(HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)
--No vaya á venir aquí golfería--dijo Manuel á su hermano.
--Quia, hombre.
Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un
cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas
con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en
medio un organillo con ruedas.
No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un
viejo y varios mozos de café.
--Esto parece una casa de baños--dijo Juan--; parece que por una de esas
ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?
Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.
--Pues nada; queremos merendar.
--Tendrán ustedes que esperar algo.
--Sí; esperaremos.
En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se
acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la
mano, y sonriendo dijo:
--Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado
ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que
aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está
sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento--y
enseñó una lista de los precios--y ande el movimiento.
Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se
sonrió y remató su perorata exclamado:
--¡Mátala! ¡Viva la niña!
Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si
les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza
donde estarían solos.
Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en
compartimientos con un corredor á un lado.
Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el
organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á
bailar.
Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer,
cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.
--Señores--dijo--: Si están ustedes bien en este departamento y sienten
desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el
entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no
miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!
Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su
silla como un conejo, terminó la alocución gritando:
--¡Mátala! ¡Viva la niña!
El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó
cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy
satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no
le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:
--¿A qué viene este burgante con esas teorías?
--¿Qué teorías?--preguntó Juan algo asombrado.
--Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías...
alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.
--En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto--advirtió Manuel á
Juan por lo bajo.
--Ah... vamos.
Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y
pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.
--Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?--dijo Perico á la hermana de
Manuel.
--Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!
--Y usted, ¿no baila?--preguntó Juan á la Salvadora.
--No, casi nunca.
--Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón.
Sácala á bailar.
--Si quiere, vamos.
Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba
un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano,
con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres.
Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que
bailara con él.
Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor
con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era
la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado
del señor Canuto.
Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos
brillantes, y se puso á abanicarse.
--¡Olé ahí las chicas bonitas!--dijo el jorobado--. Así me gusta á mi la
Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese
usted y vaya tomando apuntes.
--Ya me fijo--contestó Juan.
La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento.
Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una
mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.
--Será la que vivió antes con él--pensó la Salvadora, y con indiferencia
la estuvo observando.
En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:
--De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.
--¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.
Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la
galería á donde estaba Manuel.
--Viene hacia aquí esa pelandusca--dijo la Ignacia.
--Más te vale ver lo que quiere--añadió la Salvadora con ironía.
Manuel se levantó y salió al corredor.
--¿Qué?--exclamó de un modo agresivo--. ¿Qué hay?
--_Ná_--contestó ella--. ¿Es que no te dejaban esas salir?
--No; es que á mí no me daba la gana.
--¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?--y señaló á la Salvadora.
--No.
--¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.
--¡Psch! Bueno.
--¿Y ese de los pelos?
--Es mi hermano.
--Es simpático. ¿Es pintor?
--No, es escultor.
--Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.
Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado
un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado
haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio
superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto
en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada
en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de
burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.
--¿Dónde vives?--la pregunto Manuel.
--En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa.
¿Irás?
--No--dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde
estaban los suyos.
--Muy flamenca, guapetona--dijo el jorobado. Manuel se encogió de
hombros con indiferencia.
--¿Qué le has dicho?--preguntó Perico--. Se ha quedado paralizada.
El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los
dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban;
tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de
una manera fulminante.
--¿Por qué me mira así esa mujer?--y la Salvadora hizo esta pregunta á
Manuel sonriendo.
--¿Qué sé yo?--contestó él con tristeza--. ¿Vámonos?
--Estamos bien aquí, hombre--dijo Juan.
--¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?--preguntó Manuel á la
Salvadora.
--¿Nosotras? ¿Por qué?--y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y
relampaguearon sus ojos.
Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante
de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de
las melenas de Juan.
--Vámonos--repitió Manuel.
A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.
--Ahí va uno que se lleva la merienda guardada--dijo uno de los que
bailaban al ver al jorobado.
Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre;
pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.
--Esto es lo que no pasa en ningún lado--dijo Juan--. Sólo aquí hay este
afán de insultar y de molestar á la gente.
--Falta de educación--murmuró el jorobado con indiferencia.
--Y luego no pasa nada--añadió Perico--; porque á uno de estos
chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él,
alborota mucho y nada.
--Pero es muy desagradable--repuso Juan--eso de no poder ir á ningún
lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto--dijo
después burlonamente--hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en
Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes
veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una
gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero
de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es
natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos,
verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de
personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría
pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su
juego». «Sí--contesto el inglés--; ese es el espíritu provinciano,
propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra
nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»
--Lo partió por el eje--dijo el señor Canuto guiñando un ojo
maliciosamente.
--Yo no les hubiera hecho caso--dijo la Salvadora, que no oyó el cuento
de Juan.
--Ni yo--añadió la Ignacia--. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!;
es una perdición.
--Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una
riña--saltó Manuel--; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si
viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las
lamentaciones.
--Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la
culpa--repuso la Salvadora.
Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la
Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de
Areneros.
Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados
haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente
hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes
de sus farolillos redondos.
Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se
veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro
pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso,
rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se
dibujaban en líneas horizontales en el cielo.
--Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?--dijo Juan.
Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados
de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris,
sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de
los faroles se estremecía en el aire polvoriento.
En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo
un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del
Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del
cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea
de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el
aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra,
como un escuadrón de caballos salvajes.
Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los
gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga,
de incomodidad, de vida sórdida y triste...
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