Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.--Nunca viene la buena
para los desdichados.
Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de
ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el
Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no
precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado,
barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este
hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado
modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su
propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón,
una _roulotte_, tirada por un caballo normando.
Salomón podía haber sido feliz; el _cinecromo_ daba mucho dinero; los
negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.
La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio,
lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»
¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar á la fe jurada
en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar
la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á
su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero
la divina Adela tenía un genio irresistible.
La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido.
La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que
enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.
Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un
cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos
este abismo. A los diez años de casada, su _mesalliance_, como decimos
en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.
Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si
lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina
Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien
ella, á pesar de todo, amaba.
--¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este
saltimbanqui?--preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío--.
Venid aquí, hijas mías--les decía á sus niñas--, con vuestra madre.
Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo.
Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo
bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso
luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre
tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía
luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una
naranja y otra porción de cosas.
--¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!--gritaba--. Uno de los
adelantos más grandes del siglo XX. Se ven moverse á las personas.
¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la
representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.
* * * * *
Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren;
La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada;
Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre
éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse
nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos
polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus
perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los
guardias.
Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en
un pueblo próximo á Monteagudo.
El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para
prestar ó no su consentimiento al espectáculo.
En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó
que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás
cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde,
hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que
era inmoral que no cogieran á aquel bandido.
--Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón--dijo en voz alta.
--Es imposible, señor alcalde--replicó don Alonso.
--¡Cómo que es imposible!--repuso el alcalde--. O se hace eso ó los
llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.
Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más
oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la
representación. Nunca lo hubiera hecho.
Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó
fuera de la barraca. ¡A ese!--gritó un chico al verle ¡A ese!--gritaron
unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr
tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos.
Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de
noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la
cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra.
El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.
* * * * *
Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su
frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un
hombre escapado de un manicomio.
--¿Quién es usted?--le dijeron los civiles.
Don Alonso contó lo que le había ocurrido.
--¿Tiene usted cédula?
--Yo no, señor.
--Entonces venga usted con nosotros.
Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo.
Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la
cárcel, donde pasó la noche.
--Pero ¿por qué me detienen á mí?--preguntó varias veces el pobre
hombre.
--Como no tiene usted cédula...
Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia
civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de
harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron
al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le
contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se
compadeció y le dejó marcharse.
--Si no encuentra usted destino, añadió el señor--quizás le pueda yo
proporcionar algo.
Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas
veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:
--¿Quiere usted ser de la policía?
--Hombre...
--Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.
--Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...
--¿Quiere usted, sí ó no?
--Sí, señor.
--Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.
Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.
* * * * *
Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo
que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de
la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en
los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una
desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.
Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien
le decían el Chaval.
Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios
estaban contra él.
Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación
en el crimen; pero al último confesó la verdad.
El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el
Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la
Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del
desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.
Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero.
El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó
en el Soto.
Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos
el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un
puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una
navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.
Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco.
Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez
en el puente de Vallecas y otra en la California.
--Usted--le dijo Ortiz á don Alonso--hace lo que yo le diga, nada más.
--Está bien.
--Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.
El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de
Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los
rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de
Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se
sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.
--¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?--le dijo
Ortiz á Don Alonso.
--No.
--Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se
emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se
llama la Manigua.
Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con
sus pesquisas.
Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del
Sur.
--Vamos á ver si aquí nos enteramos--dijo Ortiz señalando una taberna.
Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía
al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba
el vino de matute á carros.
--Aquello era un negocio, ¿eh?--exclamó Ortiz.
--Sí, era--dijo el tabernero--; entonces se veía aquí _luz divina_.
Ganaban lo que querían.
--Y tranquilamente.
--Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les
acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la
bodega de esta casa más de treinta cubas.
--¿Usted habrá hecho su pacotilla?--preguntó don Alonso.
--¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna.
Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila
de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un
cuartillo de vino sin pagar.
Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía,
ni había oído hablar de él.
Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el
camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el
punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por
debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del
arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha
blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero
trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».
--Vamos á ver si aquí saben algo--dijo Ortiz.
Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de
la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas
trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un
movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.
Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una
mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de
reojo, le preguntó:
--¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?
