl_
emprendió el viaje, acompañado de la tía de su mujer, y estuvo
ausente unos quince días. Pero apenas la hinchazón decreció un poco,
el tío Paco quiso volver, afirmando que ya estaba bueno. No podía
vivir sin su Neleta. En Ruzafa sentía el frío de la muerte cuando,
al llamar á su esposa, se presentaba la tía, con su cara arrugada y
hocicuda de anguila vieja.
Volvió á reanudar los antiguos hábitos, sonando en la taberna el
débil quejido de _Cañamèl_ como un continuo lamento.
Á principios del otoño tuvo que volver á Ruzafa en peor estado.
La hinchazón comenzaba á extenderse por sus piernas, enormes,
desfiguradas por el reuma, verdaderas patas de elefante, que
arrastraba con dificultad, apoyándose en el más cercano y lanzando un
quejido al colocar el pie en el suelo.
Neleta acompañó á su marido hasta la barca-correo. La tía había ido
delante, por la mañana, en el _carro de las anguilas_, para preparar
la casita de Ruzafa.
Por la noche, al acostarse, después de cerrada la taberna, Neleta
creyó oir por el lado que daba al canal un silbido tenue que conocía
desde niña. Entreabrió una ventana para mirar. ¡Él estaba allí!
Paseaba como un perro triste, con la vaga esperanza de que le
abrieran. Neleta cerró, volviéndose á la cama. Resultaba una locura
el propósito de Tonet. No era tonta para comprometer su porvenir
en un rapto de apasionamiento juvenil. Como decía su enemiga la
_Samaruca_, ella sabía más que una vieja.
Halagada, sin embargo, por el apasionamiento de Tonet, que corría
á ella tan pronto como la consideraba sola, la tabernera se durmió
pensando en su amante. Había que dejar correr el tiempo. Tal vez,
cuando menos lo esperasen, retoñaría la antigua felicidad.
La vida de Tonet había sufrido un nuevo cambio. Volvía á ser bueno,
á vivir con su padre, á trabajar en los campos, que estaban casi
cubiertos de tierra, gracias á la tenacidad del tío Tòni.
Los desmanes del _Cubano_ en la Dehesa habían terminado. La Guardia
civil de la huerta de Ruzafa visitaba con frecuencia la selva.
Aquellos soldados bigotudos, de cara inquisitorial, hacían llegar
hasta él su resolución de contestar con una bala de mauser el primer
escopetazo que disparase entre los pinos. El _Cubano_ aprovechó
la advertencia. Las gentes del correaje amarillo no eran como los
guardas de la Dehesa: podían dejarlo tendido al pie de un árbol
y después pagaban con un pedazo de papel dando cuenta del hecho.
Licenció á _Sangonera_, y otra vez volvió el vagabundo á su vida
errante, coronándose de flores de los ribazos cuando estaba ebrio
y buscando por el lago la mística aparición que tanto le había
impresionado.
Tonet, por su parte, colgó la escopeta en la barraca de su padre y
juró ante éste un arrepentimiento eterno. Quería que le tuvieran por
hombre grave. Sería para el tío Tòni respetuoso y bueno, como éste lo
había sido con el abuelo. Acababan para siempre las calaveradas. El
padre, enternecido, abrazó á Tonet, lo que no había hecho desde que
volvió de Cuba, y juntos se entregaron al enterramiento de los campos
con el ardor del que ve su obra próxima á terminar.
La tristeza daba nuevas fuerzas á Tonet, endureciendo su voluntad.
Impulsado por la pasión, que le roía las entrañas, había rondado
varias noches en torno de la taberna, sabiendo que Neleta estaba
sola. Había visto entreabrirse levemente las hojas de una ventana y
volver á cerrarse. Sin duda le había reconocido, y á pesar de esto
permanecía muda, inabordable. Nada debía esperar. Sólo le quedaba el
cariño de los suyos. Y cada vez se unía más al tío Tòni y la _Borda_,
participando de sus ilusiones y sus penas, compartiendo con ellos
la miseria y admirándoles con la sencillez de sus costumbres, pues
apenas bebía y pasaba las veladas relatando al padre sus aventuras de
guerrillero. La _Borda_ mostrábase radiante de felicidad, y cuando
hablaba con alguna vecina era para elogiar á su hermano. ¡El pobre
Tonet! ¡cuán bueno era! ¡cómo alegraba al padre cuando quería!...
Neleta abandonó repentinamente la taberna para ir á Ruzafa. Tan
grande fué su prisa, que no quiso esperar la barca-correo, y llamó
al tío _Paloma_, para que en su barquito la condujese al Saler, al
puerto de Catarroja, á cualquier punto de tierra firme desde donde
pudiera dirigirse á Ruzafa.
_Cañamèl_ estaba muy grave: agonizaba. Para Neleta no era esto lo
más importante. Su tía había llegado por la mañana con noticias que
la dejaron inmóvil de sorpresa tras el mostrador. La _Samaruca_
estaba en Ruzafa hacía cuatro días. Se había metido en la casa
como parienta, y la pobre tía no osaba protestar. Además llevaba
con ella á un sobrino, al que quería como un hijo, y que vivía con
ella: el mismo á quien Tonet había pegado la noche de _les albaes_.
Al principio, la enfermera calló, con su bondad de mujer sencilla:
eran parientes de _Cañamèl_, y no tenía tan mal corazón que fuese á
privar al enfermo de estas visitas. Pero después oyó algunas de las
conversaciones de _Cañamèl_ y su cuñada. Aquella bruja se esforzaba
por convencerle de que nadie le quería como ella y el sobrino.
