La Dama de la Toga Negra.--Los amigos de la Dama.--El pajecillo, el
lindo pajecillo.
Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las
que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran
alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de
la sociedad.
Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla
gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y
siniestro reprimendas y castigos.
Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora
es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas
largas y el estómago sin fondo.
En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora,
en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la
Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de
curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de
alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una
larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto
y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.
* * * * *
--Tienes que ir á ver á tu amigo--dijo Juan á Manuel.
--Bueno.
Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los
pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.
Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo
ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban
expedientes.
--Todos esos papeles, todos esos legajos--dijo Juan--, estarán empapados
de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un
herbario.
--¡Y qué se va á hacer!--repuso Manuel--; si no hubiera criminales...
--Estos sí que son criminales--murmuró Juan.
--Vamos á ver si podéis pasar--dijo Ortiz.
Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de
barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos
con toga y birrete.
--Soy enemigo del indulto--decía el señor de la barba blanca--; le he
condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero
que lo ejecutarán.
--Pero es una pena tan severa--murmuró uno de los jóvenes sonriendo.
--¿Hablan del Bizco?--preguntó Manuel á Ortiz.
--No.
--¡Nada, nada!--exclamó el viejo de la barba blanca--; hay que hacer un
escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para
después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.
--¡Qué bárbaros!--exclamó Juan.
--En estos casos--repuso el joven togado tímidamente--, es cuando se
pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque
indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su
conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha
abandonado, no debía tener derecho...
--La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se
ocupa--replicó el viejo con cierta irritación--. ¿Existe la pena de
muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación
moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se
rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser
rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de
muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de
vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin
indultar á nadie.
Manuel miró á su hermano.
--¿No tiene razón?
--Sí; dentro de lo suyo, tiene razón--replicó Juan--. A pesar de eso, yo
encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.
* * * * *
Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y
rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.
--¿Qué tal?--le preguntó el juez.
--Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo
hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas
para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que
componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.
--También la ley debían modificarla...--comenzó diciendo el joven.
--Lo que debían hacer era suprimir el jurado--afirmó el hombre chiquito.
--Ahora puedes bajar un momento--dijo Ortiz á Manuel--y preguntarle si
quiere algo.
Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había
allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco.
Era el Bizco.
El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol
hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad;
que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba
encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de
remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba
también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...
Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El
había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se
iban amontonando en su cerebro.
La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su
poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el
perfume en el aire.
Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del
Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...
* * * * *
--¡Eh, tú!--le dijo el carcelero--aquí vienen á verte.
El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.
Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida
indiferencia.
--¿No me conoces?
--Sí.
--¿Quieres algo?
--No quiero nada.
--¿No necesitas algún dinero?
--No.
--¿No tienes que hacerme algún encargo?
--No.
Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.
--Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño--dijo.
--¿Pero no quieres nada más?
--No quiero nada de ti.
Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.
* * * * *
Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había
hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:
--Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?
--Bueno.
--Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.
--Sería mejor que me dijeras un día fijo.
--¿El sábado?
--Bueno.
Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que
llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron
por la calle de Bravo Murillo.
En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de
mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.
--Ahí está--dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los
amigos.--Ese es.
Se acercó á saludarle.
--Que hay, compadre--le dijo dándole la mano--. ¿Cómo estamos?
--Bien y usted.
--Estos--advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á
Caruty--son amigos míos.
--Por muchos años--contestó él--. Vamo á tomá una copa--añadió con
acento andaluz cerrado.
--Nos sentaremos un rato--saltó Manuel.
--No; hablaremo en casa.
Bebieron una copa y salieron á la calle.
--¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?--preguntó el
Libertario.
--Sí, señó.
--Mal oficio tiene usted, paisano.
--Malo é--contestó él--, pero peó é morirse de jambre.
* * * * *
Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de
ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño,
iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada
indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón
vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en
las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con
cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.
Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un
taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la
saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa,
una seriedad fatídica.
El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y
llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego
tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza
cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía
decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de
una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido
el Bizco.
--Esté usté sin cuidao--dijo el verdugo--; si yega el caso, se hará tó
lo que se pueda.
--Y antes de ser ejecutor--le preguntó de pronto el Libertario--, ¿ha
probado usted otras cosas?
--¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años;
he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no
podía viví.
--¡Tan mal le iba!--exclamó Juan.
--Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví
matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.
Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era
el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y
comenzó á escanciar en los vasos.
--¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?--le preguntó el Libertario
hablándole de pronto de tú.
--Uno catorse ó quinse.
--¿Y usted, no bebe?--le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el
vaso.
--No; yo no bebo nunca.
--¿Ni cuando tiene usted que trabajar?
--Entonse meno.
--¿Ha ejecutado usted algún anarquista?
--¿Anarquista? No sé lo que es eso.
* * * * *
--Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?--preguntó el
Libertario.
--Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy
como el de antes que les hasía sufrí á posta.
--¿Pero eso es verdad?--dijo Juan.
--Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.
--¡Qué barbaridad!--exclamó el Libertario--. Y todos van templados, ¿eh?
--Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré
en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!--le dije--. Compare; soy el
ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda,
ponte esto--y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de
máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la
tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no
yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te
perdono--me dijo--, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y
buena suerte!» Era un hombre el Diente.
--Y tal... que debía ser un hombrecito--dijo el Libertario sonriendo.
--Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo
veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.
La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con
varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al
verla.
--¿Y el aparato, cómo es?--dijo el Libertario.
--El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone
así--y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano
ancha y velluda--, y luego se hase ¡crac! y ya está.
Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty
recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.
--Ya ve usted--siguió diciendo el verdugo--, estas correas las he tenío
que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno
desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo,
¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo,
y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno--dije--, ya que ha de sé
uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el
tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan
de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo
manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma
en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le
pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues
entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el
jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví;
que si no fuera por eso...
El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:
Mala puñalá le den
Mala puñalá le diera.
--Como uno de los tío de la taberna de esta calle--siguió diciendo al
volver y sentarse--, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é
natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió
cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté,
compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo
un ofisio mardesío...
Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el
arrechucho y siguió diciendo:
--¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y
cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico
no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo
de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión.
A mí, si me dejasen, haría también dinero.
--¿Pues qué haría usted?--le dijo Juan.
--¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de
Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.
Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La
idea era macabra.
Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la
vecindad.
--Vámonos--dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano
al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el
cielo obscuro y sombrío como una amenaza.
--Dicen que es necesaria la pena de muerte--murmuró Juan--. Nosotros,
los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad
vosotros.
--Mientras haya desdichados con hambre--repuso el Libertario--habrá
hombres capaces de ser verdugos.
--¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?--dijo
Juan--. Una huelga de verdugos sería curiosa.
--Sería quitar un puntal á la sociedad--, repuso el Libertario--. El
verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los
sostenes de esta sociedad capitalista.
--¿Cuánto durarán todavía los verdugos?--preguntó el Bolo.
--Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten,
mientras los curas engañen...--contestó con voz sombría el
Libertario--los habrá.
Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta
á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con
estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.