perfectamente conocido por la policía, trabajaba con toda actividad,
ayudado por su esposa, la que había sido condiscípula de la Señora
Thompson. El Embajador Americano se propasó hasta el punto de escribir
una carta al juez que conocía del asunto, pidiéndole prácticamente que
lo abandonara. Esta carta fué mostrada á un reporter de “El Diario”,
quien ofreció publicarla; pero el juez tuvo el buen juicio de no soltar
esa prenda. El Embajador solicitó y obtuvo la interposición de la
influencia de Porfirio Díaz, y los abogados Warner, Johnston y Galston,
encargados del procedimiento en contra de Starr-Hunt, se encontraron
impotentes para luchar contra semejante influencia. El Presidente
dió la consigna de que se suspendiera todo procedimiento y de poner
en libertad á los acusados. Se dió entonces un nuevo giro al caso,
estableciendo que, pues los acusados no habían sacado ningún provecho
de la transacción, no podía haber delito de abuso de confianza. Así lo
falló el Tribunal Superior. Ortega, juez 5.º de instrucción, absolvió á
los acusados, declarando que no había delito que perseguir. Este no fué
más que un subterfugio para obedecer la orden de Porfirio Díaz.
El resultado de esta intervención del Embajador Americano fué que los
dos documentos, cuyo valor ascendía á $9,500 jamás fueron devueltos,
perdiendo el dinero el concurso, el que quedó colocado en tal posición
que no puede ni demandar ni recobrar el dinero. (G. Pierce, Mutual
Building, México D. F., abogado de la liquidación.)
Los periódicos hablaron de este escándalo, pero sólo publicaron los
informes recogidos en los autos. Sin embargo, Mr. Thompson solicitó de
“El Diario”, por medio de G. I. Ham, que no hablase más del asunto, lo
que no le fué concedido, como es de suponerse.
Cuando todo estuvo en calma, Mr. Starr-Hunt salió de su escondite y
fué á visitar á “El Diario” amenazándolo con seguirle un proceso por
difamación si se atrevía á volver á hablar. Mr. Starr-Hunt tiene mala
nota en Texas y en Monterrey.
La copia de la carta del Embajador al juez está en manos de los
abogados Warner, Johnston y Galston, quienes protestaron y enviaron
copia de todo el caso al Ministerio de Relaciones de Washington, así
como una copia de la referida carta.
¿Cómo es que se consiente que continúe el Embajador Thompson
representando á los Estados Unidos en México, cuando los Estados Unidos
han dado sus pasaportes á Ministros extranjeros á causa de incidentes
de mucha menor importancia que la que reviste este negocio?
¿Existe acaso algún acuerdo entre Porfirio Díaz y David Thompson, quien
da carpetazo á todas las reclamaciones de sus compatriotas en contra
del gobierno mexicano?
LA LEY FUGA.
“La Ley Fuga” no es en verdad una ley, ni cosa que lo valga, sino
un eufemismo mexicano. Ha estado en uso para la eliminación de los
bandidos durante las dos ó tres últimas generaciones. En un tiempo
los bandidos infestaban el país como una plaga, y cuando se les
cogía, al ser conducidos de una población á otra para ser juzgados,
generalmente intentaban fugarse y la escolta que los conducía los
mataba. Ese impulso natural á la fuga fué hábilmente explotado por los
gobernadores, jefes políticos, etc., para verse libres de sus enemigos.
Por ejemplo, si un hacendado prominente, ó una persona de influencia,
deseaba deshacerse de un enemigo ó del amante de alguna muchacha en
la que había puesto sus lúbricas miras, bastaba con acusar de algún
delito imaginario á la presunta víctima, la que era aprehendida y, con
cualquier pretexto, la conducían de una prisión á otra, de un pueblo
á otro pueblo, y en el camino los Rurales, ó sea la policía de los
campos, lo dejaban tomar la delantera y lo fusilaban por la espalda.
