El francés que canta.--El protylo.--Cómo se llegan á tener las
ideas.--Sinfonía en rojo mayor.
Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora
Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un
ruso.
El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos,
los pómulos salientes y una perilla de chivo.
Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias
ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El
era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque
hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran
incomprensibles.
--¿Y no tienes familia, compañero?--le preguntó alguno.
--Sí--contestó él--, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis
hermanos, ahorcados en un jardín reducido.
Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y
cantó la canción del _Pere Duchesne_, á la cual el terrible anarquista
había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en
Montbrison.
Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando
á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:
Peuple trop oublieux
Nom de Dieu.
Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los
burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera
generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra,
y todo esto acentuado por vigorosos _Nom de Dieu_. Terminaba la canción,
diciendo:
Coupe le curé en deux
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde.
Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de
café-concierto de Bruant y de Rictus...
* * * * *
Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste
comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de
esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el
pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el
cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y
negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta
indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de
castellano, de italiano y de francés.
Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.
La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.
Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación
de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las
substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la
lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta
cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á
organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba
trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva
parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la
creación de la célula, no había más que un paso.
El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto
como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados.
A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era
también algún producto químico, encerrado en un frasco.
Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero,
huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.
--¿Y Maldonado?--preguntó Manuel al llegar y notar su falta.
--Ya no viene--dijo Prats.
--¡Hombre, me alegro!
--Todos dicen lo mismo--exclamó el Madrileño--. Maldonado es el tipo del
republicano español. ¡Son admirables esos tíos!
--¿Por qué?--dijo el Bolo.
--Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser
aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo;
se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan
de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna...
¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas...
y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer
en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A
nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...
--¡Qué mala intención tienes!--dijo el Bolo, que era anarquista con
simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.
--Yo no he estado nunca en el Congreso--replicó el Madrileño.
--Ni yo--añadió Prats.
--Yo sí--repuso el Libertario.
--¿Y qué?--le preguntaron.
--¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una
cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro
grita...
--¿Y el Senado?
--¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.
--¡Qué guasón!--dijo el Bolo.
Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y
preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería,
volvió al juego de bolos.
Hablaba en aquel momento el Libertario:
--¿Cómo se llega á tener las ideas?--decía--. ¿Quién lo sabe?... Hace ya
algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un
mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.
--¿No me conoce usted?--me dijo con un acento andaluz cerrado.
--No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.
--¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del
pueblo?
--¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?
--Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las
minas.
--¿Y en el pueblo?
--Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.
--¿Y qué piensas hacer?
--Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la
travesía de Burdeos á la Habana.
Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de
anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi
paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el
chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz.
Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El
dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos,
pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones
anarquistas.
Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le
entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...
--¿Sería ésta?--preguntó Caruty, y se puso á cantar:
Dame dynamite
que l'on danse vite
chantons et buvons
et dinamytons
dynamite, dynamite
dinamytons.
--Eso es--dijo el Libertario--. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi
paisano.
--¿Qué quieren _eztos_?--me decía.
--Derribarlo todo--le contestaba yo.
--_¿Tó?_
--¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!
--¡Qué _gachos_!--decía él, con una admiración de salvaje...
Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos
meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en
París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas
organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza
iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con
levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego
venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando,
amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de
taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía.
Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo
llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando
_Les Lampions_, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces
seguidas:
--¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!
Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público
comenzaba á correr asustado.
En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales,
y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á
empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre
el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera
retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo
me paré á ver en qué terminaba aquello.
Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se
irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar _La Marsellesa_
como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la
avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo
me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.
Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi
paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El
muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna
distancia, _La Marsellesa_, cantada por miles de personas, resonaba como
una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera
roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña
sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron
silenciosos.
En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los
labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la
lluvia suave de la primavera...
--Ese no era más que un sentimental--dijo de pronto Prats.
--¿Y qué?--preguntó Juan.
--Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.
--En todo lo que se cree, se cree lo mismo--contestó Juan.
* * * * *
--Yo--dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un
griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el
grupo--conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en
un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas
platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo,
fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y
salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde
colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y
el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al
puerto y tiraron las bombas al mar.
--¿Y Angiolillo?--preguntó Juan.
--Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy
seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero.
Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar
aquello de un hombre tan suave y tan tímido!
--¡Ese era también un sentimental!--exclamó Prats.
--Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución--repuso
el Libertario.
--Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás--añadió Prats.
--¡Claro! Como que era catalán--dijo con sorna el Madrileño.
--Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses,
ni traidores, como los italianos.
--¿Y los andaluces?--preguntó el Madrileño?
--¿Los andaluces? Son como los demás españoles.
--¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!
--Nosotros somos catalanes.
--¡Qué necedad!--exclamó el Madrileño.
--No--murmuró el Libertario--. Cada uno tiene el derecho de ser de donde
le dé la gana.
--No; si yo no niego ese derecho--replicó el Madrileño--; yo lo que
quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser
paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser
paisanos de los catalanes.
--Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios--siguió diciendo el
catalán, haciendo como que no oía la observación--; lo mismo los
andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen
el instinto de la _revolta_...
--Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente
autoritaria...--comenzó á decir el Madrileño.
--¿Y Pallás?--interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á
decir algo desagradable para el catalán--. ¿Era templado Pallás?
--Sí, era... ya lo creo.
--Se achicó también--dijo el Madrileño--, y aquí está el Libertario que
lo vió.
--Sí, es verdad--dijo, el Libertario--; los últimos días en la cárcel se
descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la
apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos
despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.--Yo
quisiera--dijo Pallás--que después de muerto, llevaran mi cerebro á un
museo para que lo estudiaran.--Será difícil--le contestó el médico
fríamente.--¿Por qué?--Porque los tiros se los darán á usted,
probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás
palideció y no dijo nada.
--Es que sólo con la idea hay para ponerse malo--saltó diciendo Manuel.
--¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!--exclamó Prats.
--Sí, luego ya se animó--dijo el Libertario--. Le estoy viendo al salir
al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo,
el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las
culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.
Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción,
una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor
Canuto hacía más gestos que de costumbre.
--¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?--preguntó
Perico Rebolledo.
--Sí--contestó Prats--; la venganza fué terrible; ya lo había dicho
Paulino Pallás.
--Yo lo vi--saltó diciendo Skopos.
--¿Estabas dentro?
--Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había
encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y
busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas.
Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo
estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y
sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero
algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una
lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada,
con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros.
La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó
tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo,
y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué
era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y
entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era
terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las
butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se
veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre;
otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la
mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta.
Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca
empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.
--Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían,
que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas--dijo
Prats.
--¡Qué barbaridad!--exclamó Manuel.
--A obscuras hubieran muerto todos--añadió riendo Prats.
--No--exclamó Manuel levantándose--; de eso no se puede reir nadie, á no
ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.
--Eran burgueses--dijo el Madrileño.
--Aunque lo fueran.
--Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?--preguntó
Prats--. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?
--Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.
--Este, como ya tiene su imprenta--dijo el Madrileño con sorna--, se
siente burgués.
--Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.
--Una de las bombas no estalló--dijo Skopos--, cayó sobre una mujer
muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.
--¿Y quién hizo esta bestialidad?--preguntó Perico Rebolledo.
--Salvador.
--Ese sí que tendría las entrañas negras...
--Debía ser una fiera--dijo Skopos--. El se escapó del teatro en el
momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las
víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de
Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la
comitiva.
--No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así--dijo
Manuel.
--Mientras estuvo preso--siguió diciendo Skopos--hizo la comedia de
convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un
padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se
interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar...
pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se
desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase
hermosa: «¿Y tus hijas?--le dijeron--. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas
hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas--contestó él--,
ya se ocuparán de ellas los burgueses.»
--¡Ah!... Es bien... Es bien--gritó Caruty, que hasta entonces había
estado silencioso é inmóvil--. Es bien... _le grand canaille_... Es
bien... Es una frase...
--Yo asistí á la ejecución de Salvador--siguió diciendo Skopos--desde un
coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la
vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con
la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una
sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo
le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el
verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un
pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á
la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la
figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece
mentira.
Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de
los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran
las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su
humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de
religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su
fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la
frase rotunda y el gesto gallardo...
Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.
Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja.
Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista
libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...
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