Miedos pueriles.--Los hidalgos--El hombre de la Puerta del Sol.--El
enigma Passalacqua.
Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores,
algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.
A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el
miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas
por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.
El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que
esa otra clase de miedos.
Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una
sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son
unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y
escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un
microscopio con un barómetro.
Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus
logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y
un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.
Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un
sabio, un pozo de ciencia y de maldad.
Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio,
que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el
club, y que está siempre en acecho.
Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible,
es el anarquista.
Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.
¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de
importancia?
Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al
católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas
cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque
la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que
les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni
de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad
española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados
por beatas.
Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras
individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas
no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de
su vida.
Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier
sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según
ellos, un confidente ó un traidor.
Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á
quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero
feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos
cuantos.
* * * * *
Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de
algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros
por si llegaban anarquistas con fines siniestros.
Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer
dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández
Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.
Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández
Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más
conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café
Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta
del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.
Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala
ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca
en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una
sonrisa suntuosa y un bastón.
Era un desarrapado que se las echaba de marqués.
--No me gustan los términos medios, ¿está usted?--decía--, ó voy hecho
un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.
El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de
prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él
porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía
el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la
mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de
bailarina.
Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?
Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que
piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el
80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos,
periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los
hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La
tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura
é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una
prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y
gangueros.
Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su
familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que
Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en
campo de azur.
El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de
Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.
Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias,
alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.
--Mañana se subleva la guarnición de Madrid--decía con gran misterio--.
Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos
sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación
del Mediodía con los de los barrios bajos.
Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y
pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita
ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista,
viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos
damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á
comer á Silvio á diario.
Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo
embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó
de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre
de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar
cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre
delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un
gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se
había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro.
Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las
únicas prendas cambiadas de su amor.
* * * * *
Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía,
y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.
--Hay un complot que explotar--se dijo--. Este complot está incubándose,
en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en
este caso la cuestión está en organizarlo.
Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó
en la taberna de Chaparro.
Habló con Juan.
--Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente
para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador
de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.
Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte
en el complot.
Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el
Libertario.
--Te venía á buscar--le dijo éste.
--¿Pues qué hay?
--Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en
la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han
descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot
vendría al gobierno de perillas.
--¿Y qué dicen que van á hacer?
--Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los
anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande
Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.
La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.
Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.
--Es un amigo de París--dijo--que aprovechándose de los trenes baratos
quiere ver Madrid.
--Un amigo; ¿no será algún anarquista?--dijo la Salvadora alarmada.
--No. ¡Quiá!
Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la
imprenta.
A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar,
Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal
vestido.
--Es mi amigo Passalacqua--dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la
imprenta--; le he conocido en París.
Manuel contempló con atención al amigo.
Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza
piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le
caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y
los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón.
Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló
únicamente con Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y
entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía
y de ferocidad.
Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y
dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría
en el suelo, que estaba acostumbrado.
--Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús--dijo Juan á la Ignacia y á
la Salvadora--. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.
--Ya está la cama--dijo la Salvadora.
El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su
maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó
el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.
--¿Tiene llave este cuarto?--preguntó.
--No.
Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.
--Está bien--añadió--. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.
--Se le llamará.
--Buona sera.
--Malas trazas tiene el pájaro--dijo Manuel á su hermano.
--Quia, es una excelente persona--replicó éste.
--¿Por qué no vas á la cama?--preguntó la Salvadora á Juan.
--Todavía es temprano.
--¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!--dijo
torpemente Manuel.
Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo
extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que
hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo
paseándose largo rato.
--¿Qué pasa?--preguntó Manuel cuando se quedaron solos.
La Salvadora puso un dedo en los labios.
--Aguarda--murmuró.
Esperaron largo rato.
Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á
Manuel:
--Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.
--¡Eh!
--Sí.
--¿Por qué supones eso?
--Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.
--Pero bueno, ¿qué has visto?
--He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran
cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de
ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan...
preocupado...
--Sí, es verdad.
--Ese hombre trae algo.
--Sí, creo que sí.
--¿Y qué hacemos?
--Hay que coger esa maleta--dijo Manuel.
--Iré yo--exclamó la Salvadora.
--¿Y si se despierta?
--No se despertará. Viene muy cansado.
* * * * *
Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio.
Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta
del hombre que dormía.
--Yo sé dónde ha dejado la maleta--dijo la Salvadora--; á tientas estoy
segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el
desván y salió al instante con la maleta en la mano.
Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta
encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un
cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.
Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura
envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible.
Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de
metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una
asa de cuerdas.
--¿Qué hacemos con esto?--se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á
tocarlo.
--¿Por qué no llamas á Perico?--dijo la Salvadora.
Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en
el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.
--Vamos á ver eso--dijo Perico al oir la relación de Manuel--. Subieron
los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.