Al volver al lugar de procedencia, declaraban que el preso había
querido escaparse y que se habían visto obligados á hacer fuego sobre
él para impedir la fuga. Si acaso tenían que comparecer ante un juez
con ese motivo, describían cómo los había atacado el preso, disparado
sobre ellos, en la huída, y cómo lo habían matado. Para comprobar su
dicho, traían un sombrero gris, perforado por un balazo, y una silla de
montar con la misma perforación, para corroborar el testimonio. Lo más
curioso es que el mismo sombrero y la misma silla han servido y siguen
sirviendo en cada caso de este género.
En los comienzos la “ley fuga” no fué más que una infructuosa tentativa
para limpiar el país de bandidos. Porfirio Díaz los suprimió, bien por
medio de los fusilamientos, ó bien ofreciéndoles mejor sueldo para que
entrasen al servicio del gobierno, en el cuerpo de Rurales. De este
modo ha formado un excelente cuerpo de hombres endurecidos en todas
las fatigas y empresas peligrosas, y que mantienen el orden en todo
el país. Porfirio Díaz tiene fe en el antiguo adagio que reza que se
necesita de un ladrón para agarrar á otro ladrón.
Ya no hay bandidos en México; pero la “ley fuga” sigue en todo su
vigor, utilizándose para las venganzas privadas, para propósitos
políticos, y es una de las armas más peligrosas, cobardes y execrables
de cuantas usan Porfirio Díaz y su mafia política.
QUINTANA ROO, LA SIBERIA MEXICANA.
El despótico México no sería una máquina política completa y perfecta
si le faltase su Siberia. Pero el cerebro de Porfirio Díaz, siempre
fértil en expedientes y subterfugios, encontró un buen pretexto en
la rebelión de los Mayas, de Yucatán, para cercenar á ese Estado la
mitad de su territorio y formar un distrito federal, de modo que pueda
mantener allí constantemente unos cuantos miles de soldados. Utilízase
Quintana Roo, que es el nombre del nuevo territorio, de la misma manera
que los rusos utilizan la Siberia, es decir, para enviar allí á los
presos políticos; pero con la pequeña diferencia de que muchos presos
logran escaparse de Siberia para contar el cuento, mientras que de
los enviados á Yucatán por algunos años, todavía no ha regresado ni
uno solo. Aquel territorio es el más malsano, pantanoso, pestífero
y mortífero de todo el país. Las probabilidades contra el preso son
mayores que las que se tienen contra la rueda de la ruleta con su _0_,
_00_ y su águila.
Si la execrable alimentación no lo mata, el tabardillo, la insolación,
la fiebre amarilla, ó cualquiera otra enfermedad tropical espantosa, se
encargará de hacerlo. Si el preso es bastante resistente ó bastante
afortunado para sobrevivir, entonces se recurre á una nueva forma de
la “ley fuga”: el oficial, ó el sargento encargado del punto, traba
amistad con el preso y le sugiere un medio facilísimo de fuga; si el
preso es bastante inocente para tragar el anzuelo, ó tiene la ansiedad
de la fuga, los soldados, que siempre vigilan á los presos, tienen
orden terminante de hacer fuego sobre ellos en cuanto se separen de
las filas, aunque sólo sea para tomar un trago de agua en un charco
cercano. Si no resulta ninguno de esos engatusamientos, entonces se
le proporcionan los medios de suicidarse, y en caso de que rehuse
tan bondadosa oferta, se le ayuda á librarse de la vida, ó, hablando
en plata, lo asesinan sin más trámite, pues un hombre que estando
condenado no acepta ninguna sugestión diplomática, como las indicadas,
merece que se le mate como á un perro.
En 1904 un joven llamado Palomón Serrano, de 20 años de edad, durante
la convención de los “liberales jacobinos”, la que conmemoraba el
aniversario de la muerte de Juárez, en el Teatro Arbeu, se puso en pie
y exclamó:--“Vengo para acusar al gran criminal Porfirio Díaz”. No
tuvo tiempo para pronunciar una palabra más, pues inmediatamente fué
aprehendido por orden del jefe de la policía. Al día siguiente, sin que
mediara juicio de ninguna especie, fué remitido á Yucatán por tres años.
He aquí otro ejemplo de justicia que me recuerda la que se hacía en los
principados de Italia, allá por el siglo XII.
