CAPÍTULO V

Esnobismo sociológico.--Anarquistas intelectuales.--Humo.

Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este

señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y

quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que

no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en

donde les presentaría unos compañeros.

--¿Iremos?--le preguntó el Libertario á Juan.

--Por qué no.

* * * * *

Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.

Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es

el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo

modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas

blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de

baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos

grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el

talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez

desagradable.

Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó

afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran

corbata azul y un chaleco claro rameado.

--Pasemos á mi despacho--dijo--. Les presentaré á mis amigos.

Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de

ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los

anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.

El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y

cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas.

En el fondo había una chimenea encendida.

--Sentémonos por aquí, al lado del fuego--dijo el anfitrión.

Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y

acercó una mesita de te con tazas y pastas.

Sirvió el criado á unos te á otros café.

El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado

les preguntó:

--¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?

--Me es igual.

Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló

de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel

d'Annunzzio y de otra porción de cosas.

Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó

en la butaca y dijo:

--Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una

gran independencia de criterio y que representara las tendencias más

avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he

permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido

filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera

en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?

El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de

la necesidad de la renovación.

--Yo quisiera saber--prosiguió--si ustedes podrían llegar á un acuerdo

para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría

yo.

--Nosotros somos anarquistas--dijo el Libertario--, y cada uno de

nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con

nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo

y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual

sociedad.

Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.

--Pero eso es muy vago--dijo con cierto aire displicente un joven

acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.

--¿Vago? Yo no veo la vaguedad--replicó con rudeza el Libertario--.

Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado,

la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.

--Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes--indicó el gomoso,

y añadió dirigiéndose al anfitrión--; porque hay el nihilismo

filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del

socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que

es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...

--Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro--dijo sonriendo el

Libertario.

--¿Un sentimiento puramente de destrucción?

--Eso es, puramente de destrucción.

--Yo estoy con estos señores--saltó un joven de barba y anteojos, de

aspecto ensimismado y hablar meloso--; creo que hay que destruir mucho,

disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.

--Hay que construir--interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.

--¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para

resistir todas las ideas, aun las más disolventes?

--Había que discutir eso.

--Discutir, ¿para qué?--repuso el de las barbas--. Es una convicción que

yo tengo y de la que usted no participa.

--¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.

--Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las

ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes

á inmovilizarlas.

--Las ideas están ya transformadas--replicó el gomoso.

--Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal

verdadero en toda España.

--¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que

usted desea?

--El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de

abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta,

porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena,

ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted--dijo al

oficial--que mata en la guerra.

--Yo--saltó el oficial--hago una diferencia entre el militar y el

guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.

--Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de

los funcionarios, yo creo que se hunde--siguió diciendo el de las

barbas.

--¡Bah!

--Es mi opinión--y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy

ensimismado.

* * * * *

--Yo--dijo el oficial á Juan--encuentro muy simpáticas las ideas de

ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y

clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que

ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.

--No--repuso Juan--; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á

exterminarse unos á otros.

--Yo lo que quisiera saber--dijo el joven sociólogo--, quiénes son los

que van á hacer esa revolución.

--¿Quiénes?--contestó el Libertario--, los desarrapados, los que viven

mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y

la revolución estaba hecha.

* * * * *

--Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir--exclamó el oficial--;

pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el

ejército.

El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil

de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las

ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos

artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la

revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los

capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las

obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido

de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado

el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una

concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y

anarquista.

El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven

gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí

mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie.

Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades

científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías:

arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes

y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y

cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la

anarquía le parecía despreciable.

--Yo estaría con ustedes--dijo el joven sociólogo--, siempre que ustedes

se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista,

sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y

brutalidades.

--Ustedes los sociólogos, los ateneístas--murmuró el de las barbas con

sorna--, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los

naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto

doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver

si el año pasado se murieron más ó menos.

--¿Nos vamos á poner á llorar?

--No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las

estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el

sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca.

Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no

llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la

doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran

federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos

fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo

científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de

los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el

sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la

idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su

funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el

obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á

la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la

burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el

mío!»

--Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía

es un sistema científico.

--Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de

los exaltados.

* * * * *

--Seguramente no nos entendemos--dijo Juan--, ¡vámonos!

--No; no nos podemos entender--replicó incomodado el sociólogo--.

Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.

--Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.

--Yo también lo soy.

--Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta

atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos;

queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover

esto.

--Pero eso no es un programa claro.

--¡Programa claro! ¿Para qué?--exclamó el Libertario--. ¿Para no

realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los

que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los

planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es

la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos

que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está

todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la

ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso

hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene

como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en

los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue

impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen

ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución;

luego ya veremos lo que sale.

--No estamos conformes.

--Bueno. ¡Vámonos!--dijo Juan.

Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había

oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su

amigo.

El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.

Salieron los cuatro á la calle.

--Abrígate--le dijo Manuel á Juan.

--Quia, no hace frío.

La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia

menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un

manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes

en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces

de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida

amplia y hermosa.

--¡Qué imbéciles son!--dijo Prats.

--No; que no se quieren comprometer--replicó el Libertario--. Es

natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo

mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos

los españoles.

--Sí; desgraciadamente es verdad--pensaba Manuel.

--Estas tentativas de unión fracasan siempre--dijo Prats--. Sólo en

Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí

reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los

anarquistas.

--Sí, es verdad--repuso el Libertario--; ese elemento radical burgués es

el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los

químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los

aristócratas prepararon la revolución política.

Se despidieron.

--Salud, amigos--dijo el Libertario.

--¡Salud!

Manuel y Juan fueron á su casa.

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La lucha por la vida: Aurora roja · 第 46 / 63 题