CAPÍTULO IX

La Dama de la Toga Negra.--Los amigos de la Dama.--El pajecillo, el

lindo pajecillo.

Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las

que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran

alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de

la sociedad.

Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla

gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y

siniestro reprimendas y castigos.

Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora

es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas

largas y el estómago sin fondo.

En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora,

en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la

Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de

curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de

alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una

larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto

y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.

* * * * *

--Tienes que ir á ver á tu amigo--dijo Juan á Manuel.

--Bueno.

Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los

pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.

Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo

ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban

expedientes.

--Todos esos papeles, todos esos legajos--dijo Juan--, estarán empapados

de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un

herbario.

--¡Y qué se va á hacer!--repuso Manuel--; si no hubiera criminales...

--Estos sí que son criminales--murmuró Juan.

--Vamos á ver si podéis pasar--dijo Ortiz.

Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de

barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos

con toga y birrete.

--Soy enemigo del indulto--decía el señor de la barba blanca--; le he

condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero

que lo ejecutarán.

--Pero es una pena tan severa--murmuró uno de los jóvenes sonriendo.

--¿Hablan del Bizco?--preguntó Manuel á Ortiz.

--No.

--¡Nada, nada!--exclamó el viejo de la barba blanca--; hay que hacer un

escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para

después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.

--¡Qué bárbaros!--exclamó Juan.

--En estos casos--repuso el joven togado tímidamente--, es cuando se

pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque

indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su

conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha

abandonado, no debía tener derecho...

--La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se

ocupa--replicó el viejo con cierta irritación--. ¿Existe la pena de

muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación

moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se

rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser

rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de

muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de

vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin

indultar á nadie.

Manuel miró á su hermano.

--¿No tiene razón?

--Sí; dentro de lo suyo, tiene razón--replicó Juan--. A pesar de eso, yo

encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.

* * * * *

Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y

rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.

--¿Qué tal?--le preguntó el juez.

--Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo

hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas

para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que

componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.

--También la ley debían modificarla...--comenzó diciendo el joven.

--Lo que debían hacer era suprimir el jurado--afirmó el hombre chiquito.

--Ahora puedes bajar un momento--dijo Ortiz á Manuel--y preguntarle si

quiere algo.

Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había

allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco.

Era el Bizco.

El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol

hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad;

que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba

encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de

remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba

también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...

Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El

había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se

iban amontonando en su cerebro.

La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su

poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el

perfume en el aire.

Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del

Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...

* * * * *

--¡Eh, tú!--le dijo el carcelero--aquí vienen á verte.

El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.

Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida

indiferencia.

--¿No me conoces?

--Sí.

--¿Quieres algo?

--No quiero nada.

--¿No necesitas algún dinero?

--No.

--¿No tienes que hacerme algún encargo?

--No.

Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.

--Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño--dijo.

--¿Pero no quieres nada más?

--No quiero nada de ti.

Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.

* * * * *

Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había

hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:

--Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?

--Bueno.

--Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.

--Sería mejor que me dijeras un día fijo.

--¿El sábado?

--Bueno.

Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que

llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron

por la calle de Bravo Murillo.

En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de

mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.

--Ahí está--dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los

amigos.--Ese es.

Se acercó á saludarle.

--Que hay, compadre--le dijo dándole la mano--. ¿Cómo estamos?

--Bien y usted.

--Estos--advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á

Caruty--son amigos míos.

--Por muchos años--contestó él--. Vamo á tomá una copa--añadió con

acento andaluz cerrado.

--Nos sentaremos un rato--saltó Manuel.

--No; hablaremo en casa.

Bebieron una copa y salieron á la calle.

--¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?--preguntó el

Libertario.

--Sí, señó.

--Mal oficio tiene usted, paisano.

--Malo é--contestó él--, pero peó é morirse de jambre.

* * * * *

Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de

ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño,

iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada

indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón

vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en

las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con

cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.

Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un

taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la

saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa,

una seriedad fatídica.

El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y

llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego

tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza

cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía

decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de

una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido

el Bizco.

--Esté usté sin cuidao--dijo el verdugo--; si yega el caso, se hará tó

lo que se pueda.

--Y antes de ser ejecutor--le preguntó de pronto el Libertario--, ¿ha

probado usted otras cosas?

--¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años;

he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no

podía viví.

--¡Tan mal le iba!--exclamó Juan.

--Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví

matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.

Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era

el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y

comenzó á escanciar en los vasos.

--¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?--le preguntó el Libertario

hablándole de pronto de tú.

--Uno catorse ó quinse.

--¿Y usted, no bebe?--le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el

vaso.

--No; yo no bebo nunca.

--¿Ni cuando tiene usted que trabajar?

--Entonse meno.

--¿Ha ejecutado usted algún anarquista?

--¿Anarquista? No sé lo que es eso.

* * * * *

--Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?--preguntó el

Libertario.

--Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy

como el de antes que les hasía sufrí á posta.

--¿Pero eso es verdad?--dijo Juan.

--Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.

--¡Qué barbaridad!--exclamó el Libertario--. Y todos van templados, ¿eh?

--Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré

en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!--le dije--. Compare; soy el

ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda,

ponte esto--y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de

máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la

tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no

yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te

perdono--me dijo--, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y

buena suerte!» Era un hombre el Diente.

--Y tal... que debía ser un hombrecito--dijo el Libertario sonriendo.

--Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo

veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.

La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con

varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al

verla.

--¿Y el aparato, cómo es?--dijo el Libertario.

--El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone

así--y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano

ancha y velluda--, y luego se hase ¡crac! y ya está.

Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty

recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.

--Ya ve usted--siguió diciendo el verdugo--, estas correas las he tenío

que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno

desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo,

¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo,

y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno--dije--, ya que ha de sé

uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el

tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan

de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo

manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma

en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le

pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues

entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el

jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví;

que si no fuera por eso...

El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:

Mala puñalá le den

Mala puñalá le diera.

--Como uno de los tío de la taberna de esta calle--siguió diciendo al

volver y sentarse--, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é

natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió

cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté,

compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo

un ofisio mardesío...

Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el

arrechucho y siguió diciendo:

--¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y

cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico

no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo

de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión.

A mí, si me dejasen, haría también dinero.

--¿Pues qué haría usted?--le dijo Juan.

--¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de

Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.

Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La

idea era macabra.

Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la

vecindad.

--Vámonos--dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano

al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el

cielo obscuro y sombrío como una amenaza.

--Dicen que es necesaria la pena de muerte--murmuró Juan--. Nosotros,

los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad

vosotros.

--Mientras haya desdichados con hambre--repuso el Libertario--habrá

hombres capaces de ser verdugos.

--¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?--dijo

Juan--. Una huelga de verdugos sería curiosa.

--Sería quitar un puntal á la sociedad--, repuso el Libertario--. El

verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los

sostenes de esta sociedad capitalista.

--¿Cuánto durarán todavía los verdugos?--preguntó el Bolo.

--Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten,

mientras los curas engañen...--contestó con voz sombría el

Libertario--los habrá.

Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta

á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con

estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.

La lucha por la vida: Aurora roja · 第 40 / 63 题