Un General muy conocido que vive en México, dícese que tuvo una
desgracia en su familia, pues una de sus hijas se huyó con el cochero
de la casa. La joven regresó al hogar y se casó con un respetabilísimo
oficial; pero el ambicioso cochero fué enviado á Yucatán y sus huesos
se están blanqueando bajo los ardientes rayos del tórrido sol de
Quintana Roo.
Cuando un hombre de talento, ó de cierta influencia política, ha
atacado á Porfirio Díaz ó á la administración, en artículos de
periódico, ó en discursos, y no se le puede aplicar la “ley fuga”,
ni desterrarlo á Yucatán, se recurre á algún medio por trasmano para
desacreditarlo.
Con frecuencia se arresta á los periodistas, en medio de la noche, sin
que haya orden de juez, y simplemente por la invitación de un oficial
ó de un simple agente de la policía. La esposa de un periodista estuvo
sin noticias de su marido durante quince días, hasta que se dirigió al
director de “El Diario” para obtener informes.
Un escritor y abogado muy conocido, Querido Moheno, estaba escribiendo
un libro sobre la situación política actual de México. Tan pronto como
se supo por las autoridades, lo acusaron de contumacia ó rebeldía. No
se resolvió el caso, desde luego, sino que se dejó pendiente, como
una espada de Damocles, sobre la cabeza del autor. Pero en cuanto
apareció el libro y se vió que contenía ataques contra varios hombres
prominentes en la política, se exhumó la causa, y se prosiguió la
acusación.
Con harta frecuencia se ve en México llevar á Belén á un individuo,
anunciando á son de trompeta los cargos que se le acumulan, y
permanecer allí por espacio de un año. Durante ese período se circulan
rumores de que ha robado dinero, ó ha cometido cualquier otro delito.
Después de cierto tiempo, el acusado comparece ante el juez y se
sobresee en la causa, por falta de pruebas; pero el individuo queda
desacreditado y arruinado para toda su vida, sin reparación ni
apelación de ninguna clase.
Hace un año, en un vaudeville, un actor que representaba á un mono, en
son de chanza se puso en la cabeza la gorra de un agente de policía
que se hallaba cerca de él. Lo aprehendieron, lo llevaron á la
cárcel, donde lo detuvieron todo un día, y lo multaron en $10. Cuando
le preguntaron al jefe de la policía el motivo de tanta severidad,
contestó: “que el susodicho acto era derogatorio de la dignidad de la
policía”.
En verdad que la palabra “derogatorio” es una felicísima figura
retórica del jefe de la policía, Félix Díaz, pues, como lo voy á probar
por dos incidentes que en seguida mencionaré, cuando el ofensor es
persona de influencia, esa muy honorable policía “deroga” y se traga
los insultos, como en un Mikado.
Hace un año el hijo del Ministro de Justicia, Enrique Fernández
Castelló, insultó y abofeteó al jefe de la policía secreta, con motivo
de que éste había divulgado la especie de una corrida de toros de
aficionados en honor de unas prostitutas. El aludido no fué arrestado,
ni multado, ni siquiera reprendido.
Hace dos años el hijo de Pablo Escandón, el millonario lacayo de
Porfirio Díaz, insultó, abofeteó y dió de puntapiés á un policía que
se atrevió á ordenarle que saliese de un café después que había sonado
la hora de la clausura. Tan pronto como en la Comisaría de policía fué
identificado como hijo de Pablo Escandón, lo pusieron en libertad. Al
día siguiente el padre, que alardea de despreciar á los periódicos, se
presentó en las oficinas de “El Diario”, y solicitó del director, como
un favor especial, que no se diese notoriedad al caso, pues, añadió:
“he mandado á mi hijo á París, castigado por un año”--¿Por qué no á
Belén?
Pocos meses después, un joven sin fortuna y cuyo padre no tenía la
categoría de lacayo real, cometió el mismo atentado contra otro agente
de la policía. A éste no le enviaron á París--sino á Belén por dos años.
Así se hace justicia en México, el país de las contradicciones.
He aquí un ejemplo de la incorruptibilidad de Porfirio Díaz.--Hace años
que la muy conocida familia de Amor y Escandón entabló un juicio en
contra de los hijos de Don Vicente Escandón, con motivo de la cláusula
secreta del testamento de Don Manuel Escandón, un rico hombre de
México. El juicio fué muy sensacional y el abogado de los hijos de Don
Antonio Escandón, (que ganaron el punto) hicieron un regalo en nombre
de la parte interesada, á Porfirio Díaz, el que consistió en la casa
número 8 de la Calle de Cadena, la que desde entonces es la residencia
privada del Presidente. Don Pablo Escandón, el lacayo real de Porfirio
Díaz, es uno de los hijos de Don Antonio Escandón, favorecido por la
sentencia.
Después de treinta años de la obra corruptora, nefaria, dañina y
secreta del gobierno, por un lado, y, por el otro, de la publicidad
oficial y oficiosa de los maravillosos progresos de México,
Porfirio Díaz ha considerado que ya es tiempo de que su estructura,
representante de la nacionalidad mexicana, mereciese la misma posición
que tienen las potencias extranjeras. Que la fe en la habilidad y en
la honorabilidad de la administración de Porfirio Díaz debía recibir
una especie de voto de confianza de los extranjeros en el asunto
de la incorporación de las compañías de minas, de agricultura y de
predios rurales, pues las potencias extranjeras han demostrado su
respeto y admiración hacia Porfirio Díaz con la lluvia de medallas
y de condecoraciones que han hecho caer sobre él y las personas de
su familia. Pero, por desgracia, el extranjero que invierte sus
capitales, es más cauto y cuidadoso de su dinero y de su confianza
que las naciones. Así fué que cuando Porfirio Díaz se valió de Don
Olegario Molina, Ministro de Fomento, para iniciar la llamada “ley de
minería”, el déspota sufrió el más completo chasco al ver la absoluta,
sincera y franca opinión de los inversores extranjeros protestando
contra el proyecto. Esa famosa pretendida ley de minería se inició
ostensiblemente con el propósito de impedir que los extranjeros
adquiriesen propiedades mineras en el país; pero, en realidad, el
objeto fué el de forzar á las compañías á incorporarse, no como ahora
lo hacen bajo las leyes de los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania,
etc., sino conforme á las mexicanas, quedando bajo la jurisdicción de
los tribunales mexicanos. Un diluvio de protestas cayó proveniente
de todas partes del mundo, acompañado con la amenaza de que no se
invertiría más capital en México bajo semejante ley. Esto puso término
á la propaganda emprendida en favor de la ley, la que, al fin, fué
degollada, cargando Molina con todo el odio que despertó la iniciativa.
La argumentación de los capitalistas extranjeros que invierten sus
dineros en México, fué la siguiente: Estamos dispuestos á invertir
nuestros millones en México para nuestro provecho y provecho de aquel
país; pero no queremos entregarnos en manos de la justicia mexicana
tal como hoy existe. Puede ser que Porfirio Díaz se muestre favorable
y equitativo hacia los inversores extranjeros y hacia sus inversiones;
pero un gobierno que para su justicia depende de un solo hombre, no es
un gobierno estable. ¿Qué pasará si muere Porfirio Díaz y continúa su
sistema? ¿Quién puede garantizar la honorabilidad, equidad y amistad de
su sucesor hacia los extranjeros y hacia los capitales extranjeros?
El martirio jamás es estéril, porque todo hombre ve en la frente
del mártir una línea de su propio deber.
MAZZINI.
La Prensa en México.
Una prensa libre es la mejor policía de una nación.
La prensa de México tuvo que descender al nivel del gobierno de Díaz, y
con tres excepciones, “El Diario del Hogar”, de México; “La Revista de
Mérida”, de Mérida; y “La Opinión”, de Veracruz; todos los periódicos
están subvencionados por el gobierno federal ó el de los Estados, y
si algunos otros se muestran hostiles á la administración, es porque
pertenecen al partido clerical, el que, á pesar de lo que dicen algunos
mexicanos, constituye aún fuerte y peligroso elemento.
