A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las
mujeres se odian.--Los hombres también.
Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una
trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento;
había ambiente para su obra.
Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á
Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos
estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra
exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.
A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios
encargos.
Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un
día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.
--Vamos á la Bombilla--dijo Juan--. Eso debe ser muy bonito.
--No, suele haber demasiada gente--replicó Manuel--. Iremos á un
merendero del Partidor.
--Donde queráis; yo no conozco ninguno. Salieron de casa, la Ignacia, la
Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes,
entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros,
frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se
destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron
por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á
contemplar los patios á través de la verja.
--¡Qué hermoso es!--dijo Juan.
El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves
cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas,
formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya
desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y
misteriosa.
Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y
el señor Canuto.
--¿Qué, se va de paseo?--dijo el jorobado.
--Sí, á merendar--contestó Juan--. ¿Si quieren venir con nosotros?
--Hombre... vamos allá.
Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y
á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.
Bajaron el repecho de una colina.
Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo,
sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de
plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres,
brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la
hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se
destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso,
las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los
altos y espléndidos girasoles.
Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por
su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como
copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor
refulgente de rayos deslumbradores.
--Pero esto es muy bonito--decía Juan á la Salvadora--; todo el mundo me
ha dicho que Madrid era muy feo.
--Yo no sé, como no he visto nada--replicó ella sonriendo.
Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía
rumor de organillos.
--Vamos á meternos en uno de éstos--dijo Juan.
Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero: