novio de una joven llamada la señorita Ricoy, con quien se proponía
contraer matrimonio en un futuro próximo. Era confesor de la joven el
Padre Tortolero, quien, conociendo el carácter de Velásquez, opuso su
influencia espiritual al proyectado enlace. Una noche fué conducido
el Padre Tortolero á la comisaría de policía, por orden de Velásquez,
y allí lo sometieron á algo parecido á las pruebas del tercer grado:
lo ataron á un banco, y, con un embudo, lo obligaron á tragar una
cantidad enorme de alcohol, hasta que se provocó una congestión. En
seguida lo condujeron á la calle, lo recostaron suavemente contra un
poste de teléfono, de donde lo recogió más tarde la policía, como si
ostensiblemente estuviese en estado de embriaguez completa. Murió el
desdichado sacerdote de congestión, y fué enterrado en la fosa común,
pues nadie reconoció al Padre Tortolero en aquel sacerdote difunto.
Cuando la familia notó la desaparición de su pariente, comprendió que
el muerto desconocido era el Padre Tortolero. La prensa clerical se
ocupó en el asunto in extenso; pero la autoridad no tomó el caso en
consideración, y Eduardo Velásquez continuó tranquilamente su carrera
artística.
Una de las tácticas maquiavélicas de Porfirio Díaz consiste en tener
un Gabinete heterogéneo, es decir, en el que los Ministros sean
contrarios y aun enemigos unos de otros, á fin de que no sea posible
que haya jamás un acuerdo secreto entre ellos y lleguen á parársele
de frente. Por eso se ha visto que, aunque en México no hay partidos
políticos, sí ha habido grupos ministeriales, encabezados por dos ó
tres Ministros que se hacen recíprocamente una guerra sorda. Romero
Rubio, Dublán, Pacheco, Baranda, Limantour, y Reyes han sido los más
prominentes caudillos de esos grupos, con la tolerancia del Presidente.
El más poderoso de todos esos jefes ha sido y es aún Limantour, el
socio mercantil de Porfirio Díaz, y cuando las cosas se han extremado
demasiado, los Ministros enemigos de Limantour han sido depuestos de un
modo más ó menos escandaloso. Así pasó con Baranda y también con Reyes.
Reyes es un general que goza fama de valiente y de hábil. Durante
largo tiempo lo ha tenido Porfirio Díaz de gobernador del Estado de
Nuevo León, donde se fabricó una reputación de diestro gobernante.
Llegó un momento en que el grupo limantourista alcanzaba demasiada
preponderancia y se atrevió á indicar á su jefe como sucesor del
Presidente Díaz, y entonces éste llamó al General Reyes para que se
encargara de la cartera de la Guerra y le dió ostensible protección,
de modo que en breve se hizo cabeza de grupo, teniendo al Ministro
Baranda de asociado.
Pero Reyes “aprendió demasiado pronto” según la frase del Presidente
Díaz, pues mañosamente instituyó una falange que se diseminó por todo
el país, llamada “la Segunda Reserva”, y salieron á luz periódicos que
insinuaron su candidatura é hicieron una guerra sin cuartel al Ministro
Limantour, encendiendo la tea de la discordia. Para satisfacer á su
socio Limantour, se vió Díaz obligado á destituir al Ministro Baranda;
pero como las cosas empeoraron con esa medida, en vez de mejorar,
fué necesario hacer renunciar también á Reyes, aunque ofreciéndole
un paracaídas, pues que todavía lo necesitaba Díaz como freno para
los “científicos”, nombre que á sí mismo se había dado el grupo
limantourista. En consecuencia volvió Reyes á su gobierno de Nuevo
León, cuando estaba próximo á expirar su período constitucional.
Reyes, como casi todos los gobernadores, estaba malquisto en ese
Estado, por los muchos homicidios que en el había cometido, por su
carácter atrabiliario y despótico y por otras razones. Los neoleoneses
quisieron sacudir el yugo, y concibieron la idea de elegir un
gobernador de su agrado, y para el efecto fundaron clubs electorales
y propagaron la candidatura de un Licenciado Francisco Reyes, hombre
probo y de popularidad en el Estado.
