El mitin en Barbieri.--Un joven de levita.--La carpintería del arca
de Noé.--¡Viva la Literatura!
Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún
repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el
movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas
de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más
que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el
encargado de no permitir la menor transgresión.
--Yo haré lo que sea--le decía á su hermano--, pero tú quédate en casa.
--Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.
--¿Le veremos á Grau?
--Psch... bueno; no querrá ir.
Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron
los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de
una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo
que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á
un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la
pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron
contemplándolos.
--Esta es Luisa Michel--dijo Prats.
Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente
desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine,
calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato
fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki,
con su tipo innoble y repulsivo.
Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera
nadie.
--Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro--dijo
Manuel.
Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que
dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido
estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la
contestación.
Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar
los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de
Grau á tomar parte en la reunión.
El Madrileño despotricó contra Grau.
--Es un vividor--dijo--, un farsante vendido al gobierno.
--No--replicó el Libertario--, es un temperamento de burgués, que vende
su periódico como otro vende pastillas de chocolate.
--Sí--dijo el Madrileño--; pero cuando uno tiene un temperamento de
burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó
cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es
partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando
se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro
cuartos.
--Grau será lo que se quiera--dijo Prats--; pero es una persona honrada
y decente. En cambio, el director de _El Libertario_, es un miserable,
una cucaracha, un reptil.
--¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!--replicó el Madrileño--, por eso le
defiendes á ese farsante!
--¡Farsantes, vosotros!
--Si estáis todos vendidos al gobierno.
--Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo
anarquista--gritó Prats enfurecido--. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico
por hablar bien de Dato?
--Y vosotros--exclamó el Madrileño--¿qué cobrásteis por la campaña
rabiosa que hicísteis contra los republicanos?
--La hicimos por dignidad.
--¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de
Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos
tenéis salvoconducto de la policía.
--¡Canallas!--vociferó Prats fuera de sí--. Vosotros sí que estáis
vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened
en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.
--Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres
dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros;
porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros
no habéis hecho más que vivir de ella.
--Escupe tu baba, ¡miserable!--exclamó Prats.
--El miserable eres tú--gritó el Madrileño, acercándose á su
contrincante con el puño levantado.
El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron
calmarlos.
--¡Imbéciles! ¡Idiotas!--murmuró el Libertario--. Saben que lo que dicen
es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen
interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un
hombre...
* * * * *
--¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?--preguntó Manuel.
--¿Para qué?--preguntó el Libertario.
--Para discutir con ellos.
--¡Quia!--replicó en tono humorístico el Madrileño--. A esos, todo lo
que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.
--La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro--dijo el
Libertario.
--Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela--contestó
Manuel.
--Podríamos ir á verle.
--Bueno.
A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales
llevaba la imprenta como una seda.
* * * * *
Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque
convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por
un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el
Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta
atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
Empujaron la puerta.
--¿Qué quieren ustedes?--les dijo un hombre con gorrilla.
--Preguntamos por el Aristas.
--En el otro lado.
Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de
las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en
corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el
mantón con toquilla en la cabeza.
Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.
--No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela!
Imposible--dijo el Aristas--. Ahora, se lo diré al representante.
--Como usted quiera--dijo con indiferencia el Libertario, á quien le
molestaba el aire de superioridad del Aristas.
Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un
extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba,
de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.
Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de
cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.
Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á
decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba
Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era
un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.
--¿Qué bien trabaja, eh?--exclamó el Aristas sonriendo--. Gana ocho
duros al día.
--¡Qué barbaridad!--murmuró el Libertario!--. ¡Cuántos de nosotros
tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
--¿Qué tiene que ver eso?--¿A usted le quitan el dinero?--preguntó el
Aristas.
--Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como
yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
--Ya se ve que no entiende usted nada de arte--dijo desdeñosamente el
Aristas.
--¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á
los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de
sosa para el flato.
El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo
á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos
para un mitin anarquista.
--Está bien--dijo el Libertario--. Vámonos.
Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y
salieron del teatro.
* * * * *
No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el
Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día
fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche,
y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba
por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.
Juan fué al escenario.
--Ten cuidado--le dijo la Salvadora--, no te enfríes.
Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día
triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una
cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos
hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete
azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila
de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y
entre éstos se sentó Juan.
Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero
hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se
instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y
en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas,
entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también
roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á
Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
--¡Salud, compañera!--dijo el Libertario estrechándole la mano.
--¡Salud!--contestó ella riendo.
--La conocemos á usted mucho--añadió el Libertario--; éste y su hermano,
no saben más que hablar de usted.
La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
--Y qué, ¿vas á hablar?--le preguntó Manuel al Libertario.
--Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que
no... Yo no sirvo para orador.
Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás
y añadió:
--¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?
La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los
tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de
expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó
cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales
brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara
triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...
--¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué
pocas hay bondad!--añadió el Libertario--. Aires solemnes, graves, tipos
de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va
á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!
--Salud.
Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel
y se fué.
Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de
barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo,
pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas
cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los
oradores.
Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del
escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de
agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!--dijo.
A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al
orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público
hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar
aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.
Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el
vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de
periódicos y comenzó á hablar.
Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no
decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro
periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El
público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero
relinchaban con gran maestría.
Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la
gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo
el mundo un suspiro de alivio.
Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado
muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de
pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.
El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros
oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven
de la levita.
En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos
de sociología y de antropología.
En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A
cada instante parecía decir á los cuitados del público:
¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy
hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta
vosotros. Me he identificado con vosotros.
Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que
despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los
sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos
ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno;
despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por
los papanatas del público con estrepitosos aplausos.
El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien
le convencen en su casa de que tiene mucho talento.
Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de
latiguillo.
--Al poder de las armas--dijo--, opondremos nosotros nuestra austeridad;
si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la
fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al
poder destructor de la dinamita.
Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del
público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el
_Sancta santorum_ de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente
de hombre no comprendido.
Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada
con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y
confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los
niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se
fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se
echó á reir, encogiéndose de hombros.
* * * * *
Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de
la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa,
tostado por el sol, con la mirada atravesada.
El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la
gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
--¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis
engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis
noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á
quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros...
¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más
ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los
perros que lamen la mano del que les da de comer. (_Aplausos._)
Una voz gritó:--No es verdad.
--¡Fuera ese! ¡Fuera!
--Dejadle hablar.
--Yo he conocido un verdadero obrero intelectual--siguió diciendo el
orador--, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la _gabina_ y
del futraque. (_Aplausos._) Era un maestro de escuela, que predicaba la
idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel
hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de
nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite
y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á
la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo
de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen
nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del
oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen
dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane
usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando
llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y
cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto,
comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo
digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de
gallinas...
El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus
instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al
público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre
fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros
abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las
comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que
aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de
cualquier disparate.
Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de
los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo
mirando al cielo.
--¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!--dijo Manuel á la
Salvadora.
Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
--No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos
farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución
Social!
Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso,
cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él
no tenía más odio que la Biblia.
Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de
disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de
la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia
del alma.
--Porque ¿qué es el alma?--preguntó él--. Pues el alma no es más que el
juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema
humanitario--y se miró á los brazos y á las piernas--, y si se va á ver,
lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los
perros, sino hasta los más _insiznificantes_.
Después de esta explicación materialista del alma, digna del
_Ecclesiastes_, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé,
como él lo llamó:
--Yo no sé--dijo--si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo
que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho
menos (_risas_), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo
mismo terrestre que volátil, que _acuario_, se necesitaba toda una
señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo
suyo (_nuevas risas_); pero si le hubiera conocido á este señor, le
hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los
chinches, las cucarachas y otros _inseztos_? ¿No hubiera sido mejor
dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma
de burgués (_risas_). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante,
porque en _orsequio_ de las señoras, que son á quienes más les pica
(_risas_, _gritos_ _y_ _patadas_), debía haber suprimido las pulgas. Y
otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro
del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde
vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire,
¿cómo vivían allí si no había aire?
--¿Y por qué no había de haber aire?--preguntó uno desde arriba.
--Si había aire, estaría viciado--contestó el hombre gordo--. Porque
cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación
con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin,
compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy
pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran
desazón.
--A ver si se trabuca--dijo á la Salvadora.
--No lo hará bien--contestó ella, también intranquila.
* * * * *
Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz
velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el
aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse
escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á
hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
--La anarquía--dijo--no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que
los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia,
sólo por la fuerza de la razón.
El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus
miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.
El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que
para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del
trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.
El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la
maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la
tierra.
El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que
viven de sangre humana, microbios de la humanidad.
El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie
tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista
y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la
organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.
El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la
esclavitud.
--Sólo lo libre es hermoso--exclamó y en una divagación pintoresca
dijo:--El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y
negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le
compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y
preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura;
tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico;
tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el
timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á
un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado
que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una
cadena.
Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.
El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por
una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.
El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una
cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del
hombre.
Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y
el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la
vida...
Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los
niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las
mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución,
pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.
Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca
satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones;
algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en
sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos
lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía
entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel
momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los
abandonados.
Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las
doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba
á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las
últimas filas de butacas.
Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
--¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente--gritaron todos, creyendo quizás que
intentaba replicar al orador.
--No, no me sentaré--dijo Caruty--. Tengo que hablar. Sí. Tengo que
decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.
Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado
de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á
aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban
conmovidos, con lágrimas en los ojos.
El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la
reunión.
Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían
amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y
aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de
escrofulosos.
Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión
apasionada.
--¡Salud, compañero!
--Salud.
--Dejadle al hombre, que está malo--dijo el Libertario.
Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás,
había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía!
¡Viva la Literatura!
En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron
sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes,
mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.
Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.
--¿Qué ha querido decir Caruty?--preguntó Manuel--. ¿Qué la anarquía es
cosa de literatura?
--Ni él mismo lo sabrá--dijo Juan.
--No, no; él ha querido decir algo--repuso Manuel.
¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos
cosas; pero no sabía cuál.
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