CAPÍTULO I

Las evoluciones del Bolo.--Danton, Danton, ese era el

hombre.--¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.

Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría

trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un

catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy

abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y

rosetas malares en las mejillas.

--Lo mejor es que vayas á casa--le dijo Manuel.

--Si no tengo nada.

--Vale más que vayas allá.

Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso

mejor y volvió á la vida normal.

* * * * *

Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro,

Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de

Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.

Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la

_Historia de la Revolución Francesa_, de Michelet. Al ver aquel tipo la

Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera

más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por

más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á

las dos mujeres.

El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio,

según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después,

viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el

socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre

socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose

ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía

menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita;

pero delante de los _socialeros_, de las adormideras del socialismo,

defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.

En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos

habían quitado toda la masa obrera al partido republicano,

inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido

burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar

sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla,

que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar

á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de

cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de

hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.

La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los

libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el

recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos

ellos con entusiasmo y con respeto...

Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la _Historia de la

Revolución_. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se

sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau,

luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con

Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero

revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca

de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más

repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo

prusiano.

Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella

historia. Algunas veces pensaba:

--Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la

_Historia de la Revolución Francesa_, creo que sabría ser digno...

Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48;

luego otro sobre la _Commune_, de Luisa Michel, y todo esto le produjo

una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres!

Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui,

Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!

* * * * *

--Lo que se debía hacer--le dijo un día Morales á Manuel--es poner una

encuadernación aquí al lado.

--¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?--preguntó Manuel.

--No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él

le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una

encuadernación.

--Eso sí es verdad.

--Estése usted á la mira.

Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus

gestiones, cuando el dueño de _La Tijera_, periódico órgano de los

sastres, le dijo:

--Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene

parroquia, porque trabaja bien.

--Pues voy á verlo.

--Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.

--¡Hombre, judío!

--¿Eso qué importa?

--Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?

--Jacob.

--¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?--preguntó Manuel.

--Sí.

--Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.

Le indicó el propietario de _La Tijera_, órgano de los sastres, dónde

estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un

piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.

Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en

aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la

mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa

grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña

doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en

el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo.

A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una

guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin

cubierta aún.

En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban

tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del

oficio.

Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego,

cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio,

presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era

más cara; además, había que hacer gastos.

--Bueno--le dijo Manuel--, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de

encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no

vayas.

Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á

Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á

establecerse en la vecindad de Manuel.

Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el

llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob

trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.

* * * * *

Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y

allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en

las discusiones.

Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel

ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.

De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la

anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico;

como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo

encontraba imposible de llevarlo á la práctica.

Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las

discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas

desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la

consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una

serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse

libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al

noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la

revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la

revolución social.

El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para

Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado

de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de

autoridad.

La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad

era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la

rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo,

la bondad...

El progreso no era más que esto: la supresión del principio de

autoridad por la imposición de las conciencias libres.

Manuel, algunas veces decía:

--Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.

* * * * *

Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales

afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La

concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina

grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la

heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en

comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los _truts_,

absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más

reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el

Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se

posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.

Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos,

expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos,

abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola,

lo que apresuraría la revolución social.

Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era

también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso

de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo

territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no

sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba

democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con

cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera

República.

--En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión--decía Manuel--; á

la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que

esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.

--Yo no veo la necesidad del Estado--decía Juan.

--Pero el Estado se impone--replicaba Morales--. Nosotros no decimos un

Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército;

sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.

--¿Pero para qué queremos ese centro?

--Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir

el desarrollo de los egoísmos.

--Vamos entonces al despotismo--replicaba Juan.

--No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción

en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una

acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención

del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un

oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un

médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un

plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles;

el Estado le entierra gratis cuando se muere...

--Pero eso es una tiranía.

--Una tiranía, ¿por qué?

--Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...

--Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos

comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la

vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada

Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin

molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa

social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.

--Pero á costa de la libertad...

--Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría

á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.

--No; ¿para qué?

--Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la

individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede

extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.

Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus

distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una

dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que

antes no se había tomado el trabajo de comprender.

Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba

con su hermano, otras con Morales.

Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de

valores. Comparando este período con el anterior á la revolución

francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad

y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le

parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En

cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo

contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización

del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su

intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero,

quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios,

marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por

boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad

socialista, no tenía ningún valor.

En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil

para el obrero que la de los anarquistas.

El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de

una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un

empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar

una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la

revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como

una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.

--¿Pero no es más lógico--decía Morales--, reunir las energías de toda

la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran

desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que

es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la

felicidad del mundo?

Juan sonreía.

--La anarquía hay que sentirla--solía decir.

--Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor

defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda

individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al

cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen

negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.

--Para los burgueses, sí.

--Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.

--Puede ser un crimen conveniente.

--Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas

consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la

conveniencia de sus crímenes.

--La anarquía hay que sentirla--terminaba diciendo Juan.

Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.

* * * * *

Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas,

le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.

Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente,

y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo

radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la

anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera.

Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus

independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios,

los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con

su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se

había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el

germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía

quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía

libre, y la aspiración de un cambio social.

En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de

principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el

desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas.

Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de

los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían

los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del

dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las

echaban de importantes y de grandes moralistas.

Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de

sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración

burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo

Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo

ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina;

sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los

demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de

decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones,

cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se

pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes

postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales

morosos.

Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le

admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y

tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante

Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le

llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido

como indigno de pertenecer á él.

* * * * *

En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público

anarquista: _La Anarquía_ y _El Libertario_, y los dos se odiaban

cordialmente.

El odio entre _La Anarquía_ y _El Libertario_ era un odio de empresa. El

dueño de _La Anarquía_ había llegado hacía unos años á defender las

ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición

de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco,

al asegurar la vida económica de _La Anarquía_, el propietario, sin

darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando

_jierro_, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un

diletantismo y este momento lo aprovecharon los de _El Libertario_ para

echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.

Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban

ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les

separaba era una cuestión de perros chicos.

Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en

España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado,

según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como

en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la

torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia

tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban

ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.

Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el

socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del

partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de

conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los

medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión

de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.

--Nosotros--terminaba diciendo Morales--, tendemos á la organización, á

la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.

Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor

aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía

nada, porque era burgués.

* * * * *

Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas

y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres

pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante

superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus

respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que

el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas,

hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.

Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que

curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que

se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.

En cambio, para los anarquistas, los _socialeros_ eran los que se

vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por

el ministerio á cobrar el precio de su traición.

Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los

directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como

carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los

socialistas.

Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar

en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la

justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban

algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos

obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que

aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el

societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este

societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo

repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á

tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin

pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á

su reglamento y pagar además una gabela.

Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más

repugnante del autoritarismo.

* * * * *

Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de

metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A

los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones

acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les

encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños

congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los

anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se

creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces

que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para

la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba

anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta

etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y

las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.

De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y

los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles;

pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir

tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa

del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor

duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la

única lógica posible.

En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura

y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso

que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó

remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y

la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una

verdadera borrachera de hablar y de pensar.

* * * * *

Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase

proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador,

oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con

las tendencias levantiscas de los partidos radicales.

La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía,

estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros

tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se

alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados;

pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías

burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos

obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos,

sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la

adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las

oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no

servía para nada entre socialistas y anarquistas...

A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar

Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no

tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y

de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le

interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de

otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente

indiferentes.

{imagen decorativa}

La lucha por la vida: Aurora roja · 第 42 / 63 题