El 2 de Abril de 1903, en vísperas de las elecciones, organizaron
los partidarios del nuevo candidato una manifestación cívica,
ordenada, perfectamente dentro de la ley. Se reunieron en la alameda
y procesionalmente se dirigieron al centro de la población, con una
banda de música, victoreando al Licenciado Reyes. Al llegar á la
plaza principal, donde se encuentra el palacio del gobierno, fueron
recibidos á balazos los manifestantes, por fuerzas de la policía que
el General Reyes tenía apostadas en la azotea de palacio y en otros
lugares convenientes, asesinando á muchos de los manifestantes, entre
los que se hallaban personas de lo más prominente de la población, y
así disolvió la manifestación y mató la candidatura de su contrario,
quien tuvo que huir esa misma noche para la capital de la República,
disfrazado de fogonero del ferrocarril, pues se le buscaba para
asesinarlo.
El Licenciado Reyes llegó á México, se quejó con Porfirio Díaz,
quien le ofreció que se haría justicia. La prensa del país armó gran
escándalo con el hecho; los limantouristas aprovecharon la ocasión
para dar el golpe de gracia al General Reyes, y se llegó á presentar
en su contra una formal acusación ante el Congreso de la Unión. Pero
sucedió lo que tenía que suceder: Porfirio Díaz dió la orden de que
se absolviera al Gobernador, y apareció que toda la culpa era de los
manifestantes, “quienes se mataron entre ellos mismos para calumniar al
insigne General Reyes”, quien triunfó redondamente en las elecciones,
y sigue gobernando el Estado de Nuevo León en paz y gracia de Porfirio
Díaz, dando una lección al pueblo, para su escarmiento.
HISTORIA DE UNA GRAN CONSPIRACIÓN.
El verdadero título del presente capítulo debería ser el de “historia
de dos grandes crímenes”, puesto que dos hombres fueron asesinados
para borrar las huellas del conspirador que atentó contra la vida
de Porfirio Díaz. El personaje que está al fondo de este misterioso
complot es bien conocido y se murmura su nombre en secreto, detrás
de las puertas cerradas, porque aquel individuo, que presumió llegar
á ser el rey, es todavía un alto funcionario de la administración.
Estuvo á un milímetro del éxito; fracasó sólo por lo que llamaré una
vuelta de mano, y dos vidas, las de los instrumentos de su ambición,
fueron trituradas para conservar la suya. Léanse cuidadosamente las
constancias del juicio, sígase atentamente el hilo rojo que corre á
través de esta maravillosa masa de contradicciones aparentes, y la
solución evidente y lógica del enigma saltará ante los ojos, como salta
el muñeco de una caja de sorpresa.
Es una historia de un crimen por el crimen, ilustrativa del perverso
y peligroso sistema creado por Porfirio Díaz, que, á semejanza de un
_boomerang_, retrogradó y por poco lo destrona.
El 16 de Septiembre de 1897, aniversario de la Independencia de México,
fué, como de costumbre, el Presidente en el paseo cívico, á pie, desde
el Palacio Nacional á la Alameda, escoltado por los altos funcionarios
del reino, y rodeado de sus soldados, cuando, de súbito, un hombre
rompió la valla y se lanzó contra Díaz, antes de que nadie pensase
en detenerlo; dió un golpe en el cuello al Presidente, que le hizo
vacilar, aunque sin echarlo por tierra. Intensos fueron el asombro y la
confusión; un grupo de oficiales, empuñando la pistola ó el sable, se
disponía á matar á aquel hombre, como pronto castigo de su fechoría;
pero el Presidente ordenó que se desistiera de toda violencia, y que se
entregara el asaltante á las autoridades correspondientes.
