CAPÍTULO II

Paseo de noche.--Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del

Pimiento.

Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le

recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi

todos los días que hacía bueno salía á pasear.

Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse.

Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de

casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á

visitarle, ella los despacharía á escobazos.

La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que

descansara; no le dejaban trabajar.

A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de

su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que

se iba á América y pegarse un tiro.

Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía

inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear

él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le

perturbaban.

Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta

idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un

miedo pueril por un peligro lejano.

* * * * *

Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había

agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba

leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.

Sin decir á nadie nada, había vendido los _Rebeldes_ y el busto de la

Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.

Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros

desconocidos, que se le acercaban tímidamente:

--¿Cómo está su hermano?--le preguntaban.

--Está mejor.

--Bueno, eso quería saber. ¡Salud!--y se marchaban.

--Mira--le dijo un día Juan á Manuel--vete al Círculo del Centro y diles

que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.

Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una

porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer,

tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á

Prats.

--¿Cómo está Juan?--le dijeron.

--Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.

--Bueno; ¿qué, te vas?

--Sí.

--Espera un momento--le dijo el Libertario.

Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una

discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.

--Nos iremos nosotros también.

Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.

Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.

El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo

ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño,

bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.

--Allá no hay más que pacotilla--decía el Madrileño--, desde los géneros

de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.

--Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?--replicó Prats--. Si esto

debían convertirlo en cenizas.

--¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.

--Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina _rasa_!

--Dejad eso...--gritó el Libertario--. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan

la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y

luego quieren que desaparezcan las fronteras.

Manuel se echó á reir.

Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del

Sol y subieron por la calle de Preciados.

--Es que á mí me da asco lo que pasa aquí--dijo Prats--. Esto está

muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste

no lo crea--y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á

Manuel--. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar

conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se

explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á

los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro

campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada,

que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los

hombres! Las mujeres haremos la revolución!...

--Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero--dijo el

Libertario.

--¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían

bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á

los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y

gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya

hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los

anarquistas.

--¡Bah!--exclamó el Madrileño.

--Que lo diga éste.

--Sí, es verdad--contestó el Libertario--; hubo días en que los

polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el

Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos

otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los

armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las

pidiera.

--¡Qué barbaridad!--dijo Manuel.

--Y eran bonitas las bombas--añadió el Libertario--; había unas en forma

de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas

también de cristal, que pesaban muy poco.

--A todas les llamábamos _corre-cames_--repuso Prats--, lo que llaman

aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas--preguntó el

Libertario--cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando:

¡_Salut y bombes d'Orsini_!...? Un día nos comprometimos más de

doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando

bombas á un lado y á otro.

--Y no hicísteis nada--dijo el Madrileño--. _Pa_ mí que los catalanes

son muy blancos para eso.

--¡Quia, no!--replicó el Libertario--. Es gente templada.

--Sí, lo será--replicó el Madrileño--; pero yo te digo á ti que estuve

en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el

valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar

gente en Montjuich y había que ver la _jinda_. Todos aquellos señoritos

que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres

pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia,

otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi

todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador,

el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de

sinvergüenzas.

--No tienes razón--dijo el Libertario.

--No; casi nada.

Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba

oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.

Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.

--Vengo de dejar á Avellaneda--dijo--. Está un hombre admirable. El se

ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía

demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos

cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él

ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le

molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha

dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha

agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido

recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una _verva_! ¡Y una

_dignitá_ en el ademán! Tiene una _pose_ amplia ese hombre. Sí. Está un

poeta admirable--dijo Caruty convencido.

Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de

Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local

ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban

zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy

separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.

--¿Te vas ya?--le dijo á Manuel el Libertario--. Hace una hermosa noche.

--¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.

Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.

--Voy á dar una vuelta--le dijo á la Salvadora.

--Bueno.

--¿Y Juan?

--Acostado.

--Acuéstate tú también.

Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos

tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más

allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle

estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo

lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las

tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del

telégrafo zumbaban misteriosamente.

--Una noche también muy negra--dijo el Libertario--fuimos en Barcelona

al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban

trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones

napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que

la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del

grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con

él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha

de _Tanhäuser_, que entonaban los otros á coro; había salido la luna

llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: _¡Oh

come e bello!_

Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de

un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.

Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles

de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de

sus conversaciones con Emilio Henry.

--Aquel estaba un joven hombre terrible--exclamó Caruty--; solía ir á

Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.

--Pero eso de poner bombas así es una barbaridad--dijo Manuel.

--Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el

terrorismo anarquista--exclamó el Libertario.

--Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los

anarquistas--replicó Manuel.

--No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.

--¿En España también?

--Sí; en España también.

--Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la

represión.

--Pues se comenzó--repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de

Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del

partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los

españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del

lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de

arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano

Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno

cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de

bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez,

se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se

habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á

dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se

agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían

participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran

propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de _El Productor_ y

el otro de _La Anarquía_; los dos incapaces de matar á nadie, los dos

inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era

exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á

los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador

echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de

anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat

y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado.

Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre

las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de

Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y

luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos,

que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando

pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la

burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se

sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía

interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los

reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que

cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el

atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de

sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales,

que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri,

Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después

viene Miguel Angiolillo--concluyó diciendo el Libertario--, que había

leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich,

oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de

todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid,

aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los

periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido

la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.

Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía

bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus

entusiasmos de fanático.

--Yo lo que no puedo creer--dijo Manuel--, es que la policía haya

llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.

--¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!--exclamó el Madrileño--.

Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro

Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas

aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.

--¿Sí?

--Sí, hombre, sí--dijo el Libertario--. Ascheri, uno de los que

fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista

trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros

muchas veces.

--Es verdad--dijo Prats--. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que

fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la

dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas

veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué

haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»--me

contestó--. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que

hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto

donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo

de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de

dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y

echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía

más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.

--¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al

choque?--preguntó Manuel.

--No.

--Y luego, ¿cómo aprendieron?

--Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como

curiosidad--contestó Prats--, luego aprendieron á hacerias las los

cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...

--¿Y la dinamita?

--De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un

_Indicador Anarquista_ con una porción de fórmulas.

--Un amigo mío--dijo el Madrileño--, que era mecánico, había escrito un

catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros.

Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita,

niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se

hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se

prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina,

tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de

ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico

sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al

padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán;

pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»

Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer.

La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un

gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa

del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el

canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de

agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.

--Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es

verdad?--preguntó Manuel.

--¡Quia, hombre! Son leyendas--replicó el Libertario--. No ha habido

nunca tales órdenes.

...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de

hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones

de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el

Guadarrama, orlado por la claridad del día.

Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una

espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire

que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la

tierra obscura.

Caruty cantó una canción en _argot_ campesino, en la que se llamaba

ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la _Carmañola

Anarquista_:

Ça ira, ça ira, ça ira

tous les bourgeois á la lanterne

ça ira, ça ira, ça ira,

tous les bourgeois on les pendra.

y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...

Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el

Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca

surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas

casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero

violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta

llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se

veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».

--Este es el hospital del Cerro del Pimiento--dijo el Libertario.

Siguieron adelante.

Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico

por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las

torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.

El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas;

un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa

ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre

la arena, parecía derretirla é incendiarla.

Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de

Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.

El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se

extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo,

enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán;

algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol,

se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro

de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del

día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.

Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.

--Hay algo de loco en todos ellos--se dijo Manuel--. Habrá que separarse

de esta gente.

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La lucha por la vida: Aurora roja · 第 43 / 63 题