El amor y la debilidad.--Las intermitentes y las golondrinas. El
bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.
A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á
encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo;
apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan
alta que tuvo que guardar cama.
Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña,
despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.
A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando
algún escalofrío le recorría por el cuerpo.
Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la
fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire
helado.
La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.
--Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta.
Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.
Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que
se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de
un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba,
otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro
el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una
angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se
encontró de nuevo bien.
Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con
Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los
abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de
eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.
Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que
llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de
excitación que no le dejaba descansar un momento.
--Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa--dijo el médico--.
¿Trabaja mucho?
--Sí, mucho--contestó la Salvadora.
--Pues que no trabaje tanto.
Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del
enfermo. A veces Manuel la decía:
--Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.
Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba
continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las
ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba,
creía encontrar en ella nuevos encantos.
--¡Qué buena es!--se solía decir á si mismo--. La molesto á cada paso y
no me odia.--Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas
fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una
idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y
á quedar desamparado.
A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese
atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor
Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.
Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su
hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y
Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los
ojos.
Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa
más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba
la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna
cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que
hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y
le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba
de ira.
«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»--pensaba algunas veces.
A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar
las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol,
nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas
atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente.
Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas
horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio;
todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el
chirriar de los grillos.....
* * * * *
Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde
trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose
de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien
vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como
guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella
habanera de _Una Vieja_: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras
romanzas sentimentales.
Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en
la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos
desde el balcón.
Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la
Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el
crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que
daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos
y un murmullo de risas y de voces.
Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba
con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos
círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se
opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y
contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la
callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar
las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que
luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero
esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño
se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á
ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos
palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la
Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por
ella...
Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil,
hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado,
polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el
sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa
los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel
el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse
el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada.
Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un
relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana
y quedaron en la semiobscuridad.
--¡Salvadora!--llamó Manuel.
-¿Qué?
Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.
--Déjame que te bese--le dijo Manuel en voz baja.
La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los
labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura
deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.
* * * * *
A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como
habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para
otros. Manuel hubiera querido una preferencia.
--La hablaré--pensó.
En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de
vigilarles á los dos.
--Ya no falta más que esto--decía indignado Manuel--; pero, en fin,
cuando salga nos entenderemos.
De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:
--¿Qué tal en la imprenta?
--Bien--contestaba él invariablemente.
Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde
la Ignacia le había puesto una cama.
* * * * *
El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta.
Entró. No había nadie.
--¿Qué demonios pasa aquí?--se dijo.
Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que
ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos
de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el
aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de
él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos
arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela
blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una
dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego
uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último,
el otro cajista con una espada de madera en el cinto.
Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la
ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una
bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.
--En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo--gritó--, te
bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas,
príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.
El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.
--¡Silencio!--exclamó Jesús con voz vibrante--. Pueblo de Madrid: ¿juras
defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?
--Sí, sí--gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.
--¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda
I?
--Sí, sí.
--¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?
--Sí, sí.
--¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su
Majestad Curda I?
--Sí, sí.
--¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su
Majestad Curda I?
--Sí, sí.
--Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios
os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España!
¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la
honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas,
de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!
--¡Vivan los Papalinas!--gritaron todos.
--Ahora que comience la libación--dijo Jesús--. ¡Que rompan á tocar las
músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!
Luego con su voz natural le dijo al chico:
--¡Anda, trae unos vasos!
El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:
--Dile á ese que estoy aquí.
Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los
obreros al trabajo.
--Muy bien--dijo Manuel--; muy bien--y engarzó una serie de
blasfemias--. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan
ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo, para que el amo de la
casa le despida á uno...
--Es que el chico ayer pescó la primera curda--dijo Jesús--, ¿sabes? y
la hemos celebrado.
--Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas
fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.
Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.
--Dame la cuenta--le dijo á Manuel muy fosco.
--¿Por qué?
--Me marcho; no quiero trabajar aquí.
--¿Pues qué hay?
--Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes
alegría.
--Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca,
¡ladrón!
--Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.
--¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?
--Bueno, me quedaré hasta que te cures.