Gente sin hogar.--El Mangue y el Polaca.--Un vendedor de
cerbatanas.--Un gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La
Filipina.--El oro escondido.
En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día
que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al
lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.
Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una
chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno
se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de
torero. A la chica le decían la Chai.
El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el
Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como
dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y
quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la
Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en
las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un
día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo,
atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este
bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la
salida se echó á andar por las calles.
--¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!--murmuró Juan--. ¡Qué
infamia!
El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.
--¿Y ganábais algo en esas capeas?--les preguntó Juan.
--Sí, lo que nos daban.
--¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?
--Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación
bajábamos.
--Pero todos los días no habría capeas.
--No.
--Y mientras tanto, ¿qué comíais?
--Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.
--¿Y ahora qué hacéis?
--Ahora nada. Esperando el verano.
La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo
observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.
--¿Y vivís solos aquí vosotros?
--No, hay más en estas casillas.
A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía
una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados
á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su
mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el
Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.
El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con
tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.
--No crea usted... que es guasa--dijo el gitano--. ¿A que le doy á aquel
bote de pimiento?
--¿A que no? Una perra gorda--apostó el de las cerbatanas.
El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.
Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.
--Y usted, ¿qué hace?--le preguntó Juan al golfo.
--¿Yo?--exclamó el otro en tono displicente.
--Sí.
--Yo soy ladrón.
--¡Mal oficio!
--¿Por qué?
--Porque no produce más que disgustos.
--¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.
--¿Y qué es lo que roba usted?
--Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.
--¿Entonces conocería usted á Jesús?
--A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?
--Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.
--Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el
Raspa.
--¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?
--Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que
viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.
--¿Y si le matan á usted?
--¡Psch! Es igual.
--¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?
--Me las he arreglado para que me saquen.
--¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?
--¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos
buenas personas.
Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.
--Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de
arriba--contó el Corbata--. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer
miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos
en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara
nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión:
«¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»--le preguntó. «No, señor director.»
«¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me
perdonará, señor director--le dijo el Ladrillero sonriendo--, pero el
preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado
el gorrión por tres días para que se distraiga.»
El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un
niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los
presidios había tan buena gente ó más que fuera.--Un acaloro cualquiera
lo puede tener--terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata
distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.
* * * * *
Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del
Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de
bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada
indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en
la cárcel y le tomó bajo su protección.
El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas
pasiones.
--He vivido en una casa de zorras--le dijo á Juan riendo--, hasta que se
murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche
me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo
que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y
nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una
mujer me faltó y la dí una _puñalá_. Ahora estoy aquí porque me tengo
que ocultar.
Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer
tagala con el objeto de explotarla.
Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por
aquellos descampados.
Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el
instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta
ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la
sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á
ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su
oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le
daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.
El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones
apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como
quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.
Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un
mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos
purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.
Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la
garrota, gritaba varias veces el santo del día.
El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:
--Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy--y desde entonces
le llamaba Santa Tecla.
* * * * *
--¡Qué hermoso!--pensaba Juan--sería sacar á estos hombres de las
tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera
más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad
dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que
nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...
Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del
campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de
San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente
los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las
tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y
dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe
le escuchaba.
Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:
--El oro está dentro; saldrá á la superficie.
Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja
arpía, con quien se hallaba amontonado.
--¿Qué sabes tú, vieja zorra?--decía Santa Tecla.
--¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú--replicaba la
vieja haciendo gestos repugnantes.
--Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.
--Si parece que tienes telarañas en los ojos.
--Calla, calla, _arrastrá_.
--Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero
porque eres tú.
--Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una
cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.
--Y lo son. ¡Me parece!--y la vieja hizo un gesto desvergonzado.
Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho
con dignidad.
--Pues sí, pues sí--chilló la vieja--, mañana va otro ciego cualquiera
al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.
--¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?
--¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu
parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no
dan nada?
--A que sí.
--¿Cuánto apostamos?
--Una botella.
--Está.
--Hay que ver en qué termina la apuesta--dijo el Corbata.
Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras
de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la
hierba.
Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella
en la mano.
Santa Tecla sonrió.
--¿Qué?--dijo cuando se asomó la vieja--. ¿Han dado?
--_Ná_, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna _pa_ el
cieguecito, que mi pobre _marío_ está _mu_ malo y no tenemos ni _pa
melecinas_!
--¿Y qué?
--_Pus ná_, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí
hasta su casa... y la señora ha _llamao_ al portero y le ha dicho que me
eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!
--¡Los dos reales! ¿Pero tú te has _figurao_ que á mí me la das? Lo que
te voy á dar es un estacazo por liosa.
--No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que
digo.
--Bueno, trae la botella--y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y
comenzó á beber y á murmurar.
--¡_Desagradecías_, más que _desagradecías_!
--¿Ves?--gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina--. ¿Ves
lo que son?
--_¡Desagradecías!_--gruñía el viejo.
--Pero oiga usted, compadre--le preguntó el Corbata en tono de chunga--.
¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?
--¿Y te parece poco?--replicó el mendigo componiendo el semblante.
--A mí muy poco.
--Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa--refunfuñó el viejo con la
barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á
carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano,
murmuraba entre dientes cabeceando:
--Son unas _desagradecías_. ¡Para que haga uno por ellas nada!
* * * * *
Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el
Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era
domingo y quería divertirse el mozo.
--No tengo más que unos céntimos--dijo ella.
--Te los habrás gastado.
--No; es que no he ganado.
--A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.
Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la
echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un
grito.
Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se
marchó.
Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy
tristes, se calentaron en ella.
Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la
superficie.
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