Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan. Roberto.--Se
instala la imprenta.
En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció
por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en
café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al
verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas
maquinaciones.
Su grupo _Los Rebeldes_, mal colocado en el salón adrede, apenas se
veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado
efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho
que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban
comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó
que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le
advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque
en el caso de no aceptarla se la darían á otro.
Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba
mortificado, y la aceptó.
--¿Cuánto te dan por eso?--le preguntó Manuel.
--Mil pesetas.
--Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas
son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo.
Ahora te dan ese dinero. Tómalo.
--¡Psch!
--Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran
avío.
--¿A ti? ¿Para qué?
--Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en
traspaso.
--¿Pero vives mal así?
--No.
--¿Tantas ganas tienes de ser propietario?
--Todo el mundo quiere ser propietario.
--Yo, no.
--Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada,
sólo para ir allá y decir: esto es mío.
--No digas eso--replicó Juan--; para mí ese instinto de propiedad es lo
más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.
--Que empiecen los demás dando lo que tienen--dijo la Ignacia terciando
en la conversación.
--Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás,
sino con nuestra propia conciencia.
--¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?--preguntó
Manuel.
--Sí.
--Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó
explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la
vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...
--No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla
es una vileza.
--Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?
--No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te
digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives
bien...
--Pero puedo vivir mejor.
--Bueno, haz lo que quieras.
* * * * *
La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés,
sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.
A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los
planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para
que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y
pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.
Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar.
En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y
tipos nuevos por quince mil pesetas.
Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron
á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á
plazos.
Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico
moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en
plazos.
--No, no--le dijo--, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero
lo necesito al contado.
Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar
con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.
--Qué le vamos á hacer--dijo Manuel--; no se puede... paciencia.
--Pero la máquina, ¿es buena?--preguntó la Salvadora.
--Sí; muy hermosa.
--Pues yo no dejaría eso así--dijo la Salvadora.
--Ni yo tampoco--repuso la Ignacia.
--¿Y qué voy á hacer?
--¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...
--Sí; pero...
--¿No te atreves?--preguntó la Ignacia.
--Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?
--Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.
A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver
á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente
las dos volvieron á la carga.
Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no
estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de
que no se había marchado.
Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún
pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no
le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con
Roberto.
Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un
gran aplomo en los movimientos.
--Hola, ilustre golfo--le dijo al verle--. ¿Cómo estás?
--Bien, ¿y usted?
--Yo, admirablemente... ya me he casado.
--¿Sí?
--Estoy en camino de ser padre.
--¿Y el proceso?
--Terminó.
--¿A favor de usted?
--Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.
--Y la señorita Kate, ¿está aquí?
--No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?
--Nada, verle.
--No; tú venías á algo.
--Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una
tontería.
--No, hombre, dilo.
--Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y
otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo
establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también
nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han
empujado para que le pida á usted el dinero.
--¿Y cuánto se necesita para eso?
--Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño,
rebajaría mil ó quizá dos mil.
--De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.
--Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero.....
Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el
socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo,
no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil ó dos
mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.
--Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva
imprenta, de traslado, ¿verdad?
--No, de eso me encargaría yo.
--¿Tienes dinero, eh?
--Unas cuatro mil pesetas.
--De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?
--Sí.
--¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?
--Eso es.
--¿Después de descontados vuestros jornales?
--Le va á quedar á usted muy poco.
--No importa; acepto.
--¿Acepta usted?--dijo Manuel en el colmo del asombro.
--Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa
editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la
máquina.
Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras
y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:
--Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.
Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.
Ya era un burgués, todo un señor burgués.
* * * * *
Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.
El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel
tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á
encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval.
Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles
para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles
tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos
casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no
podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la
portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil
pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo
Perico Rebolledo.
Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir
permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba
hecho un zarandillo de un lado á otro.
Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y
las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El
motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin se arregló todo; pero no
había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese
perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que
vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco,
triste, irritado.
Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no
venían.
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