Un paraíso en un campo santo.--Todo es uno y lo mismo.
Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de
Manuel, se oyeron tiros.
--¿Qué habrá pasado?--se preguntaron todos.
--Quizás sean matuteros--dijo la Ignacia.
--También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del
telégrafo--advirtió Manuel.
Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos
cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron
el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los
merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al
Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de
ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.
Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un
hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido
de paisano.
--¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?--le dijo.
--Bien--contestó Manuel secamente.
--Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?
--Está buena.
--¿Y Jesús?
--Ya hace unos días que no le hemos visto.
--¿Sabes que han robado en ese cementerio?
--No; no sabía nada.
--¿No habéis notado algo desde vuestra casa?
--No.
--Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...
--No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás.
¡Adiós!
Y Manuel se metió en el portal.
--Si preguntan por aquí algo--le dijo Manuel á la Salvadora y á la
Ignacia--, no digáis ni una palabra.
Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos
robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de
mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las
letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de
tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores
de la banda.
Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:
--He tenido carta del señor Canuto.
--¿Sí? ¿dónde está?
--En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.
--Pero robaban, ¿eh?
--Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un
príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada.
Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el
cementerio en un paraíso.
--Sí, ¿eh?
--Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á
los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En
una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los
ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las
cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y
sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y
cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos.
¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale!
desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.
* * * * *
Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio,
y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.
No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús;
el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.
En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se
advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y
en ellos la hierba era más verde y jugosa.
El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran
habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las
sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.
Reinaba en los patios un gran silencio.
De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas
podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos
abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de
siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían
cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta
con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún
niño.
Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á
otro de nichos, salieron al segundo patio.
Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por
ruinosos tapiales.
El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín
frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la
silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó,
fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva
espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de
espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.
Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos
borraron lentamente toda huella humana.
Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con
libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles.
Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las
campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún
rosal silvestre.
Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las
ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de
piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el
follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas
trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.
Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y
azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos
de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de
los niños.
En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida,
corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas,
nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre
su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas
por el aire de invierno, ligero y sutil...
De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al
Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los
merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos
por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido
de algún tren.
Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.
--¿Y esas vacas?--preguntó el juez.
--Son de una vaquería de la calle de Magallanes--dijo el conserje.
--Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?
--Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se
entierra aquí.
--El cura también es un punto--dijo Rebolledo á Manuel--; se ha llevado
las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el
juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se
retiraron.
Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.
Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio;
á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban
ligeras neblinas...
* * * * *
Ortiz se acercó á Manuel.
--¿Sabes?--le dijo--. Ya le cogimos al Bizco.
--¿Sí? ¿Cuándo?
--Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.
--No.
--Un amigo tuyo.
--¿Quién?
--El Titiritero... aquel viejo.
--¿Don Alonso?
--Sí. Había entrado en la policía.
--¿Y sigue ahí?
--No; creo que murió.
--Pobre. ¿Y el Bizco?
--El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.
--¿No le han juzgado todavía?
--No. Si quieres verle...
--¡Yo! ¿Para qué?
--Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.
--Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?
--Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.
--Quizás vaya. ¡Adiós!
--Adiós. Si vas; avísame.
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