Hasta la época del primer período de Porfirio Díaz la prensa gozó de
libertad. Aún la Constitución de 1824, en el artículo 31, permitió la
publicación de las opiniones políticas. La Constitución de 1857 dice
en su artículo 7--“la libertad de imprenta no tiene más límites que el
respeto á la vida privada, á la moral y á la paz pública. _Los delitos
de imprenta serán juzgados por un jurado que califique el hecho y
por otro que aplique la ley y designe la pena._”--De esta manera los
autores de la ley protegieron á la prensa concediéndole dos jurados
independientes el uno del otro.
La administración de González reformó el artículo 7 precisamente
en la cláusula en la que el legislador estableció con tanto esmero
la protección de la prensa. Esa cláusula, que es la que he puesto
con cursiva en el párrafo anterior, quedó transformada de la manera
siguiente: “Los delitos que se cometan por medio de la imprenta,
serán juzgados por los tribunales competentes de la Federación ó por
los de los Estados, los del Distrito Federal y Territorio de la Baja
California, conforme á la legislación penal.”
Sólo hay un pequeñísimo cambio, que consiste en que los tribunales,
mejor dicho, un juez, en lugar de dos jurados, sea el que resuelva
el caso. Parece una cosa baladí, pero para la administración era
de suprema importancia eso de entenderse con sus propios jueces
corrompidos, que pueden manejar á su antojo, en vez de entregarse á
dos jurados que bien pudieran diferir de sus opiniones y obrar con
independencia.
Desde 1884 quedó abolida la prensa libre y los periodistas han sufrido
todo género de vejaciones.--Todo, aun la censura previa, es preferible
al actual orden de cosas, en el que no sabe uno cuándo y cómo ha
transgredido la ley. (Una Campaña Política, pág. 105) El mismo autor
del citado libro agregó que en México, donde todo es anormal, no existe
una ley aplicable á la prensa; que el gobierno ha preferido no legislar
sobre la materia, para poder oprimir mejor. (Pág. 109.)
Aunque no hay en México ninguna ley de imprenta, toda transgresión
de la prensa entra en el elástico capítulo de los “Delitos contra la
reputación”, consignado en el Código Penal, libro tercero, capítulo
primero. “Injuria--Difamación--Calumnia extrajudicial. Artículo 642. La
difamación consiste: en comunicar dolosamente á una ó más personas, la
imputación que se hace á otro de un hecho cierto ó falso, determinado ó
indeterminado, que pueda causarle deshonra ó descrédito, ó exponerlo al
desprecio de alguno.”
De esta manera todo, desde un editorial hasta un mensaje telefónico,
desde un signo ó un mero “geroglífico” (sic) puede ser considerado como
acto de difamación. En los Estados Unidos y en otros países civilizados
nadie es culpable de libelo, conforme á la ley respectiva, siempre
que pruebe la imputación. Pero en México si á una persona, pública
ó privada, se la acusa de robo, pongo por caso, el acusador va á la
cárcel por más que pruebe el cargo. Hace pocos años un periodista acusó
á un funcionario público del delito de hurto, y probó el hecho. El
funcionario, que era un general muy conocido, fué destituído, pero el
periodista fué sentenciado á tres meses de prisión. En muchos Estados
los gobernadores han dictado leyes especiales con el fin de poner un
bozal á la prensa y de suprimirla, de extirparla.
En caso de infracción de la ley por medio de un artículo de periódico,
todo el mundo, desde el propietario y el administrador hasta el mozo
de la imprenta, y á veces hasta el muchacho que vende el periódico
por las calles, va consignado en cuerpo á la cárcel, y los tipos,
máquinas y demás parafernalia quedan confiscados. Esto ha acontecido
multitud de veces, no sólo en los Estados, sino también en el Distrito
Federal, en la misma Capital de la República. Algunas ocasiones el
editor é impresor, pues en México es común que el editor sea también
el impresor, recibe el consejo de emigrar de la ciudad y aun del país;
pero lo más frecuente es que no reciba aviso de ninguna especie y que
se le lleve á Belén con todo su estado mayor, y aun el menor.
