Las evoluciones del Bolo.--Danton, Danton, ese era el
hombre.--¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.
Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría
trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un
catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy
abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y
rosetas malares en las mejillas.
--Lo mejor es que vayas á casa--le dijo Manuel.
--Si no tengo nada.
--Vale más que vayas allá.
Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso
mejor y volvió á la vida normal.
* * * * *
Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro,
Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de
Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.
Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la
_Historia de la Revolución Francesa_, de Michelet. Al ver aquel tipo la
Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera
más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por
más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á
las dos mujeres.
El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio,
según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después,
viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el
socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre
socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose
ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía
menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita;
pero delante de los _socialeros_, de las adormideras del socialismo,
defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.
En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos
habían quitado toda la masa obrera al partido republicano,
inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido
burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar
sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla,
que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar
á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de
cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de
hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.
La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los
libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el
recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos
ellos con entusiasmo y con respeto...
Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la _Historia de la
Revolución_. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se
sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau,
luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con
Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero
revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca
de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más
repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo
prusiano.
Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella
historia. Algunas veces pensaba:
--Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la
_Historia de la Revolución Francesa_, creo que sabría ser digno...
Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48;
luego otro sobre la _Commune_, de Luisa Michel, y todo esto le produjo
una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres!
Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui,
Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!
* * * * *
--Lo que se debía hacer--le dijo un día Morales á Manuel--es poner una
encuadernación aquí al lado.
--¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?--preguntó Manuel.
--No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él
le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una
encuadernación.
--Eso sí es verdad.
--Estése usted á la mira.
Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus
gestiones, cuando el dueño de _La Tijera_, periódico órgano de los
sastres, le dijo:
--Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene
parroquia, porque trabaja bien.
--Pues voy á verlo.
--Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.
--¡Hombre, judío!
--¿Eso qué importa?
--Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?
--Jacob.
--¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?--preguntó Manuel.
--Sí.
--Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.
Le indicó el propietario de _La Tijera_, órgano de los sastres, dónde
estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un
piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.
Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en
aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la
mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa
grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña
doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en
el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo.
A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una
guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin
cubierta aún.
En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban
tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del
oficio.
Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego,
cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio,
presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era
más cara; además, había que hacer gastos.
--Bueno--le dijo Manuel--, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de
encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no
vayas.
Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á
Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á
establecerse en la vecindad de Manuel.
Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el
llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob
trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.
* * * * *
Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y
allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en
las discusiones.
Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel
ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.
De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la
anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico;
como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo
encontraba imposible de llevarlo á la práctica.
Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las
discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas
desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la
consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una
serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse
libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al
noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la
revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la
revolución social.
El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para
Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado
de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de
autoridad.
La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad
era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la
rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo,
la bondad...
El progreso no era más que esto: la supresión del principio de
autoridad por la imposición de las conciencias libres.
Manuel, algunas veces decía:
--Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.
* * * * *
Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales
afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La
concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina
grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la
heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en
comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los _truts_,
absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más
reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el
Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se
posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.
Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos,
expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos,
abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola,
lo que apresuraría la revolución social.
Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era
también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso
de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo
territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no
sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba
democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con
cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera
República.
--En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión--decía Manuel--; á
la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que
esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.
--Yo no veo la necesidad del Estado--decía Juan.
--Pero el Estado se impone--replicaba Morales--. Nosotros no decimos un
Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército;
sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.
--¿Pero para qué queremos ese centro?
--Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir
el desarrollo de los egoísmos.
--Vamos entonces al despotismo--replicaba Juan.
--No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción
en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una
acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención
del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un
oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un
médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un
plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles;
el Estado le entierra gratis cuando se muere...
--Pero eso es una tiranía.
--Una tiranía, ¿por qué?
--Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...
--Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos
comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la
vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada
Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin
molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa
social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.
--Pero á costa de la libertad...
--Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría
á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.
--No; ¿para qué?
--Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la
individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede
extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.
Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus
distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una
dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que
antes no se había tomado el trabajo de comprender.
Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba
con su hermano, otras con Morales.
Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de
valores. Comparando este período con el anterior á la revolución
francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad
y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le
parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En
cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo
contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización
del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su
intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero,
quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios,
marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por
boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad
socialista, no tenía ningún valor.
En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil
para el obrero que la de los anarquistas.
El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de
una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un
empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar
una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la
revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como
una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.
--¿Pero no es más lógico--decía Morales--, reunir las energías de toda
la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran
desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que
es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la
felicidad del mundo?
Juan sonreía.
--La anarquía hay que sentirla--solía decir.
--Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor
defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda
individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al
cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen
negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
--Para los burgueses, sí.
--Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
--Puede ser un crimen conveniente.
--Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas
consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la
conveniencia de sus crímenes.
--La anarquía hay que sentirla--terminaba diciendo Juan.
Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
* * * * *
Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas,
le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente,
y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo
radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la
anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera.
Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus
independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios,
los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con
su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se
había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el
germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía
quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía
libre, y la aspiración de un cambio social.
En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de
principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el
desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas.
Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de
los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían
los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del
dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las
echaban de importantes y de grandes moralistas.
Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de
sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración
burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo
Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo
ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina;
sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los
demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de
decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones,
cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se
pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes
postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales
morosos.
Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le
admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y
tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante
Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le
llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido
como indigno de pertenecer á él.
* * * * *
En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público
anarquista: _La Anarquía_ y _El Libertario_, y los dos se odiaban
cordialmente.
El odio entre _La Anarquía_ y _El Libertario_ era un odio de empresa. El
dueño de _La Anarquía_ había llegado hacía unos años á defender las
ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición
de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco,
al asegurar la vida económica de _La Anarquía_, el propietario, sin
darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando
_jierro_, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un
diletantismo y este momento lo aprovecharon los de _El Libertario_ para
echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.
Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban
ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les
separaba era una cuestión de perros chicos.
Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en
España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado,
según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como
en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la
torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia
tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban
ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.
Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el
socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del
partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de
conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los
medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión
de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.
--Nosotros--terminaba diciendo Morales--, tendemos á la organización, á
la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.
Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor
aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía
nada, porque era burgués.
* * * * *
Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas
y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres
pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante
superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus
respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que
el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas,
hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.
Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que
curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que
se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.
En cambio, para los anarquistas, los _socialeros_ eran los que se
vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por
el ministerio á cobrar el precio de su traición.
Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los
directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como
carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los
socialistas.
Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar
en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la
justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban
algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos
obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que
aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el
societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este
societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo
repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á
tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin
pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á
su reglamento y pagar además una gabela.
Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más
repugnante del autoritarismo.
* * * * *
Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de
metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A
los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones
acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les
encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños
congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los
anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se
creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces
que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para
la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba
anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta
etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y
las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.
De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y
los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles;
pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir
tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa
del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor
duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la
única lógica posible.
En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura
y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso
que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó
remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y
la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una
verdadera borrachera de hablar y de pensar.
* * * * *
Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase
proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador,
oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con
las tendencias levantiscas de los partidos radicales.
La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía,
estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros
tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se
alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados;
pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías
burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos
obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos,
sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la
adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las
oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no
servía para nada entre socialistas y anarquistas...
A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar
Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no
tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y
de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le
interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de
otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente
indiferentes.
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