El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas
noticias.--La Violeta.--No todo es triste en la vida.
El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el
acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas
veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa
como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y
relampagueantes.
Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.
--Ahora está bien--decía el señor Canuto.
--No; ayer estaba mejor--replicaba Rebolledo.
Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la
Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan
también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella
y se acurrucaba á sus pies.
--Este perro está entusiasmado con usted--le dijo Juan.
--Sí. Es muy bonito.
--Quédese usted con él.
--No, no.
--¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que
dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.
--Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?
--Kis.
--¿Kis?
--En inglés quiere decir beso.
--¿Es inglés el perro?
--Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien
conocí en el Louvre.
--Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.
--No; está mejor con usted.
* * * * *
Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de
la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su
nueva morada, se desconocen.
Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo
rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más
largas que las de delante.
Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch,
que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á
bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde
parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo _rum-rum_.
Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é
incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su
lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido,
cerraba los ojos y se dormía.
En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en
la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas
respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le
inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas,
con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los
pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el
sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto
melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.
Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa,
ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos
redondos, parpadeando.
Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la
calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía
preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al
momento con ellos.
* * * * *
Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.
--Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?--preguntó
Juan mientras modelaba el barro con los dedos.
--Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.
--Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.
--Pues no--replicó la Salvadora ruborizada.
--Pero acabarán ustedes casándose.
--No sé.
--Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y
muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo
le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores
con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un
alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le
estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más
todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le
sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que
desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que
tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.
--Sí. Manuel tiene esas cosas.
--En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que
tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas
débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le
ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto
del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas
cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.
--¿Y qué fué de aquel chico?
--Murió el pobrecillo.
Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los
palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.
Llegó Manuel de la imprenta.
--Hemos estado hablando de cosas antiguas--le dijo Juan.
--¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?
Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la
estatua.
--Chico--murmuró--, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.
--¿Crees tú?--preguntó Juan preocupado.
--Sí.
--En fin, mañana lo veremos.
Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado
la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir
mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una
absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la
Salvadora.
--Es verdad--dijo Juan al día siguiente--; está hecho. ¡Tiene algo esta
cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de
hablar--añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la
estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.
Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su
familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó
tampoco muchas ganas.
--A mí no me gusta el teatro--dijo--. Lo paso mejor en casa.
--Pero hombre, de vez en cuando...
--Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le
tengo miedo.
--¡Miedo!, ¿por qué?
--Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y
hago lo que hacen los demás.
--Pues hay que tener energía.
--Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.
Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en
el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.
--¡Demonio!... la Flora.
--¡Andala!..., si es Manuel--dijo ella--. ¿Qué es de tu vida?
--Estoy trabajando.
--¿Pero vives en Madrid?
--Sí.
--Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.
--No vengo por estos barrios.
--¿Y á la Justa, no la ves?
--No. ¿Qué hace?
--Está en la misma casa.
--¿En qué casa?
--¡Ah!, ¿pero no sabes?
--No.
--¿No sabes que está en una casa de esas?
--No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?
--Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.
--¿Sí, eh?
--Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y
engordar.
--Pues tú estás igual que antes.
--Más vieja.
--¿Y qué haces?
--_Na_, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando
mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer
como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque
apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque
una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si
un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en
una casa de esas hay que apencar con todo.
--¿Y la Aragonesa?
--¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un
señor rico.
--¿Y Marcos, el cojo?
--En la cárcel; ¿no te enteraste?
--No. ¿Qué pasó?
--Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una
cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y
otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y
no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está _guillao_, se
presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á
los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á
cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á
bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la
cárcel.
--¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?
--Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.
--¿Y la Coronela?
--Esa tiene una academia de baile.
La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se
estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba
avanzando, cuando la Flora preguntó:
--¿Te acuerdas de la Violeta?
--¿De qué Violeta?
--Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la
Visitación.
--¿Una que hablaba francés?
--Esa.
--¿Qué le ha pasado?
--Que le dió _un paralís_ y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la
calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.
--Bueno.
Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba.
Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un
escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión
artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de
Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo
que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en
la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga.
Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la
cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.
Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.
--Una caridad. Estoy enferma, señorito;--tartamudeó ella con una voz
como un balido.
Manuel le dió diez céntimos.
--¿Pero no tiene usted casa?--la preguntó.
--No; duermo en la calle--contestó ella en tono quejumbroso.--Y esos
brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo
que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.
--Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?
--Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos
roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay
mucha caridad, sí, señor.
Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer
abultada y bigotuda.
--¿Y cómo se ha quedado usted así?--siguió preguntando Manuel.
--De un enfriamiento.
--No le hagas caso--dijo la bigotuda con voz ronca--; ha tenido un
_cristalino_.
--Y se me han caído todos los dientes--añadió la mendiga mostrando las
encías--, y estoy medio ciega.
--Ha sido un _cristalino_ terrible--agregó la bigotuda.
--Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada!
No tengo más que treinta y cinco años.
--Es que era muy viciosa además--dijo la mujer bigotuda á Manuel--.
¿Qué, vienes un rato?
--No.
--Yo... yo también he sido de la vida--dijo entonces la Violeta--; y
ganaba... ganaba mucho.
Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó
tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y
apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y
sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de
Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.
Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.
En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la
Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de
pureza.
--¿Qué habéis visto?--preguntó la Salvadora.
Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había
visto en la calle...
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