En Belén hay un agujero llamado “celda de los periodistas”, el que
siempre se encuentra habitado por gente de pluma enjuiciada. Una vez vi
en Belén á uno de esos mártires, paseándose en traje de ceremonia, con
el que fué aprehendido, y con el que se aguantó durante tres semanas, á
pesar de lo poco apropiado que era para la ocasión y el lugar. Algunos
de los periodistas más recalcitrantes continúan en la prisión sus
labores con la pluma ó el lápiz.
No contento Porfirio Díaz con haber dictado todo género de leyes
vejatorias en contra de los periodistas, utiliza á sus esbirros para
perseguirlos y cazarlos como á fieras, y cuando los tiene acorralados ó
enjaulados, se permite el lujo de la magnanimidad, ordenando que se les
ponga en libertad, y les ofrece dinero ó puestos en el gobierno, como
diputados ó senadores.
Hace algunos años fundó Díaz un periódico llamado por mal nombre “El
Imparcial”, ministrando el dinero de la nación para el pago de las
prensas, los tipos, el edificio y hasta del papel. A fin de matar toda
competencia, el precio del periódico fué el de un centavo, moneda
mexicana, equivalente á medio centavo americano, y, como era natural,
su circulación pronto fué mayor que la de todos los demás periódicos
combinados. No contento con esto, Porfirio Díaz creó el monopolio de la
fabricación del papel en México, aumentando los derechos de importación
al papel extranjero. Como resultado, el precio del papel es en México
tres veces superior al de los Estados Unidos y la mercancía de una
calidad muy inferior. Este monopolio está en manos de la camarilla del
gobierno, la que ha asumido prácticamente la dictadura sobre la prensa
de México. Nada más fácil para esa camarilla que matar á un periódico,
pues todo lo que tiene que hacer es decir que lo siente mucho, pero que
no le es posible proporcionarle papel en determinado día; y con esto,
por regla general, muere la publicación.
Rafael Reyes Espíndola, el propietario y editor de “El Imparcial”,
ha causado mayor daño al país que el que pudiera una inmensa nidada
de culebras de cascabel esparcida en el territorio. Ese periódico
ha arruinado más hogares, dañado más reputaciones, atacado y
vilipendiado á más personas respetables que pelos tiene en la cabeza
el tal Reyes Espíndola. Otras dos personas lo han ayudado en su
asquerosa labor: Luis Urbina, secretario particular del Ministro de
Instrucción Pública, y Carlos Díaz Dufoo. Esa trinidad de chantajistas,
de falsificadores, de pícaros, alcahuetes y libertinos han sido
perfectamente caracterizados por un caricaturista como la “Trimurti de
la Avería” ó la Trinidad de la lepra moral. El capitán de esa cuerda
de presidiarios sueltos es Rafael Reyes Espíndola; el más cínico,
abyecto maligno, _reptilesco_ y sin vergüenza de cuantos hombres
he conocido en mi vida. A este árbitro de la prensa, representante
de la prensa oficial de México, á este embajador de la prensa de
Porfirio Díaz, es á quien se ha conferido el poder, bajo la condición
de que ha de matar toda competencia, es decir, todos los periódicos
contrarios á la administración. Con dinero ilimitado á su disposición
(el mismo Presidente confiesa que ha gastado más de un millón de
pesos en “El Imparcial” en diez años) con la protección del Czar y
la inviolabilidad que le da su carácter de Diputado al Congreso de la
Unión, fácil es á Reyes Espíndola sacrificar á sus rivales. Recurre
hasta á la falsificación para destruir á un contrario peligroso. Una
vez, cuando no pudo hundir á un periódico por medio de armas legales,
Reyes Espíndola hizo imprimir algunos ejemplares, un facsímil, una
reproducción exacta del periódico contrario, con el título y todo,
deslizando en él un artículo contrario á Porfirio Díaz, y como es
natural, el editor con todos sus redactores y empleados fueron á la
cárcel. ¿Cómo y para qué intentar establecer su inocencia, cuando la
prensa oficial recurre á práctica tan abominable?