Paseo de noche.--Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del
Pimiento.
Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le
recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi
todos los días que hacía bueno salía á pasear.
Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse.
Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de
casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á
visitarle, ella los despacharía á escobazos.
La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que
descansara; no le dejaban trabajar.
A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de
su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que
se iba á América y pegarse un tiro.
Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía
inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear
él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le
perturbaban.
Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta
idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un
miedo pueril por un peligro lejano.
* * * * *
Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había
agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba
leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.
Sin decir á nadie nada, había vendido los _Rebeldes_ y el busto de la
Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.
Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros
desconocidos, que se le acercaban tímidamente:
--¿Cómo está su hermano?--le preguntaban.
--Está mejor.
--Bueno, eso quería saber. ¡Salud!--y se marchaban.
--Mira--le dijo un día Juan á Manuel--vete al Círculo del Centro y diles
que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.
Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una
porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer,
tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á
Prats.
--¿Cómo está Juan?--le dijeron.
--Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.
--Bueno; ¿qué, te vas?
--Sí.
--Espera un momento--le dijo el Libertario.
Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una
discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.
--Nos iremos nosotros también.
Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.
Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.
El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo
ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño,
bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.
--Allá no hay más que pacotilla--decía el Madrileño--, desde los géneros
de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.
--Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?--replicó Prats--. Si esto
debían convertirlo en cenizas.
--¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.
--Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina _rasa_!
--Dejad eso...--gritó el Libertario--. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan
la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y
luego quieren que desaparezcan las fronteras.
Manuel se echó á reir.
Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del
Sol y subieron por la calle de Preciados.
--Es que á mí me da asco lo que pasa aquí--dijo Prats--. Esto está
muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste
no lo crea--y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á
Manuel--. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar
conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se
explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á
los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro
campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada,
que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los
hombres! Las mujeres haremos la revolución!...
--Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero--dijo el
Libertario.
--¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían
bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á
los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y
gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya
hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los
anarquistas.
--¡Bah!--exclamó el Madrileño.
--Que lo diga éste.
--Sí, es verdad--contestó el Libertario--; hubo días en que los
polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el
Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos
otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los
armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las
pidiera.
--¡Qué barbaridad!--dijo Manuel.
--Y eran bonitas las bombas--añadió el Libertario--; había unas en forma
de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas
también de cristal, que pesaban muy poco.
--A todas les llamábamos _corre-cames_--repuso Prats--, lo que llaman
aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas--preguntó el
Libertario--cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando:
¡_Salut y bombes d'Orsini_!...? Un día nos comprometimos más de
doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando
bombas á un lado y á otro.
--Y no hicísteis nada--dijo el Madrileño--. _Pa_ mí que los catalanes
son muy blancos para eso.
--¡Quia, no!--replicó el Libertario--. Es gente templada.
--Sí, lo será--replicó el Madrileño--; pero yo te digo á ti que estuve
en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el
valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar
gente en Montjuich y había que ver la _jinda_. Todos aquellos señoritos
que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres
pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia,
otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi
todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador,
el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de
sinvergüenzas.
--No tienes razón--dijo el Libertario.
--No; casi nada.
Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba
oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.
Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.
--Vengo de dejar á Avellaneda--dijo--. Está un hombre admirable. El se
ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía
demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos
cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él
ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le
molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha
dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha
agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido
recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una _verva_! ¡Y una
_dignitá_ en el ademán! Tiene una _pose_ amplia ese hombre. Sí. Está un
poeta admirable--dijo Caruty convencido.
Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de
Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local
ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban
zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy
separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.
--¿Te vas ya?--le dijo á Manuel el Libertario--. Hace una hermosa noche.
--¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.
Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.
--Voy á dar una vuelta--le dijo á la Salvadora.
--Bueno.
--¿Y Juan?
--Acostado.
--Acuéstate tú también.
Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos
tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más
allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle
estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo
lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las
tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del
telégrafo zumbaban misteriosamente.
--Una noche también muy negra--dijo el Libertario--fuimos en Barcelona
al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban
trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones
napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que
la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del
grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con
él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha
de _Tanhäuser_, que entonaban los otros á coro; había salido la luna
llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: _¡Oh
come e bello!_
Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de
un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.
Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles
de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de
sus conversaciones con Emilio Henry.
--Aquel estaba un joven hombre terrible--exclamó Caruty--; solía ir á
Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.
--Pero eso de poner bombas así es una barbaridad--dijo Manuel.
--Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el
terrorismo anarquista--exclamó el Libertario.
--Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los
anarquistas--replicó Manuel.
--No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.
--¿En España también?
--Sí; en España también.
--Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la
represión.
--Pues se comenzó--repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de
Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del
partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los
españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del
lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de
arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano
Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno
cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de
bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez,
se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se
habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á
dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se
agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían
participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran
propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de _El Productor_ y
el otro de _La Anarquía_; los dos incapaces de matar á nadie, los dos
inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era
exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á
los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador
echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de
anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat
y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado.
Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre
las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de
Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y
luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos,
que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando
pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la
burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se
sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía
interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los
reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que
cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el
atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de
sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales,
que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri,
Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después
viene Miguel Angiolillo--concluyó diciendo el Libertario--, que había
leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich,
oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de
todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid,
aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los
periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido
la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.
Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía
bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus
entusiasmos de fanático.
--Yo lo que no puedo creer--dijo Manuel--, es que la policía haya
llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.
--¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!--exclamó el Madrileño--.
Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro
Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas
aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.
--¿Sí?
--Sí, hombre, sí--dijo el Libertario--. Ascheri, uno de los que
fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista
trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros
muchas veces.
--Es verdad--dijo Prats--. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que
fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la
dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas
veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué
haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»--me
contestó--. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que
hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto
donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo
de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de
dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y
echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía
más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.
--¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al
choque?--preguntó Manuel.
--No.
--Y luego, ¿cómo aprendieron?
--Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como
curiosidad--contestó Prats--, luego aprendieron á hacerias las los
cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...
--¿Y la dinamita?
--De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un
_Indicador Anarquista_ con una porción de fórmulas.
--Un amigo mío--dijo el Madrileño--, que era mecánico, había escrito un
catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros.
Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita,
niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se
hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se
prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina,
tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de
ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico
sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al
padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán;
pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»
Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer.
La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un
gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa
del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el
canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de
agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.
--Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es
verdad?--preguntó Manuel.
--¡Quia, hombre! Son leyendas--replicó el Libertario--. No ha habido
nunca tales órdenes.
...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de
hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones
de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el
Guadarrama, orlado por la claridad del día.
Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una
espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire
que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la
tierra obscura.
Caruty cantó una canción en _argot_ campesino, en la que se llamaba
ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la _Carmañola
Anarquista_:
Ça ira, ça ira, ça ira
tous les bourgeois á la lanterne
ça ira, ça ira, ça ira,
tous les bourgeois on les pendra.
y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...
Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el
Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca
surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas
casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero
violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta
llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se
veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
--Este es el hospital del Cerro del Pimiento--dijo el Libertario.
Siguieron adelante.
Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico
por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las
torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas;
un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa
ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre
la arena, parecía derretirla é incendiarla.
Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de
Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se
extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo,
enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán;
algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol,
se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro
de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del
día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.
--Hay algo de loco en todos ellos--se dijo Manuel--. Habrá que separarse
de esta gente.
{imagen decorativa}