El individuo inmediatamente responsable de aquel ataque idiota é
inútil, era un desequilibrado alcohólico, llamado Arnulfo Arroyo, quien
fué conducido á la Inspección general de policía, y una vez allí,
por orden del jefe de la misma policía, fué amordazado y se le puso
una camisa de fuerza. Varias veces ordenó el Gobernador (Rebollar)
que se le quitase la mordaza, y otras tantas se la volvió á poner
Velásquez.[41]
En la noche del día de la agresión, se reunieron Eduardo Velásquez,
jefe de la policía, Antonio Villavicencio, inspector de policía,
y Miguel Cabrera, jefe de la policía secreta, con el Ministro de
Gobernación, General González Cosío, y resolvieron: que Velásquez
ordenase á uno de sus criados que comprase una docena de cuchillos, y
se comisionase á Villavicencio para que organizase una imitación de
linchamiento que se acercase lo más posible á la realidad, y en el
que figurase Arroyo como culpable y como víctima. Villavicencio quedó
de director de escena, de héroe y vengador en esta tragedia real, la
que consistió en escoger siete “tigres” de entre los agentes de la
policía, disfrazándolos de “pelados”, nombre con que se designa en
México á la gente de baja ralea, armándolos con los cuchillos comprados
para el efecto, dirigiéndolos, á su tiempo, hacia la Inspección
general, donde se encontraba Arroyo, y después de lincharlo, escapar
gritando: “Viva México” y “Muera la anarquía”.
Mientras que por un lado la policía estaba preparando el escenario, por
el otro el Gobierno y el Ministro de la guerra ideaban la manera de
destruir á Arroyo de un modo legal y constitucional. Inconscientemente
tendían á hacer un caso de lesa majestad; pero, como fácilmente se
comprende, la Constitución no se prestaba para ello; entonces se
procuró que el crimen, el que en realidad no era tal crimen, sino
únicamente una tentativa frustrada, apareciese como del orden militar.
Desgraciadamente para tal teoría, Arroyo no era militar; pero se
consideró que, cuando el atentado, el Presidente vestía el uniforme
militar; mas entonces se vió que el Código militar imponía para hecho
semejante sólo dos años de prisión, y hubo de desecharse con disgusto
esa vía.
A eso de las doce y media de la noche se levantó el telón; los
siete policías, ó “tigres”, disfrazados de “pelados”, acometieron
ingeniosamente la Inspección de policía, y llegaron á la pieza en
que se encontraba el preso. Los policías que lo custodiaban, y que
habían sido desarmados previamente, hicieron una débil resistencia,
y desistieron por completo de reconocer en los asaltantes á sus
colegas. Arroyo estaba sentado en una silla, siempre amordazado y con
la camisa de fuerza, imposibilitado de toda defensa, y los intrépidos
é indomables “tigres” se entregaron á su tarea como verdaderos
degolladores de oficio. Los cuchillos laceraron el estómago, después
el tórax, después los pulmones, mutilando rápidamente, con pasión,
con increíble frenesí el cuerpo de la víctima, la que se debatía en
lamentable impotencia, saltando la sangre para esparcirse por el
suelo. Nueve heridas fueron inferidas en aquella masa de carne--Los
criminales trabajaron con impaciencia y precipitación, atendiendo sólo
á la perfección del golpe, al grosero arte de asesinar, asestando á
las entrañas, de acuerdo con sus rudos conocimientos fisiológicos.
La víctima lanzó un grito ahogado de horror, de angustia y de
desesperación, el aullido en que condensó la fuerza de una existencia
que se perdía en la noche de la eternidad--Los asesinos tuvieron su
rasgo de coquetería decorativa: desplegaron y tremolaron la bandera
nacional--gritaron: “Viva México”. Respecto á estos detalles no me es
posible decir si fueron artística improvisación de los “matadores”, ó
una idea de Velásquez invitando á la complicidad al país.[42]
Después echaron á correr, gritando: “Muera la anarquía”.
En la Inspección de policía Sánchez disparó un tiro de revólver, y
rompió varias vidrieras, con el objeto de atraer la curiosidad de los
ociosos y la atención del jefe de la policía, quien estaba en espera de
esa señal.
Los trasnochadores y retardados, atraídos por el ruido, encontraron
franca la entrada á la Inspección de policía, y aun algunos de ellos
fueron atentamente invitados á entrar, siendo todos ellos aprehendidos
como personas sospechosas y peligrosas, autores y perpetradores del
crimen.
