Esnobismo sociológico.--Anarquistas intelectuales.--Humo.
Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este
señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y
quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que
no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en
donde les presentaría unos compañeros.
--¿Iremos?--le preguntó el Libertario á Juan.
--Por qué no.
* * * * *
Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.
Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es
el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo
modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas
blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de
baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos
grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el
talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez
desagradable.
Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó
afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran
corbata azul y un chaleco claro rameado.
--Pasemos á mi despacho--dijo--. Les presentaré á mis amigos.
Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de
ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los
anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.
El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y
cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas.
En el fondo había una chimenea encendida.
--Sentémonos por aquí, al lado del fuego--dijo el anfitrión.
Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y
acercó una mesita de te con tazas y pastas.
Sirvió el criado á unos te á otros café.
El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado
les preguntó:
--¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?
--Me es igual.
Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló
de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel
d'Annunzzio y de otra porción de cosas.
Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó
en la butaca y dijo:
--Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una
gran independencia de criterio y que representara las tendencias más
avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he
permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido
filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera
en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?
El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de
la necesidad de la renovación.
--Yo quisiera saber--prosiguió--si ustedes podrían llegar á un acuerdo
para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría
yo.
--Nosotros somos anarquistas--dijo el Libertario--, y cada uno de
nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con
nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo
y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual
sociedad.
Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.
--Pero eso es muy vago--dijo con cierto aire displicente un joven
acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.
--¿Vago? Yo no veo la vaguedad--replicó con rudeza el Libertario--.
Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado,
la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.
--Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes--indicó el gomoso,
y añadió dirigiéndose al anfitrión--; porque hay el nihilismo
filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del
socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que
es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...
--Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro--dijo sonriendo el
Libertario.
--¿Un sentimiento puramente de destrucción?
--Eso es, puramente de destrucción.
--Yo estoy con estos señores--saltó un joven de barba y anteojos, de
aspecto ensimismado y hablar meloso--; creo que hay que destruir mucho,
disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.
--Hay que construir--interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.
--¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para
resistir todas las ideas, aun las más disolventes?
--Había que discutir eso.
--Discutir, ¿para qué?--repuso el de las barbas--. Es una convicción que
yo tengo y de la que usted no participa.
--¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.
--Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las
ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes
á inmovilizarlas.
--Las ideas están ya transformadas--replicó el gomoso.
--Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal
verdadero en toda España.
--¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que
usted desea?
--El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de
abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta,
porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena,
ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted--dijo al
oficial--que mata en la guerra.
--Yo--saltó el oficial--hago una diferencia entre el militar y el
guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.
--Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de
los funcionarios, yo creo que se hunde--siguió diciendo el de las
barbas.
--¡Bah!
--Es mi opinión--y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy
ensimismado.
* * * * *
--Yo--dijo el oficial á Juan--encuentro muy simpáticas las ideas de
ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y
clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que
ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.
--No--repuso Juan--; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á
exterminarse unos á otros.
--Yo lo que quisiera saber--dijo el joven sociólogo--, quiénes son los
que van á hacer esa revolución.
--¿Quiénes?--contestó el Libertario--, los desarrapados, los que viven
mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y
la revolución estaba hecha.
* * * * *
--Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir--exclamó el oficial--;
pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el
ejército.
El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil
de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las
ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos
artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la
revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los
capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las
obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido
de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado
el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una
concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y
anarquista.
El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven
gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí
mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie.
Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades
científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías:
arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes
y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y
cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la
anarquía le parecía despreciable.
--Yo estaría con ustedes--dijo el joven sociólogo--, siempre que ustedes
se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista,
sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y
brutalidades.
--Ustedes los sociólogos, los ateneístas--murmuró el de las barbas con
sorna--, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los
naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto
doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver
si el año pasado se murieron más ó menos.
--¿Nos vamos á poner á llorar?
--No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las
estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el
sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca.
Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no
llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la
doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran
federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos
fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo
científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de
los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el
sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la
idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su
funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el
obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á
la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la
burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el
mío!»
--Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía
es un sistema científico.
--Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de
los exaltados.
* * * * *
--Seguramente no nos entendemos--dijo Juan--, ¡vámonos!
--No; no nos podemos entender--replicó incomodado el sociólogo--.
Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
--Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
--Yo también lo soy.
--Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta
atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos;
queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover
esto.
--Pero eso no es un programa claro.
--¡Programa claro! ¿Para qué?--exclamó el Libertario--. ¿Para no
realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los
que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los
planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es
la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos
que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está
todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la
ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso
hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene
como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en
los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue
impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen
ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución;
luego ya veremos lo que sale.
--No estamos conformes.
--Bueno. ¡Vámonos!--dijo Juan.
Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había
oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su
amigo.
El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.
Salieron los cuatro á la calle.
--Abrígate--le dijo Manuel á Juan.
--Quia, no hace frío.
La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia
menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un
manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes
en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces
de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida
amplia y hermosa.
--¡Qué imbéciles son!--dijo Prats.
--No; que no se quieren comprometer--replicó el Libertario--. Es
natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo
mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos
los españoles.
--Sí; desgraciadamente es verdad--pensaba Manuel.
--Estas tentativas de unión fracasan siempre--dijo Prats--. Sólo en
Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí
reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los
anarquistas.
--Sí, es verdad--repuso el Libertario--; ese elemento radical burgués es
el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los
químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los
aristócratas prepararon la revolución política.
Se despidieron.
--Salud, amigos--dijo el Libertario.
--¡Salud!
Manuel y Juan fueron á su casa.
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