--¡Ah, ya comprendo lo que es!--dijo Perico--. Esto--y señaló un tubito
de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un
líquido amarillento--debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la
máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo
al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca
la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas
ya no lo podríais contar.
La Salvadora y Manuel se estremecieron.
--¿Y qué hacemos?--preguntaron los dos.
--Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó
el tubito con un alicate y lo hizo saltar.
--Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.
Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En
el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un
destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto,
volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron
en un periódico. Había un par de kilos.
--¿Esto será dinamita?--preguntó Manuel.
--Debe serlo.
--¿Y qué hacemos con ella?
--Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá
marchando poco á poco.
Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.
--Aquí queda algo dentro--murmuró Perico--. Metió la punta de una tijera
en la lata y la fué abriendo.
Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el
tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos
naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.
Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del
patio.
Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado
las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de
cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de
rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en
medio de todos ellos se leía: _Germinal_. Fueron mirando uno á uno los
papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y
notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba.
Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el
compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á
almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato
potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico,
y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.
--Yo voy á quemar todos estos papeles--dijo Manuel.
Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el
cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio
y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los
pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.
--¿Qué pasa?--dijo en alta voz.
Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.
--¿Qué hay?--dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.
--Nada--le contestó la Salvadora--. Perico que ha perdido la llave.
--Registradle á Juan por si acaso--dijo el jorobado--no tenga alguna
carta que le comprometa.
--Es verdad--dijo Manuel--. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace
unos días ha recibido dos cartas.
Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió
con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de
ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un
complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los
papeles.
--Yo creo que ahora podéis estar tranquilos--dijo Rebolledo--. ¡Ah!, una
cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen
los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les
contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento
advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga
tiempo de advertir nada al otro.
Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran
inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su
cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y
sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato
así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad
que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto
tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como
había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos
enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra
había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había
además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le
mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en
el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les
impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no
lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro
fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre
infelices.
* * * * *
A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á
la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.
--¿Es usted Manuel Alcázar?
--Servidor de usted.
--Queda usted detenido.
--Está bien.
--Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo,
ó quiere que vengamos con auto del juez?
--Lo mismo me da.
--Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.
--Bueno.
Volvieron á la casa.
--Ah, yo exijo una cosa--dijo Manuel al entrar en el portal.
-¿Qué?
--Que asistan dos vecinos al registro.
--Está bien.
* * * * *
Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le
llevaron á presencia del juez.
--Tengo entendido--le dijo el juez--que es usted un anarquista
peligroso.
--¿Yo?, no señor, no soy anarquista.
--Entonces, el agitador es un hermano de usted.
--Mi hermano es anarquista, pero no de acción.
--Su hermano es escultor, ¿verdad?
--Sí, señor.
--Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas
ideas!
--Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para
eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.
--Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo
recibió su hermano las cartas de Passalacqua?
--¿Qué cartas?--preguntó cándidamente Manuel.
--¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?
--No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en
casa.
--¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su
casa?
--Sí, señor.
--¿Sabe usted cómo se llama?
--Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.
--¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?
--No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las
mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de
más.
--Bueno. Espere usted un instante.
Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.
Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la
escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no
había bombas ni cuchillo, ni folletos.
Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca
es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de
Juan.
Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á
Juan le habían dejado libre.
Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa
de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.
Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no
anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.
Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y
que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde
había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría
inmediatamente su expulsión.
Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.
--¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan
estúpido?--le preguntó.
--Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por
ella.
--Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?
--¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de
iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de
esta sociedad podrida.
--En nombre del bienestar de todos, ¿eh?
--Tú lo has dicho--contestó Juan.
--Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á
matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.
--Es necesario--replicó Juan con voz sombría.
--¡Ah! ¡es necesario!
--Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar
carne sana.
--Y tú, libertario--repuso Manuel--tú que crees que el derecho de vivir
de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la
fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que
sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te
digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la
felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un
niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un
niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...
--Y harías bien--murmuró Juan--. Por los niños, por las mujeres, por los
débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad
actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente
la llaga social.
Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos
eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la
aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo
entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á
la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta
en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social
sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni
ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta
de nuestros miserables días.
Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á
los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del
Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la
explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre
de los desamparados...
Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la
miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría
que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para
esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos
eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...
* * * * *
¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!
No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más
tranquilo, le atacó de soslayo.
--Por lo menos--dijo--ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande,
entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la
policía.
--¿Crees tú?
--Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles
comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de
anarquistas?
--Eso no tiene nada de particular.
--Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que
iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de
cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo
gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?
--No.
--¿Cómo te relacionaste con él?
--Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me
decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro
donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día
I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso
de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por
estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la
mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía
preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no
sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice;
bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos
un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la
bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes,
cuando me dijo:--Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.
--Ves--saltó Manuel--, tenía interés en venir á tu casa.
--Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría
más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros;
pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos
revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al
resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado
asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?
--La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que
Passalacqua es de la policía.
Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la
desconfianza al ánimo de su hermano.
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