Poco después, el General Berriozábal, Ministro de la guerra, un viejo
asmático, aparentemente tomaba el aire fresco en un balcón de su casa,
sita en la Calle de la Independencia, cuando un oficial de la policía
se detuvo bajo su balcón y le dijo:--“De parte del Jefe de la policía,
participo á Vd. que _ya_ lincharon á Arroyo.” Al oir esto, el General
levantó las manos en actitud deprecatoria, y exclamó, sin vacilación ni
asombro:--“Lo siento por la honra de la patria”.
En la mañana del 17 “El Imparcial”, periódico oficial, dió la noticia
del linchamiento, informando al público que una turba violenta había
matado á Arroyo, arrasándolo todo á su paso; que sólo unos cuantos
habían podido ser aprehendidos y estaban rigurosamente incomunicados.
Al mismo tiempo daba los nombres de los presos, y describía las armas
que habían quedado abandonadas en el cuarto por los linchadores
prófugos.
La primera impresión que produjo esta extraordinaria noticia, fué
la del terror. Lo del linchamiento era una fábula imposible de ser
aceptada por la generalidad, y sólo produjo risas sardónicas, lo
que bien á las claras significaba que nadie creía que el pueblo,
por una extraña novedad, se dedicase á ejercer la justicia por sí
mismo.[43] Nadie dió crédito á esta invención macabra. El Presidente
exclamó:--“¡Es lástima! Han cortado el hilo, y, lo que es peor, esto
es una vergüenza para el país”. Así, cuando una comisión de personas
prominentes, encabezada por Sánchez Ramos, fué á felicitarlo por su
milagrosa salvación, le dijo:--“Lo que siento es que ya no podremos
decir que en México no se lincha”. Pero nadie, repito, ni el mismo
Presidente, creyó que Arroyo hubiese sido linchado. Los periódicos
independientes se burlaron de semejante fábula; el sentimiento popular
se hizo tan intenso y amenazador, que bajo su tremenda presión el
General Mena y José Ives Limantour hicieron que se convocara á junta
de ministros, de la que resultó que se ordenase por el Congreso una
investigación oficial.
Se ordenó que la justicia llamase á cuentas á los autores de esa
ocurrencia tan ilegal como atroz. Eduardo Velásquez, Antonio
Villavicencio y Miguel Cabrera, así como los “tigres” se sorprendieron
é indignaron al verse obligados á entrar en Belén, (la cárcel pública)
como resultado de un servicio de “alta política”. Los jóvenes abogados
que defendieron á los policías culpables, arguyeron que todos los
presos, con excepción de Velásquez, no habían hecho más que obedecer
las órdenes del superior, de la misma manera que los soldados obedecen
á sus jefes. Excelente fué la labor de estos abogados, principalmente
en las repreguntas que hicieron en el jurado. Uno de ellos, Diódoro
Batalla, atrapó á Villavicencio cuando éste declaró que en la noche
del asesinato, él, Velásquez y Cabrera habían tomado un coche que
los condujo á la Calle de Mesones. Fué una confesión de las más
perjudiciales, porque todo el mundo sabía que en ella vivía el General
González Cosío, Ministro de Gobernación. Se retractó Villavicencio,
y expuso que lo que quiso decir era que habían pensado ir; pero que
no fueron. Pero ya era demasiado tarde. Al día siguiente Batalla fué
aprehendido, con motivo de una acusación que se pregonó á son de
trompeta, y estuvo durante un mes en la cárcel.
Velásquez estaba en el tormento. Fué preguntado y contrapreguntado,
procurando mantener á todo trance la farsa del linchamiento popular.
Combatió desesperadamente contra la verdad y contra la evidencia que
se iba acumulando en contra suya y de su fútil conseja fantástica.
Por último, sospechando que la invisible mano que lo había dirigido y
la influencia con que había contado eran impotentes para impartirle
protección, adivinando que por la irresistible lógica de los
acontecimientos sería sacrificado como el chivo expiatorio de esa farsa
trágica, y persuadido de que el piso se hundía bajo sus pies, perdió
la cabeza, y acorralado como jabalí salvaje por una traílla de tenaces
sabuesos, se resolvió á luchar por su postrera posibilidad, de la que
dependía su existencia. Pálido y trémulo de excitación, se levantó
declarando que entonces iba á decir la verdad, toda la verdad; pero
el juez lo contuvo súbitamente, bajo el pretexto de que era demasiado
avanzada la hora, añadiendo que podría hacer su declaración al día
siguiente.