--Bien.
--¿Se reune buena gente por allá?
--Tan buena como en cualquier otra parte.
--¿Sigue andando por ahí el Bizco?
--¿Qué Bizco?
--El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.
--Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.
Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y
saludando á la ventera salió de allá.
--Este gachó--dijo en voz baja á don Alonso--, mató á un segador, y se
salvó del presidio no sé cómo.
--Parece que nos sigue--murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.
--No nos vaya á hacer la santísima--exclamó Ortiz, y sacando el revólver
del cinto esperó un instante.
El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo;
luego, viéndose descubierto, huyó.
--Vámonos de aquí--dijo Ortiz.
Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de
Vallecas.
Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos
salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un
organillo.
--¿Está el Manco?--la preguntó Ortiz.
--Ahí debe estar.
Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al
ver á Ortiz y á don Alonso.
El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el
cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.
--¿Qué buscan?--dijo con voz afeminada.
--A uno á quien llaman el Bizco.
--Aquí no viene ese hace ya tiempo.
--¿Pues dónde anda?
--Por las Ventas.
Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo
Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...
Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de
Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro.
Sonaban las esquilas de algunos rebaños.
En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de
ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de
estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de
sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos,
algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado
por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.
Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al
Bizco.
--¿Ese randa de pelo rojo?
--Sí.
--Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.
--Bueno, vamos por allá--murmuró Ortiz.
Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba
obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.
--Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió--dijo
Ortiz--; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón.
No tenía ni para una caja...
Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don
Alonso su vida.
Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus
historias de América.
El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba
distraídamente:
--Ya vendrá la buena.
Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una
neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía
derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna
estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada
del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como
una larga serpiente.
Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que
aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se
callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.
--¿Qué era?--dijo Ortiz.
--Un hombre que ha salido de ahí.
--¿De dónde?
--No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.
Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de
alto, un montón de maleza y unos pedruscos.
--Aquí hay algo--dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras
grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un
fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda.
Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y
medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una
manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva
vacías.
--Aquí tiene el lobo la madriguera--dijo Ortiz--. Sea el Bizco ú otro,
este ciudadano no está dentro de la ley.
--¿Por qué?
--Porque no paga contribución.
--¿Qué vamos á hacer?
--Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba
antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que
vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.
--Bueno.
Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después
de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se
le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que
oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras.
La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando
á un hombre!
Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya
clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo.
Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso,
empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del
agujero.
--Ya está--dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia
y el Bizco.
--¿Será éste?--preguntó el guardia.
-Sí.
--Si trata de huir, tire usted--dijo Ortiz á don Alonso.
Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer
resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.
--Ahora, andando.
Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar
los tres por el camino de la Elipa.
Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba
amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.
Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el
cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.
--Yo estoy malo--le dijo á Ortiz--, no puedo con mi alma.
--Bueno; entonces yo me marcho.
Ortiz y el Bizco se alejaron.
Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de
la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le
acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y
no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le
metieron en una camilla.
Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un
martillazo en la cabeza.
--Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir--pensó con angustia.
No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba
en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y
puso un escapulario en el hierro de la cama.
Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento
le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los
santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una
vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:
--Rece, hermano, que éste le salvará.
Y el gitano contestó compungido:
--¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más...
barbas que un capuchino.
Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y
don Alonso murmuró convencido:
--Ya vendrá la buena.
* * * * *
Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la
sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el
tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del
Pimiento.
Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de
la cama y lo metieron en una camilla.
Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la
calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de
Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una
zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro
del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de
la camilla.
--¡Anda la!... Se ha muerto el socio--dijo uno de los mozos--¿Lo
dejaremos aquí?
--No, no, llevadlo--replicó el conserje del hospital.
--¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!--dijo el otro--. Más
valiera morirse.
Cogieron con resignación la camilla y salieron.
Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la
primavera.
El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los
árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las
lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los
sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba
salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los
sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de
brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...
Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas
paredes cortadas á pico.
--¿Y si lo dejáramos aquí?--preguntó uno de los mozos.
--Dejémosle--contestó el otro.
Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el
cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado,
mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del
cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...
Indudablemente no había venido la buena.
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