Hablaba de Neleta, asegurando que, tan pronto como él emprendió
el viaje, el nieto del tío _Paloma_ entraba en su casa todas las
noches. Además... (aquí vacilaba de miedo la vieja) el día anterior
se presentaron en la casa dos señores conducidos por la _Samaruca_ y
su sobrino: uno que preguntaba á _Cañamèl_ con voz queda y otro que
escribía. Debía ser cosa de testamento.
Ante esta noticia, Neleta se mostró tal como era. Su vocecita mimosa,
de dulzonas inflexiones, se tornó ronca; brillaron como si fuesen de
talco las claras gotas de sus ojos, y por su piel blanca corrió una
oleada de verdosa palidez.
--_¡Recordóns!_--gritó como un barquero de los que concurrían á la
taberna.
¿Y para esto se había casado ella con _Cañamèl_? ¿Para esto aguantaba
una enfermedad interminable, esforzándose por aparecer dulce y
cariñosa? Vibraba en pie dentro de ella, con toda su inmensa fuerza,
el egoísmo de la muchacha rústica que coloca el interés por encima
del amor.
En el primer impulso quiso golpear á su tía, que le comunicaba tales
noticias á última hora, cuando tal vez no había remedio. Pero la
explosión de cólera le haría perder tiempo, y prefirió correr á la
barca del tío _Paloma_ con tanta prisa, que ella misma empuñó una
percha para salir cuanto antes del canal y tender la vela.
Á media tarde entró como un huracán en la casita de Ruzafa. Al verla
la _Samaruca_ palideció, é instintivamente fué de espaldas á la
puerta; pero apenas intentó retirarse, la alcanzó una bofetada de
Neleta, y las dos mujeres se agarraron del pelo mudamente, con sorda
rabia, revolviéndose, yendo de un lado á otro, chocando contra las
paredes, haciendo rodar los muebles con las manos crispadas hundidas
en el moño, como dos vacas uncidas que se pelearan con las cabezas
juntas sin poder separarse.
La _Samaruca_ era fuerte é inspiraba cierto miedo á las comadres del
Palmar, pero Neleta, con su sonrisita dulce y su voz melosa, ocultaba
una vivacidad de víbora y mordía á su enemiga en la cara con un furor
que la hacía tragarse la sangre.
--_¿Qué es això?_--gemía en una habitación inmediata la voz da
_Cañamèl_, asustado por el estruendo--. _¿Qué pasa?..._
El médico, que estaba con él, salió del dormitorio, y ayudado por el
sobrino de la _Samaruca_, pudo separar á las dos mujeres, después de
grandes esfuerzos y de recibir no pocos arañazos. En la puerta se
agolpaban los vecinos. Admiraban el ciego ensañamiento con que riñen
las mujeres, y alababan el coraje de la rubia pequeñita, que lloraba
por no poder _desahogarse_ más.
La cuñada de _Cañamèl_ huyó, seguida de su sobrino; cerróse la puerta
de la casa, y Neleta, con los pelos en desorden y la blanca tez
enrojecida por los arañazos, entró en el cuarto del marido después de
limpiarse la sangre ajena que manchaba sus dientes.
_Cañamèl_ era una ruina. Las piernas hinchadas, monstruosas: el
edema, según decía el médico, se extendía ya por el vientre, y la
boca tenía la lividez azul de los cadáveres.
Parecía aún más enorme sentado en un sillón de cuerda, con la cabeza
hundida entre los hombros, sumido en un sopor de apoplético, del que
sólo lograba salir á costa de grandes esfuerzos. No preguntó la causa
del estruendo, como si la hubiese olvidado instantáneamente, y sólo
al ver á su mujer hizo un torpe gesto de alegría y murmuró:
--_Estic molt mal... molt mal._
No podía moverse. Tan pronto como intentaba acostarse se ahogaba, y
había que correr á levantarlo como si hubiese llegado su última hora.
Neleta hizo sus preparativos para quedarse allí. La _Samaruca_ no se
burlaría más. No soltaba á su marido hasta llevárselo bueno al pueblo.
Pero ella misma hacía un gesto de incredulidad ante la esperanza
de que _Cañamèl_ pudiera volver á la Albufera. Los médicos no
ocultaban su triste opinión. Se moría de un reumatismo cardíaco, de
_asistolia_. Era enfermedad sin remedio; el corazón quedaría falto de
contracción en el momento menos esperado y acabaría la vida.
Neleta no abandonaba á su marido. Aquellos señores que habían escrito
papeles cerca de él no se apartaban de su pensamiento. La enfurecía
el amodorramiento de _Cañamèl_; quería saber qué es lo que había
dictado bajo la maldita inspiración de la _Samaruca_, y le sacudía
para hacerle salir de su sopor.
Pero el tío Paco, al reanimarse un momento, contestaba siempre lo
mismo. Todo lo había dispuesto bien. Si ella era buena, si le quería
como tantas veces se lo había jurado, nada debía temer.
Á los dos días murió _Cañamèl_ en su sillón de esparto, asfixiado por
el asma, hinchado, con las piernas lívidas.
Neleta apenas lloró. Otra cosa la preocupaba. Cuando el cadáver hubo
salido para el cementerio y ella se vió libre de los consuelos que le
prodigaban las gentes de Ruzafa, sólo pensó en buscar al notario que
había redactado el testamento y enterarse de la voluntad de su esposo.
No tardó en lograr su deseo. _Cañamèl_ había sabido hacer bien las
cosas, como afirmaba en sus últimos momentos.
Declaraba su heredera á Neleta, sin mandas ni legados. Pero ordenaba
que si ella volvía á casarse ó demostraba con su conducta sostener
relaciones amorosas con algún hombre, la parte de su fortuna de que
podía disponer pasase á su cuñada y á todos los parientes de la
primera esposa.