Al día siguiente publicó “El Imparcial” la noticia del “suicidio”.
Tres días antes “El Mundo”, nombre que tenía la edición vespertina
de “El Imparcial”, había publicado la misma noticia, evidentemente
como un aviso confidencial de que, más tarde ó más temprano, había
de acontecer. Villavicencio, Cabrera y los siete “tigres” fueron
sentenciados á muerte, pero, en seguida, y en virtud de alguna
irregularidad técnica, fué conmutada la sentencia, por el juez
Flores, en la de seis años de prisión. Villavicencio siguió gozando
de la protección del General González Cosío, quien, cuando estuvo
en libertad, lo nombró jefe político de Atzcapotzalco; pero toda la
población de esa respetable villa, cercana á la ciudad de México, se
indignó por tal nombramiento y elevó una protesta al Presidente Díaz.
Villavicencio fué entonces nombrado jefe de la policía secreta, y,
más tarde, inspector de la cuarta demarcación, la que es de tanta
importancia como el “Tenderloin” en New York.
La parte interna de esta historia es la siguiente: el General
Berriozábal y el General González Cosío habían fraguado un golpe
de Estado, con el objeto de apoderarse del gobierno después del
asesinato del Presidente Díaz. En sus manos tenían el poder inmediato
de la nación, pues el ejército estaba á las inmediatas órdenes de
Berriozábal, y la policía y los jueces de distrito eran manejados
por González Cosío. Se valieron de Velásquez como de un instrumento,
sobornándolo con la promesa de hacerlo gobernador, y Velásquez, á su
vez, se valió de Arnulfo Arroyo para asesinar al Presidente, sin que
sepamos qué promesas le haría Velásquez, ni de qué argumentos usaría
para arrastrarlo á una fechoría tan desesperada. Además, Velásquez
contaba con un indio, llamado Florentino Cortés, á quien se le había
pagado para que vigilase al Presidente durante la procesión cívica, con
orden de matar á quien quiera que atentase contra su vida.
El 15 de Septiembre se emborrachó Arroyo, en Atzcapotzalco, y fué
arrestado, permaneciendo en la cárcel durante toda la noche. Al día
siguiente, cuando estaba Arroyo aún con la “cruda”, fué puesto en
libertad, sin que le devolviesen el revólver que portaba, y que le
fué confiscado. Como si estuviese sugestionado por una voluntad tenaz
y mucho más enérgica que la suya, que lo impulsaba á asesinar al
Presidente, llevó á cabo su intento de la manera y con el resultado
que dichos quedan. Cortés llegó demasiado tarde para desempeñar el
papel que se le había encargado, pues el Presidente, sospechando que se
trataba de un complot, intervino á tiempo para salvar la vida de Arroyo.
Como dije más arriba, apenas llegó Arroyo á la Inspección de policía,
ordenó Velásquez que le pusiesen una camisa de fuerza y una mordaza,
temiendo que aquella miserable criatura llegase á “cantar” y lo
traicionase, lo mismo que á los “que estaban más arriba”, porque
Velásquez jamás habría conspirado contra la vida del Presidente por
cuenta propia.
Así, pues, la pronta eliminación de Arroyo se imponía imperiosamente,
y aunque el General Díaz deseaba que Arroyo fuese conservado vivo,
el sistema fué más poderoso que su deseo. El linchamiento fué efecto
de la rápida concepción de cerebros excitados por la alarma, pues
de seguro que si se hubiese reflexionado á sangre fría, se hubiese
desechado tal proyecto, por absurdo. Es evidente que ninguno de los
autores sospechó el horror y la indignación que tal acto había de
provocar, y el resultado fué la aprehensión de todos los linchadores, y
la de Velásquez con ellos. Que la vida de Velásquez estaba sentenciada
desde el principio, está probado por la publicación prematura de
su “pretendido suicidio”, en “El Mundo”, periódico oficial, bien
se considere la noticia como un error, bien se la tenga como una
advertencia de que tal suceso podría ocurrir. Que González Cosío había
dado instrucciones al juez que conocía de la causa de Velásquez, es
cosa que se prueba por la encarcelación del Lic. Diódoro Batalla,
cuando éste arrancó á Villavicencio la confesión de que el trío de
jefes de la policía había ido á la Calle de Mesones. ¿Quién sino
González Cosío podía tener interés en suprimir la especie, puesto que
todo el mundo sabía que los tres jefes de la policía mencionados habían
ido á dicha calle con el único y exclusivo objeto de hablar con él, y
con nadie más que con él? ¿A quién no llama la atención el acto de ese
juez que suspende la confesión del acusado, posponiéndola para el día
siguiente, cuando tenía la certidumbre de que éste no llegaría á ver
la luz del subsecuente día? Cuando el periódico oficial, “El Mundo”,
dió con tres días de antelación la noticia del “suicidio” de Velásquez,
el Gobernador Rebollar ordenó al alcaide de la cárcel que perquisiese
minuciosamente el cuarto y la persona del preso, para cerciorarse de
que no tenía ninguna arma oculta. A pesar de la cuidadosa inquisición,
nada se encontró, y, sin embargo, á la mañana siguiente á la noche del
“suicidio” se encontró, junto á la cama de Velásquez, el revólver con
que se supone que se privó de la vida. En la noche de referencia, una
hora antes, minutos antes del “suicidio”, Villavicencio se encontraba
charlando con varios individuos en lugar cercano al cuarto que ocupaba
Velásquez, y con cualquier pretexto fútil, se levantó, dejó la pieza en
que se encontraba, y, á poco, volvió para proseguir la conversación.
Durante su ausencia se oyó el disparo de una pistola en el cuarto
de Velásquez,--el tiro que privó de la vida al desarmado “suicida”.
Al día siguiente la historia del “suicidio” se puso en circulación.
El General González Cosío jamás habría visitado secretamente á su
protegido Villavicencio en Belén, impulsado por la mera amistad, pues
hombres de su calidad no comprometen su honor para proteger á asesinos,
á no ser que haya algún motivo imperioso y gran peligro en no hacerlo.
¿Quién, sino un hombre poderoso, como González Cosío, pudo forzar
á un juez á revocar una sentencia de muerte, conmutándola en la de
seis años de prisión? ¿Quién, sino ese mismo poder oculto, protegió
incondicionalmente á hombres como Villavicencio y Cabrera, durante su
permanencia en la cárcel, y los sigue protegiendo hoy aún?
El General González Cosío es el responsable de todo este negocio tan
tenebroso y tan deshonroso. No llegó á sentarse en el trono; pero cortó
los dos hilos que pudieron haber servido para colgarlo de una horca.
Continúa aún en el Gabinete, como Ministro de la guerra, revoloteando
al rededor de todas las carteras, como un “tiovivo”. Pero Porfirio
Díaz es un viejo zorro astuto, que no olvida, y por eso conserva al
pretendiente cerca de él, como un rehén.
Puede haber temporalmente secretos de Estado; es imposible que
haya _secretos nacionales_. Y lo único que se consigue con
el _método de las presentaciones oficiales de un país_ á los
extranjeros es perder el crédito como gobierno sin hacer subir el
del país.
F. BULNES.
La Justicia bajo el Diazpotismo.
La justicia es el objeto del gobierno; es el objeto de la
sociedad civil. Siempre ha sido proseguida y lo será por siempre
hasta que se obtenga, ó hasta que se pierda la libertad en la
prosecución.
MADISON EN “THE FEDERALIST”.
México ha perdido su libertad en la prosecución de la justicia. La
justicia de México está oculta dentro de la palma de la mano de un
embaucador político, quien de seguro morirá antes que su formidable
garra suelte á esa justicia ya marchita, ajada y deformada.
La reputación política de un pueblo está basada en su justicia, la
independencia de sus tribunales y la incorruptibilidad de sus jueces.
La primera pregunta que hace un extranjero respecto á una nación es la
de que si las inversiones están garantizadas, si la libertad personal
está asegurada.